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Cayetano Aranda

Entrevista a Cayetano Aranda en el programa de Radio Talentos

del proyecto Filosofía en la Calle

Licenciado en Filosofía y Letras (Sección de Filosofía). Universidad Complutense de
Madrid. Facultad de Filosofía y Letras. Junio de 1973. Memoria de Licenciatura: “El recurso
histórico en la Fenomenología del Espíritu de Hegel”, dirigida por el Prof. Dr. Don Ángel
González Álvarez (Dpto. de Metafísica). Octubre de 1973. Calificación: Sobresaliente. Doctor en Filosofía. Universidad de Granada. Facultad de Filosofía y Letras. Tesis doctoral: “La dialéctica Entäusserung – Erinnerung en la Fenomenología del Espíritu de Hegel”, dirigida por el Prof. Dr. Don Pedro Cerezo Galán (Dpto. de Filosofía). Septiembre de 1990. Calificación: Apto cum laude por unanimidad.

PUBLICACIONES.

La dialéctica «Entäusserung/Erinnerung» en la «Fenomenología del Espíritu» de Hegel (Tesis
Doctoral). Granada. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Granada. 1990. [ISBN
84-338-1255-6]], 482 págs.
Lenguaje y trabajo en el pensamiento de Hegel. Una introducción a la filosofía hegeliana. Almería.
Instituto de Estudios Almerienses – Campus Universitario de Almería. 1992. [ISBN: 84-
86862-9], 176 págs.
Cuadernos de Historia de la Filosofía. COU y Bachillerato LOGSE. Programa de Andalucía. Tema 1. Naturaleza, hombre y sociedad en el pensamiento griego. Platón y Aristóteles, Murcia, Diego Marín Editor, 1996. [ISBN 84-89585-55-5], 143 págs.
Cuadernos de Historia de la Filosofía. COU y Bachillerato LOGSE. Programa de Andalucía. Tema 2. Racionalismo y empirismo: Descartes, Locke y Hume, Murcia, Diego Marín Editor, 1996. [ISBN84-85585-77-6], 111 págs.
Cuadernos de Historia de la Filosofía. COU y Bachillerato LOGSE. Programa de Andalucía. Tema 3. La filosofía de la Ilustración: Kant, Murcia, Diego Marín Editor, 1997. [ISBN 84-85585-95-4], 93págs.
Cuadernos de Historia de la Filosofía. COU y Bachillerato LOGSE. Programa de Andalucía. Tema 4. La crisis de la razón especulativa: Marx y Nietzsche, Murcia, Diego Marín Editor, 1996. [ISBN84-89820-10- 4], 125 págs.
Cuadernos de Historia de la Filosofía. COU y Bachillerato LOGSE. Programa de Andalucía. Tema 5. Razón vital y comunicativa: Ortega y Habermas, Murcia, Diego Marín Editor, 1997. [ISBN 84-89820-16-3], 113 págs.
Guía para el estudio de la estética contemporánea, Almería, Universidad de Almería, 1999.
[ISBN 84-8240-200-5], 199 págs.
Historia de la filosofía. Bachillerato LOGSE, Sevilla, Algaida Editores, 1999. [ISBN 84-7647-871-
2], 399 págs.
Lecciones de hermenéutica filosófica, Almería, Universidad de Almería, 1999 [ISBN 84-8240-
272-2], 174 págs.

Guía para el estudio de la estética contemporánea, Almería, Universidad de Almería, 2000.
[ISBN 84-8240-200-5], 268 págs.
Filosofía y literatura, Almería, Universidad de Almería, 2001 [ISBN 84-8240-417-2].
Historia de la filosofía 2. Bachillerato LOGSE Andalucía, Sevilla, Algaida, 2001 [ISBN 84-8333-
116-4], 395 págs.

    En este programa, de Talentos,  entrevistamos a Cayetano Aranda, catedrático de filosofía de la Universidad de Almería. Desvelamos sus ideas respecto a algunos temas como la política y la cultura. Agradecemos la sinceridad del profesor. 

Pueden escuchar la entrevista en estos enlaces:

https://candilradio.com/index.php?option=com_commedia&task=popup&commpid=45259504&commsid=553468&tmpl=component

https://www.ivoox.com/talentos-cayetano-aranda-audios-mp3_rf_36260851_1.html

ANTONIO MUÑOZ MOLINA

La hermandad del sentido común

Escritores como Raffaele La Capria animan a mirar con ojos propios, no con los anteojos prestados de las ideas de otros

El escritor italiano Raffaele La Capria, en 1980.
El escritor italiano Raffaele La Capria, en 1980. MARCELLO MENCARINI (LEEMAGE)

 

Casi hasta ayer mismo no sabía nada de Raffaele La Capria y hoy lo leo como si escuchara una voz familiar y reconociera en ella la cordialidad de un amigo. La Capria, que cumplirá pronto 100 años, ha escrito novelas, autobiografías, ensayos, incluso guiones de algunas películas italianas memorables de Francesco Rosi, pero yo solo conozco de él un libro breve y luminoso, La mosca en la botella. Elogio del sentido común, traducido y anotado cuidadosamente por Salvador Cobo. Empecé a leerlo hace solo unos días, y como tiene poco más de 100 páginas y está escrito como a rachas, en fragmentos, en anotaciones sucesivas de diario, me gusta unas veces abrirlo al azar y otras volver al principio y seguir leyendo en un orden que nunca es rígido ni lineal, ni mucho menos argumentativo. En algún momento La Capria cita el último libro de Rousseau, Divagaciones del paseante solitario. Hay mucho de esa libertad reflexiva en cada una de estas páginas, una elección de estilo que se corresponde con una actitud moral, la de dejar que las cosas, las ideas, vayan sucediendo a su aire en lugar de imponerles una dirección autoritaria, y también la de observar la realidad con una especie de cortesía, de cautela, procurando apreciarla con la mayor claridad posible, sin imponerle los moldes del prejuicio ni someterla a la niebla de las abstracciones intelectuales, de las temibles generalizaciones de la filosofía o de la ideología, o de esos saberes o pseudosaberes académicos que consisten sobre todo en el manejo de una jerga impenetrable.

Leo a La Capria con la alegría y la gratitud del descubrimiento. Cada nueva admiración ensancha el espíritu. Lo leo y, aunque él no los citara, reconozco muy pronto la huella de otros escritores que pertenecen a la hermandad antigua y dispersa del sentido común: Montaigne, Stendhal, Chéjov, Orwell. Lo que distingue a cada uno de ellos es la obstinada decisión de no dejarse arrastrar por ningún delirio; de enfrentarse, en palabras de Orwell, a la tarea tan difícil de mirar aquello que está delante de los ojos: “No las grandes verdades cuyos secretos solo se revelan a unos pocos”, dice La Capria, “sino las múltiples, pequeñas y obvias verdades que tienen lugar ante nuestra mirada, a la vista de todos, y que en cambio se pretenden negar”. El sentido común sería un ángel de la guarda que debe acompañarnos siempre y advertirnos de los espejismos cada vez más perfeccionados que nos impiden ver las cosas como son, las coacciones exteriores y muchas veces íntimas que nos empujan a aceptar lo inaceptable y a no saber distinguir entre la palabrería y la sabiduría. La Capria escribe en la Italia de los años noventa, cuando todavía eran recientes las tremendas borrascas ideológicas y las secuelas del 68, con toda la fantasía palabrera y sanguinaria de las Brigadas Rojas, con toda la impostura intelectual que venía de París, y que envolvía cualquier experiencia, pública o privada, cualquier sensación, cualquier proyecto político, cualquier libro o película o pieza de arte en un guiso verbal de marxismo, estructuralismo, psicoanálisis, nihilismo, etcétera. Escribe La Capria: “La conceptualización convencional de todo lo cognoscible y hasta de la vida misma en fórmulas, preceptos y simplificaciones (a veces atroces) camina de la mano del autoritarismo. Es siempre una élite dominante culturalmente la que promulga fórmulas, preceptos y simplificaciones donde se compendia todo aquello que se debe pensar y hacer para ser normales, o para ser transgresivos dentro de la normalidad”.

El sentido común no es la aceptación aburrida de lo que se da por supuesto, sino la interrogación atenta y con frecuencia irónica de muchas cosas que parecen evidentes y resultan no ser más que embustes aceptados

El ángel de la guarda del sentido común lo anima a uno a mirar a las personas y las cosas con sus propios ojos, no con los anteojos prestados de las ideas o los conceptos de otros, de los que mandan, de los que gritan más, de los que dictan la moda; y también a esforzarse a decir lo que tiene que decir con sus propias palabras, no con los términos infecciosos que de pronto repite todo el mundo. El ejercicio del sentido común es una tarea solitaria y una rebeldía privada, pero en vez de aislarlo a uno en la extravagancia del malditismo o de la soberbia resulta que lo acerca a la comunidad extensa de los otros, los que no sienten la necesidad de fingir sus gustos ni impostar sus opiniones: “Referirse al sentido común significa esforzarse por restablecer el equilibrio entre las cosas y los sentidos que las perciben, con el fin de no sentirse separado de ella, separado de esa sensibilidad que básicamente nos pertenece a todos, y que, si bien está distribuida en dosis distintas, todos compartimos”.

