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Castilla habla: la filosofía de Miguel Delibes

Jaime Fdez-Blanco Inclán

“Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas. Que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos”. ¿Puede, pues, la mirada del sujeto modificar el objeto?, le preguntaríamos hoy a Miguel Delibes al recordar estas palabras de La sombra del ciprés es alargada. Este 12 de marzo de 2018 se cumplen 8 años de su muerte.

Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) es probablemente uno de los autores españoles que mayores cotas de simpatía, respeto, cariño y admiración despierta, tanto durante sus más de 50 años como literato como tras el fin de su carrera y su muerte. Miembro de la Real Academia Española de la Lengua (sillón E, desde 1973), ganador de innumerables premios (el Nadal, el Cervantes, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Nacional de Narrativa, etc.), homenajeado por universidades, ciudades y países, venerado tanto por lectores contumaces como por simples curiosos, Delibes se presentaba como un personaje singular capaz de ganarse, casi sin quererlo, el afecto y la devoción de cuantos tuvieron la oportunidad de leerlo y conocerlo.

¿Qué pensamiento hizo de Delibes ese ejemplo que tantos tratamos de seguir? La obra de Delibes, pese a mantenerse en unos contextos relativamente concretos, hace gala sin embargo de una variedad y profundidad difícilmente igualable, siempre marcada por un compromiso ético, unos valores y unos principios, inalterables: autenticidad, humildad, justicia y lealtad se dan la mano en la prosa de Delibes, con una coherencia entre autor y texto que pocos han logrado.

“He sido fiel a un periódico, a una novia, a unos amigos…, a todo en lo que me he metido. A la pasión periodística, a la caza. Desde chico he sido fiel a todas esas cosas, y lo mismo que hacía de chico, lo he hecho de mayor”, dijo. Nosotros podríamos añadir: a una editorial (Destino), a una ciudad (Valladolid) y a un paisaje, el castellano. Porque hablar de Delibes es hablar, ante todo, de Castilla y los castellanos. Conocedor de la flora y fauna de su región, enamorado de sus gentes, sus costumbres y su entorno, Delibes es probablemente el escritor que mejor supo retratar la Castilla del siglo XX, su habla y su espíritu.

Si su región es un punto dominante en su obra, no lo es menos el mundo rural, el pueblo y el campo, que se funde con el anterior y que el autor reivindicaba, junto a la naturaleza, como reductos de la autenticidad y la integridad del ser humano. Delibes criticó con esta defensa de lo rural el progreso desordenado, pero no por el desarrollo en sí mismo, sino esa civilización que entonces se formaba, centrada en el consumo innecesario, el placer y la alineación. El camino, Las ratas, El disputado voto del señor Cayo, Viejas historias de Castilla la Vieja, etc., nos muestran esa ruptura del hombre con el pueblo y el campo, esa despersonalización del ser humano que lo convierte en una masa amorfa, sumisa, cómplice del sueño irracional de la hedonista sociedad actual.

“Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo”

No serán en cualquier caso los únicos temas en los que se enfoque la obra de Delibes, que tocó también la crítica dolorosa al vasallaje de reminiscencia medieval (Los santos inocentes); la renovación del pensamiento, la tradición y la moral católica (Cinco horas con Mario, El hereje); la pasión por la caza como ejemplo de la vuelta del ser humano a su origen prehistórico (Diario de un cazador, Con la escopeta al hombro); el realismo costumbrista de La hoja roja o ese bellísimo canto al amor que es Señora de rojo sobre fondo gris, donde podemos atisbar, en la relación de sus personajes, la devoción de Delibes por su esposa, Ángeles de Castro, cuya muerte en 1974 afectó profundamente al escritor, quien la definiría como “la mejor mitad de mí mismo” y a la que el filósofo Julián Marías, amigo de la familia, describió como “esa mujer, maternal y niña a la vez que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”, y la tremenda influencia que la energía y la fe de su mujer tuvo en su éxito.

El pensamiento de Delibes

Se intuye en Delibes, en su persona y su obra, una especie de marcado estoicismo basado en la moral personal, en los valores y los principios como piedra angular. O, si se quiere, una mirada cínica ante la vida y el mundo que toca vivir, llena de denuncia y respeto por la honradez y la autoexigencia, cansada de ese utilitarismo que, a fuerza de citarlo, deviene en oportunismo barato de “fin que justifica los medios”.

