{"id":128,"date":"2015-03-11T13:38:25","date_gmt":"2015-03-11T13:38:25","guid":{"rendered":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/?p=128"},"modified":"2015-03-11T13:39:49","modified_gmt":"2015-03-11T13:39:49","slug":"128","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/2015\/03\/11\/128\/","title":{"rendered":"Qu\u00e9 tiene de nuevo lo nuevo"},"content":{"rendered":"<p>Lo que caracteriza al fil\u00f3sofo es el hecho de que trabaja con las ideas. Todos los fil\u00f3sofos, por definici\u00f3n, comparten dicho objeto: es eso y no otra cosa lo que los constituye como tales (por supuesto que pueden tomar la decisi\u00f3n de abandonar el territorio de las ideas y, siguiendo las indicaciones de Marx en su tesis XI sobre Feuerbach, dedicarse a transformar el mundo, pero en tal caso estar\u00e1n comport\u00e1ndose como ciudadanos con elogiable sensibilidad pol\u00edtica y social, pero ya no como fil\u00f3sofos). Lo que diferencia a unos fil\u00f3sofos de otros, lo que permite establecer una tipolog\u00eda entre ellos, es el lugar donde creen encontrarlas.<\/p>\n<p>As\u00ed, el fil\u00f3sofo mundano se caracteriza por su convencimiento de que la realidad en su conjunto y en sus detalles se encuentra ya empapada de ideas, y que, revestidas con uno u otro ropaje (el de las opiniones expl\u00edcitas de los individuos cuando sentencian en su vida cotidiana acerca del sentido de las cosas, el de los t\u00f3picos asumidos acr\u00edticamente por casi todo el mundo, etc\u00e9tera&#8230;), nos tropezamos con ellas de continuo. El fil\u00f3sofo acad\u00e9mico, en cambio, est\u00e1 persuadido que el <em>habitat<\/em> privilegiado, por no decir exclusivo, de las ideas son los textos filos\u00f3ficos, porque es ah\u00ed donde pueden desplegar toda su potencia te\u00f3rica en condiciones, donde muestran su aut\u00e9ntico valor de conocimiento.<\/p>\n<p>Descrita de semejante manera esta dualidad de figuras, no parece que tenga demasiado sentido plantearla como si se tratara de una disyuntiva ante la que no hubiera m\u00e1s remedio que optar. A fin de cuentas, en ambas podemos encontrar los elementos sustanciales del registro filos\u00f3fico, distingui\u00e9ndose \u00fanicamente por el lugar en el que colocan el acento de lo que entienden como lo m\u00e1s importante. La cosa empieza a radicalizarse, y plantearse en t\u00e9rminos de opci\u00f3n, cuando examinamos las materializaciones de las dos figuras y, sobre todo, reparamos en las menos acertadas. As\u00ed, el peor fil\u00f3sofo mundano es el que cree que basta con ponerse delante de la tele (o similares) y darle a la cabeza. Como si fuera suficiente con dejar ir la propia capacidad de interpretaci\u00f3n y an\u00e1lisis de lo que pasa, dar libre curso a la especulaci\u00f3n espont\u00e1nea y desordenada, en definitiva, a la libre asociaci\u00f3n de ideas e im\u00e1genes, para que as\u00ed, sin necesidad de disciplina, destreza ni lectura previa alguna, fluya ya un pensar penetrante y poderoso.<\/p>\n<p>Por el otro lado, el peor fil\u00f3sofo acad\u00e9mico es el que cree que las ideas solo est\u00e1n en los libros, contraviniendo as\u00ed el designio fundacional de la filosof\u00eda misma e incurriendo en la paradoja de exaltar, librescamente, el pasaje plat\u00f3nico acerca de la risa de la muchacha tracia, pero asumiendo en el fondo la actitud de \u00e9sta al resistirse a aplicar \u00e9l mismo a la realidad m\u00e1s inmediata la plantilla de su discurso abstracto. En efecto, como es sabido, la joven sirvienta de la an\u00e9cdota era incapaz de entender que los c\u00e1lculos en los que andaba abstra\u00eddo su se\u00f1or, Tales de Mileto, y que le provocaron un c\u00f3mico tropez\u00f3n que dio con sus huesos en el suelo, no alejaban a \u00e9ste de la realidad, sino que le serv\u00edan precisamente para trabajar mejor con ella. El mal fil\u00f3sofo acad\u00e9mico es aquel que, lejos de entender, como el presocr\u00e1tico, que nada hay m\u00e1s pr\u00e1ctico que una buena teor\u00eda y que las ideas abstractas son un atajo inmejorable para acceder al n\u00facleo duro del sentido de lo real, considera que los textos filos\u00f3ficos son un fin en s\u00ed mismo. El m\u00e1s confortable lugar para quedarse a vivir, en definitiva.<\/p>\n<p>Pero los defectos de esa variante de fil\u00f3sofo acad\u00e9mico no deber\u00edan hacernos incurrir en el error de desde\u00f1ar el valor de las herramientas que domina, en ning\u00fan caso sustituibles por la banal pirotecnia del peor fil\u00f3sofo mundano, persuadido de que sus intuiciones valen como categor\u00edas o que sus estados de \u00e1nimo \u2014o incluso de salud\u2014 fundan doctrina. Confunde de esta manera, como llevan haciendo los insustanciales desde tiempo inmemorial, sus deposiciones te\u00f3ricas con aforismos, sentencias, m\u00e1ximas y similares. Su insustancialidad no le permite emprender adecuadamente una de las tareas filos\u00f3ficas hoy m\u00e1s urgentes, que es la del combate con las cambiantes formas que va adoptando el sentido com\u00fan dominante. Se encuentra en el lugar adecuado para hacerlo, que no es otro que el territorio del impersonal <em>se<\/em> heideggeriano (se dice, se piensa, se cree&#8230;), esto es, en el de las opiniones mayoritarias en un determinado momento en la sociedad, pero carece de las herramientas y de la competencia discursiva para llevar a cabo la necesaria tarea de la cr\u00edtica de todo ese universo mental.