{"id":358585,"date":"2026-03-21T09:41:55","date_gmt":"2026-03-21T09:41:55","guid":{"rendered":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/?p=358585"},"modified":"2026-03-21T09:41:55","modified_gmt":"2026-03-21T09:41:55","slug":"la-famiglia-1987-de-ettore-scola","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/2026\/03\/21\/la-famiglia-1987-de-ettore-scola\/","title":{"rendered":"La famiglia (1987) de Ettore Scola"},"content":{"rendered":"\n<p>La casa vieja que el futuro no destruy\u00f3<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-1 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex\">\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><a href=\"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2026\/03\/1-3.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"443\" height=\"443\" data-id=\"358587\" src=\"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2026\/03\/1-3.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-358587\" srcset=\"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2026\/03\/1-3.jpg 443w, https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2026\/03\/1-3-300x300.jpg 300w, https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-content\/uploads\/sites\/5\/2026\/03\/1-3-150x150.jpg 150w\" sizes=\"auto, (max-width: 443px) 100vw, 443px\" \/><\/a><\/figure>\n<\/figure>\n\n\n\n<p><em>Francisco Jos\u00e9 Garc\u00eda Carbonell<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El edificio conocido como Monumento de la Paz de Hiroshima es una construcci\u00f3n que fue conservada tal como qued\u00f3 tras el cap\u00edtulo at\u00f3mico sobre la poblaci\u00f3n civil: un monumento erigido como s\u00edmbolo. Un mont\u00edculo desestructurado que nos recuerda que all\u00ed ocurri\u00f3 algo. Y es precisamente esa falta de estructura lo que nos abre a un escenario de un ayer que, debido al paso del tiempo en nuestra psicolog\u00eda y memoria \u2014como lo dir\u00eda Bergson, en su concepto de <em>dur\u00e9e<\/em>\u2014 se une al presente y al futuro, o mejor dicho, se funde en una continuidad temporal que nos interpela.<\/p>\n\n\n\n<p>Las casas antiguas de nuestras ciudades y pueblos van desapareciendo como ceniza levantada por el viento. Y con ellas, sin distinci\u00f3n, se pierde tambi\u00e9n el tono constructivo que las identificaba, dando paso a grandes bloques de hormig\u00f3n cada vez m\u00e1s utilitaristas \u2014herederos de una l\u00f3gica funcionalista\u2014 que, por la lisura de su estructura, parecen no envejecer. Ya no nos invitan a mirar hacia el exterior desde la penumbra del interior, sino que, por su propia configuraci\u00f3n, introducen el exterior dentro del propio espacio \u00edntimo.<\/p>\n\n\n\n<p>Porque, al igual que aquellos grandes bloques de hormig\u00f3n de est\u00e9tica sovi\u00e9tica \u2014tan caracter\u00edsticos de las d\u00e9cadas de 1950 a 1970\u2014, son el reflejo de una idea de persona \u201cpura\u201d, sin grietas ni fisuras. Personas que no reconocen la vejez, que la diluyen, y que llegan incluso a normalizar la enfermedad como parte de una estructura que no integra la fragilidad como experiencia viva, sino que la administra, la estetiza o la convierte en discurso institucional.<\/p>\n\n\n\n<p>Estos edificios no nos conectan ni con el pasado ni con el futuro; habitan \u00fanicamente en un presente perpetuo. Lo \u00fanico que cambia son los inquilinos. Aunque tengan m\u00e1s de veinte o treinta a\u00f1os, parecen reci\u00e9n construidos, como si el tiempo no los rozara. Su apariencia inmutable los convierte en espacios sin memoria, sinesperanza, sin historia.<\/p>\n\n\n\n<p>Solemos pensar que los ayeres siempre fueron mejores. Es la trampa de la nostalgia, como muestra <em>Midnight in Paris<\/em> de Woody Allen: cada \u00e9poca idealiza la anterior. Pero hoy, lo viejo ya no se transforma ni se recuerda; se destruye. Las casas viejas, con sus grietas y sombras, daban lugar al pensamiento. Los edificios lisos del presente, en cambio, borran la memoria y clausuran el tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>El problema de estos edificios funcionalistas no es solo est\u00e9tico, sino temporal: lo nuevo ya no se construye sobre lo viejo, no lo recuerda, no lo resignifica, no lo transforma. En lugar de agenciar el pasado \u2014renombrarlo, integrarlo, hacerlo parte de una continuidad\u2014 lo borra. Lo destruye.