Delibes parece sentir que su visión de la existencia no casa con los tiempos que le tocan vivir, refugiándose por ello en los pequeños placeres de la vida: la familia, el campo, la lectura, la escritura. Sus personajes hablan de un tiempo que es y no es  –a la vez– el propio, con unos vicios y virtudes de los que él quiso dejar constancia. Y eso, en aquella España de la posguerra, no era precisamente fácil. Numerosos fueron sus desencuentros con la censura franquista, y famosa su renuncia al periodismo tras la imposibilidad de decir aquello que consideraba que debía ser dicho. Delibes encontró en la literatura ese altavoz privilegiado, porque a menudo la ficción permite decir, oculta bajo su paraguas de irrealidad, aquello que en la no ficción se torna imposible. Y habló. Sobre el abandono de los pequeños pueblos de Castilla, sobre el despertar de la conciencia ecológica o la unión necesaria del hombre y la naturaleza, los valores y las creencias.

Es también patente su búsqueda del individualismo, el ser quien se es, alejado de la masa y el colectivo que impide a las personas alcanzar su propia plenitud. Ese Daniel “el mochuelo” que siente que al abandonar su pueblo para estudiar en la ciudad está perdiendo la esencia de sí mismo (El camino). O Mario, cuya furibunda intransigencia, fruto de su radical conciencia, termina por sentenciarlo, como bien le echa en cara su esposa: “No es eso, Mario, calamidad. Que para vivir en el mundo hay que ser mucho más flexible…” (Cinco horas con Mario). O Azarías, un hombre con las facultades mentales disminuidas que por su misma condición representa el único ejemplo de libertad e independencia en el cortijo del señorito Iván (Los santos inocentes).

“Los hombres necesitan siempre de un hazmerreír para eclipsarse a sí mismos de la propia ruindad de sus barros”

Aprecia el lector en Delibes ese carácter particular del castellano viejo, austero en la bonanza y melancólico en el éxito. Un hombre que se resguarda de puertas para adentro y que usa a sus personajes para expresarse, consciente de unas debilidades y flaquezas propias en las que nadie alrededor parece reparar. Y la impresión que queda cuando uno se asoma a esa vida y obra es la de un hombre eminentemente bueno, preocupado por todo menos por él mismo y que hace gala de una fuerte modestia sobre aquello que en la vida ha alcanzado.

El final de su vida 

Delibes moría el 12 de marzo de 2010, en Valladolid, víctima de un cáncer con el que luchaba desde hacía tiempo. Su muerte despertó una ola de reconocimiento en toda España, algo que, por otra parte, no le había faltado en vida. Miles de personas se acercaron a la capilla ardiente en su ciudad natal, que depositó sus cenizas en su panteón de los hombres ilustres y que quiso tener el detalle de otorgarle el derecho a trasladar al mismo los restos de su esposa, Ángeles, para que pudieran descansar juntos.

“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”

Gozó de reconocimiento también en Madrid, en sus pueblecitos de Sedano (Burgos) y Molledo (Cantabria), en periódicos y televisiones, entre lectores y amigos, todos con el recuerdo del hombre al que así retrataba la editora y escritora Esther Tusquets unos años antes: Lo encontré formidable. Lúcido, rápido de mente. Interesándose por todo (interesándose, como siempre, por los demás), acordándose sin problemas de cuanto surgía en la conversación. Más cáustico, eso sí, manifestando sin empacho cuanto se le ocurría, acaso más tajante en sus afirmaciones. Ha alcanzado ese punto –pensé con envidia– en que uno está más allá del bien y del mal. Pero me alegró sobre todo ver que era tan querido: hijos, nietos, parientes, amigos, todos prodigándole a chorro cariño, respeto y cuidados. No creo que casi nadie pase los últimos años de su vida rodeado de tanto amor, tanto genuino amor. De tan, por otra parte, merecido amor.

Fuente:   Filosofía&Co

https://blogs.herdereditorial.com/filco/castilla-filosofia-pensamiento-delibes/

 

Haga de su hijo un gran filósofo

Jordi Nomen plantea aprovechar aquello que los niños tienen en común con los pensadores, capacidad de asombro y admiración, para fomentar su espíritu crítico

Carles Geli

Se trataba de dibujar el silencio. Y plasmó un pájaro. “Cuando voy al bosque, todo es silencio: solo está su canto y nada más”, explicó. El silencio, por exclusión. Podría haberlo planteado un filósofo, pero fue un alumno del profesor de Filosofía y Ciencias Sociales Jordi Nomen, un niño, porque estos tienen curiosidad y admiración, las mismas cualidades de todo gran pensador: ambos miran igual el mundo. Por ello cree Nomen (Barcelona, 1965), cual particular Prometeo, que hay que dar el fuego de la filosofía cuanto antes a los infantes, para que así “aprendan a pensar por ellos mismos, para convertirlos en ciudadanos críticos, creativos, para que lleven una vida menos impulsiva y más autónoma”, sostiene. Y tiene un método, a partir de una supuesta sacrílega trinidad antipedagógica, cuentos-juego-arte, que desarrolla en el libro El niño filósofo (Arpa).