<\/p>\n<p>As\u00ed, es frecuente que no atine a la hora de dilucidar la efectiva novedad de un planteamiento o de una idea que acaba de irrumpir, reivindicando tan in\u00e9dita condici\u00f3n, en el escenario del discurso p\u00fablico. El erudito de turno no le sirve de la menor ayuda, puesto que, por definici\u00f3n, a cualquier presunta novedad que aparezca en el panorama de las ideas le encuentra un antecedente o un precursor (\u201cesto mismo ya lo hab\u00eda dicho mucho antes&#8230;\u201d, suele ser su frase favorita). Pero tampoco \u00e9l consigue ir muy all\u00e1 con su vacua celebraci\u00f3n adanista de cuanto descubre (que por venirle de nuevas considera sin m\u00e1s como nuevo). No deja de ser curiosa la sim\u00e9trica impotencia de ambos para entender de lo que se trata, aquello que se halla en juego en el recurrente debate acerca de la antig\u00fcedad o la novedad de cualquier propuesta te\u00f3rica. Ninguno de ellos ve que lo nuevo no se encuentra en lo que lo nuevo en cuanto tal nombra (a s\u00ed mismo), sino en aquello que no puede nombrar porque todav\u00eda no es, y que, como mucho, intuye.<\/p>\n<p>Por eso llevan raz\u00f3n, en un cierto sentido, los que \u2014acad\u00e9micos o no\u2014 tienden a dar por ya sabida cualquier novedad que se les pueda presentar. Es cierto: en parte acertaban los contempor\u00e1neos m\u00e1s reticentes a las propuestas de Darwin, Freud, Wittgenstein o el propio Marx (o, por supuesto, cualquier otro autor que hoy tengamos por revolucionario en lo suyo) cuando subsum\u00edan las propuestas de estos en las presentadas con anterioridad por otros, ya conocidos. Lo que no percib\u00edan \u2014y les condenaba a aparecer en el futuro como amedrentados cauterizadores del asombro o, peor a\u00fan, como el necio del proverbio chino, que se queda mirando el dedo en vez de lo que \u00e9ste se\u00f1ala\u2014 era que la novedad que anuncia lo nuevo, aquello \u201cque todav\u00eda no es\u201d reci\u00e9n aludido, son los efectos a que da lugar.<\/p>\n<p>Desde su espec\u00edfico punto de vista, el historiador de la ciencia Thomas S. Khun ya nos hab\u00eda advertido de la esterilidad de determinadas maneras de plantear este asunto. El paradigma emergente, afirmaba, no resuelve los problemas en los que el paradigma anterior se hab\u00eda quedado embarrancado. No responde a sus preguntas cruciales, sino que plantea otras, de todo punto diferentes. Por ello, quien se empe\u00f1e en interpretarlo como una propuesta m\u00e1s de soluci\u00f3n a las dificultades te\u00f3ricas heredadas quedar\u00e1 con toda seguridad decepcionado, porque el paradigma que aspira a obtener la hegemon\u00eda no viene a salvar al antiguo, sino a enterrarlo. Y obtendr\u00e1 la hegemon\u00eda, se ganar\u00e1 el calificativo de \u201cnuevo\u201d, si, efectivamente, permite <em>penser autrement,<\/em> por decirlo a la manera de Foucault, si consigue desplazarnos a otro escenario te\u00f3rico, esto es, a un entramado de preguntas completamente diferente. Lo nuevo en materia de pensamiento no es, pues, aquello que se anuncia como tal (\u00bfqui\u00e9n no lo hace?), sino aquello que consigue que terminemos viendo el universo de nuestras ideas bajo una nueva luz. O tambi\u00e9n: aquello que nos convierte en capaces de preguntarnos por lo que nunca antes hab\u00eda despertado nuestra curiosidad.<\/p>\n<p>Nota: si, en un rapto de benevolencia cr\u00edtica y generosidad intelectual, alg\u00fan profesor considerara que todo lo precedente tiene la suficiente entidad y consistencia argumentativas para ser propuesto como material para un comentario de texto, me permitir\u00eda sugerirle que a\u00f1adiera al final una pregunta: \u201c\u00bfSe puede aplicar lo se\u00f1alado en el escrito a nuestra realidad m\u00e1s pr\u00f3xima, y predicar de la pol\u00edtica y de los polit\u00f3logos (muchos de ellos reconvertidos de un tiempo a esta parte en pol\u00edticos) cosas parecidas a las que el autor predica de la filosof\u00eda y los fil\u00f3sofos?\u201d.<\/p>\n<p class=\"nota_pie\"><strong>Manuel Cruz<\/strong> es catedr\u00e1tico de Filosof\u00eda Contempor\u00e1nea en la UB.<\/p>\n<blockquote>\n<p class=\"nota_pie\">Art\u00edculo de opini\u00f3n tomado del diario El Pa\u00eds, secci\u00f3n: Cuarta P\u00e1gina.<\/p>\n<p class=\"nota_pie\">Fecha: 24 de febrero, 2015.<\/p>\n<\/blockquote>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lo que caracteriza al fil\u00f3sofo es el hecho de que trabaja con las ideas. 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