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, el espacio urbano se convierte en un presente perpetuo, sin capas, sin memoria, sin historia. Como si el tiempo fuera algo que se debe neutralizar en lugar de habitar.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfY d\u00f3nde quedamos nosotros en todo esto?<\/p>\n\n\n\n<p>En una sociedad que ha perdido el rito simb\u00f3lico como forma de recordar, nos transformamos en seres que ya no conmemoran hechos, sino que los consumen y los olvidan. La est\u00e9tica se ha pervertido: ya no revela, sino que disimula; ya no conecta, sino que distrae. La moral se ha vuelto dogm\u00e1tica, casi religiosa, pero sin trascendencia: una \u00e9tica de superficie, de cumplimiento, sin reflexi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya no existe un lugar privado donde ocultarse a pensar. Todo se ha vuelto transparente, como si la exposici\u00f3n permanente fuera sin\u00f3nimo de autenticidad. Lo exterior ha invadido lo interior, y los rincones oscuros \u2014aquellos donde antes germinaba el pensamiento\u2014 han sido borrados por la lisura de un presente sin fisuras.<\/p>\n\n\n\n<p>No hay memoria, porque no hay grietas. Y sin grietas, no hay pensamiento.<\/p>\n\n\n\n<p>Es el mundo feliz que Aldous Huxley imagin\u00f3 en su c\u00e9lebre novela <em>Brave New World<\/em>: un mundo sin dolor, sin conflicto, sin profundidad. Un mundo donde la felicidad es obligatoria y la reflexi\u00f3n, sospechosa.<\/p>\n\n\n\n<p>Ser\u00e9 breve: vivimos en una \u00e9poca donde el hombre habita el mundo como si ya estuviera muerto. No porque le falte vida, sino porque ha perdido el tiempo, el silencio, la sombra y el recuerdo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y sin todo eso, \u00bfqu\u00e9 queda?<\/p>\n\n\n\n<p>De aqu\u00ed, y despu\u00e9s de esta larga introducci\u00f3n, cabe hablar de la pel\u00edcula <em>La famiglia<\/em> (1987), de Ettore Scola. Es precisamente entre los largos y estrechos pasillos \u2014recorridos generaci\u00f3n tras generaci\u00f3n\u2014 donde el tiempo deja de avanzar en l\u00ednea recta hacia la lisura y, por tanto, hacia la destrucci\u00f3n del pasado. Nos encontramos con esa misma casa vieja que engendra una conciencia colectiva, una identidad, una agenciaci\u00f3n del pasado y una proyecci\u00f3n desde este hacia el futuro: una casa donde emana el pensamiento, en definitiva, desde las grietas que su propia historia ha ido abriendo.<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que el mundo que rodea la pel\u00edcula, narrado desde la mirada retrospectiva de Carlo \u2014ya en la madurez de su vida, convertido en un profesor jubilado que observa el pasado como quien recorre los pasillos de una casa que ya no habita, pero que a\u00fan le pertenece\u2014 no se limita a contarnos las peripecias de una familia que se extiende a lo largo del siglo XX, desde la Belle \u00c9poque hasta la d\u00e9cada de 1980. M\u00e1s all\u00e1 de los v\u00ednculos afectivos \u2014que no se presentan como simples relatos de amor o camarader\u00eda, sino como tejidos emocionales que se entrelazan con el devenir hist\u00f3rico\u2014 lo que emerge como n\u00facleo de la trama es la forma en que las vicisitudes sociales, las costumbres heredadas y las tradiciones familiares se sedimentan en el espacio dom\u00e9stico, impregn\u00e1ndolo de memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>La mirada de Carlo, en este sentido, no es simplemente una mirada hacia atr\u00e1s, sino una mirada que, como dir\u00eda Derrida, se construye en la diferencia: una mirada que no busca recuperar lo perdido, sino reconocer lo que permanece en el intervalo, en la huella, en lo que a\u00fan resiste. No estamos ante una sucesi\u00f3n de escenas familiares sin m\u00e1s, sino frente a un organismo \u2014la casa\u2014 que, aunque no est\u00e9 vivo en el sentido biol\u00f3gico, pulsa en la memoria del viejo profesor y de quienes lo escuchan. Est\u00e1 impregnado de un tiempo que se ha ido proyectando de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n, como una memoria que se construye desde ese interior sombr\u00edo que avanza lentamente hacia una luz n\u00edtida, proyectada desde una estrecha ventana.