La premisa de Nomen es que tenemos una inteligencia filosófica. “Huyo de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, que dice que te dediques a lo que sirves; yo creo que la inteligencia se puede trabajar, estimular, es una capacidad que puede ser entrenada”, afirma. Con eso, y pertrechado con las ideas del filósofo y educador norteamericano Matthew Lipman (creador del programa Filosofía para niños a partir de novelas filosóficas, que les permiten abordar temas de la vida cotidiana), el autor ha escogido a 12 filósofos que ha asociado a 12 preguntas frecuentes que se plantean los niños sobre la vida. Así, Platón responde a si debemos actuar con la cabeza o el corazón; Séneca, a si hay que tener miedo a la muerte; Montaigne, a si es importante tener buenos amigos o Arendt a qué es la maldad, por ejemplo.

A una breve introducción del personaje y su pensamiento le sigue un relato y una propuesta de juego (un baile de minué para testar a Spinoza sobre cómo se puede conseguir la alegría; escoger una pareja independientemente de que en la frente tenga pegado un atributo moral sin que él lo sepa para decidir, vía Kant, qué debemos hacer en cada momento; continuar un dibujo iniciado por otro, pero del que apenas divisamos un centímetro, para responder a Nietzsche si es necesario ser creativo para vivir…). Cierra cada capítulo una oferta plástica y el análisis de una obra artística (unas creativas imágenes de Chema Madoz para el Rousseau que inquiere para qué sirve la educación; unas fotografías de una familia norteamericana y otra del Chad con sus cestas de comida semanal para ilustrar al Erich Fromm de si es más importante tener o ser…).

A los profes no se nos enseña a escuchar

Admite Jordi Nomen que su método —que ya compendió en formato de libro en catalán el año pasado, que lleva tres décadas practicando y que fomenta en el marco de GrupIREF, grupo de investigación y enseñanza de la Filosofía para niños— demanda un profesorado distinto y un cambio de programa educativo notable. “A los profesores no se nos enseña a preguntar, a escuchar ni a responder, ni tan siquiera a ser dúctiles a cambiar de opinión… Y todo eso es lo que conforma el diálogo socrático”. A ello y a la habilidad de pensamiento (“nunca pensamos cómo estamos pensado”), añade la necesidad de saber crear una comunidad, una atmósfera (“requerimos confianza en el grupo porque los niños se mojan, se desnudan”) y llegar a la mayoría de las decisiones por consenso (“es prioritario en democracia y cuando se logra en clase es mágico: se produce un silencio porque se dan cuenta de que lo han logrado cuando parecía imposible; genera bienestar”).

Como “pensar es más lento que aprender de memoria y reflexionar, que es volver a mirar, o estimular requiere tiempo”, admite Nomen que cuesta que esa metodología se vaya implantando, a pesar de que cree que empieza a notarse ya más en Primaria (“los profesores son más flexibles, de siempre”) que en la Secundaria (“implica cambiar el currículo y la metodología, temarios, objetivos… Ningún profesor de filosofía discute qué dicen los filósofos: se intenta que los alumnos los entiendan más o menos y se les examina de ello”).

Las reflexiones están enfocadas para niños de entre 9 y 12 años, y siempre bajo el formato de diálogos socráticos en clase. “No son debates, donde hay una posición A contra B, sino diálogos, que implica no posiciones fijas sino dar razones y argumentar”, insiste Nomen, que justifica que las historias sean de naturaleza muy distinta (fábulas tradicionales, un Chéjov, un Jorge Bucay…) y no de los filósofos en cuestión: “Se trata de que sus ideas se puedan utilizar más allá de sus libros; además, sus textos no siempre son de la comprensión de los niños; por eso utilizo lo que tienen más cerca, lo que hacen todo el día: el cuento, el juego, el arte; lo importante es que lleven a aprender a pensar”.

