Los límites del mundo en la filosofía de Alvargonzález

Dibujar los continentes, los mares navegables y sus puertos, y cartografiar las corrientes donde los barcos se abisman, a la vez que refutar la existencia de «paraísos puros», es uno de los propósitos del «mapa filosófico» del gijonés.

Silverio Sánchez Corredera

Tenemos en las manos un libro singular. Un relato construido desde el lenguaje común, comprensible y claro, sin sacrificar tampoco las formulaciones precisas cuando se requiere.

De principio a fin resalta la unidad arquitectónica del conjunto construida sobre algunas columnas maestras (como la diferencia entre lo antrópico y lo anantrópico…), mientras que página a página vemos aparecer tesis que se van perfilando con la lógica que imponen los materiales concretos analizados. En la exigencia racional se intuye que se ha tomado como modelo a Spinoza, un maestro en el arte de labrar cristales. La cita de un poema de J. L. Borges dedicado al filósofo hispano-neerlandés, abriendo el ensayo, nos lo recuerda.

David Alvargonzález no se propone sólo, por tanto, recorrer dieciséis grandes temas (el hombre, la cultura, las artes, las religiones, las ciencias…), sino mostrar además el ensamblaje de todas estas regiones de la realidad. Y mostrarlo a través de un sistema, o sea, en un mapa filosófico del mundo. Un mapamundi que trata, en dos palabras, de «la» realidad natural y del ser humano. El texto fluye al compás exclusivamente de la argumentación expuesta, sin citas ni mención de autores y con el propósito de destacar principalmente su utilidad cartográfica, que es no desorientarse. Una utilidad que no pretende moralizar a nadie, sino evidenciar lo fácil que es perder la razón en este mundo.

Tras años de formación en el taller del materialismo filosófico trabajando con Gustavo Bueno, el profesor titular de la Universidad de Oviedo ha depurado una serie de tesis y de doctrinas y las ha ordenado en –podríamos decir– el sistema alvargonzalista, diferente al de su maestro en algunas formulaciones y ajustes.

Y vemos que la filosofía desplegada aquí lleva a cabo, al menos, tres tareas fundamentales. Una es barrer la basura, denunciar algunas ideas malformadas, desde los mitos modernos («democracia fundamentalista», idea ingenua de «progreso»…) hasta las nebulosas ideológicas que confunden lo real con lo pintado, o los enfoques que sitúan lo puramente imaginado –y pensado ingenuamente como posible– a la misma escala de las verdades absolutas de las ciencias estrictas: una persona podrá cambiar el rol social de su comportamiento sexual, pero «no podrá cambiar su sexo cromosómico, en la medida en que es imposible alterar un cromosoma en los billones de células del cuerpo», dice.

La segunda tarea tiene que ver con poner de relieve algunas tesis y algunos conceptos centrales. Así, por ejemplo, señala muy bien qué entiende por «sistema», relación de ideas o cosas que va más allá de los meros conglomerados o de los simples conjuntos e incluso más allá de las estables estructuras.

La tercera tarea nos compromete con la conveniencia de contornear bien los límites del mundo: qué se conoce bien –las ciencias estrictas– y qué se desconoce, qué planteamientos son fértiles y cuáles engañosos o inútiles o inapropiados… Es en este nivel donde el sistema de DA se pone a prueba frente a otros sistemas hoy presentes. Así, para ilustrar lo que señalamos, lo que entiende por persona, por lenguaje y por conocimiento no coincide con los principios que maneja la fenomenología del siglo XXI.

El concepto de persona entendido como lo que se añade al cuerpo biológico del individuo mediante la interacción cultural en la que se insertan componentes éticos, morales y políticos, y donde la síntesis de todo ese proceso depende exclusivamente del aprendizaje de técnicas y de normas –circunscritas a las culturas concretas y siempre diferentes– sin dejar ningún papel a las dimensiones que la fenomenología actual reclama para el individuo humano, como son ciertos niveles compartidos por toda la humanidad al margen de su escisión cultural, ¿es el límite apropiado?

¿Es el límite ajustado a los hechos no diferenciar prácticamente entre lenguaje (humano) y lenguas culturales?, pues el lenguaje sería, según DA, el español, francés, inglés, mandarín… acompañado del apoyo que la comunicación etológica (animal) añade a las diversas lenguas y, por tanto, prescindiendo de los anclajes fenomenológicos de la intencionalidad específicamente humana previos a las lenguas y no reducibles a los resortes etológicos.

Y finalmente, ¿cuál es el contorno del verdadero conocimiento? Lo encuentra en la verdad de las ciencias, de las técnicas y de las tecnologías, junto al saber pragmático habitual, y rematado por la función de verdad que cumpliría la filosofía verdadera. Así es, pero junto a esta mitad lógico-lingüística, la fenomenología (Sánchez Ortiz de Urbina y otros) apela a otra mitad del ser humano, la artístico-estética –y las actividades humanas asimilables–, tanto en su lado creativo como receptivo. ¿Absorbe la parte lingüística y técnica a la parte artística y creativa?

El lector que consulte este mapa quedará implicado en poner a prueba sus concepciones y creencias al contrastarlas con los afinados análisis de Alvargonzález y seguramente será arrastrado a repensar los verdaderos límites del conocer y del mundo, es decir, los lugares reales a los que tenemos acceso.

Fuente: https://www.lne.es/cultura/2026/02/26/limites-mundo-filosofia-alvargonzalez-127275066.html

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