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa ventana no ilumina el pasado para clausurarlo, sino que lo filtra, lo transforma, lo deja entrar como pensamiento. Es, como he se\u00f1alado antes, desde la penumbra de la intimidad \u2014ese espacio donde germina la reflexi\u00f3n\u2014 que se puede vislumbrar la claridad del futuro. Y no al rev\u00e9s, como ocurre en los pisos modernos de superficies lisas y transparentes, donde la luz lo invade todo sin permitir sombra, sin permitir grieta, sin permitir memoria. All\u00ed, el pensamiento no se produce: se disuelve. Porque cuando todo est\u00e1 expuesto, cuando no hay rinc\u00f3n ni refugio, lo que queda es una claridad sin profundidad, una transparencia sin contenido, un presente sin historia.<\/p>\n\n\n\n<p>Las paredes de una casa siempre guardan algo del contorno de las distintas generaciones que han confluido por ella. Cada rinc\u00f3n evoca un recuerdo al viejo profesor, como si el tiempo se plegara en capas de memoria. En este sentido, el espacio se convierte en un lugar habitado no solo por cuerpos, sino por presencias, como lo intuyeron Chillida y Heidegger: el hogar como morada del ser, donde las im\u00e1genes del pasado confluyen y dialogan con el presente. As\u00ed, <em>La familia<\/em> de Ettore Scola no es solo una historia, sino una arquitectura emocional donde el tiempo se vive, se recuerda y se transforma.<\/p>\n\n\n\n<p>La mirada cr\u00edtica se posa sobre el exterior, pero no como una intrusi\u00f3n, sino como una construcci\u00f3n: el exterior es tra\u00eddo desde fuera, incorporado por quienes habitan el hogar. No es que el exterior se cuele, sino que, a trav\u00e9s de cada momento hist\u00f3rico, se crea un relato \u00edntimo dentro de ese espacio dom\u00e9stico, tejido por las relaciones familiares. As\u00ed, el espacio no es est\u00e1tico, sino que se moldea continuamente por los v\u00ednculos que lo atraviesan.<\/p>\n\n\n\n<p>Como dijo Gaston Bachelard: <em>\u201cLa casa es nuestro rinc\u00f3n del mundo. Es nuestro primer universo. Es un cosmos. Un cosmos real, aunque sea un cosmos imaginado.\u201d<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Esta idea resuena en <em>La familia<\/em> de Ettore Scola, donde el hogar se convierte en un escenario vivo, transformado por las emociones, los conflictos y los afectos que lo habitan. Porque si algo ense\u00f1a el cine de Scola es que los espacios no son meros escenarios, sino cuerpos vivos que guardan las huellas de quienes los habitaron. Y aunque en el futuro se produzca una sustituci\u00f3n de ese v\u00ednculo familiar, la historia sigue fluyendo a trav\u00e9s de los ecos que resuenan en las grietas, como si el tiempo se filtrara por las fisuras de la memoria.<\/p>\n\n\n\n<p>No se trata, sin embargo, de un espacio m\u00edstico en el sentido de lo sobrenatural, sino de una coexistencia de dimensiones: la de quienes lo habitaron y dejaron su impronta, como fantasmas que no asustan sino que acompa\u00f1an, y la de quienes lo habitan ahora, marcando un nuevo rumbo hist\u00f3rico. Es una convivencia silenciosa entre el pasado y el presente, donde el espacio se convierte en archivo afectivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Seguro se han hecho buenos trabajos de an\u00e1lisis sobre <em>La familia<\/em>, y me gustar\u00eda verla desde esa experiencia que me dej\u00f3 aquel lugar que inspir\u00f3 al escritor vasco Miguel de Unamuno. El lago de Sanabria, espejo misterioso que alberga una leyenda oscura, se convierte en s\u00edmbolo de lo que se oculta bajo la superficie de la historia familiar. As\u00ed como el pueblo sumergido bajo sus aguas responde con el eco de sus campanas a los nuevos habitantes de la orilla, tambi\u00e9n en <em>La familia<\/em> el viejo apartamento burgu\u00e9s responde con sus objetos, sus pasillos y sus silencios a las generaciones que lo transitan. El espacio, como en Chillida y Heidegger, se revela como lugar habitado por el tiempo, moldeado por los v\u00ednculos.