El pseudoexperto que vigila con celo el campo mínimo de su especialidad nos asegura que solo él dispone de los elementos de juicio necesarios para apreciar una obra de arte, un libro, una situación política. El ideólogo quiere imponer no solo los mandamientos de su dogma macizo, sino también las palabras con las que han de nombrarse las cosas. El dirigente o el charlista político busca marearnos y abrumarnos con su palabrería, y está dispuesto a afirmar bajo juramento que lo blanco es negro, que la corrupción es honradez, que la opresión es libertad. La Capria habla de Italia en los noventa, pero lo que dice suena como si estuviera escrito para nosotros y ahora mismo: “La impecable, irreductible, diabólica presunción conceptual de tantísimos intelectuales italianos custodia la mentira política e ideológica con más solvencia que la caja fuerte de un banco”.

El sentido común nos hace escépticos, pero no cínicos, porque si nos enseña los límites inevitables de la inteligencia y de las capacidades humanas también nos hace conscientes de la diferencia entre la verdad y la mentira y de la valiosa singularidad de cada persona y de cada experiencia concreta. El sentido común no es la aceptación aburrida de lo que se da por supuesto, sino la interrogación atenta y con frecuencia irónica de muchas cosas que parecen evidentes y resultan no ser más que embustes aceptados. Como nos enseña a no saberlo todo de antemano, el sentido común nos sume con frecuencia en la incertidumbre, y también en el asombro. Nos hace templados y nos radicaliza. Nos puede volver pragmáticos y a la vez subversivos. Nos hace sensibles y respetuosos hacia las diferencias y sin embargo nos anima a ponernos de acuerdo en cosas esenciales, en mejoras concretas para la mayoría. Leyendo a Raffaele La Capria uno comprende con alarma que la falta de sentido común que se ha adueñado en estos últimos meses de la vida pública española es tan desoladora y ya tan amenazante como la que él denunciaba en la Italia de 1996.

La mosca en la botella. Elogio del sentido común. Raffaele La Capria. Traducción de Salvador Cobo. Ediciones del Salmón, 2019. 147 páginas. 13 euros.

Michel Foucault

El “chico de los veinte años” que fascinó a Michel Foucault

El pensador francés conoció al activista Thierry Voeltzel en 1975, lo entrevistó en diversas ocasiones y publicó un libro de conversaciones que ve la luz por primera vez en español

Michel Foucault (izquierda), acompañado de Thierry Voeltzel (en el centro) en el aeropuerto de Teherán, durante una de las dos visitas que ambos realizaron en 1978 a Irán.
Michel Foucault (izquierda), acompañado de Thierry Voeltzel (en el centro) en el aeropuerto de Teherán, durante una de las dos visitas que ambos realizaron en 1978 a Irán. MICHEL SETBOUN, A TRAVÉS DE LA EDITORIAL LA CEBRA

 

Norte de Francia. Verano de 1975. De camino a la casa de vacaciones familiar, un joven atisba un punto de la autopista donde los coches se detienen con facilidad. Levanta un cartel y el dedo pulgar, y un vehículo se para ante él. Un hombre calvo con americana a cuadros y gafas con montura de acero se sienta al volante. Él se sube y pronto ambos entablan conversación con facilidad: hablan de viajes, de música, de lecturas recientes. El joven le cita un ensayo que ha hojeado el día anterior, y el conductor le devuelve una enorme sonrisa cómplice. Por un momento piensa que aquel hombre que acaba de recogerle es el autor de ese libro. Y ya totalmente seguro de su identidad se vuelve hacia él y le dice: “¿No será usted Michel Foucault?”.

“Todo ocurrió por puro azar. Foucault era muy popular, pero yo apenas había leído partes de su Pierre Rivière (1973), y ni siquiera tenía idea de su aspecto”, recuerda al teléfono Thierry Voeltzel, el autostopista que aquel día conoció a una de las figuras fundamentales en la transformación que experimentarían las ciencias sociales en los años setenta. Voeltzel tiene entonces 20 años y Foucault roza los 50, pero la diferencia de edad no evita una estrecha relación. Un poderoso punto en común los une: Voeltzel es un activista que denuncia los abusos en prisiones, hospitales y talleres, los mismos lugares sobre los que reflexiona un pensador que a fuerza de practicar un marxismo heterodoxo ha terminado distanciado de los representantes de una corriente hasta entonces dominante en el panorama intelectual francés.

Pronto la fascinación de Foucault por el joven será total. El propio pensador se lo confiesa a su compañero, Daniel Defert: “Daniel, he conocido a un chico que no es que tenga veinte años, es que es el chico de los veinte años”. Voeltzel tiene claras las razones de ese asombro: “Le sorprendió que no había vivido en primera línea Mayo del 68 [entonces tenía 13 años] y, sin embargo, mi pensamiento y mis acciones políticas, como manifestarse a favor de los inmigrantes o trabajar con individuos recluidos en prisiones u hospitales, se debían a aquel periodo”.

Arrancarán proyectos juntos. El más importante, una serie de entrevistas que ve la luz en 1978. Foucault no incluye su nombre en el volumen que recoge esas conversaciones: quiere que el protagonismo sea para su interlocutor. Para la descripción de su sexualidad libre y sin etiquetas, su ruptura con una familia disfuncional, su relación con los psicotrópicos o su lucha por unas condiciones diferentes para reclusos o enfermos mentales. La obra apenas recibe atención y durante décadas solo el biógrafo de Foucault, Didier Eribon, y un pequeño grupo de amigos saben que es él el interlocutor de Voeltzel.

En 2014 la editorial Gallimard reedita el volumen. Y revela el nombre del entrevistador. Voeltzel escribe además entonces un breve apunte, incluido también en la primera edición en castellano de la obra, que acaba de publicarse bajo el título Veinte años y después (Ediciones La Cebra, con prólogo y traducción del investigador Alfredo Sánchez Santiago). En él, el activista adelanta los diálogos que siguen, que dan cuenta de cómo el modelo de activismo político del marxismo entra en declive, y los jóvenes renuncian a la revolución para en su lugar combatir desigualdades concretas.

Foucault y Jean Paul Sartre protestan por el asesinato de Pierre Overney, un trabajador de Renault que murió en 1972 a manos de un agente de seguridad mientras repartía panfletos políticos.
Foucault y Jean Paul Sartre protestan por el asesinato de Pierre Overney, un trabajador de Renault que murió en 1972 a manos de un agente de seguridad mientras repartía panfletos políticos. GETTY

La situación de los homosexuales, de las mujeres, de los inmigrantes, de los reclusos, de los individuos internados en manicomios… Mayo del 68 dio la palabra a estos colectivos y diez años después sus denuncias ya forman parte del debate público. “El lema yanqui del peace and love (paz y amor) y el consumo de cannabis y LSD tuvieron su correspondencia política en una nueva forma de denuncia social más local”, comenta Miguel Morey, catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona e introductor en España de la obra de Foucault.

Relación con la situación actual

El libro se publica en castellano en un momento en el que Morey cree que en España se respira “un aire de familiaridad con las movilizaciones pos 68”. El profesor se refiere a las mareas feministas, a los jóvenes que denuncian el colapso climático global y a “los brotes ciudadanos” que surgen en los puertos para recibir a buques de ONG con migrantes a bordo. “Veo, como entonces, espontaneidad y una mezcla de dolor absoluto, afán festivo y conciencia de la desigualdad existente”.

Para Julián Sauquillo, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, el “éxito” del modelo de denuncia sectorial que inauguró Mayo del 68 y del que Foucault es representante depende hoy de su convivencia con las formas tradicionales de combatir la desigualdad. “La crítica de la vida cotidiana no puede olvidar la explotación, la precariedad laboral o el paro juvenil”, señala Sauquillo. Un análisis que comparte la filósofa argentina Luciana Cadahia: “El modelo político de Foucault no articula las diversas denuncias sociales. No es práctico a menos que configure un nuevo sujeto político que permita combatir la desigualdad inherente al sistema capitalista”.

Voeltzel recuerda en el texto que escribió en 2014 cómo un largo viaje de dos años por Australia le distanció de Foucault. A su vuelta, este ya se encontraba gravemente enfermo de sida, aunque aún se frecuentarían hasta su muerte en 1984, a los 58 años. Voeltzel tuvo tiempo de hablarle del oficio que entonces descubrió y al que aún hoy se dedica: la restauración de muebles. “Supongo que se alegraba de ver que hacía aquello para lo que tenía algo de talento: vivir”.  Mayo del 68.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2019/07/25/actualidad/1564057875_016173.html

Agapito Maestre

Agapito Maestre: «Ortega es el paradigma del filósofo ciudadano»

   
«Ortega es una demócrata radical, porque defiende, en los términos que usaría Camus, la democracia de los solitarios-solidarios». Agapito Maestre.
«Ortega es una demócrata radical, porque defiende, en los términos que usaría Camus, la democracia de los solitarios-solidarios», dice Agapito Maestre. Imagen: editorial Almuzara.

 

Pese a su enorme fama, José Ortega y Gasset ha sido una figura intelectual unida a la polémica. Minusvalorado por unos, adorado por otros y citado por todos, nadie ha querido quedarse sin opinar sobre él y su filosofía, lo que a menudo ha provocado manipulaciones. Eso piensa el catedrático, filósofo y escritor Agapito Maestre, que ha querido aclararlas y rebatirlas en su libro Ortega y Gasset, el gran maestro, publicado por Almuzara.

Por Jaime Fernández-Blanco

José Ortega y Gasset es uno de los grandes filósofos que ha dado España. Sus opiniones y reflexiones aparecen en todos los medios, es citado por todas partes y las reediciones de sus obras surgen sin parar.

