Ana de Miguel (1961)

Manuel Liz*

Presentar a una amiga es fácil. Decir su nombre, aludir a circunstancias compartidas, dejar claro que es alguien que merece la pena conocer, tal vez insistir en que es agradable, fiable, una buena persona. Presentar a una destacada filósofa también puede ser fácil. Debes situarla en un contexto intelectual atrayente, mejor si confluyen diferentes tradiciones, tienes que reseñar su obra, mostrar el impacto de sus trabajos, la importancia de sus ideas. Con Ana de Miguel Álvarez no puedo dejar de hacer las dos cosas. Ambas se mezclan en mis pensamientos. Y combinar lo subjetivo con lo objetivo no es ya tan fácil.

Nace en Santander, Cantabria, en 1961. Estudia filosofía en la ocho veces centenaria Universidad de Salamanca y se doctora en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Entre los años 1993 y 2005, es profesora de sociología del género en la Universidad de La Coruña. Actualmente, es profesora titular del Área de Filosofía Moral y Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. En esta universidad, ha sido directora del Máster de Estudios Interdisciplinares de Género. Y desde 2005 es también directora del curso Historia de Teoría Feminista, del Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense, sucediendo a Celia Amorós en su esfuerzo por hacer visible lo que ha sido ocultado.

Su Tesis Doctoral se tituló Elites y participación política en la obra de John Stuart Mill. Este autor sigue siendo una de sus obsesiones. Los argumentos de Mill sobre la libertad son claros y rotundos. Y su aplicación al feminismo directa. Tan claros y rotundos como los propios argumentos de Mill son los análisis de Ana de Miguel en Cómo leer a John Stuart Mill (1994), así como en su edición crítica e introducción de la obra de William Thompson y Anna Wheleer, La demanda de la mitad de la raza humana (2000) y en su prólogo a la traducción española del libro de Mill, El sometimiento de las mujeres (2005).

Otra de sus obsesiones son las complicadas relaciones entre feminismo y marxismo. Algunas obras escritas con gran esmero son Marxismo y feminismo en Alejandra Kollontai (1993), Alejandra Kollontai (2001) y su introducción y selección de textos de la obra de Flora Tristan, Feminismo y socialismo (2003).

Teoría feminista, filosofía política y movimientos sociales. Este es el marco general de la mayoría de los trabajos académicos de Ana de Miguel. Junto con Celia Amorós, es editora de la extensa obra titulada Teoría feminista. De la Ilustración a la globalización (2005). Como una nueva enciclopedia alternativa, está formada por tres volúmenes. Los títulos de cada uno de ellos son De la Ilustración al segundo sexo (vol.1), Del feminismo liberal a la posmodernidad (vol. 2) y De los debates sobre el género al multiculturalismo (vol. 3). No puede exagerarse la importancia de estos libros. En Mujeres en Red. El periódico Feminista, leemos: “Los tres volúmenes -que recogen el trabajo conjunto y a lo largo de más de una década de sus numerosas autoras-, sistematizan el esfuerzo plural de todo un movimiento social y de sus teóricas por poner nombre al sistema de dominación humana más ‘antiguo y universal’ de los existentes”.

En ese mismo marco, Ana de Miguel también ha coordinado el volumen monográfico Perspectivas feministas en la España del siglo XXI (Revista Études féministes/Estudios feministas, Juin-Décembre, 2006). No quiero extenderme en la enumeración. Hay muchas páginas web donde pueden encontrarse comentarios y enlaces a estos trabajos y a muchos otros en forma de colaboraciones a libros colectivos, conferencias y artículos (por ejemplo, http://www.mujeresenred.net/anademiguel.html y http://www.mujeresenred.net/anademiguel.html). Especialmente en estos segundos trabajos puede apreciarse una gran sensibilidad, a menudo crítica, respecto a las formas actuales de feminismo que buscan nuevos espacios desde el supuesto de que deben abandonarse completamente ideas como las de verdad, objetividad y racionalidad.

El fenimismo de Ana de Miguel es académico y militante. Es institucional y de calle. Es un feminismo ilustrado basado en la exigencia de libertad e igualdad. Y también es un feminismo de la diferencia frente al peligro del tópico fácil y del amparo tribal. La fraternidad no puede desarrollarse sin igualdad. Y la igualdad sin libertad es una ficción. En muchos casos, una ficción generada desde posiciones de poder. Otras veces, un simple autoengaño.

