{"id":1857,"date":"2019-02-03T09:27:52","date_gmt":"2019-02-03T09:27:52","guid":{"rendered":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/?p=1857"},"modified":"2019-02-03T09:27:52","modified_gmt":"2019-02-03T09:27:52","slug":"el-inevitable-encanto-de-la-fealdad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/2019\/02\/03\/el-inevitable-encanto-de-la-fealdad\/","title":{"rendered":"El inevitable encanto de la fealdad"},"content":{"rendered":"<h2 class=\"subtitulo\" style=\"text-align: center\">M\u00e1s de una d\u00e9cada despu\u00e9s de que Umberto Eco abordase el tema, Gretchen E. Henderson recoge el testigo del italiano y publica un ensayo que explora la historia de todo eso que ha dado en llamarse \u00abfeo\u00bb<\/h2>\n<p><a href=\"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2019\/02\/fealdad-fo.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\" wp-image-1879 aligncenter\" src=\"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2019\/02\/fealdad-fo-300x169.jpg\" alt=\"\" width=\"506\" height=\"285\" srcset=\"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2019\/02\/fealdad-fo-300x169.jpg 300w, https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2019\/02\/fealdad-fo.jpg 620w\" sizes=\"auto, (max-width: 506px) 100vw, 506px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Escrib\u00eda\u00a0<strong>Tolst\u00f3i\u00a0<\/strong>al principio de su inmortal \u00ab<strong>Anna Karenina<\/strong>\u00bb que \u00abtodas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada\u00bb. Del mismo modo,\u00a0<strong>Umberto Eco\u00a0<\/strong>sosten\u00eda que la belleza es aburrida porque siempre sigue \u00abciertas reglas\u00bb, mientras que la fealdad, en cambio, emerge de forma impredecible, ofreciendo \u00abun abanico infinito de posibilidades\u00bb Ya se sabe: un ojo de m\u00e1s, una ceja de menos&#8230; Si decimos, como se ha dicho y se dice, que la belleza es \u00abesto\u00bb (un canon), entonces la fealdad puede ser todo lo dem\u00e1s, y no tan solo todo lo contrario. El italiano lo sentenci\u00f3 con guasa: \u00abLa belleza es finita. La fealdad es infinita, como Dios\u00bb.<\/p>\n<p>\u00c9l le dedic\u00f3 grueso volumen al asunto, pero desde entonces (2007), este no ha dejado de crecer, hacia delante y hacia atr\u00e1s y en todas las direcciones. Por eso la investigadora\u00a0<strong>Gretchen E. Henderson<\/strong>\u00a0no ha tenido problemas para recoger el testigo y seguir indagando en el asunto, inabarcable por definici\u00f3n. De hecho, lleg\u00f3 a preguntarse si alg\u00fan d\u00eda rematar\u00eda su libro, pues no sab\u00eda d\u00f3nde colocar el punto y final. Todav\u00eda con esa duda a cuestas, publica \u00ab<strong>Fealdad. Una historia cultural<\/strong>\u00bb (Turner), una obra que va m\u00e1s all\u00e1 de la est\u00e9tica y que, hablando de \u00ablo feo\u00bb, termina por hablarnos de c\u00f3mo la humanidad ha ido gestionando \u00ablo diferente\u00bb.<\/p>\n<p>A falta de una definici\u00f3n estable del concepto \u2013algo dif\u00edcil por ser tan resbaladizo (y viscoso)\u2013, Henderson nos propone partir de la ra\u00edz etimol\u00f3gica de la palabra inglesa \u00abugly\u00bb (fealdad): \u00abSer temido\u00bb. Es algo que desborda el sentido de la vista. \u00abLa fealdad depende de su contexto, que a su vez se enlaza con cuestiones culturales m\u00e1s amplias\u00bb, afirma la autora a ABC. As\u00ed, se lanza en una exploraci\u00f3n del contexto, de los m\u00e1rgenes de las distintas sociedades que han poblado este mundo. Lo entendemos muy bien si nos vamos al principio. En Grecia \u00abinventaron\u00bb la belleza (esa a la que no paramos de volver: Renacimiento, Neoclasicismo\u2026), pero tambi\u00e9n negaron la fealdad. En una misma civilizaci\u00f3n tenemos a\u00a0<strong>Fidias\u00a0<\/strong>esculpiendo deidades de cuerpos perfectos y a\u00a0<strong>Arist\u00f3teles\u00a0<\/strong>proponiendo una ley para impedir la crianza de hijos deformes. Por no hablar de Esparta, donde los padres estaban obligados a abandonar a los beb\u00e9s con malformaciones.<\/p>\n<p>Parece algo lejan\u00edsimo, pero no lo es tanto. A finales del siglo XIX, la legislaci\u00f3n estadounidense condenaba la fealdad: las \u00abordenanzas sobre mendigos antiest\u00e9ticos\u00bb prohib\u00edan a los individuos deformes visitar los lugares p\u00fablicos. Al otro lado del charco proliferaban los\u00a0<strong>Ugly Face Club<\/strong>\u00a0(Club de las caras feas), que entroncaban con una tradici\u00f3n secular de hermandades de feos. En el de Liverpool era necesario tener deformidades faciales para entrar: bastaban unos \u00ablabios gordos\u00bb o unos \u00abojos saltones\u00bb, aunque tampoco le hac\u00edan ascos a una \u00abnarizota de patata con un for\u00fanculo\u00bb. Su lema: \u00abAnte todo, una cara fea\u00bb.