Sin embargo, la fama no siempre es justa y suele llevar asociada prácticas poco favorecedoras. La popularidad puede llevar a la manipulación de una figura, una mala interpretación de un mensaje, una filosofía, una época, una persona. Todos citan hoy a Ortega, pero no todos lo hacen de la misma manera o con los mismos fines.

Eso fue lo que llevó a Agapito Maestre a escribir este libro, Ortega y Gasset, el gran maestro (Almuzara), para poner los puntos sobre las íes respecto a una de las mentes más brillantes del panorama intelectual español. De eso hablamos con el doctor Maestre en su despacho de la Universidad Complutense de Madrid: de Don José.

«Ortega se adelanta a buena parte del pensamiento contemporáneo que defiende una democracia radical, es decir, una sociedad que valora más a las personas que a las masas»

Una de las reflexiones que se extraen de su libro es que Ortega ha sido uno de los grandes pensadores de Europa, superior, en fondo y forma, a otros cuya fama es mayor. Como explica Saul Bellow, «si Ortega hubiera escrito en inglés, sería el filósofo más citado de nuestra época». ¿No sabemos vender nuestra propia excelencia?
Ya lo decía Bismarck, somos ese pueblo que lleva suicidándose cuatro siglos y nunca termina de conseguirlo (risas). Yo creo que hay varias razones importantes. La primera de ellas histórica: España es un país que era un gran imperio; el pasar de ser un imperio a una nación… siempre cuesta –a nosotros nos está costando mucho– y la hegemonía filosófica va unida a la hegemonía política. Cuando España ha dejado de ser hegemónica políticamente, también su hegemonía filosófica se ha resentido. Y digo «hegemónica» en un sentido ideológico, político. Nuestra lengua, por otra parte, sí sigue siendo una lengua de cultura importante. También es posible que no sea todo cosa nuestra, no solo que los españoles no sepamos vendernos, sino que los otros han sabido venderse mejor (más risas). Quizá vaya por ahí la historia. 

Ortega y Gasset: el gran maestro, de Agapito Maestre (Almuzara).

Aunque últimamente parece que salen muchos libros sobre ese tema, sigue destacando el punto de vista que Ortega reflejaba al respecto en La rebelión de las masas
Eso ya es otra historia. La idea de excelencia de Ortega, de exigirse uno a sí mismo más que a los demás, es propia de un individuo muy desarrollado desde un punto de vista moral y político. No es una abstracción. Creo que esa noción es demasiado seria para que sea entendida por aquellos que reducen la sociedad desarrollada, es decir, la pluralidad humana, a multiplicidad animal. En ese horizonte, Ortega se adelanta a buena parte del pensamiento contemporáneo que defiende una democracia radical, es decir, una sociedad que valora más a las personas que a las masas. He ahí la gran aportación de Ortega. Su crítica a la democracia de masas, a la democracia «morbosa», es un adelanto de todas las críticas al totalitarismo surgidas después de la Segunda Guerra Mundial. Nadie ha narrado mejor que Ortega, en el siglo XX, esa crítica a la sociedad de masas. Es un adelantado de la crítica al totalitarismo y el populismo de nuestra época. 

«Nadie ha narrado mejor que Ortega esa crítica a la sociedad de masas. Es un adelantado de la crítica al totalitarismo y  el populismo de nuestra época» 

Cuando ha dicho «narración» me ha saltado la alerta, porque ese concepto, la razón narrativa, aparece varias veces en su libro y es muy seductor: la filosofía de Ortega como una especie de novela. Cito: «Nos ponen, Ortega y Zambrano, en el camino de la vida, o mejor, convierten la vida en relato, en narración». Pensar a través de la vida, la razón actuando como correa de transmisión entre lo que hubo, lo que hay y lo que habrá.
La razón histórica. Muchas veces se tiende a pensar que la historia es el conocimiento del pasado, pero no es solo eso. Eso es la historia como cronología, como historicismo…

¿Como memoria?
Sí. Quizá como falsificación también, pues la memoria es individual. La historia es la relación entre el pasado, el presente y el futuro. Y a partir de ahí no tenemos más remedio que hacer razón narrativa, razón histórica, razón vital, porque tú tienes que vincular el pasado con el presente y el futuro. De ahí que nunca se pueda acusar jamás a Ortega de nacionalista, porque no hay un punto de origen, no hay un inicio a partir del cual explicar lo que viene después y todo lo que tenemos ahora. Eso sería tradicionalismo.

«No tenemos más remedio que hacer razón narrativa, razón histórica, razón vital, porque tú tienes que vincular el pasado con el presente y el futuro»

Luego hay también, creo yo, un intento de no arruinar la realidad. Es un materialismo muy español, muy cervantino. No agotar el mundo, la realidad, la vida, con conceptos. En ese sentido, la filosofía española se expresa con un mínimo grado de abstracción, y claro, aparece entonces el relato, la razón histórica/vital… También es clave en el pensamiento de Ortega la idea de continuidad: no podemos estar empezando continuamente desde cero.

En el libro aparece Ortega como un hombre de una coherencia brutal entre pensamiento y acción. Y sostiene usted que entra en la política «por deber» y la abandona por el mismo motivo, porque cree que su labor hace más mal que bien. ¿Es posible que, sencillamente, se hartara? De clamar en el desierto, de que todos le ataquen, de que se ignore lo que él lleva años avisando que se viene encima…
Sin duda alguna, hay un componente existencial, vital, de una gran altura moral, en el comportamiento de Ortega. Si uno estudia a Ortega en serio, ve una coherencia muy fuerte en todo su pensamiento. Cuando él llega a la política en 1914 y se vincula al Partido de Melquiades Álvarez, escribe Vieja y nueva política, que es un discurso extraordinario que representa a toda una generación –o, mejor dicho, toda una generación se siente representada por él, que es distinto– y dice «este país también puede tener una solución política», lo mismo que la tienen Francia o Alemania o cualquier otro. Esa solución es la democracia liberal. Él se presenta de un modo muy coherente: «Esto es lo que nosotros proponemos y quizá este sea el partido que pueda llevarlo a cabo».

Ese es un buen ejemplo, pero no el único. Otro sería el texto grandioso que escribió durante la dictadura de Primo de Rivera –en realidad, se trataba de una colección de artículos, de los cuales el último no se le permitió publicarlo–: La redención de las provincias. Digo que se trata de un texto genial porque es una pieza política circunstanciada en España, pero fácilmente universalizable. Esa es su grandeza: un texto político pensado para un momento determinado que puede aplicarse a cualquier país del mundo. Se trata de un escrito muy coherente con su pensamiento; tanto es así que refleja el programa que llevaría la Agrupación al Servicio de la República, que se fundaría para concurrir a las elecciones del 31. Y, finalmente, citaría otro texto político grandioso que demuestra la vinculación de su actividad política con su pensamiento. Me refiero a su famoso La rectificación de la República.

Estos tres textos son de una coherencia extraordinaria, en el sentido de que son la labor de un individuo que representa a toda una generación que se pregunta: «¿Es esto lo que yo quería?». Y la respuesta de Ortega es: «No». Por eso se marcha y predice lo que va a venir después. A partir del 32, cuando deja la política, comienza uno de los periodos más interesantes de su vida al replantearse el significado de su obra. Él es el gran teórico de la política y su función, para él, está muy clara: no se trata de que teorice sobre el concepto de libertad o de justicia, sino de cuál es la plausibilidad que tiene una idea para ser llevada a cabo.

Ortega es el pensador socrático por antonomasia, o mejor, es el paradigma del filósofo ciudadano, pues se plantea, antes que nada, los límites del saber. No se trata de un pensador dogmático, ni de un filósofo-rey que quiera imponer sus ideas a los demás. Es un filósofo que se plantea las limitaciones que tiene el pensamiento. Y su vida es coherente con ello.

«Ortega es el pensador socrático por antonomasia, o mejor, es el paradigma del filósofo ciudadano, pues se plantea, antes que nada, los límites del saber»

Hay tres grandes figuras a lo largo de la historia del pensamiento, o quizá dos, que se reflejan muy bien en aquella anécdota que narra Plutarco, cuando Alejandro va a ver a Diógenes. Alejandro va rodeado de asesores, guardaespaldas, etc. y dice aquello de «oye, Diógenes, dime qué quieres y lo haré realidad», y este le responde: «¿Podrías apartarte? Me quitas el sol». Y cuando se marcha Alejandro, mientras todo su séquito va diciendo: «¿Quién es este cretino?», Alejandro responde: «si yo no fuera Alejandro, querría ser Diógenes”.

Ahí están las dos partes que buscábamos: el filósofo ciudadano y el filósofo cínico. El cínico, que es Diógenes, y también el gran filósofo que fue Alejandro, que llevó a cabo la mayor obra de la antigüedad: convertir a los bárbaros en ciudadanos. Ahí están esas dos figuras. Y es el último, el ciudadano, quien sabe cuáles son los límites de su saber.

Alejandro tuvo un buen profesor…
Sí, ¡pero fíjate que fracasó! Porque cuando el padre de Alejandro (Filipo de Macedonia) llama a Aristóteles, le dice que lo único que quiere es que su hijo aprenda una cosa: que todo se quede como está. Es decir, que no emprenda conquistas… y el otro se fue y conquistó medio mundo. Así que, visto lo visto, hemos de concluir que Aristóteles, el filósofo que ha pasado a la historia como el gran sabio de todos los tiempos, en este caso fracasó totalmente. Por suerte. 