<\/p>\n\n\n\n<p>Todo queda resumido en un pueblo que se hab\u00eda apartado de Dios, y que a\u00fan hace replicar sus campanas como se\u00f1ales de vida. En <em>La familia<\/em>, ese eco se transforma en la coreograf\u00eda invisible de los afectos, donde cada personaje es un cristal en movimiento dentro del caleidoscopio familiar. Como escribi\u00f3 Pedro Herscovici: <em>\u201cLa familia aparece como un ballet, donde todos dependen de los dem\u00e1s y sin percibirlo describen una coreograf\u00eda.\u201d<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>En aquella iglesia rom\u00e1nica de Sanabria, situada a orillas del lago que parece guardar los ecos del alma, Unamuno situ\u00f3 la acci\u00f3n de <em>San Manuel Bueno, m\u00e1rtir<\/em>. Asist\u00ed all\u00ed a misa durante mis a\u00f1os de seminario, y me asaltaba el mismo anhelo dubitativo que al bueno de don Manuel. Sobre ese altar, el personaje alzaba el pan y el vino en un gesto ficticio, pero cargado de una verdad interior que trascend\u00eda lo ritual. La historia, como el templo mismo, se dejaba empapar por el entorno: el silencio del agua, la bruma matinal, el peso de lo eterno. Del mismo modo, Carlo en <em>La familia<\/em> eleva su mirada sobre los recuerdos, y en cada gesto cotidiano se revela una liturgia dom\u00e9stica que da sentido al paso del tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>El hogar no calla, porque en \u00e9l resuena la repetici\u00f3n significativa de gestos, objetos y silencios que configuran un ritual. Como dir\u00eda Byung-Chul Han, los rituales son formas simb\u00f3licas que estabilizan la vida, le otorgan duraci\u00f3n y sentido. En la mente de Carlo, el apartamento no es solo espacio f\u00edsico, sino el escenario de una liturgia cotidiana que, al repetirse, funda identidad y pertenencia. Es en esa repetici\u00f3n \u2014en esa \u201cmismidad\u201d que Han reivindica frente a la fugacidad contempor\u00e1nea\u2014 donde el hogar se convierte en un lugar habitable, un refugio contra el v\u00e9rtigo del presente.<\/p>\n\n\n\n<p>La aceleraci\u00f3n del tiempo contempor\u00e1neo desarraiga. As\u00ed, los nuevos edificios \u2014uniformes, repetidos, sin singularidad\u2014 erosionan la posibilidad de una identidad propia. En su lugar, se configura una nueva clase de habitantes moldeados por la fragilidad del instante y la futilidad de una existencia sin rituales: una antiliturgia que no funda sentido, sino que lo disuelve.<\/p>\n\n\n\n<p>Son sujetos sin profundidad, sin un espacio interior al que retirarse para contemplar el mundo desde otra perspectiva. Y ah\u00ed reside el verdadero peligro: una humanidad sin desplazamiento real, atrapada en la superficie del l\u00edmite, movi\u00e9ndose sin atravesar, sin transformar, sin habitar.<\/p>\n\n\n\n<p>Y es que el ser humano contempor\u00e1neo \u2014y valga esta paradoja esencial\u2014 habita sin verdaderamente habitar el mundo. Transita entre muros id\u00e9nticos y avenidas desmesuradas que, lejos de otorgar sentido, lo diluyen. Vive en espacios que no acogen, sino que exponen; espacios sin interioridad, sin memoria, sin ritual.<\/p>\n\n\n\n<p>Nos encontramos en una \u00e9poca marcada por una religaci\u00f3n artificial, una conexi\u00f3n superficial con lo eterno, donde la promesa de inmortalidad se disfraza de juventud perpetua. Luchamos no por vivir plenamente, sino por llegar j\u00f3venes a la vejez, como si el tiempo fuera un enemigo a vencer y no un misterio a habitar. Esta obsesi\u00f3n por la apariencia, por la conservaci\u00f3n del cuerpo, revela una profunda desconexi\u00f3n con el alma del tiempo: ya no se envejece, se deteriora; ya no se vive, se consume.<\/p>\n\n\n\n<p>Esto marca, quiz\u00e1s, los primeros compases hacia lo que podr\u00edamos llamar el verdadero fin de la historia: no como culminaci\u00f3n gloriosa, sino como estancamiento silencioso. Un inmovilismo progresivo del sujeto, atrapado en la maquinaria de un capitalismo que ya no solo produce bienes, sino identidades. A trav\u00e9s de su l\u00f3gica de absorci\u00f3n y homogeneizaci\u00f3n, se disuelve toda fragmentaci\u00f3n en el ser humano; se borra la diferencia, se aplana la experiencia.<\/p>\n\n\n\n<p>La democracia, anta\u00f1o espacio de pluralidad y conflicto, se transforma en una democracia espectacular \u2014como dir\u00eda Guy Debord\u2014, donde lo visible sustituye lo vivible, y lo com\u00fan se convierte en lo uniforme. El ciudadano deviene consumidor de im\u00e1genes, de simulacros, atrapado en un complejo virtual sin l\u00edmites ni profundidad, donde todo est\u00e1 disponible, pero nada es habitable.<\/p>\n\n\n\n<p>Este nuevo orden no necesita represi\u00f3n: basta con la saturaci\u00f3n. La libertad se confunde con la elecci\u00f3n entre lo id\u00e9ntico, y el pensamiento se diluye en la inmediatez de lo superficial. El sujeto ya no se transforma, no se desplaza, no se interroga. Se queda, flotando, en una existencia sin umbral.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed, en <em>La famiglia<\/em> de Ettore Scola se construye una narrativa profundamente intergeneracional que se articula en torno a un espacio f\u00edsico: la casa familiar. No es simplemente un escenario, sino un eje simb\u00f3lico que condensa el paso del tiempo, las transformaciones afectivas y los v\u00ednculos que se heredan y se reinventan. Cada generaci\u00f3n que habita ese espacio lo modifica, lo resignifica y, al mismo tiempo, queda impregnada por \u00e9l. La casa se convierte as\u00ed en una suerte de organismo vivo, en movimiento, que acompa\u00f1a y refleja el devenir de quienes la habitan, dentro de una vivencia construida a partir de la experiencia que se aporta, form\u00e1ndose as\u00ed una fenomenolog\u00eda identitaria familiar que va m\u00e1s all\u00e1 de un lugar habitable. Se parte, de hecho, del lugar para hacer fluir, de un modo bergsoniano, todas las escenas aisladas, lo que nos permite reflexionar sobre c\u00f3mo los espacios, los v\u00ednculos y los recuerdos configuran nuestra percepci\u00f3n del mundo y de nosotros mismos.<\/p>\n\n\n\n<p>Respecto a esto, podr\u00edamos coger el siguiente texto de Ortega y Gasset:<\/p>\n\n\n\n<p>\u201c<em>Pero ahora es menester que corrijamos un posible error de perspectiva a que el orden irremediable de nuestro inventario de lo que hay en el mundo corre el riesgo de dar lugar. Empezamos por analizar nuestra relaci\u00f3n con la piedra, seguimos con la planta y luego el animal. S\u00f3lo tras todo esto nos enfrentamos con el hecho de que se nos apareci\u00f3 el Hombre como el Otro. El error consistir\u00eda en que esa especie de orden cronol\u00f3gico a que el buen orden anal\u00edtico nos ha llevado pretenda significar el orden real en que nos van apareciendo los contenidos de nuestro mundo. Este orden real es precisamente el inverso. Lo primero que aparece en su vida a cada cual son los otros hombres. Porque todo cada cual nace en una familia y \u00e9sta nunca existe aislada; la idea de que la familia es la c\u00e9lula social es un error que rebaja la maravillosa instituci\u00f3n humana que es la familia; y es maravillosa, aunque sea molesta pues no hay cosa humana que adem\u00e1s no sea molesta<\/em>\u201d<a href=\"#_ftn1\" id=\"_ftnref1\">[1]<\/a><a href=\"#_ftn2\" id=\"_ftnref2\">[2]<\/a><\/p>\n\n\n\n<p>La familia nunca existe aislada, como bien expresa el pensador espa\u00f1ol Jos\u00e9 Ortega y Gasset, quien afirma que el ser humano es inseparable de su circunstancia. A esta idea yo a\u00f1adir\u00eda que la familia es, por naturaleza, lo contrario del aislamiento: es apertura, v\u00ednculo, coexistencia. Su existencia se produce en un <em>lugar<\/em>, entendido no como simple espacio f\u00edsico, sino como el <em>basho<\/em> \u2014concepto central en la filosof\u00eda de Kitar\u014d Nishida, fundador de la Escuela de Kioto\u2014. Para Nishida, el <em>basho<\/em> es el lugar ontol\u00f3gico donde se encuentran los opuestos, el punto de partida desde el cual se desarrollan y se transforman.