Descartes, por los caminos paralelos de la fe y la razón

Descartes intentó conciliar en sus «Meditaciones metafísicas» la existencia de Dios con la defensa de la autonomía de la ciencia

Siempre que pasó por el «boulevard» Saint Germain en París y antes de tomar un calvados en Les Deux Magots, me detengo unos minutos para visitar la tumba de René Descartes, el pensador que más ha influido en mi evolución intelectual. Su lectura cuando tenía 18 años me fascinó porque en las páginas de su «Discurso del Método» y sus «Meditaciones metafísicas» hallé el estímulo que necesitaba para adentrarme en el camino de la filosofía. Cartesius, como rubricaba sus libros, fue para mí un maestro que me ha acompañado toda la vida.

El gran hallazgo de Descartes, que a mi juicio es la base de cualquier intento de explicación racional del mundo, es «la duda metódica», que consiste en cuestionar todo lo que consideramos evidente para partir de una certeza que nos permita pensar sobre bases sólidas. El filósofo francés expresa la mejor formulación de la duda metódica en sus «Meditaciones» sobre la Primera Filosofía en las que se demuestra la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, título que el propio autor reformuló en «Meditaciones metafísicas» seis años después de su aparición. Este texto de apenas 90 páginas, que cuenta con una excelente traducción de García Morente, constituye una de las referencias indispensables para entender los orígenes del idealismo moderno.

¿La vida es sueño?

En su segunda meditación, Descartes se interroga sobre la certeza de la propia existencia y la necesidad de hallar un punto de partida para construir «ideas claras y distintas» sobre las que poder discernir entre lo verdadero y lo falso. El pensador de La Haye apunta que todo lo que perciben nuestros sentidos podría ser un engaño inducido por un genio maligno. No es posible descartar que nuestra vida sea un sueño. Pero fuera cual fuera el origen de las nociones y las percepciones que damos por evidentes, hay una certeza de la que podemos partir: «cogito ergo sum» (pienso luego existo).

«No soy sino una cosa que piensa. ¿Más qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa. Soy una cosa verdaderamente existente», concluye. Pero ese yo pensante o res cogitans está recluido dentro de sí mismo, no forma parte del mundo exterior físico que captan nuestros sentidos, que es puramente material. Descartes llegará a decir que todo lo que percibimos es mera extensión, una especie de universo regido por las leyes de la física. Por el contrario, el yo pensante es, en realidad, el espíritu, es el alma de la cual tenemos una idea clara y distinta. Para expresarlo con una metáfora, el espíritu habita como un inquilino en el cuerpo humano, pero no forma parte de él. El cuerpo capta sensaciones mientras que el espíritu es capaz de ascender al reino de las verdades trascendentales como la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.

Descartes reivindica la autonomía de la razón y de la ciencia, que él vincula a las matemáticas. No en vano fue un gran científico que estableció las bases de las leyes de la mecánica que luego fueron desarrolladas por Isaac Newton. Pero el dominio de la existencia de Dios trasciende a lo que él llama res extensa, que es el universo de lo visible sobre el que opera el saber experimental.

Placeres de la vida

Para el pensador francés, educado en los jesuitas, la idea de Dios es puramente innata y se deriva de la propia existencia del Ser Supremo. Incurriendo en un nominalismo radical, Descartes concluye que la idea de lo eterno y de lo infinito prueban esa existencia de Dios, dado que es imposible que la mente finita y limitada de los hombres haya podido concebir por sí misma los atributos que definen a ese Ser Absoluto. Por tanto, la idea de Dios demuestra que Dios existe, puesto que sólo Él ha podido formular un concepto que no se halla en la Naturaleza. «Bajo el nombre de Dios entiendo la existencia de una sustancia infinita, eterna, inmutable, omnisciente, independiente y omnipotente, por la cual yo mismo y todas las cosas que existen han sido creadas», escribe.

Descartes, que llegó a batirse en duelo por una mujer y que disfrutaba de los placeres de la vida, se mantuvo firme en sus convicciones hasta su muerte en 1650 por una neumonía cuando residía en Estocolmo y estaba impartiendo lecciones de filosofía a la reina Cristina de Suecia. Tenía solamente 53 años.

Fue un extraordinario filósofo que demolió el escolasticismo todavía dominante y creó las bases del pensamiento moderno, pero también fue un brillante matemático y un pionero de la geometría analítica. Nadie fue tan lejos en la defensa de la autonomía de la razón sin abandonar una fe mediante la que guio siempre sus actos. Su alma descansa hoy en la abadía de Saint Germain.

Fuente:

http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-descartes-caminos-paralelos-y-razon-201806070139_noticia.html

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