Volviendo a Ortega, me llama la atención la relación que destaca entre democracia y libertad. ¿Estamos tergiversando el concepto mismo de democracia a fuerza de querer ser los más demócratas? ¿Hemos caído en la «autocracia feliz» de la que hablaba Ortega?
La inseparabilidad entre democracia y liberalismo. Es una constante en todo el pensamiento de Ortega la defensa del individuo, de la liberta personal, frente a cualquier tipo de estatismo. Ortega es una demócrata radical, porque defiende, en los términos que usaría Camus, «la democracia de los solitarios-solidarios». Individuos que se vinculan a otros individuos para construir bienes en común, pero que saben cuáles son los límites que debe tener el Estado.

«Es una constante en todo el pensamiento de Ortega la defensa del individuo, de la liberta personal, frente a cualquier tipo de estatismo»

Ortega distingue varios conceptos de libertad, como han hecho después otros filósofos como Isaiah Berlín: libertad positiva, libertad negativa, etc. La idea es que el estado, básicamente, lo que tiene que hacer es defender al individuo para que pueda desarrollarse plenamente. Pero Ortega es muy cauto, porque estima que, para que haya un verdadero desarrollo de la democracia, se tiene que respetar un ámbito, un espacio, una parcela –llámalo como quieras–, que tiene que distinguir claramente entre lo que es el individuo (la persona) y lo que es la política (lo público).

Me detengo mucho en el libro en esta idea de Ortega, cuando dice eso de que una cosa es el liberalismo –que es, básicamente, la defensa radical de la libertad individual– y otra cosa es la democracia. Porque, claro, si la democracia es una cuestión de derecho público, la libertad individual es una cuestión de privacidad, de individualidad. La clave entonces es cómo acompasar la libertad individual y su desarrollo con el espacio público, con la democracia. Si exageramos el asunto, podríamos sacralizar la democracia hasta hacer de ella una democracia morbosa. 

Y si exageramos el individualismo, ¿no acabamos en el egoísmo?
Ortega distingue con claridad entre el individualismo democrático y el individualismo privatista, si quieres, nietzscheano. Son diferentes. A lo largo de la historia de la filosofía, la política y, sobre todo, del pensamiento político contemporáneo, no ha habido democracia sin individuo, sin persona. La democracia es para el desarrollo de las personas o no es democracia. Los individuos no pueden ser reducidos, como te decía antes, a una multiplicidad animal. En el momento que la democracia confunde esas posiciones, desaparece la política democrática. A no ser que nos empeñemos en llamar así a lo que no lo es, que ya sería la «democracia morbosa», según Ortega.

Pero el miedo aparece ante esa idea que reza que, como somos imperfectos, solo podemos ser libres si se limita nuestra libertad.
Ahí está el ejemplo de lo que hablábamos: si tú reduces pluralidad humana a multiplicidad animal. Es el pensamiento prototípico de Rousseau, lo políticamente correcto, que hoy ya ha vencido. Es lo opuesto a Ortega.

«La democracia es para el desarrollo de las personas o no es democracia. Los individuos no pueden ser reducidos a una multiplicidad animal»

La obra de Ortega, toda su obra, es la defensa de la libertad individual y esa es su gran influencia en el pensamiento contemporáneo. Camus en este punto es uno de sus grandes seguidores, especialmente en su obra El hombre rebelde –por cierto, Camus se consideraba el primer discípulo de Ortega, si ser discípulo es el que más lo ha leído–. Algo parecido pasa con Octavio Paz, otro Premio Nobel, que sigue a Ortega y su defensa de la democracia. Todos ellos son grandes demócratas radicales, grandes individualistas radicales… Naturalmente, en esa línea también podríamos citar a María Zambrano, que ha desarrollado la idea de democracia de Ortega en su Persona y democracia. Se trata siempre de la defensa de la democracia a través de la libertad radical, personal, subjetiva.

Por otro lado, Ortega se ha adelantado a pensar los horrores del totalitarismo, de las experiencias totalitarias del siglo XX, con un arsenal argumentativo realmente original. Por ejemplo, en el Epílogo para los ingleses y el Prólogo para franceses, que para mí son dos libros nuevos que pueden leerse independientemente de La rebelión de las masas, se adelanta a todo lo que va a suceder. Anuncia la Segunda Guerra Mundial. Ojalá le hubieran hecho caso. Y en Europa lo leían, ¿eh? Se le conocía desde los primeros años veinte como uno de los más inteligentes críticos de la dimensión revolucionaria, populista y totalitaria  de la modernidad. Fue él quien alertó de la venida de los totalitarismos, por lo que no deja de ser extraño que a él, un liberal radical, le hayan llegado a acusar justo de lo contrario, de autoritario.

Cambiando de órbita, hay una faceta que usted destaca varias veces en el libro y es la extraordinaria calidad literaria de Ortega.
Ortega es un gran filósofo porque, como todos los grandes, es capaz de escribir para el mundo entero. Claro que un especialista podrá encontrar unas cosas que no encontrará un no especialista, pero él rompe con esa distinción de la modernidad que suele diferenciar entre filosofía para especialistas y filosofía de divulgación. Una idea que, por cierto, aparece en la Ilustración. La filosofía, especialmente en lengua española, ha sido a menudo una cosa muy académica, en el sentido de que siempre ha tenido un lenguaje muy específico. Pero, por otro lado, ese lenguaje específico participa del lenguaje de la vida cotidiana.

A lo largo de la historia ha habido grandes filósofos que han escrito para todo el mundo, y eso es muy difícil. Lo digo no solamente como defensa a Ortega, que fue descalificado porque hacía «literatura», sino porque la literatura es necesaria. Es imposible encontrar a filósofos que no hayan utilizado, de una u otra manera, metáforas. De hecho, muchos grandes filósofos son conocidos por sus metáforas. El caso concreto de Ortega es cuando dice: «¿Qué escribo yo cuando escribo Las meditaciones del Quijote? Un conjunto de ensayos. ¿Y qué es un ensayo? La filosofía sin prueba explícita».

Sin embargo, él sí da pruebas muy explícitas de que está haciendo filosofía. ¿Cuáles? Pues el hecho de que uno coge un libro suyo y no puede dejar de leerlo. Esa es la gran prueba. Y lo más importante es que no la ofrece el autor, sino el lector. Ortega es tan genial que consigue que la prueba sea la conciencia del lector crítico. Que siga leyéndole. Es muy difícil empezar a leer a Ortega y dejarlo. Engancha. Sucede algo parecido a Platón. Si tú lees los Diálogos, si entras en ese juego, es muy difícil no acabarlo. Hay grandes autores de filosofía que han tenido esa cualidad y Ortega tuvo su mismo tipo de genialidad.

«En la filosofía de Ortega es la propia literatura, la conciencia del lector, la relación inmediata que se establece entre él y el escritor, lo que actúa como prueba evidente. Es filosofía porque tú sigues leyendo»

Por otro lado, la escritura no es solo estilo, no es solo forma. Es algo que es una tradición del pensamiento español que se dio en el Renacimiento, el Barroco, etc. La escritura ya es en sí misma contenido. Es cierto que en algunos filósofos y en algunos discípulos de Ortega esto que estamos hablando se ha desarrollado de manera genial. El lenguaje no es solo el medio de comunicación para la gran filosofía, sino que es contenido filosófico. Eso es algo que Ortega y algunos de sus seguidores han llevado hasta sus últimas consecuencias, por ejemplo, María Zambrano. Pero, reitero, eso no es reducir la filosofía a literatura, sino la prueba de que es parte necesaria. En la filosofía de Ortega es la propia literatura, la conciencia del lector, la relación inmediata que se establece entre él y el escritor, lo que actúa como prueba evidente. Es filosofía porque tú sigues leyendo.

La parte en la que reflexiona acerca de las críticas que se han hecho a Ortega recuerda –en mi opinión– a lo que le ocurrió a Julián Marías durante muchos años: por un lado, el franquismo lo marginó por haber sido republicano y, después, en la Transición y los años posteriores, la izquierda lo ignoró completamente por no ser socialista. ¿Comparten ambos ese desprecio ideológico de unos y otros hacia su persona por ser independientes?
Sí, sí, sí, claro. Es una tesis y una afirmación rotunda a lo largo de todo el libro. Y es especialmente grave en Ortega, ya que a él se le reivindica y se le cita, en los días de fiesta, pero se le oculta en los días laborables. Eso es lo grave, el ninguneo extremo.

Hay otro gran problema que es de fondo. A Ortega se le ha envidiado siempre porque era un grande. El más grande maestro que ha dado la filosofía española. En el libro yo me he dedicado a quitar esas espinas –y me he clavado unas cuantas también–, que quizá sean culpa de algunos de sus discípulos o seguidores, siendo el caso más concreto el de José Gaos.

Me ha sorprendido la historia de Gaos, el rencor…
Hay una voluntad, en mi libro, de tratar de dialogar honradamente con Gaos, porque a veces uno dice: «Leche, qué duro es esto contra Ortega, ¿no? Voy a volver a leerlo, quizá estoy equivocado…». Yo he leído casi toda la obra de Gaos, que es un gran filósofo, y me ha interesado muchísimo a pesar de ser un escritor muy duro literariamente, un autor que cuesta seguir. Y, al final, la pregunta que me hice era: ¿está movido este señor por una voluntad filosófica o una voluntad de servicio a una causa? Y creo que es esto último, que la crítica de Gaos a Ortega no es filosófica, sino que está al servicio de una causa política… Fíjate en esa lectura tan dura que se hizo de Ortega a su muerte en Confesiones profesionales, una de las obras más bonitas de Gaos. Son lecturas en las que desaparece el gran filósofo de la política que fue Ortega. Y eso ha sido copiado y mimetizado por otros por razones extrafilosóficas, motivos ideológicos para nunca reconocer la gran coherencia de Ortega. Desplazarlo, marginarlo del discurso académico, del discurso público. ¡Y todo porque volvió a España! Eso ha sido terrible. En ese error han caído muchos… que no te voy a recitar ahora porque están en el libro (risas).