También es consciente el autor, en un descanso entre dos clases en el colegio Sadako de Barcelona donde imparte (“es una escuela inclusiva: aquí el niño es el centro de la educación”), de que son tiempos que “caminan hacia una menor curiosidad intelectual” y de que, si se les enseña a pensar, los niños son más conscientes, pero, en consecuencia, menos felices, algo que parece sacrílego. “La felicidad está sobrevalorada y mal explicada: la felicidad entendida como plenitud total, completa y continuada, es una engañifa, no existe, y darse cuenta de eso es ser lúcido; hay que revindicar la alegría, que es concreta y de hoy”. Además, hay que luchar contra el concepto de inutilidad práctica de la Filosofía en una sociedad cada vez más mercantilista. “No hay que practicarla tanto por utilitaria por razón laboral como porque sin ella es difícil lograr un poco de plenitud; o, al menos, para ser conscientes de que la plenitud tiende a desestabilizarse fácilmente, que no es permanente”.

Los griegos llamaban idiotés a aquellos faltados de juicio crítico y que no participaban en política. “La filosofía ha de ser un tábano, ha de obligar a los otros a dar explicaciones, ha de interrogar a nuestra sociedad, como hace hoy el coreano Byung-Chul Han”, dice Nomen. El pensar, sostiene, ayuda a frenar la aceleración loca de la vida digital y “a crear una ciudadanía crítica que evitará que la democracia caiga pervertida por intereses económicos, como vemos”. Tiene claro el también profesor de Ciudadanía de la Universidad Autónoma de Barcelona quién no quiere ese ciudadano crítico: “Ese poder que se plantea no dar explicaciones de nada, por ejemplo; toda la sociedad debería estar interesada en crear niños así si no queremos que la democracia se pierda”.

“Una vida vivida sin reflexión no vale la pena”, defendía Sócrates, como recuerda Nomen, quien atribuye a todo pensador crítico una postura humilde, pero de carácter, alguien que es sincero y “abocado a la acción: ser ciudadano es eso, participar en la vida de la ciudad porque no todo acaba en el voto, como nos quieren hacer creer… Pero si no se trabaja en la familia y en la escuela, no salen ciudadanos críticos. Hay que educar en la razonabilidad, el sentimiento, que no en el impulso, y en la acción”. Y ahí asoma Pitágoras: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. Pero para todo eso no queda, alerta Nomen, demasiado tiempo más: “Es el momento para que no se pierda del todo; si no se hace ahora, se acabará el espíritu crítico”.

El niño filósofo

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/03/23/actualidad/1521830362_563550.html

Instrucciones para sobrevivir a la perplejidad política

 

Vivimos en una era de incertidumbre y decepciones en la que pensar en el largo plazo cada vez es más difícil

El siglo XXI se estrenó con la convulsión de la crisis económica, que produjo oleadas de indignación pero no ocasionó una especial perplejidad; contribuyó incluso a reafirmar nuestras principales orientaciones: quiénes eran los malvados y quiénes éramos los buenos, por ejemplo. El mundo se volvió a categorizar con nitidez entre perdedores y ganadores, entre la gente y la casta, entre quién manda y quién padece a los que mandan, al tiempo que las responsabilidades eran asignadas con relativa seguridad. Pero el actual paisaje político se ha llenado de una decepción generalizada que ya no se refiere a algo concreto sino a una situación en general. Y ya sabemos que cuando el malestar se vuelve difuso provoca perplejidad. Nos irrita un estado de cosas que no puede contar con nuestra aprobación, pero todavía más no saber cómo identificar ese malestar, a quién hacerle culpable de ello y a quién confiar el cambio de dicha situación.

1. El final de las certezas

Que nos han abandonado algunas certezas es algo que puede comprobarse comparando nuestras previsiones y lo que realmente ha sucedido; si consideramos la seguridad de la que han disfrutado muchas generaciones y civilizaciones menos informadas que la nuestra, con una tradición más rígida que compensaba la escasez de libertad con una orientación aplastante. También hay desconcierto en relación con qué hacer con ese poco de lo que estamos seguros; hay incertidumbre teórica y también incertidumbre de la voluntad: apenas conocemos la realidad y tampoco sabemos muy bien si es algo a lo que hay que adaptarse o que debe combatirse. Hechos, teorías, relatos y expectativas tienden a mezclarse y generar confusión. ¿Qué tienen en común la llamada posverdad, el desprecio hacia los hechos y la facilidad con que nos rendimos a las teorías conspirativas, cuyo principal defecto es que explican demasiado?

2. La desregulación emocional

Hemos pasado mucho tiempo examinando cómo debería racionalizarse el diálogo y la convivencia, mientras lo ignorábamos casi todo acerca de cómo se estaban configurando los nuevos espacios emocionales de las sociedades democráticas. Esos estados de ánimo, menos encuadrados que nunca en entramados institucionales estables o tradiciones poderosas, son ahora, al mismo tiempo, fuentes de conflicto y vectores de construcción social. En el gobierno de las emociones colectivas se contiene una fuerza que es clave para la transformación de las sociedades democráticas; nos jugamos ahí muchas más cosas que en la vida política formalizada. El combate contra la perplejidad política ha de empezar con un examen de nuestro paisaje afectivo. El desconcierto político tiene más que ver con la incapacidad de reconocer y gestionar nuestras pasiones que con el orden de los conocimientos.