<\/p>\n<p>Y en esa correct\u00edsima Inglaterra victoriana se extend\u00edan, tambi\u00e9n, las \u00abparadas de monstruos\u00bb, donde se cobraba por \u00abdisfrutar\u00bb de los jorobados o las mujeres barbudas. Era el tiempo en el que \u00abdeformidad\u00bb y \u00abfealdad\u00bb se intercambiaban como sin\u00f3nimos, el tiempo en el que nadie le quitaba el ojo de encima a Joseph Carey Merrick, que pasar\u00eda a la posteridad como \u00ab<strong>El hombre elefante<\/strong>\u00bb. Noventa a\u00f1os despu\u00e9s de su muerte, en 1980,\u00a0<strong>David Lynch\u00a0<\/strong>le dedic\u00f3 una pel\u00edcula que triunf\u00f3 en taquilla y cosech\u00f3 ocho nominaciones a los Oscar. La cr\u00edtica, ojo, la tild\u00f3 de \u00abbell\u00edsima\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abLa historia de la fealdad nos cuenta c\u00f3mo se han desarrollado los \u201cpatrones del miedo\u201d a lo largo de las \u00e9pocas, mostrando qui\u00e9n ha sido incluido y excluido en las distintas sociedades humanas cuando la \u00e9tica y la pol\u00edtica se enredan\u00bb, asevera Henderson. Y ese miedo, en parte, se explica por la diferencia. A menudo \u2013recuerda\u2013 los relatos sobre individuos feos suscitan una pregunta: \u00ab\u00bfT\u00fa que eres?\u00bb. La fealdad, pues, se escapa de las clasificaciones, por eso que dec\u00eda Eco de que era infinita.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 fue ese pavor ante lo extra\u00f1o el que, en 1913, llev\u00f3 al cr\u00edtico del \u00abNew York Times\u00bb a describir los cuadros de\u00a0<strong>Matisse\u00a0<\/strong>como \u00abfeos, toscos, limitados\u00bb y \u00abrepugnantes en su inhumanidad\u00bb. Es solo un caso entre mil, porque la fealdad, como la belleza, cambia cuando nos movemos en el mapa cronol\u00f3gico y geogr\u00e1fico. \u00abSeg\u00fan la canci\u00f3n de\u00a0<strong>Frank Zappa\u00a0<\/strong>\u201cWhats the Ugliest Part of Your Body?\u201d, la parte m\u00e1s fea del cuerpo no es la nariz ni los dedos de los pies, sino \u201cla mente\u201d. Este libro ha navegado por la amplia zona gris de la mente situada entre el ojo del observador y el \u201cyo\u201d del observador apuntando a la idea de que cualquier cuerpo puede identificarse como \u201cfeo\u201d seg\u00fan el contexto\u00bb, escribe Henderson en el ep\u00edlogo del ensayo.<\/p>\n<p>Es una de las dos grandes certezas que se desprenden de este libro ca\u00f3tico (como el tema que trata) y que est\u00e1 lleno de ejemplos y contraejemplos y an\u00e9cdotas y, m\u00e1s que nada, de preguntas. De dudas. \u00bfY la otra certeza? Que la fealdad interesa. \u00bfPor qu\u00e9? \u00abPorque est\u00e1 rodeada de cuestiones sobre la mortalidad. Los seres humanos no somos inmortales ni estamos fijados en el tiempo y el espacio. Estamos vivos y as\u00ed nos deformamos\u00bb, subraya. Y para muestra, un dato delirante: \u00abEn 2005 se calcul\u00f3 que los estadounidenses gastaban como m\u00ednimo 12.400 millones de d\u00f3lares en cirug\u00eda est\u00e9tica, un importe superior al producto interior bruto de m\u00e1s de cien pa\u00edses, desde Albania hasta Zimbabue, que juntos superan los mil millones de habitantes\u00bb. Seguro que eso dar\u00eda para otro libro.<\/p>\n<aside class=\"despiece\">\n<h3 class=\"ladillo\">Julia Pastrana, la mujer m\u00e1s fea del mundo<\/h3>\n<p>A Julia Pastrana (1834-1860) le pusieron muchas coletillas \u2013\u00abla mujer simio\u00bb, \u00abla mujer babuino\u00bb, \u00abla mujer oso\u00bb\u2013, pero pasar\u00eda a la historia como \u00abla mujer m\u00e1s fea del mundo\u00bb. Eran los crueles nombres que le pon\u00edan a una enfermedad que hoy se conoce como hipertricosis con hiperplasia gingival, que en su caso se tradujo, entre otras cosas, en una gran mand\u00edbula y abundancia de pelo en la cara y el cuerpo. Fue eso lo que llam\u00f3 la atenci\u00f3n de un marchante de curiosidades que la llev\u00f3 de gira por Europa y Am\u00e9rica junto a su agente, Theodore Lent. Este termin\u00f3 cas\u00e1ndose con ella y continu\u00f3 viajando sin parar, hasta que Pastrana muri\u00f3 en Mosc\u00fa en 1860, justo despu\u00e9s de dar a luz. Entonces Lent vendi\u00f3 su cad\u00e1ver (y el de su hijo) a un estudioso de la anatom\u00eda. Luego los volvi\u00f3 a comprar para embalsamarlos, y estos siguieron movi\u00e9ndose por todo el planeta a trav\u00e9s de museos, circos y cortes reales. En 1970 recayeron en el Instituto de Medicina Forense de Oslo, donde reposaron hasta que en 2012 volvieron a M\u00e9xico, su pa\u00eds de origen.<\/p>\n<\/aside>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Fuente:<\/p>\n<p>https:\/\/www.abc.es\/cultura\/abci-inevitable-encanto-fealdad-201901060121_noticia.html<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>M\u00e1s de una d\u00e9cada despu\u00e9s de que Umberto Eco abordase el tema, Gretchen E. 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