Ortega frente a Unamuno. ¿Próximo proyecto?
Aparece continuamente, especialmente en la primera parte del libro. He trabajado mucho en ese tema y aquí he recogido algo de ello. Porque creo que es importante. En el fondo, Ortega siempre tiene como referencia a Unamuno, aunque no lo cite.

Hay un texto de Ortega, maravilloso, que es la necrológica que le dedicó a Unamuno poco después de morir este y en la que le reconoce una cosa: Unamuno, si ha aportado algo, es que las ideas no son para mostrar músculo o para hacer patinaje artístico, sino que han de servir para que los hombres sean mejores.

Hay que distinguir muy bien el tipo de filosofía que hace Unamuno… si eso es filosofía. Porque esa es precisamente la historia. Unamuno era un gran pensador y escritor, y no digo que eso no sea una forma de hacer filosofía importante, pero cuando se mide a Ortega con Unamuno, en realidad se le está midiendo con Kierkegaard.

Ortega trata de crear categorías, la primera de todas la razón vital, histórica, narrativa. Eso es una singularidad propiamente orteguiana, aunque tenga inspiración en muchos otros pensadores. Esa es su categoría, frente a muchas otras formas de hacer filosofía que están inspiradas en el absoluto.

«En Confesiones profesionales, de Gaos, desaparece el gran filósofo de la política que fue Ortega. Y eso ha sido copiado y mimetizado por otros por razones extrafilosóficas»

¿Su oposición al idealismo?
Continuamente se está enfrentando a dos grandes monstruos: por un lado, el idealismo, y por otro, ciertas formas de irracionalismo que han sido muy importantes.

Respecto al idealismo, hace como filósofo político lo que ya hemos indicado, la crítica a la modernidad idealista revolucionaria. Él es el gran crítico de la revolución. No hay otro más grande en el siglo XX. Y lo es porque es un demócrata, razón por la que adelanta a todas las demás críticas al totalitarismo contemporáneo que estaban por venir. Y, por otro lado, también ofrece enfrentamientos en términos teóricos de las fundamentaciones de la razón, donde se enfrenta radicalmente a cualquier tipo de irracionalismo o mística. Por eso el capítulo de Dios es tan importante en el libro. La clave está en que Ortega piensa que el cristianismo tiene que ponerse al día y hacerlo a través de la teología, que es, por decirlo de alguna manera, la teoría de la razón religiosa.

Es un tema en el que incide usted mucho, la diferenciación entre teología y mística.
Sí. Hay textos muy importantes de Ortega en los que él opta por la teología en lugar de la mística. Y no es que él –o yo– tuviera algo contra la mística o la literatura mística de este país, que es maravillosa, sino que él es un filósofo y por ello busca dar razón. Y es justo en ese punto donde se produce el enfrentamiento con Unamuno y Kierkegaard del que hablábamos.

Entonces, podemos concluir que ese libro, Ortega frente a Unamuno, está en marcha.
¡Sí! ¡Claro que lo está! Pero antes tengo que acabar otra cosa (risas).

Pues promete mucho…
Es que Unamuno… era un genio. Aparte de firmar un libro como Del sentimiento trágico de la vida, ¡era el Gran Escritor! Y es ahí donde aparecen sus paradojas, sus contradicciones, etc.

Quizá el mejor reflejo de las diferencias entre Unamuno y Ortega sean sus discípulos. Por ejemplo, María Zambrano. Ella tuvo dos temas de reflexión, España y Dios –cosas que, a menudo, tienden a olvidarse u ocultarse–. En el segundo caso, quien le abre las puertas es Ortega, pero el desarrollo, la teorización de la figura de Dios que ella hace es plenamente unamuniana.

Me está dando una idea para un reportaje, ¿sabe?: Unamuno y Ortega en el pensamiento de María Zambrano.
Pues ahí lo tienes. En el libro hay un capítulo muy largo sobre el tema.

Fuente:

https://www.filco.es/agapito-maestre-ortega-es-el-paradigma-del-filosofo-ciudadano/

Jose Barrientos

Entrevista radiofonica a Jose Barrientos.

Antonio Guerrero

 

El profesor J. Barrientos fue entrevistado por el programa de radio Talentos del proyecto Filosofía en la Calle, en torno a la filosofía aplicada.

Biografia:

José Barrientos Rastrojo es profesor en la Universidad de Sevilla y director de la Revista Internacional de Filosofía Aplicada HASER, Director Adjunto de la Revista Argumentos de Razón Técnica y codirector de la Cátedra de Hermenéutica Analógica y de la Revista Hermes Analógica. Escribió el primer libro sobre historia de la Filosofía Aplicada u Orientación Filosófica en lengua española, fundó y es uno de los actuales presidentes de la Red Iberoamericana de Investigación en Filosofía Aplicada.1​ Asimismo, dirigió el International Conference on Philosophical Practice, máximo evento de la profesión.

Ha realizado estancias en Princeton University con Peter Singer, en Harvard University, en la University of Cambridge, en [[The University of Chicago Press|The University of Chicago]], en la University of Tokyo, en la Universidade de Sao Pauloy en la UNAM con Mauricio Beuchot entre otras instituciones de educación superior. Por otro lado, ha dirigido más de una docena de investigaciones entre tesis doctorales, de Master y de Grado.

Es autor de más de doscientas publicaciones y de más de cien conferencias y ponencias expuestas en América, Asia, África y Europa.

Sus temas de investigación son la Filosofía Aplicada y la Experiencialidad. Este último tema lo ha desplegado en los últimos años en varios formatos académicos incluyendo un grupo de investigación, el primer proyecto experimental internacional, con sedes en Noruega, México y Croacia, y varios congresos y eventos académicos en varios países. Actualmente, vincula Filosofía Aplicada y Cooperación al Desarrollo con un proyecto internacional en cárceles y Casas Hogar.

 

Entrevista en el programa Talentos de Filosofía en la Calle.

Talentos

 

http://candilradio.com/index.php?option=com_commedia&task=popup&commpid=45259504&commsid=553480&tmpl=component

 

Más información sobre el programa de radio Talentos:

 

http://candilradio.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=754:talentos&Itemid=348

 

Más información sobre el proyecto Filosofía en la Calle

 

https://filosofialacalle.wixsite.com/fcalle

https://filosofialacalle.wixsite.com/fcalle

https://www.filco.es/filosofia-mas-alla-de-las-aulas/

Presentación de Filosofía en la calle | MuVIM, 6 junio 2019, 20.30 h. #Avivament2019 #Streaming

 

Filosofía en la calle

 

 

 

 

Futurama

 

Pienso, luego… ‘Futurama’

JAIME RUBIO HANCOCK

A Fry nunca se le dieron bien los libros, pero le sirvieron para vencer a los cerebros voladores

Un libro repasa debates filosóficos clásicos aprovechando las tramas y los personajes de la serie de Matt Groening.

Los seguidores de la serie la siguen echando de menos seis años después de su (segunda) cancelación, por lo que no es de extrañar que se acabe de publicar en España Futurama y la filosofía (Blackie Books), un libro de 23 ensayos editados por Courtland Lewis en el que sus tramas y personajes se aprovechan para hablar de asuntos éticos, existenciales y políticos. El texto sigue la estela de Los Simpson y la filosofía (y de otro centenar de títulos similares de la editorial estadounidense Open Court).

temas que recoge este volumen:

1. ¿Puedo comerme la bandera de España?

El doctor Zoidberg celebra el Día de la Libertad comiéndose la bandera de la Tierra, un acto con el que este alienígena quiere agradecer la libertad de la que disfruta. Sin embargo, la reacción de muchos terrícolas es la ira. Incluso la cabeza de Nixon (presidente del planeta) grita: “¡Muerte al traidor!”, antes de llevar a Zoidberg a juicio.

Este episodio está inspirado por la sentencia del caso Texas contra Johnson (1989), en la que el Tribunal Supremo consideró que Gregory Lee Johnson había ejercido su libertad de expresión al quemar una bandera estadounidense. Es decir, los jueces se mostraron cercanos al llamado “principio del daño”: según el filósofo John Stuart Mill, cualquier forma de expresión pública debe permitirse siempre que no cause un daño lo suficientemente grande. Y que algo ofenda no lo es. Para Mill, el debate público de ideas es indispensable. Y eso incluye quemar banderas, comérselas o, qué se yo, simular que uno se suena con ellas.

2. Sé tú mismo (si puedes)

Según relata Plutarco, durante sus años de servicio se fueron reemplazando todas las piezas dañadas del barco de Teseo, hasta el punto de que ya no quedaba ni un solo tablón del barco original. ¿Este barco seguía siendo el mismo barco?

Algo así (más o menos) se pregunta Fry en Parásitos perdidos. En este episodio, unas lombrices se cuelan en su cerebro y hacen sorprendentes mejoras en su inteligencia. Gracias a ellas está a punto de conquistar, finalmente, a Leela. Pero Fry se da cuenta de que todo es culpa de los parásitos y decide eliminarlos: quiere que su amiga se enamore de él y no de la persona que han moldeado las lombrices.