3. La política, en una zona de señalización escasa

El mundo está lleno de informaciones acerca de cómo conducirse en él: mapas, indicaciones, referencias, brújulas y otros sistemas cada vez más sofisticados nos indican dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos y cuál es la naturaleza de los elementos con los que nos iremos encontrando en nuestro desplazamiento. Las cosas se complican cuando no se trata de espacios físicos sino políticos, en los que hay una dimensión de sentido e interpretación que es menos evidente e implica juicios de valoración: entonces lo que nos interesa son asuntos como saber en qué consiste la legitimidad, si algo es democrático, quién tiene la autoridad de decidir qué o a quién imputar determinadas responsabilidades. Hemos entrado en un tiempo histórico en el que todos estos asuntos se han vuelto especialmente controvertidos. La política ha entrado desde hace algún tiempo en una zona de señalización insuficiente como cuando un conductor se adentra en una ruta desconocida, en transformación o en lugares no transitados antes por nadie. A partir de ese momento las señales binarias confunden más de lo que orientan, donde antes había una evidencia ahora tenemos una paradoja, aumentan las zonas sin cartografiar, proliferan las cosas que no son lo que parecen y todo se llena de efectos secundarios.

4. La democracia en la era de Trump

En el inventario de cuanto nos ha producido especial perplejidad política ocupa un lugar destacado la elección en noviembre de 2016 de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Pero que algo nos haya sorprendido no quiere decir que no pueda explicarse, que no responda a cambios sociales y políticos insuficientemente advertidos por quien se sorprende ante uno de sus efectos. ¿Cuáles son esas cosas en las que se han producido transformaciones sociales profundas, que indignan a buena parte de la sociedad y que no acaban de ser adecuadamente interpretadas? Yo las sintetizaría en tres procesos que son particu­larmente visibles en la sociedad estadounidense, pero que tienen manifestaciones muy similares en otras sociedades: una política degradada, que no es concebida como el ejercicio de las virtudes públicas, y que da la impresión de ser el oficio de un círculo cerrado de privilegiados que se dedican al ejercicio de la intriga; un modelo de capitalismo virtual acelerado que ofrece muchas oportunidades a algunos, pero que destruye ámbitos completos de empleo y que resulta literalmente insufrible para muchos trabajadores; y en tercer lugar, un dualismo también en referencia al fenómeno multicultural, celebrado idílicamente por quienes no experimentan más que sus beneficios, y temido en exceso por quienes lo viven en sus dimensiones más conflictivas.

5. Configurar sistemas inteligentes

Portada del libro.

La principal tarea del gobierno de la sociedad del conocimiento consiste en crear las condiciones de posibilidad de la inteligencia colectiva. Sistematizar la inteligencia, gobernar a través de sistemas inteligentes debería ser la prioridad de todos los niveles de Gobierno, instituciones y organizaciones. Gobernar entornos complejos, hacer frente a los riesgos, anticipar el futuro, gestionar la incertidumbre, garantizar la sostenibilidad o estructurar la responsabilidad nos obliga a pensar holísticamente y a configurar sistemas inteligentes (tecnologías, procedimientos, reglas, protocolos…). Sólo mediante tales dispositivos de inteligencia colectiva es posible acometer un futuro que ya no es la pacífica continuación del presente, sino una realidad intransparente, llena de oportunidades por la misma razón por la que contiene también riesgos potenciales de difícil identificación. Ese mismo principio de gobierno inteligente debería presidir la manera de relacionarnos con nuestros dispositivos tecnológicos para hacer frente a las nuevas ignorancias que, en una sociedad compleja, nos vemos obligados a gestionar.

6. Lo que nos espera

Cuando uno es un filósofo y no un vidente, las recomendaciones acerca de cómo divisar el futuro no serán apuestas proféticas ni aseveraciones demasiado rotundas; me conformo con dar alguna indicación que mejore nuestras disposiciones a enfrentarnos con un tiempo que, por su propia naturaleza y pese a los tahúres del porvenir, nos es fundamentalmente desconocido. Reflexionemos sobre el modo como se producen los cambios, pensemos en la curiosa paradoja de que escudriñar el futuro es una tarea ineludible y de resultados escasos, consideremos qué estado de ánimo es más razonable a la hora de enfrentarse al porvenir. El futuro es algo que por principio no podemos conocer, pero podemos comportarnos razonablemente con él.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Extracto de su libro Política para perplejos (Galaxia Gutenberg), que saldrá el 28 de febrero.