Me viene a la cabeza la biografía de Alejandra Kollontai, revolucionaria comunista rusa, una de las primeras mujeres en ocupar un puesto en el gobierno de un país moderno. Apoya la visión de Lenin y participa activamente en la toma del poder por parte de los Soviets. En 1917, es elegida miembra del Comité Central del Partido votando a favor de la toma del Palacio de Invierno, que inicia la Revolución Rusa. Su lucha por los derechos y libertades de las mujeres, dentro de la organización del nuevo estado, es épica. Y sigue siendo un punto de referencia de valor incontestable. Pero surge un conflicto. En 1921, junto con un conocido dirigente de los trabajadores metalúrgicos, funda el movimiento Oposición Obrera. El objetivo era completamente acorde con los ideales revolucionarios. Entregar la organización y dirección de las fábricas y empresas a los propios trabajadores. El Congreso del partido ordena disolver el movimiento. La Internacional Comunista avala la decisión. Alejandra Kollontai queda marginada y pierde su capacidad de influencia política. Ya sólo ocupará puestos representativos en distintas embajadas e instituciones internacionales.

Tengo ante mí otra imagen. Otra marxista revolucionaria. Se trata de Rosa Luxemburgo. Confió en que la revolución podía triunfar en Centro-Europa. Se equivocó y lo pagó con su vida. Criticó duramente el movimiento comunista ruso, anticipando el peligro de que una dictadura del proletariado pudiera convertirse en una dictadura sobre el proletariado. En uno de sus escritos, en torno a 1916, escribe la siguiente frase: “La libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente”. El significado de esta sencilla frase es impresionante. La libertad es siempre una propiedad de los otros, de los que no piensan como tú. No es algo que tú tienes, sino algo que tienen los demás. Es algo que tú das a los demás. Y que tú sólo puedes tener en la medida en que los demás te la den. Así es como funciona la libertad en una asamblea. Así debería funcionar la libertad en cualquier contexto social, incluidos los diversos contextos de las relaciones de género. Es más, tal vez esa sea la última naturaleza de la libertad. La libertad no sería nunca algo que tiene de manera original un “yo”. Sería siempre algo que se recibe. Algo que das a un “tú”. Y algo que te dan a “ti”.

Una idea parecida se encuentra también en Stuart Mill. El problema central de la libertad no es el problema metafísico de hacer sitio a una acción incondicionada en un mundo que parece ciegamente estructurado por causas sociales, económicas, históricas, biológicas o físicas. Es el problema de hacer sitio a los que piensan de manera diferente. Sea cual sea la solución al problema metafísico de la libertad, no podemos evitar enfrentamos a un problema práctico. Y cuando no dejas que alguien hable, cuando no dejas que alguien vista como quiera o viva como quiera, cuando tampoco te dejan hacerlo a ti, disminuye la libertad que hay en el mundo.

Cuando pienso en Ana, mis recuerdos antiguos se mezclan con encuentros más recientes, no todos felices. Una y otra vez yo aparecía en su casa. A cualquier hora. Un piso de estudiantes en Salamanca. Años 80. Hablábamos sin límite. Hablábamos de lo que nos pasaba, de los libros que leíamos, de películas y noticias, de las clases, de conocidos y extraños. Se preparaba algo de comida. O salíamos a tomar algo. Los mismos sitios repetidos. Los mismos encuentros. Las clases, las cañas y los pinchos, los libros, el cine. Quedarse sin dinero, hacer trabajos, conseguir los apuntes, preparar exámenes. También, alguna excursión. Las noches eran especialmente largas. Pasara lo que pasara, siempre duraban mucho. Como una tarde de domingo. Sin saber muy bien qué hacer, pero pudiendo hacer cualquier cosa. Quisiéramos lo mismo para nuestras hijas e hijos. En algún universo paralelo, todo eso continúa. Y los incluye.

La lógica y la revolución. Los esquemas indescifrables de historia de la filosofía y la imaginación sociológica. Nicolás el cusano y la ética kantiana. Carnap y Heidegger. Popper y la Escuela de Frankfurt. La experiencia estética y la filosofía española. Nos enseñaban lo que sabían. Tal vez esperábamos más. Pero ello nos sirvió para ir descubriendo que realmente había mucho más. Mientras, el país cambiaba. El mundo cambiaba. Y nosotros mismos. Yo descubrí poco a poco la filosofía analítica. Ana descubrió muchas cosas nuevas del feminismo, el marxismo, el pensamiento político. Como Margarita Vázquez siempre dice, no tuvimos ninguna profesora. Bueno, tan sólo al final de nuestros estudios de filosofía. Era una asignatura optativa.

Cuando volvemos a encontrarnos, seguimos hablando de todo eso.

* Manuel Liz es catedrático de lógica y filosofía de la ciencia en la ULL.

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Fuente: Sección de Filosofía, ULL

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