En realidad, todos cambiamos a lo largo de nuestras vidas. En el caso de Fry, la diferencia viene de que él es consciente de este proceso, de modo que afronta “la paradoja existente entre nuestra idea de ser un cuerpo permanente y la de ser un cuerpo que, en realidad, está constantemente cambiando”. ¿Y si Fry no se hubiera enterado de la existencia de las lombrices? ¿Seguiría siendo Fry?

La serie fue cancelada (por segunda vez) en 2013
La serie fue cancelada (por segunda vez) en 2013

3. ¿Los viajes en el tiempo son lógicamente posibles?

En Bien está lo que Roswell, la nave de Planet Express viaja al año 1947, lo que sirve para presentar la paradoja del abuelo: Fry no le debe hacer ningún daño al suyo porque podría dejar de existir.

¿Sería lógicamente posible que Fry matara a su abuelo? Si lo hiciera, Fry no llegaría a nacer, por lo que nunca viajaría en el tiempo, por lo que nunca habría matado a su abuelo, pero entonces sí nacería porque su abuelo seguiría vivo… Etcétera. Quizás no podría matar a su abuelo por mucho que se esforzara: por ejemplo, la pistola se encasquillaría o no acertaría ni un solo disparo. Es decir, sería lógicamente imposible y fracasaría siempre, del mismo modo que no podría dibujar un cuadrado de tres lados por mucho que lo intentara.

Pero Fry mata a su abuelo (sin querer). Y luego se acuesta con su abuela (queriendo). Y se da cuenta de que en realidad él es su propio abuelo. ¿Esto es lógicamente posible? Pues sí: es un ejemplo de “bucle causal”. Fry es la causa de su padre y su padre es la causa de Fry. Los bucles causales son raros, pero “no son lógicamente imposibles y, por tanto, no representan un problema al hecho de viajar al pasado”, explica el libro.

4. ¿Está mal comer popplers?

Leela descubre en otro planeta lo que parecen gambas rebozadas. Están tan ricas que se las lleva a la Tierra, donde se convierten en una moda gastronómica. Pero en realidad son crías de omicronianos, unos extraterrestres que en cuanto se enteran de la masacre acuden a la Tierra a buscar venganza: quieren comerse a Leela.

El capítulo se convierte en un disparatado debate sobre si está bien comer animales. Si nos parece bien criar a una vaca para asarla, ¿por qué nos parece regular que los omicronianos se coman a Leela? Como recoge el libro, la serie “incita a los espectadores a considerar la perspectiva de las especies inferiores (o, al menos más débiles)”. Todo cambia cuando tú eres el menú.

Leela descubre que los popplers en realidad son animales racionales
Leela descubre que los popplers en realidad son animales racionales

5. ¿Bender siente de verdad o solo está programado para sentir?

Como es el año 3000, en Futurama hay robots inteligentes. Casi todos, como Bender, tienen su propia personalidad. En este caso se trata de una personalidad egoísta y aficionada al robo, entre otras malas (e hilarantes) costumbres.

¿Pero Bender es así solo porque le han programado? ¿Entonces no es responsable de sus actos? ¿Eso no nos ocurre a todos? ¿Nuestros actos no son a fin de cuentas consecuencia de nuestra predisposición genética y del ambiente en el que hemos vivido?

Igual que los humanos, los robots de Futurama “pueden superar sus funciones” y “perseguir otros fines si así lo desean”. Nuestros impulsos y necesidades no determinan nuestro comportamiento y, por eso, igual que Bender, somos agentes morales responsables de nuestras acciones.

Al menos, que sepamos. Quizás todo esto no sea más que otra serie de Matt Groening y nosotros solo seamos dibujos que siguen un guion.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2019/05/28/actualidad/1559046049_905790.html

Leonardo da Vinci

Leonardo da Vinci: pensamiento avanzado

 

   
La proporción fue una de las ideas que vertebró la obra de Leonardo da Vinci. Se hizo explícita en el llamado «Hombre de Vitruvio», que preside este collage con algunas de sus obras.
La proporción fue una de las ideas que vertebró la obra de Leonardo da Vinci. Se hizo explícita en el llamado «Hombre de Vitruvio», que preside este collage con algunas de sus obras.

Hoy se cumplen 500 años de la muerte del genio del Renacimiento. A golpe de ideas y bocetos, Leonardo da Vinci transformó su época y el futuro. ¿Será esto suficiente como para poder denominarlo «filósofo»?

Por Pilar G. Rodríguez

Lo de ser un hombre o una mujer del Renacimiento debe de ser por Leonardo da Vinci, si con esa expresión nos referimos a alguien interesado por todos los saberes,activo en sus múltiples facetas y bueno en gran parte de ellas. Así era Leonardo da Vinci (1452-1519), de cuya muerte se cumplen hoy, 2 de mayo, 500 años.

Con su talento en el arte, la ciencia, la ingeniería, la música, la física, la anatomía, entre otras disciplinas, fue capaz de alumbrar una producción tan vasta y variada que hoy día sigue pareciendo inexplicable. Algo pueden aclarar sus libros de notas llenos de bocetos, apuntes, fórmulas matemáticas y diseños verosímiles e inverosímiles, todos útiles por igual, ya fuera en la Italia de su época o en un futuro al que él echó el lazo. Imaginó y diseñó numerosos inventos; algunos rudimentarios e incluso fallidos, sí, pero fueron los primeros destellos de las nuevas ideas que cambiarían el mundo, como el carro autopropulsado, la máquina de volar o el caballero robot. En este punto, un paréntesis con el interrogante de si no se puede llamar filósofo a alguien que cambió el mundo con sus ideas. Si se puede, Leonardo da Vinci lo fue por transformar el periodo en el que le tocó vivir y repercutir en el futuro a golpe de pensamiento y dibujo.

Sus manuscritos están llenos de diseños verosímiles e inverosímiles, pero útiles por igual, ya fuera en su época o para un futuro

Dos ideas decisivas: necesidad y proporción

Como s explica en El imaginario de Leonardo –catálogo de la exposición que la Biblioteca Nacional de España organizó en 2012 alrededor de los Códices Madrid–, en el Renacimiento, la razón empieza su recorrido triunfal hacia el dominio de la filosofía y la ciencia que cristalizará en el XVII con la aparición del racionalismo y el empirismo. Leonardo es un hombre de razón que quiere comprender el mundo a través de esta. «A su juicio, la aplicación de la razón, suprema facultad de la mente humana, permite conocer los principios universales que rigen el universo. Dos de ellos, la necesidad y la proporción, llamaron poderosamente su atención», explica en el mencionado catálogo Elisa Ruiz, comisaria de la muestra.

De la primera pensaba que era la guía de la naturaleza. Leonardo entendía la «necesidad» relacionada con la virtud en una asociación que recuerda a Aristóteles. Según el filósofo, la virtud se da cuando una entidad realiza la función que le es propia de forma perfecta. Pues bien, Leonardo entiende la necesidad-virtud como la forma en la que los elementos que integran el universo se acomodan perfectamente a su función en la naturaleza. Siguiendo esta misma lógica, para alcanzar un fin o una función determinada, lo más preferible será siempre el diseño más simple. Y así exclama:

¡Oh, investigadores de cosas! No presumáis de conocer las cosas que la propia Naturaleza manifiesta de manera ordinaria, sino alegraos de conocer el fin de aquellas cosas que son ideadas en vuestras mentes.
París, Bibliothèque de l’Institut de France. Codex G, f. 47r.

Leonardo, siguiendo a Aristóteles, entiende la necesidad-virtud como la forma en la que los elementos del universo se acomodan perfectamente a su función en la naturaleza

La otra idea, la proporción, tiene su plasmación artística en el llamado Hombre de Vitruvio, cuyo nombre deriva de los textos de arquitectura del famoso arquitecto romano, que Leonardo estudio con detenimiento y fascinación. Tenía múltiples aplicaciones en las matemáticas, la música, la arquitectura, etc., y como Leonardo se interesaba por todos esos campos, no pudo más que interesarse también con pasión por esa idea que vertebra también gran parte de su producción.

Anunciando el empirismo

La importancia que le daba a la razón y a la experimentación como método para avanzar en el trabajo intelectual hace de Leonardo da Vinci un anunciador de corrientes filosóficas como el racionalismo y el empirismo. Así se muestra en estas frases, que constituyen verdaderos aforismos:

  • La sabiduría es hija de la experimentación.
  • Antes de que tú enuncies una ley general a partir de un caso, pruébalo dos o tres veces y observa si las pruebas producen efectos similares.
  • La ciencia es el capitán y la práctica son los soldados.
  • Aquellos que se enamoran de la práctica sin ciencia son como el marinero que entra en una nave sin timón ni brújula.
  • No hay en la naturaleza ningún efecto sin causa; una vez que se conoce la causa no es necesario practicar la experimentación.
  • Todo nuestro conocimiento tiene su origen en las percepciones.

