{"id":285,"date":"2015-04-17T09:14:31","date_gmt":"2015-04-17T09:14:31","guid":{"rendered":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/?p=285"},"modified":"2015-04-17T09:14:31","modified_gmt":"2015-04-17T09:14:31","slug":"vida-sin-cultura","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/2015\/04\/17\/vida-sin-cultura\/","title":{"rendered":"Vida sin cultura"},"content":{"rendered":"<p>Quiz\u00e1 lleguemos a ver c\u00f3mo ser\u00e1 la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que est\u00e1 siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer \u00edndices de alfabetizaci\u00f3n escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema -o, m\u00e1s bien, el s\u00edntoma- no eran los bajos niveles de venta de libros sino la dr\u00e1stica disminuci\u00f3n del h\u00e1bito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, dec\u00eda, con esperar a la recuperaci\u00f3n econ\u00f3mica ser\u00eda suficiente; sin embargo, la ca\u00edda de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fen\u00f3meno epocal que necesariamente marcar\u00e1 el futuro. El preocupado editor -un buen editor, de buena literatura- a\u00f1ad\u00eda que, adem\u00e1s, la inmensa mayor\u00eda de los libros que se leen son de p\u00e9sima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzar\u00edan a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacar\u00edan los colores a los curanderos espirituales de anta\u00f1o.<\/p>\n<p>De querer preocupar todav\u00eda m\u00e1s al editor, y a los que piensan como \u00e9l, se podr\u00eda analizar detenidamente la \u00faltima encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareci\u00f3 en los medios de comunicaci\u00f3n. No s\u00f3lo un tanto por ciento muy elevado de la poblaci\u00f3n jam\u00e1s le\u00eda un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contempor\u00e1neos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas m\u00e1s \u00fatiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro est\u00e1, a leer un texto que vaya m\u00e1s all\u00e1 de la instrucci\u00f3n de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duraci\u00f3n temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.<\/p>\n<p>El pseudolector actual reh\u00faye las cinco condiciones m\u00ednimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. \u00c9l abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras m\u00e1quinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no est\u00e1 en condiciones de confrontarse con el legado hist\u00f3rico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de m\u00e1s de dos milenios. Este pseudolector -en el que se identifica a la mayor\u00eda de nuestros contempor\u00e1neos- no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, \u00abcultura\u00bb.<\/p>\n<p>Quien escuche una opini\u00f3n semejante r\u00e1pidamente alegar\u00e1 que hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, el argumento favorito cuando se conversa de estas cuestiones. De ser as\u00ed, habr\u00edamos sustituido la centralidad del acto de leer por la del acto de mirar. Surgen, como es l\u00f3gico, las nuevas tecnolog\u00edas, extraordinarias productoras de im\u00e1genes, e incluso las vastas muchedumbres que el turismo masivo ha dirigido hacia las salas de los museos de todo el mundo. Esto probar\u00eda que el hombre actual, reacio al valor de la palabra, conf\u00eda su conocimiento al poder de la imagen. Esto es indudable, pero, \u00bfcu\u00e1l es la calidad de su mirada? \u00bfMira aut\u00e9nticamente? A este respecto, puede hacerse un experimento interesante en los museos a los que se accede con m\u00f3viles y c\u00e1maras fotogr\u00e1ficas, que son casi todos por la presi\u00f3n del denominado turismo cultural.<\/p>\n<p>Les propongo tres ejemplos de obras maestras sometidas al asedio de dicho turismo: La Gioconda en el Museo del Louvre, El nacimiento de Venus en los Uffizi y La Piet\u00e0 en la Bas\u00edlica de San Pedro. No intenten acercarse a las obras con detenimiento porque eso es imposible; ap\u00f3stense, m\u00e1s bien, a un lado y miren a los que tendr\u00edan que mirar. La conclusi\u00f3n es f\u00e1cil: en su mayor\u00eda no miran porque \u00fanicamente tienen tiempo de observar, unos segundos, a trav\u00e9s de su c\u00e1mara: de posar para hacerse un selfie. Capturadas las im\u00e1genes, los ajetreados cazadores vuelven en tropel a la comitiva que desfila por las galer\u00edas. \u00bfAlguien tiene tiempo de pensar en la ambigua iron\u00eda de Leonardo, o en la sensualidad de Botticelli, o en el sereno dramatismo de Miguel \u00c1ngel? Es m\u00e1s: \u00bfalguien piensa que tiene que pensar en tales cosas?<\/p>\n<p>Parad\u00f3jicamente, nuestra c\u00e9lebre cultura de la imagen alberga una mirada de baja calidad en la que la velocidad del consumo parece proporcionalmente inverso a la captaci\u00f3n del sentido. El experimento en los museos, aun con su componente par\u00f3dico, ilustra bien la orientaci\u00f3n presente del acto de mirar: un acto masivo, permanente, que atraviesa fronteras e intimidades, pero, simult\u00e1neamente, un acto superficial, amn\u00e9sico, que apenas proporciona significado al que mira, si este niega las propiedades que exigir\u00eda una mirada profunda y que, de alguna manera, se identifican con los que requiere el acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libre elecci\u00f3n desde la libertad. Frente a estas propiedades la mirada idol\u00e1trica es un vertiginoso consumo de im\u00e1genes que se devoran entre s\u00ed. Al adicto a esta mirada, al ciego mir\u00f3n, le ocurre lo que al pseudolector: tampoco est\u00e1 en condiciones de confrontarse con las im\u00e1genes creadas a lo largo de milenios, desde una pintura renacentista a una secuencia de Orson Welles: las mira pero no las ve.<\/p>\n<p>De ser cierto esto, la cultura de la imagen no ha sustituido a la cultura de la palabra sino que ambas culturas han quedado aparentemente invalidadas, a los ojos y o\u00eddos de muchos, al mismo tiempo. El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al un\u00edsono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el oc\u00e9ano de las im\u00e1genes. La casi desaparici\u00f3n del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogaci\u00f3n. En nuestro escenario actual el espect\u00e1culo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificaci\u00f3n puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la \u00faltima reforma educativa se defiende enf\u00e1ticamente que la l\u00f3gica filos\u00f3fica va a ser sustituida, en la ense\u00f1anza escolar, por la \u00abl\u00f3gica del emprendedor\u00bb no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acu\u00f1ado esta frase sabe qu\u00e9 diablos significa la \u00abl\u00f3gica del emprendedor\u00bb, aquella sustituci\u00f3n es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.<\/p>\n<p>El mundo pol\u00edtico se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su ret\u00f3rica cualquier conexi\u00f3n cultural. Esto habr\u00eda sido imposible en los \u00faltimos tres siglos. Pero el mundo pol\u00edtico, el que m\u00e1s crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, m\u00e1s o menos distorsionadamente. La expulsi\u00f3n de la cultura -o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogaci\u00f3n- es un proceso colectivo que afecta a todos los \u00e1mbitos, desde los medios de comunicaci\u00f3n hasta, parad\u00f3jicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella b\u00fasqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesi\u00f3n parecen, hoy, valores m\u00e1s s\u00f3lidos en la supuesta conquista de la felicidad.<\/p>\n<p>Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho m\u00e1s feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.<\/p>\n<p>Art\u00edculo publicado en El Pa\u00eds, por Rafael Argullol.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Quiz\u00e1 lleguemos a ver c\u00f3mo ser\u00e1 la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que est\u00e1 siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer \u00edndices de alfabetizaci\u00f3n escolar sin precedentes. 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