Exposición “Yo Unamuno. Sus manuscritos en la BNE”

Esta exposición de cartas autógrafas de Miguel de Unamuno guardadas en la Biblioteca Nacional de España —casi un centenar entre las cuales unas treinta inéditas hasta hoy— redescubre la personalidad polifacética y compleja de uno de los mayores artífices de la “Edad de Plata” y los hitos de una vida estrechamente vinculada con la historia de España: al hombre en su intimidad, con sus momentos de esperanza o de desaliento; a uno de los primeros intelectuales españoles cuya faceta política quedó oculta durante varias décadas; al escritor, ensayista y periodista que anhelaba distinguirse en todos los campos, mezclando los géneros.

Entre los manuscritos de varias obras mostradas en esta exposición, el valioso De Fuerteventura a París: diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos (1924-1925), autógrafo con correcciones que abarca 117 hojas, es el ejemplo emblemático de la conjunción entre escritura de confesión y creación literaria. Además de este, los otros manuscritos de la exposición, nos recuerdan la afición temprana de Miguel de Unamuno al teatro —compuso un sainete en dialecto bilbaíno a los 23 años— un teatro que pocas veces llegó a estrenarse.

“Yo, Unamuno” presenta un borrador autógrafo de El Otro, redactado en un cuaderno de colegial francés así como un manuscrito de El pasado que vuelve drama en tres actos mandado al editor alemán Haberer Helasco. El fragmento de un ensayo así como una poesía autógrafa permitirán dibujar los contornos de su ingente quehacer literario.

El título de la exposición condensa una frase de Unamuno a su amigo el crítico literario Francisco Fernández Villegas en noviembre de 1896: “Yo soy yo, como cada quisque, género aparte. Y mi progreso consiste en unamunizarme cada vez más”. Poco años después piensa llamar su primer drama Yo, yo y yo, título que abandonará luego por el de La Esfinge (1898).

Si bien estos ejemplos pueden dar pie a la fama de “ególatra” que se ganó pronto el autor, corresponden a un periodo crucial de su recorrido vital: son las palabras de un treintañero, catedrático de Griego en la Universidad de Salamanca, que goza de la tranquilidad de este viejo “ciudadón castellano”, pero anhela cada vez más distinguirse de los demás y sobre todo hacerse un nombre en el mundo madrileño de las letras.

Con los años, la escritura del yo llega a ser el componente esencial de su obra y penetra en todos los espacios de la creación: novela, poesía, teatro, ensayo, artículos de prensa, en busca de otro yo, un lector muchas veces ideal. Pero el lugar privilegiado del diálogo —o mejor del “monodiálogo” confesional— es la correspondencia privada en que puede desahogarse, confiarse a un interlocutor a la vez concreto y genérico, con la intuición y ¿quién sabe? el secreto deseo de que algún día sus cartas sean leídas o, incluso, expuestas.

Exposición comisariada por Colette y Jean-Claude Rabaté y María José Rucio Zamorano.

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