Cuadernos de notas

Pocos desconocerán el nombre del autor de La Gioconda o Mona lisa, por citar su obra más famosa o una de las más famosas. Pero no es tan popular la producción que dejó en forma de cuadernos o apuntes, manuscritos de gran valor, ocultos y dispersos por diversas bibliotecas e instituciones en todo el mundo como el Códice Atlántico, que se guarda en la Biblioteca Ambrosiana de Milán; los manuscritos de Francia, en el Institut de París; los del Castillo de Windsor, el Victoria and Albert o la British Library en Inglaterra; o los Códices Madrid, descubiertos en la década de los 60 en la Biblioteca Nacional de España que se exponen hasta el 19 de este mes en dicha sede. Como recuerda el profesor Miguel Ángel Contreras López en el artículo de la revista Descubrir el Arte, donde se recordaba el V centenario de su muerte: «Nada de lo escrito por Leonardo fue publicado ni estudiado hasta el siglo XIX. Mientras los manuscritos de Leonardo acumulaban polvo en antiguas bibliotecas europeas, Galileo Galilei era celebrado como el «padre de la ciencia moderna». Capra, en su famoso libro La ciencia de Leonardo,sostiene que el verdadero fundador de la ciencia moderna fue Leonardo da Vinci». 

El físico austriaco Fritjof Capra sostiene en su obra La ciencia de Leonardo que no fue Galileo, sino Leonardo, el verdadero fundador de la ciencia moderna

Tierra, agua, aire y fuego

La mezcla de conocimiento e intuiciones convirtió sus ideas en inventos de todo y para todo. Sus diseños abarcan desde máquinas para la fabricación de medallas, monedas o placas hasta otras que introducían avances en la industria textil, pasando por artilugios para la estampación y otros más domésticos, como puertas con mecanismos automáticos, lámparas, muebles y hasta un asador y una prensa para la producción del aceite de oliva. Esto en el plano más doméstico y terrenal, pero Leonardo tiene inventos que acompañan a los otros elementos.

A la conquista del cielo, una de sus obsesiones, Leonardo elaboró complejos artilugios: alas mecánicas inspiradas en las de los pájaros, telas extendidas para aprovechar el viento…

Respecto al agua, estuvo a la altura de los mejores ingenieros hidráulicos de la épocas. Mejoró las estructuras existentes –molinos, pozos, bombas–, pero su proyecto más ambicioso fue el encargo de desviar el curso del río Arno para que este fuese navegable hasta Florencia.

Capítulo aparte merece la atención que Leonardo le prestó a las artes de la guerra. Él mismo las exhibió cuando se autopresentó al duque de Milán Ludovico Sforza, «el Moro». Conocemos el texto gracias al Códice Atlántico. Allí, Leonardo explica su capacidad y potencial para diseñar máquinas de guerra. Si en el capítulo de la conquista del cielo Leonardo se considera uno de los padres (o abuelos) del helicóptero, sobre el terreno bélico figura como antecedente de ametralladoras, cañones y tanques, además de perfeccionadas ballestas y catapultas capaces de arrojar múltiples proyectiles.

Los Códices Madrid y la exposición de la BNE

Los Códices Madrid I y II constituyen el corazón de la exposición que desde finales del año pasado y hasta el 19 de este mes se puede ver en la Biblioteca Nacional Española, en Madrid. Son dos manuscritos excepcionales, obras ya de su madurez, que llegaron a España de la mano de Pompeo Leoni, escultor de Felipe II y fueron encontrados en los archivos de la Biblioteca a mediados de la década de los 60 del siglo pasado. El Códice Madrid I es un tratado técnico que contiene una selección de sus principales logros científicos y artísticos. «La calidad del aparato icónico y el interés de los textos explicativos lo convierten en una fuente indispensable para conocer el funcionamiento de una mente prodigiosa. Es uno de los más bellos autógrafos conservados. Probablemente el maestro se proponía publicar esta obra por medios mecánicos. La intencionalidad del autor resulta evidente gracias a la invocación dirigida a un eventual lector al principio del manuscrito», declara la catedrática de paleografía Elisa Ruiz, responsable de la muestra.

El Códice Madrid II es un ejemplo característico del tipo de cartapacio o zibaldone utilizado por Leonardo. Se trata de un cuaderno de trabajo en el que va anotando toda clase de asuntos. En esas páginas desarrolla, entre otras cosas, la problemática del vuelo artificial pilotado, explica un original sistema de reproducción simultánea de escritos e ilustraciones mediante planchas metálicas, incluso levanta acta de un importante hallazgo: «En la noche de san Andrés encontré la solución final de la cuadratura del círculo cuando ya se terminaba la vela, la noche y el papel en el que escribía, al filo del amanecer».

Fuente:

https://www.filco.es/leonardo-da-vinci-pensamiento-avanzado/

Julio Llamazares

Solsticio

Pese a los muchos siglos de religiones modernas, en el fondo de nuestras conciencias alienta un animismo primitivo que tiene que ver con lo natural más que con la filosofía y la ciencia

Hoguera en la playa de Riazor (A Coruña) durante la noche de San Juan.
Hoguera en la playa de Riazor (A Coruña) durante la noche de San Juan. ÓSCAR CORRAL

A coger el trébole (el trébol de cuatro hojas, ese que da buena suerte), encender y saltar hogueras o bañarse en los ríos o en el mar bajo la Luna: millones de personas en el mundo saldrán un año más de sus casas la noche de este domingo, cumpliendo con un rito pagano para unos y cristiano para otros. La noche de San Juan, aunque no coincide exactamente con el solsticio de verano (el de invierno en el hemisferio sur) tiene su origen en él y como tal es tomado por muchísimas personas, que consideran la fiesta una celebración panteísta. Pese a los muchos siglos de religiones modernas, en el fondo de nuestras conciencias alienta un animismo primitivo que tiene que ver con lo natural más que con la filosofía y la ciencia.

A la vez que el mundo avanza hacia la tecnificación robótica, que la informática y la astronomía conectan el conocimiento humano y el universo, cada vez menos ignoto, la humanidad sigue teniendo necesidad de misterio, de algo que la haga sentir viva por encima de la tecnología. Enganchados a móviles y a ordenadores, necesitamos a la vez sentir que estos no lo solucionan todo y que hay algo que se les escapa, algo que nos pertenece y que ya estaba dentro de nuestros espíritus antes de que aparecieran ellos. Algo que tampoco tiene que ver con la religión como nos la presentan, en todo caso con sus antecedentes mágicos. En el fondo de todos nosotros, lo queramos o no, hay un eco de la historia de ese tiempo en el que las preguntas aún no tenían respuestas, o por lo menos no todas ellas.

La noche de San Juan en Occidente va unida a la superstición, una rémora para quienes consideran que todo tiene una explicación científica. Posiblemente estén en lo cierto, pero eso no les faculta para descalificar a quien necesita creer en algo diferente de lo que la tecnología y la ciencia nos presentan como único real. Sin entrar en creencias milenaristas o en fantasías heterodoxas, de esas que las televisiones también nos venden como si fuera una publicidad más, hay gente que necesita seguir pensando para vivir que no todo tiene explicación y que cabe aún el misterio en este mundo, llámese poesía o representación sin más. Por eso, en noches como estas, la de San Juan o la de Navidad, la más corta y la más larga dependiendo de los hemisferios terrestres, todos sentimos un estremecimiento y un desasosiego que tratamos de convertir en fiesta, para no reconocer que nos asusta el misterio del tiempo y nuestro desvalimiento como especie, en medio del gran enigma del universo y de la eternidad que intuimos detrás de él. “El mayor de los soles en un lado / y del otro luna nueva / lejos de la memoria como aquellos pechos / Y en medio el abismo de la noche estrellada, / el cataclismo de la vida”, escribió el poeta griego Yorgos Seferis mirando el cielo de Atenas un solsticio de verano, sin saber que esa noche quedaría para siempre prendida de su poema como de tantos poemas escritos por tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia, la mayoría de ellos perdidos para siempre con las luces de la noche, con las hogueras y las ilusiones brotadas al calor de su fantasía, tan fugaz. Otro poeta, este de la pintura, lo escribió con sus pinceles en un lienzo cuyo título, Nocheestrellada, resume todos esos poemas, los conocidos y los por escribir. “Las piedras de molino muelen todo / y todo en astros se convierte / En vísperas del día más extenso”, dejó escrito Seferis.

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2019/06/21/opinion/1561119666_964299.html

Omar Khayyam

Omar Khayyam: el hombre que cambio la forma de medir el tiempo

Gran matemático persa, astrónomo, filósofo y poeta, nos dejó la actualización del calendario zoroástrico y los rubaiyat o cuartetos

Alberto López

Omar Khayyam
Imagen del erudito persa Omar Khayyam GETTY IMAGES

Si en algunos países de Oriente preguntáramos quién es Omar Khayyam nos encontraríamos con una respuesta que no coincidiría con lo que en Occidente conocemos de él y es su contribución al mundo de las ciencias, en concreto a las matemáticas (las ecuaciones y el quinto postulado de Euclídes), a la astronomía (participo en el nuevo calendario persa conocido como jalaliana o seliuk que se sigue utilizando hoy en día en Irán y Afganistán), y a la filosofía (fue seguidor de Avicena).

Gracias a la traducción del Rubaiyat que hizo Edward Fitzgerald a mediados del siglo XIX comenzó a ser conocido como poeta en Europa y América.

De su vida conocemos que nació en la ciudad de Nishapur (Irán) el 18 de mayo del año 1048 y que falleció en el mismo sitio el 4 de diciembre de 1131. Su nombre fue Omar ibn Ibrahimal-Khayyami y pasó a utilizar Khayyam al dar a conocer sus poemas (en árabe significa fabricante de tiendas).