<\/p>\n\n\n\n<p>Este lugar no es neutro ni vac\u00edo: es el cruce de memorias, afectos, tensiones y rupturas. En este sentido, la pel\u00edcula <em>La famiglia<\/em> de Ettore Scola representa con maestr\u00eda ese espacio de encuentro entre generaciones, donde los valores cambian, los v\u00ednculos se reconfiguran y el tiempo se acumula en los objetos, los gestos y los silencios. La casa familiar, con sus pasillos largos y sus grietas, no es solo escenario, sino testigo y protagonista de ese devenir.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, si seguimos el pensamiento de Nishida, el lugar tiende a concebirse como apertura pura, sin l\u00edmites definidos. Aqu\u00ed propongo una cr\u00edtica: el lugar de la familia no puede ser \u00fanicamente campo de contradicci\u00f3n sin forma. El hogar \u2014con sus muros, sus umbrales, sus rincones\u2014 ofrece tambi\u00e9n un l\u00edmite, una frontera simb\u00f3lica que permite la configuraci\u00f3n de identidades y la diferenciaci\u00f3n entre lo propio y lo ajeno. Es precisamente ese l\u00edmite el que posibilita el encuentro aut\u00e9ntico.<\/p>\n\n\n\n<p>La casa vieja, con sus imperfecciones, recoge la historia y permite el arraigo. En contraste, las construcciones modernas \u2014donde el interior y el exterior se confunden, donde los l\u00edmites se diluyen\u2014 generan una convivencia m\u00e1s expuesta, menos protegida. La consecuencia es una familia m\u00e1s vulnerable, menos resguardada por el espacio que antes delimitaba lo \u00edntimo y lo p\u00fablico.<\/p>\n\n\n\n<p>Ahora bien, no se debe caer en el peligro de encerrarse dentro de esos l\u00edmites. Porque es precisamente entre los altos muros que no dejan pasar la luz donde, como advirti\u00f3 Walter Benjamin, \u201cse va perdiendo la libertad en la conversaci\u00f3n\u201d. En ese encierro, cada individuo queda atrapado en su propia situaci\u00f3n vital y en su condici\u00f3n social, aislado no solo del otro, sino tambi\u00e9n de la realidad que se extiende m\u00e1s all\u00e1 de esos m\u00e1rgenes. Cuando el espacio se convierte en frontera infranqueable, el ser humano queda anclado en una existencia fragmentada, incapaz de abrirse al mundo.<\/p>\n\n\n\n<p>Este fen\u00f3meno es m\u00e1s evidente en sistemas totalitarios, donde el control es expl\u00edcito. Pero en sociedades como la nuestra, el peligro se disfraza de libertad. Vivimos rodeados de apariencias que simulan v\u00ednculos, pero que en el fondo los vac\u00edan. La realidad se ha ido sustituyendo por representaciones, y lo que parece verdadero importa m\u00e1s que lo que realmente es<a href=\"#_ftn3\" id=\"_ftnref3\">[3]<\/a>. En este contexto, la familia corre el riesgo de convertirse en una escenograf\u00eda sin sustancia.<\/p>\n\n\n\n<p>Las casas modernas, sin l\u00edmites claros entre el interior y el exterior, reflejan esta transformaci\u00f3n. En ellas, la vida fluye continuamente al comp\u00e1s de pantallas encendidas, rutinas automatizadas y una conectividad constante que sustituye la intimidad por exposici\u00f3n. La arquitectura abierta diluye la conversaci\u00f3n profunda y convierte el hogar en un espacio de tr\u00e1nsito m\u00e1s que de arraigo. La familia, en este entorno, ya no se encuentra: se dispersa.<\/p>\n\n\n\n<p>Frente a esto, el lugar \u2014como lo conceb\u00edamos antes, con sus l\u00edmites, sus grietas, sus silencios\u2014 no debe ser clausura, pero s\u00ed refugio. Un espacio que permita la diferencia sin aislarla, que ofrezca identidad sin encierro. Solo desde ah\u00ed puede la familia abrirse al mundo sin perderse en \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>En este sentido, podemos plantear que tanto en las casas viejas como en las nuevas existe un correlato con el mundo exterior que se asemeja al funcionamiento del cerebro. Este paralelismo responde a una c\u00e9lebre afirmaci\u00f3n de Jacques Lacan, quien se\u00f1al\u00f3: <em>\u00abHe visto muchos encefalogramas, pero en ninguno de ellos he visto desarrollarse el pensamiento.