Javier Muguerza (1936-2019)

Lo conocí a principios de los años noventa. Su fama lo precedía. En México se le consideraba el filósofo más destacado de la democracia española. Ahora, en 2019, podemos confirmar que esa apreciación era correcta. Discípulo de Aranguren, se había formado en el círculo más avanzado, más progresista, del tardofranquismo.

En su juventud se dio a conocer como uno de los introductores de la filosofía analítica en España. En 1974 publicó La concepción analítica de la filosofía. Sin embargo, no se quedó estacionado en esa corriente filosófica. Los temas que abordó luego eran los que exigían los tiempos de cambios que le tocaron vivir. Publicó en 1977 La razón sin esperanza; luego, en 1988, La alternativa del disenso y, en 1990, el que acaso sea su libro más importante, Desde la perplejidad. La obra de Muguerza ofrece un modelo de racionalidad ética en un mundo en el que ya no caben las certezas tradicionales ni se pueden aceptar las imposiciones de antaño. Una filosofía como la suya es la que requería España para la construcción de su democracia.

Su labor en España fue fundamental para la instauración de la nueva filosofía académica. Fue catedrático de la Universidad de Barcelona, de la Universidad de La Laguna y de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Junto con Reyes Mate, fue uno de los renovadores del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de la Investigación Científica. Desde ese instituto planeó, junto con Fernando Salmerón y Luis Villoro, la creación de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía y de los Congresos Iberoamericanos de Filosofía.  

No he olvidado la primera impresión que me causó: su frente amplísima, sus ojos abuhados, su sonrisa infantil, su abrigo colgado sobre los hombros, como si fuera una capa. Cuando Muguerza disertaba, llenaba el auditorio de palabras o, mejor dicho, de conceptos y razones. Hablaba rápido, pero no de manera atropellada. Por el contrario, su discurso estaba perfectamente armado, como si leyera un largo texto interno que hubiera escrito con antelación. Era imposible escucharlo sin pensar: “He aquí a un maestro”.

Cuando fui director del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM lo invitamos a que impartiera la Cátedra José Gaos, en 2007. Las conferencias fueron un éxito: los asistentes quedaron fascinados por esa mezcla tan suya de inteligencia, curiosidad y gentileza. Muguerza siempre fue un amigo de México y eso era algo que los mexicanos percibíamos de inmediato. No sólo conocía la filosofía del exilio español en México, sino la totalidad de la filosofía mexicana del siglo XX. Pocos, como él, entendieron el significado del proyecto de Gaos, de construir una filosofía iberoamericana. Es más, yo diría que además de ser un filósofo español, Muguerza fue un genuino filósofo iberoamericano. Es por eso que su muerte se siente tanto en los dos lados del Atlántico.

Autor: Guillermo Hurtado
Fuente: La Razón de México (16/04/2019)

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