La provincia donde vivió Omar Khayyam era un lugar próspero (con tierras fértiles) y que estaba situado en la ruta de comercio entre China y el Mediterráneo lo que permitió vivir en un lugar que estaba abierto al mundo, al que llegaban comerciantes que provenían de muchas partes de la tierra y que además de traer mercancías intercambiaban ideas, formas de ver la vida y compartían su cultura, eso le permitió a Khayyam tener una mente abierta y un conocimiento muy amplio de muchas materias.

Monumento que homenajea a Omar Khayyam en la provincia iraní de Gilan
Monumento que homenajea a Omar Khayyam en la provincia iraní de Gilan

Antes de dedicarse a la literatura su vida se centraba en la astronomía y las matemáticas y durante muchos años investigo y realizó numerosos descubrimientos. Es en éstas disciplinas donde más nos sorprende. Por ejemplo en matemáticas hay un término que utilizamos para despejar ecuaciones que es la x, pues él la llamó shay (cosa, algo), al pasarse a castellano se pronunciaría xay, y de ese sonido a la inicial x. Otro ejemplo de destreza en matemáticas es que aunque no se demostraría hasta más tarde Omar Khayyamdefendía que no se podían realizar ecuaciones de tercer grado con regla y compás y habría que esperar a Descartes en el siglo XVII que demostraría la teoría de las ecuaciones de tercer grado. Fue también pionero en el tema de las fracciones y de los binomios y nos dejó numerosos tratados y estudios.

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Respecto a la astronomía, ya hemos citado anteriormente su participación en la modificación del calendario persa que se basaba en el calendario lunar y en la investigación que llevó a cabo y que le permitió calcular la duración de un año exacto sin errores, desmintiendo la teoría de que el año tenía 365 días, lo cual no era correcto, su cálculo era mucho más preciso que él del calendario gregoriano. También le encargaron dirigir en la ciudad de Isfahán un observatorio astronómico y lo hizo durante muchos años pero a la muerte de su mentor sufrió ataques de los musulmanes ortodoxos.

Otro aspecto que conocemos es que peregrino una vez en su vida a la Meca, y que entre otros trabajos fue profesor de matemáticas, historia, medicina, filosofía y juez en su ciudad natal.

Decís que correrán ríos de vino, ¿Es el paraíso una taberna? Decís que todo fiel tendrá dos huríes(vírgenes), ¿Es el paraíso un burdel?

OMAR KHAYYAM

En cuanto a la poesía se le atribuyen muchas obras (entre quinientas y mil) pero lo más seguro es que unas doscientas sean realmente suyas. Sus poemas hablan de las cosas buenas de la vida, del amor, de los placeres terrenales, del vino, pero si uno ahonda un poco más, se encuentra con una profunda reflexión sobre la existencia humana, sobre la religión, el universo y la naturaleza y detrás de todo ello una visión pesimista del mundo. Aprovechaba en sus escritos para hacer una crítica a la sociedad del momento, a la religión y la educación. Utilizaba estrofas formadas por cuatro versos dodecasílabos con un esquema de rima A-A-B-A escritos en lengua farsí. Sus versos empleaban siempre un vocabulario ingenioso, divertido y un tono sarcástico.

La manera en la que llegó a Europa la obra de Khayyam, es muy curiosa, Cowell un inglés que hablaba persa descubrió uno de los manuscritos de Omar en una biblioteca (Bodleian) y Fitzgerald comenzó a trabajar en ella y darla a conocer. Y tal ha sido su difusión que podemos decir que hay un cráter lunar que se llama Omar Khayyam, y que escritores de la talla de Borges, Wilde, Juan Ramón Jiménez hacen referencia en sus obras al autor persa.

Sin duda alguna Khayyam se adelantó al Renacimiento, fue un hombre completo en todos los sentidos, con una amplia formación, pero sobre todo con un gran interés por desvelar los misterios del mundo, por dar respuestas. Lo que había dentro de él era un deseo de conocer el porqué de las cosas, pero sobre todo una búsqueda del sentido de la vida. Sus palabras y sus versos nos hablan del ser humano en todas sus dimensiones y desde lo más profundo de sus ser. Lo conocemos como poeta, pero su legado es tan inmenso que desde que somos pequeños y cuando comenzamos nuestros estudios sus descubrimientos forman parte de nuestro aprendizaje y nos acompañarán a lo largo de toda nuestra vida.

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2019/05/18/ciencia/1558158560_459881.html

MARÍA JOSÉ GUERRA y ANTONIO CAMPILLO

No hay democracia sin pensamiento libre

En los últimos años proliferan partidos y gobiernos de ultraderecha que amenazan la democracia

Estudiantes durante la manifestación contra las políticas de Bolsonaro en São Paulo.
Estudiantes durante la manifestación contra las políticas de Bolsonaro en São Paulo. CAMILA SVENSON

Las revoluciones modernas trataron de crear sociedades libres y justas. Y para ello construyeron las instituciones democráticas y un sistema educativo público. Porque no puede haber democracia sin una ciudadanía bien formada. Desde la escuela hasta la universidad, comenzó a enseñarse todo tipo de conocimientos: humanidades, artes, ciencias sociales y saberes técnicos y profesionales. Si estos últimos son útiles para la mejora de las condiciones materiales de vida, los primeros son imprescindibles para la comprensión de las sociedades y la formación integral de las personas.

Hoy, sin embargo, está ocurriendo lo que hace unos años parecía imposible. Están proliferando gobiernos de ultraderecha que son una amenaza para la democracia y el pensamiento libre. El caso de Brasil es paradigmático. El presidente Bolsonaro y su ministro de Educación pretenden recortar las carreras de filosofía, sociología y humanidades, porque son un lujo para “personas muy ricas” (el argumento populista) y no “generan un retorno inmediato” (el argumento economicista). Apelan al precedente de Japón, cuyo ministro de Educación envió en 2015 una orden a las universidades exigiéndoles “abolir los estudios de ciencias sociales y humanas”. Esa orden provocó una oleada de críticas, incluso por parte del empresariado, y enseguida fue anulada. Esperemos que ocurra lo mismo en Brasil. La Red Iberoamericana de Filosofía ya ha exigido una rectificacióny la movilización nacional e internacional no deja de crecer.

Para entender lo que ocurre en Brasil, recordemos la historia europea. Cuando surgieron los regímenes totalitarios del siglo XX, uno de sus objetivos fue la destrucción de la cultura, la quema de libros, la persecución de profesores, artistas y pensadores. El conocimiento se redujo a los saberes técnicos necesarios para mover la maquinaria económica y militar. Se trataba de convertir a la ciudadanía en una masa ignorante y manipulable. Es lo que Ortega y Gasset llamó “la barbarie del especialismo”.

El 12 de octubre de 1936, en la Universidad de Salamanca, el general sublevado Millán-Astray, fundador de la Legión, le gritó al rector Miguel de Unamuno, escritor y filósofo: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. Unamuno le respondió: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis”. Con el apoyo de Hitler y Mussolini, Franco destruyó las instituciones democráticas de la II República y trató de matar la inteligencia de todo un pueblo. No lo logró, pero la represión de los maestros y profesores fue brutal, y muchos intelectuales se exiliaron a países como México. La sociedad española tiene una deuda con todos ellos que todavía no ha sido saldada.

La derrota de Hitler y Mussolini abrió un nuevo ciclo histórico en Europa, durante el cual se construyeron los Estados de bienestar. No fue solo una época de desarrollo económico, sino también de justicia social, democratización de las instituciones, conquista de derechos civiles y generalización de la educación y la cultura. Pero, tras la llegada al poder de Thatcher en Reino Unido y Reagan en Estados Unidos, se inició una nueva etapa dominada por el neoliberalismo. Su objetivo: desmontar todas las conquistas democráticas, sociales y culturales de los Estados de bienestar. Es decir, someter la vida de las personas a una nueva servidumbre: la dictadura del mercado capitalista. Las políticas neoliberales comenzaron a socavar de nuevo el sistema público de educación, ciencia y cultura, y a reorientarlo hacia los saberes técnicos patentables y mercantilizables. Una vez más, se trataba de convertir a la ciudadanía en una masa de productores y consumidores fácilmente manipulable.

Tras la crisis de 2008, las políticas de recortes sociales y la precarización generalizada, hemos entrado en un nuevo ciclo en el que proliferan los partidos neofascistas, eufemísticamente llamados populistas. Este fenómeno recorre Europa y América, de Hungría a Reino Unido, de Suecia a España y de Estados Unidos a Brasil. El neofascismo retoma algunos elementos del pasado (autoritarismo, machismo, xenofobia, etcétera) y los combina con otros del ideario neoliberal (privatización de servicios públicos, precarización del empleo, bajada de impuestos, etcétera). Ambos tienen en común el socavamiento de la democracia y de la educación pública.

Ante los grandes retos sociales, tecnológicos y ecológicos a los que se enfrenta hoy la humanidad, necesitamos renovar y fortalecer nuestra democracia, pero también nuestro sistema educativo, para que la ciudadanía pueda adquirir una formación lo más amplia e integral posible. No podemos permitir que las humanidades y las ciencias sociales sean eliminadas de las escuelas y las universidades. La barbarie se abre camino con medidas como esta. Tenemos que oponernos a los enemigos de la educación y la cultura. Prescindir de la filosofía y de la sociología es una mayúscula aberración.

Fuente:

https://elpais.com/sociedad/2019/05/12/actualidad/1557684038_016957.html

María José Guerra es presidenta de la Red Española de Filosofía (REF) y catedrática de Filosofía Moral de la Universidad de La Laguna.
Antonio Campillo ha sido presidente de la REF y es catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia.