
El pensador reflexiona sobre cómo los deseos insaciables no son sólo son difíciles de satisfacer, sino que impiden que valoremos lo que ya tenemos
Nada es suficiente. Da igual de qué estemos hablando. Siempre podemos ser mejores en nuestro trabajo, tener más éxito en el amor, hacer una sentadilla más o tener más ahorros. El problema de tener pensamiento ilimitados es que muchas veces esos pensamientos son los culpables de que sintamos que somos insuficientes. Nos han hecho creer que para ser felices tenemos que rozar la excelencia en todos los ámbitos de nuestra vida, y la realidad es que si preguntas a los considerados excelentes, te dirán que piensan y sienten lo mismo que tú todos los días de su vida.
El mundo está lleno de personas increíbles. Las redes solo muestran una pequeña parte de ellas, pero con solo 10 minutos en cualquier red social descubrirás que muchos tienen habilidades asombrosas. Las plataformas se han convertido en el altavoz de todos, y aunque estén plagadas de post irrelevantes, de vez en cuando descubres un nuevo artista, bailarín, ingeniero o creador de contenido que tiene muchas cosas que contar y de las que puedes aprender. Precisamente las redes son quizás las que nos limitan y nos hacen pensar que nada de lo que hacemos iguala al nivel de los vídeos que ya hemos visto, y ese es el problema.
La realidad es que, aunque se hable mucho de ello, este sentimiento no es propio de la Generación Z. Hace unos cuantos siglos, 23 para ser exactos, Epicuro dejaba una frase que sigue resonando en nuestra mente y que se puede aplicar a la actualidad: «Quien no se conforma con poco, no se conforma con nada».
El problema de querer más
La frase de Epicuro, «Quien no se satisface con poco, no se satisface con nada», resume una de las piezas centrales de su filosofía sobre el deseo y la felicidad. Según el pensador griego, la mayoría de nuestros problemas surgen precisamente de querer más y más: deseos insaciables que no sólo son difíciles de satisfacer, sino que constantemente impiden que valoremos lo que ya tenemos.
Para Epicuro, aprender a encontrar satisfacción en cosas sencillas, como una comida compartida, la compañía de seres queridos, o incluso un momento de tranquilidad, trae a la vida una sensación de plenitud que no depende de la abundancia material. Esta actitud, más que renuncia, es una herramienta de libertad emocional, porque libera a la mente de la ansiedad de lo que falta y abre espacio para apreciar lo que está presente.
Saborear lo construido
Aplicada a las relaciones humanas, esta idea sugiere que una pareja o amistad se fortalece no por gestos grandiosos o expectativas ideales, sino por la gratitud, el respeto mutuo y la sencillez de los pequeños actos cotidianos. No es raro que quienes persiguen constantemente “más” en el amor, más intensidad, más confirmación, más posesiones, terminen sintiéndose vacíos, pues nunca se detienen a saborear lo que ya han construido.
En un mundo saturado de comparaciones, logros y sobresaturación de estímulos, la lección de Epicuro sigue siendo relevante: cultivar una actitud de contento con lo justo y necesario nos permite no sólo reducir el estrés y la frustración, sino también profundizar en lo que realmente importa, desde la salud emocional hasta la calidad de nuestros vínculos.