 Fuente:

https://elpais.com/elpais/2018/02/26/opinion/1519663307_617233.html

No sueñen: el consumismo no desaparecerá”: Gilles Lipovetsky

SEMANA habló con Gilles Lipovetsky, el filósofo del individualismo, de la soledad y del consumismo. Sus sentencias son contundentes.

Tiene 72 años y es uno de los filósofos y pensadores franceses más importantes de la actualidad. Desde sus primeros libros, publicados en los años ochenta, el francés Gilles Lipovetsky se ha interesado en los temas que aquejan a la sociedad moderna y a la cultura occidental. De eso precisamente habla en sus nuevos libros (De la ligereza, La estetización del mundo y El Occidente globalizado) y en entrevista con SEMANA.

SEMANA: Uno de sus temas de reflexión es la soledad. Y usted cree que esta cada vez se acentuará más. ¿Qué pasará entonces con el concepto de familia y sociedad?

GILLES LIPOVETSKY: Las ciudades de hoy están marcadas por costumbres individualistas, que conducen a un sentimiento de soledad creciente. Los divorcios se volvieron frecuentes en los países desarrollados, y en ciudades como París o Nueva York uno de cada dos hogares es unipersonal. Y surgen fenómenos, muy notorios en Francia, como la multiplicación de mascotas, que compensan un poco el sentimiento de soledad. Para mí esta no es una situación transitoria: la individualización de la cultura y de los comportamientos hacen que la soledad esté condenada a desarrollarse mucho más en el futuro. Sin duda, es uno de los dramas del mundo actual.

SEMANA: Esto significa que cambiarán las relaciones, ¿estas hacia dónde van?

G.L.: Cada vez serán más efímeras, las tradiciones y la religión poco ayudan a orientar los vínculos. Antes hacían que la gente tuviera un determinado modo de vida; la existencia individual era comunitaria. Pero desde el momento en que no hay una pertenencia comunitaria obligatoria, inevitablemente los individuos se separan.

SEMANA: Pero usted dice que hoy es más fácil conocer gente…

G.L.: Sí, hoy se conocen más personas, más que en cualquier momento de la historia, pero están ligadas menos tiempo. Se tienen nexos en el trabajo, en la familia, en asociaciones, pero los individuos se sienten solos. Antes las uniones entre hombres y mujeres, por ejemplo, se basaban en modos de vida similares, las expectativas no eran altas y vivían juntos porque estaban obligados. No había otra manera. Hoy los individuos buscan la felicidad y se separan si no la encuentran.

SEMANA: ¿Algunos creen que por esto hoy son más fuertes, por ejemplo, el feminismo o la comunidad LGBTI?

G.L.: Hay asociaciones que no se explican solamente por la soledad. El feminismo, por ejemplo, lucha por las desigualdades entre hombres y mujeres, y contra la violencia. Hay otros grupos, como ocurre en Francia, que luchan contra la misma soledad: las personas cuando se sienten mal, deprimidas, acuden a ellos. En esta sociedad contemporánea e hipermoderna, los LGBTI ya tienen lugares de encuentro, antes estaban aislados. Sí, esta es una señal de una posibilidad de una soledad menor.

SEMANA: ¿Y por qué internet no ayuda?

G.L.: Con internet se conoce gente. Sin embargo, investigaciones demuestran que en algún momento surge una gran decepción. La paradoja es que pese a la red y a los teléfonos inteligentes, no disminuye el sentimiento de soledad y de frustración. Nada supera a la realidad.

SEMANA: Se creería que las redes sociales son un paliativo contra la soledad…

G.L.: Venden la imagen de ser un escape a la soledad. Sin embargo, en Facebook puedes tener cientos de amigos, pero a esos amigos se les ve poco o a veces ni siquiera se les conoce. Las redes sociales no podrán combatir la soledad que se avecina en el mundo. Tal vez ofrezcan la posibilidad de estar solos menos tiempo. Apenas serán una herramienta.

SEMANA: ¿Y en todo este contexto qué pasa con los hijos, con los niños?

G.L.: Desde los años sesenta en las sociedades contemporáneas hubo una gran revolución que cambió el comportamiento de los padres frente a sus hijos. La idea es que hoy crían niños para que sean felices, sus padres buscan satisfacerlos. Pero esta revolución educativa tiene, según psiquiatras y psicoanalistas, un gran número de niños hiperactivos que no soportan la realidad, no toleran la frustración. No vamos por buen camino. No pido volver a la educación autoritaria, pero el niño ‘rey’, el que hace lo que quiere, es un problema muy serio para la evolución.