\u00bb<\/em> Esta observaci\u00f3n es acertada: aunque existe una relaci\u00f3n entre el cerebro y la cognici\u00f3n \u2014y esta puede verse afectada por un da\u00f1o cerebral\u2014 no es posible reducir el pensamiento \u00fanicamente a una cuesti\u00f3n sin\u00e1ptica o neurofisiol\u00f3gica.<\/p>\n\n\n\n<p>El pensamiento est\u00e1 profundamente vinculado al lenguaje, entendido como estructura de significantes que se articulan en relaci\u00f3n con el sujeto. Adem\u00e1s, intervienen los movimientos hist\u00f3ricos, culturales y sociales que configuran el marco simb\u00f3lico en el que se inscribe la experiencia humana. El lenguaje no es solo un medio de comunicaci\u00f3n, sino un sistema que organiza el pensamiento y la subjetividad.<\/p>\n\n\n\n<p>Del mismo modo, el hogar \u2014como espacio simb\u00f3lico y material\u2014 tambi\u00e9n establece un correlato con el mundo exterior. No es solo un lugar f\u00edsico, sino un entramado de significaciones, memorias y relaciones que reflejan y afectan la vida ps\u00edquica de quienes lo habitan. As\u00ed como el cerebro no puede entenderse sin el lenguaje y el contexto cultural, el hogar tampoco puede comprenderse sin atender a su dimensi\u00f3n simb\u00f3lica, hist\u00f3rica y afectiva.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero, \u00bfcu\u00e1les son los modos en que ese correlato con el mundo exterior puede irrumpir? En <em>La famiglia<\/em>, la casa no es solo un espacio f\u00edsico, sino un contenedor de tiempo, memoria y fracturas \u00edntimas. A medida que las generaciones se suceden, el mundo exterior se filtra por las grietas de lo dom\u00e9stico: la guerra, el progreso, los cambios sociales. La casa, que parec\u00eda inmune al paso del tiempo, se convierte en testigo silencioso de una transformaci\u00f3n inevitable. David Foster Wallace, en <em>E Unibus Pluram<\/em>, advierte sobre esta irrupci\u00f3n cuando escribe que \u201cel mundo exterior no es algo que se pueda apagar con el mando a distancia\u201d. As\u00ed, las casas viejas, como la de la pel\u00edcula, revelan que lo \u00edntimo nunca est\u00e1 completamente aislado: el afuera siempre encuentra una forma de entrar, ya sea por la televisi\u00f3n encendida, por una carta que llega, o por el silencio que se instala tras una p\u00e9rdida.<\/p>\n\n\n\n<p>La televisi\u00f3n encendida, lejos de conectar, ha contribuido al aislamiento de las personas, encerr\u00e1ndolas en una burbuja de im\u00e1genes que ya no apuntan hacia el mundo real. En contraste, una carta \u2014con su materialidad y su origen externo\u2014 siempre se\u00f1ala hacia fuera, hacia otro lugar, otra voz, otra vida. David Foster Wallace, en <em>E UnibusPluram<\/em>, profundiza esta idea al se\u00f1alar que la televisi\u00f3n ha dejado de necesitar una relaci\u00f3n significativa con el mundo exterior. No porque dicha relaci\u00f3n haya desaparecido, sino porque se ha vuelto irrelevante. En sus palabras, antes la televisi\u00f3n funcionaba como una ventana que mostraba versiones idealizadas de la realidad, ense\u00f1\u00e1ndonos a mirar lo que se\u00f1alaba. Hoy, sin embargo, el p\u00fablico ha sido entrenado para mirar la pantalla misma, ignorando lo que hay m\u00e1s all\u00e1. Como dice Wallace, es como si al se\u00f1alar algo a un perro, este se quedara mirando el dedo en lugar de lo que se le indica. As\u00ed, la casa \u2014como en <em>La famiglia<\/em>\u2014 se convierte en un espacio donde lo exterior apenas logra irrumpir, y cuando lo hace, lo hace a trav\u00e9s de gestos m\u00ednimos: una carta, un silencio, una ausencia<a href=\"#_ftn4\" id=\"_ftnref4\">[4]<\/a>.<\/p>\n\n\n\n<p>De alg\u00fan modo, la oscuridad que recorre los largos pasillos y las habitaciones de recogimiento en las casas antiguas se mimetiza con la transparencia impersonal de las construcciones modernas. Ya ni siquiera desde el recogimiento que anta\u00f1o ofrec\u00edan las viviendas tradicionales se propicia el di\u00e1logo. Ambas arquitecturas, tan distintas en apariencia, comparten una misma grieta simb\u00f3lica: el canal por donde se filtra el mundo televisivo.