Diálogos en el ascensor sobre la gran filosofía

Artículo de José Luis Villacañas en Levante, 19/03/2013.

Javier Gomá, uno de nuestros más ilustres ensayistas, dedicó el feuilleton del sábado en El País a esta pregunta: «¿Dónde está la gran filosofía?». Debo confesar que me he sentido concernido por ese trabajo. No por lo que tiene que ver con la gran filosofía, claro está. Gomá es muy gentil cuando afirma que existe en España «la generación de profesores de filosofía más competente, culta y cosmopolita que ha existido nunca», a pesar de que no haya logrado producir una «gran filosofía». Tiene razón. No hemos hecho una gran filosofía. Pero, si se lee bien el artículo, al autor de La ejemplaridad no le preocupa este hecho. La pregunta «¿dónde está la gran filosofía?» da por supuesta una respuesta: «No en España». A él le inquieta que tampoco exista en el mundo.

Gomá confiesa que no va a hablar de los filósofos españoles. Su razón es que se los encuentra en el ascensor. Sin embargo, el artículo es demasiado importante, y la política de su publicación demasiado notoria, como para fingir su inexistencia entre nosotros. Hemos entrado en la zona caliente de la supervivencia académica de la filosofía y cualquier cosa que se diga acerca de ella puede ser relevante para su futuro. De hecho, el artículo me llegó, antes de leerlo en el periódico, por un correo. Me lo mandaba un historiador progresista muy conocido y el asunto del correo era: «El fin de la filosofía». Este correo me alertó acerca de una posible interpretación del artículo de Gomá. Por eso, aunque hace tiempo que no converso con él, me siento inclinado a este diálogo en el ascensor.

En efecto, alguien podría entender las cosas así: puesto que no hay gran filosofía, no hay filosofía. Luego eso que se nos ofrece como filosofía debería desenmascararse y desaparecer. Gomá no quiere extraer esta conclusión, pero da cierto pie a esta interpretación cuando sugiere que los productos subrogados son «ensayos de entretenimiento», trabajos divulgadores o, en el peor de los casos, propuestas de sabiduría oriental y exhortaciones de autoayuda. En todo caso, Gomá no puede dejar de calificar la situación como «deserción de su misión». Aunque la palabra es fuerte, no quiero rehuirla. Gomá tiene razón: la filosofía tiene una misión y puede desertar de ella. De otro modo, no se podría hablar de profesión ni de vocación. La filosofía es todo eso y por ello corre riesgos. Cuando alguien de buena fe llama la atención sobre ello, no podemos encogernos de hombros. Muchos de mis colegas podrían sugerir que bastante tenemos con dar nuestras muchas horas de clase, llevar al día el inmenso papeleo de nuestros departamentos, atender los miles de correos semanales que produce la nueva forma de relación con los alumnos y rellenar los sexenios de forma adecuada, incluso en el tiempo en que el ministerio deja de financiar los proyectos ya aprobados. Pero esta línea de defensa me resultaría mezquina. La respuesta a la pregunta por la existencia de una gran filosofía puede implicar la denuncia de una deserción. Y debemos mirarla con seriedad.

Para aclarar las cosas, veamos lo que Gomá llama «gran filosofía». Tenemos aquí tres cosas muy diversas. Quizá él pueda creer que las tres van juntas. Yo no lo tengo tan claro. Una gran filosofía, para él, «propone un ideal» o es «ciencia del ideal». De esta definición depende un conjunto de expresiones. Ideal es la perfección o excelencia de un deber ser. Como tal, debe convencer, persuadir y seducir, ser tanto ciencia como literatura. Debe mover «fuerzas latentes» y tener una función retórica. Este deber ser constituye «una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa» y brindar una síntesis feliz. La gran filosofía, así, es un programa de naturaleza normativa y de impronta global. De ella dice que ofrece una «imagen del mundo completa y unitaria».

Pero al lado de este sentido de gran filosofía, Gomá deja caer otro: «Proponer un relato totalizador a la sociedad de su tiempo». En otro momento lo llama «abarcador». Gomá no es claro acerca de si considera que esta noción es la misma que la anterior. A mí no me lo parece. Su naturaleza narrativa es contraria a la normatividad. Se supone que esta gran filosofía debería tener una potencia explicativa de por qué la sociedad de nuestro tiempo es así y no de otra manera. Incluso debería explicar el proceso por el cual las cosas han llegado a donde Gomá dice que han llegado. A lo mejor entonces la palabra no es deserción, sino algo diferente, que debe entenderse a la luz de un proceso histórico complejo. Esta segunda forma de entender la gran filosofía no puede derivarse de la idea normativa anterior. Es temporal y nos ofrece opciones condicionadas históricamente. Tampoco puede confundirse con las descripciones de cómo somos ahora, sino que, en tanto relato, muestra cómo hemos llegado a ser lo que somos. Si este relato existiera, y se hiciera de forma pormenorizada, mostraría que la gran filosofía en el primer sentido no desapareció hace treinta años. En realidad, si nos ponemos puntillosos, nos damos cuenta de que una verdadera filosofía que cumplió todos los rasgos del primer sentido de Gomá fue la de Luis Althusser. Su heredero actual es Alain Badiou, uno de los inspiradores de ETA. No desde luego Habermas ni Rawls, al fin y al cabo defensores de teorías formalistas, sin concepción del mundo ni ideales materiales.

Quizá Gomá no ha examinado con cuidado que su primer sentido de gran filosofía puede reactivar ofertas de dudosa compatibilidad con la sociedad democrática. Por ejemplo, Agamben ofrece una gran filosofía en el primer sentido normativo. Pero no es compatible con la sociedad liberal. Quizá para evadir este peligro, a lo largo del artículo Gomá sugiere que la filosofía de la que habla es «la gran teoría humanista, integradora y universal que permanece hoy sin dueño». Este tercer sentido permite evadir las grandes filosofías antihumanistas citadas. Ahora, desde este sentido adicional del ideal, mucho más concreto, Gomá desea defender que la filosofía debería ofrecer un modelo de lo humano con al menos esta condición: «proponer un ideal cívico para el hombre democrático».

La cuestión es muy relevante, desde luego, y comparto la centralidad del argumento antropológico que muestre la inevitable pluralidad de tipos humanos y la conveniencia del orden democrático justo por eso. Pero no puedo evitar la pregunta de si el ideal cívico propio del hombre democrático no será demasiado pluralista como para conformarse con una gran filosofía en el primer sentido, y si no será preferible, como dice Odo Marquard, varias filosofías, aunque sean pequeñas. En realidad, no veo la manera de que el individuo tome sus decisiones libres salvo si hay varias filosofías. No veo democracia sin filosofías. Y algunas de ellas deben ofrecer relatos explicativos alternativos de por qué, tras nuestra trágica historia, la democracia pluralista con plurales filosofías, con diversas formas de entender la sabiduría de la vida, con diversos estilos de vida, aún a riesgo de dispersar los ideales y de no ofrecer universales normativos intemporales, es preferible a las visiones totalizadoras del mundo. Así que no veo la manera de que los tres sentidos de gran filosofía de Gomá sean compatibles entre sí. Por eso creo que debemos reformular su pregunta si queremos darle una respuesta coherente.

José Luis Villacañas es catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense.

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