SEMANA: Hablando de futuro, ¿qué efectos podrá tener la frivolidad (tema que usted estudia) en la política y en la sociedad?

G.L.: La frivolidad del consumismo tiene cosas positivas: nos permite viajar, tener muchas distracciones, conocer placeres renovados. ¿A quién no le gusta eso? Pero la frivolidad debe tener límites. Paralelamente, habría que reforzar el sistema escolar, una educación que les dé a las personas más horizontes. El hombre no es solamente un consumidor y por eso debe ser capaz de inventar, de crear, de hacer un trabajo inteligente, de amar el arte. El consumismo no desaparecerá, no sueñen que ocurrirá, pero debemos fijarle límites y no límites autoritarios, sino proponiendo otras cosas y esas cosas son la cultura, la formación y la escolarización.

SEMANA: ¿Y en la política?

G.L.: Hoy estamos en democracias más estables, donde hay menos violencia colectiva, donde no se legitima el uso de la fuerza o un golpe de Estado. La idea de revolución ha desaparecido prácticamente y estamos en sociedades democráticas donde las costumbres se pacificaron. Yo no hablaría de frivolidad en la política, pero sí de políticas de seducción. Los políticos intentan conquistar a través de su imagen con promesas electorales, pero hoy vemos, como nunca, que no seducen a la gente. Cada vez hay más sospechas y rechazo hacia una clase política que horroriza al electorado. Y tiene mucho que ver su falta de coraje, de compromiso y de orientación.

SEMANA: ¿Y qué pasó con el debate socialismo versus capitalismo?

G.L.: Se acabó. En Europa todos los partidos socialistas están en decadencia. El nuevo debate hoy es entre progresistas que quieren cambiar al mundo y populistas que están contra la globalización. En el futuro los conflictos serán entre las personas que quieren el cambio y las que no. A pesar de todo es necesario para la democracia que haya alternancia. En el caso francés tenemos un fenómeno nuevo: un presidente (Emmanuel Macron) que logró superar la contienda entre izquierda y derecha, pero debe ser por un periodo corto porque una democracia necesita cambios. Si no hay oposición parlamentaria, en términos de gobernabilidad, habrá entonces movimientos de oposición de la sociedad en las calles, lo que no es un buen síntoma.

SEMANA: ¿Qué viene entonces?

G.L.: No creo a futuro en democracias pacificadas, donde no haya oposición o donde habrá solo un punto de vista. Al contrario de lo que pensaba Herbert Marcuse en los años sesenta, no estamos en la sociedad unidimensional, pues ahora hay numerosas fracturas y no solamente económicas. Hoy los ciudadanos no se ponen de acuerdo sobre el matrimonio gay, la pena de muerte, la política sobre la inmigración o la política sobre las drogas. Hay debates de sociedad que estarán muy activos y muy vivos en el mundo que vendrá. No estamos yendo hacia una sociedad uniforme.

SEMANA: ¿Por qué la moda marca de esa manera el devenir de la sociedad?

G.L.: La humanidad vivió mucho tiempo sin moda, pero el capitalismo de consumo la avivó y amplió su concepto. Antes solo se veía en la cultura y en la ropa, pero hoy la moda está en todas partes: en los smartphones, en los carros, en los deportes, en el turismo, o sea, hay una renovación permanente de los modelos. No creo que la veamos retroceder porque al hombre contemporáneo le gusta la novedad. Sucede que antes vivíamos en sociedades tradicionales donde los hombres podían vivir sin moda, no era una aspiración, pero cuando las tradiciones dejaron de gobernar la vida cotidiana, hombres y mujeres buscaron tener cosas nuevas.

SEMANA: Y los medios son su gran propulsor…

G.L.: Los medios son el eco de la moda. Los medios de masas y la publicidad fomentan la lógica de la moda, la renuevan rápida y sistemáticamente. La televisión, por ejemplo, no puede proponer todo el tiempo los mismos programas, las mismas películas, los mismos juegos. Hoy en día hay un apetito de novedad que no está solamente en los objetos, sino también en los programas, especialmente los que son difundidos por los medios como radio, televisión o cine. Estamos en una sociedad de renovación permanente.

SEMANA: ¿Es posible una sociedad que no sea consumista?

G.L.: Sí, las sociedades de miseria. En algunos países de África millones y millones de personas viven con dos dólares en promedio por día, ahí la lógica de la moda no gana ni gobierna. Reina la lógica de la supervivencia. Hoy no podemos tener una economía dinámica y de crecimiento que no esté centrada en el consumismo. Y este es inseparable de la moda.