<\/p>\n\n\n\n<p>Jean Baudrillard lo anticip\u00f3 al se\u00f1alar que, en la era de la simulaci\u00f3n, \u201clo real ya no es lo real\u201d, sino una copia sin referente, una imagen que sustituye la experiencia directa. As\u00ed, la televisi\u00f3n no se instala como una ventana al mundo, sino como una distorsi\u00f3n que coloniza el espacio \u00edntimo.<\/p>\n\n\n\n<p>En <em>La famiglia<\/em>, esa grieta se vuelve m\u00e1s evidente a medida que la casa envejece: lo que antes era recogimiento se transforma en aislamiento, y lo que antes representaba un v\u00ednculo con el exterior se convierte en simulacro.<\/p>\n\n\n\n<p>Como en <em>Le Grand Meaulnes<\/em>, donde el protagonista persigue incansablemente el recuerdo de una casa perdida y un amor que se escapa entre los pliegues del tiempo, tambi\u00e9n nosotros buscamos \u2014en medio de arquitecturas modernas y v\u00ednculos simulados\u2014 ese lugar que nos devuelva el sentido. La casa vieja, como la del dominio misterioso de Yvonne de Galais, no es solo un espacio f\u00edsico, sino el s\u00edmbolo de una promesa: la de un amor verdadero, de un refugio que a\u00fan no ha sido colonizado por la simulaci\u00f3n. Pero como Meaulnes, tambi\u00e9n nosotros descubrimos que ese lugar no se encuentra f\u00e1cilmente. Se busca. Se sue\u00f1a. Se pierde. Y en esa p\u00e9rdida, se revela la verdad m\u00e1s honda: que el amor, como el hogar, solo existe en la medida en que se desea.<\/p>\n\n\n\n<hr class=\"wp-block-separator has-alpha-channel-opacity\" \/>\n\n\n\n<p><a href=\"#_ftnref1\" id=\"_ftn1\">[1]<\/a> Ortega y Gasset, Jos\u00e9. (2001) El hombre y la gente. Revista de Occidente en Alianza editorial. Madrid, pp. 111-112.<\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#_ftnref3\" id=\"_ftn3\">[3]<\/a> <a href=\"https:\/\/www.icns.es\/articulo_simulacro_simulacion_simulacra_simulation_jean_baudrillard\">Simulacro y simulaci\u00f3n (Simulacra and simulation). Jean Baudrillard.<\/a><\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"#_ftnref4\" id=\"_ftn4\">[4]<\/a> Foster Wallace, David. (2025). E Unibus Pluram (Televisi\u00f3bn y narrativa norteamericana). El Debate. Madrid, pp. 28-30<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La casa vieja que el futuro no destruy\u00f3 Francisco Jos\u00e9 Garc\u00eda Carbonell El edificio conocido como Monumento de la Paz de Hiroshima es una construcci\u00f3n que fue conservada tal como qued\u00f3 tras el cap\u00edtulo at\u00f3mico sobre la poblaci\u00f3n civil: un monumento erigido como s\u00edmbolo. Un mont\u00edculo desestructurado que nos recuerda que all\u00ed ocurri\u00f3 algo. Y [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":10,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"gallery","meta":{"_bbp_topic_count":0,"_bbp_reply_count":0,"_bbp_total_topic_count":0,"_bbp_total_reply_count":0,"_bbp_voice_count":0,"_bbp_anonymous_reply_count":0,"_bbp_topic_count_hidden":0,"_bbp_reply_count_hidden":0,"_bbp_forum_subforum_count":0,"jetpack_post_was_ever_published":false,"footnotes":""},"categories":[1],"tags":[],"class_list":["post-358585","post","type-post","status-publish","format-gallery","hentry","category-members","post_format-post-format-gallery"],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"jetpack_shortlink":"https:\/\/wp.me\/p5OYFZ-1vhD","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/358585","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/10"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=358585"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/358585\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":358588,"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/358585\/revisions\/358588"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=358585"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=358585"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/redfilosofia.es\/atheneblog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=358585"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}