Fuente:

http://www.semana.com/cultura/articulo/gilles-lipovetsky-el-filosofo-del-individualismo-de-la-soledad-y-del-consumismo/529649

Michel Onfray, el filósofo superventas que irrita y fascina a Francia

Criticado por populista, mediático y reaccionario, el prolífico autor prepara su libro número cien

Michel Onfray —el filósofo más popular, el más mediático, el más detestado también y el más prolífico en la Francia del siglo XXI— lo deja caer en medio de la conversación, como si fuese lo más natural del mundo. “Este año publicaré mi centésimo libro”, dice.

Han leído bien: cien. Cien libros ya, desde el primero en 1989, en la bibliografía del autor del Tratado de ateología, un autodidacta de 59 años alejado de los cenáculos intelectuales de París pero que continúa la tradición tan francesa del intelectual comprometido con el debate público. Se define como «socialista libertario, pero no liberal», con ideas alejadas de la centralidad política, pero tiene más lectores y seguidores que ningún otro intelectual vivo en Francia. Parece capaz de escribir de todo, y a una velocidad y con un éxito —si no siempre de crítica, sí de público— que muchos de sus colegas envidian.

De Decadencia, el segundo volumen de la aún inconclusa trilogía Breve enciclopedia del mundo, ha vendido más de cien mil ejemplares. Sus cursos en la Universidad Popular de Caen —un centro educativo gratuito fundado hace 16 años para llevar la alta cultura a los franceses de a pie— congregan a auditorios multitudinarios.

La popularidad de Onfray es tan intensa como el rechazo que suscita. El presidente Emmanuel Macron, según le explicó al novelista Philippe Besson, lo incluye en la categoría de autores que no le interesan porque “viven encerrados en viejos esquemas” y “miran el mundo de ayer con los ojos de ayer”. Polemista, grafómano, populista, reaccionario son algunos de los adjetivos que le han dedicado sus críticos.

La historiadora y especialista en psicoanálisis Elisabeth Roudinesco publicó en 2010 un libro, Pero, ¿por qué tanto odio?, dedicado a rebatir el “panfleto trufado de errores y plagado de rumores” que Onfray había dedicado a Freud. En 2016 el filósofo de izquierdas Alain Jugnon publicó Contra Onfray, en el que sostenía que Onfray, con quien hace años simpatizó, ya no era un pensador de izquierdas sino de derechas, y lo definía como “un puritano hedonizante, un revolucionario dandyzante, un banquero anarquizante”, encarnación del filósofo que “decide no saber nada, no leer nada, no escribir nada, no vivir nada: vende libros, interviene en los medios”.

Onfray, que cita como referentes ideológicos e intelectuales a Proudhon, Orwell o Camus, cifra en “una quincena” los libros dedicados a atacarle. “Tengo éxito, y esto es un pecado mayor. Además, no soy parisino. Mi padre era obrero agrícola. Mi madre, mujer de la limpieza. No fui a la Escuela Normal Superior [centro donde se forman las élites académicas de Francia]. No soy catedrático. No pertenezco a ninguna tribu. Me he hecho a partir de los libreros y los lectores”, dice en la cafetería el hotel Normandy, en Deauville.

Este año, el centro de convenciones de este elegante pueblo de la costa de Normandía acoge los cursos de la Universidad Popular de Caen. Es domingo y Onfray acaba de disertar durante una hora —más 45 minutos de turno de preguntas y respuestas— ante un público de mil personas sobre San Pablo y el origen de la civilización judeo-cristiana. Podría parecer un predicador americano, por la magnitud del local y la devoción del público, pero al sentarse en la mesa colocada en el escenario y comenzar a impartir la elección recuerda más a un institutor republicano que a un gurú.

Se ha emocionado cuando, al terminar, un hombre cuya profesión era camionero le ha pedido que le firmase un libro. “Para mí es un título de gloria que me lea un camionero. Claramente prefiero esto a cualquier otra cosa. No sé, lo prefiero a una invitación de Emmanuel Macron”.

Onfray siente una conexión particular con la Francia popular, que considera su Francia. “Vi a mis padres humillados, y no soporto la humillación. Recuerdo que me prometí lavar la ofensa”, explica.

¿Populista? “Un populista, ¿qué es? Es alguien que habla al pueblo, que se preocupa por el pueblo, y cuyos libros los compra el pueblo”, responde.

¿Mediático? “Sí, voy a los medios. Pero, ¿qué filósofo, cuando le invitan, no va los medios? ¿Qué problema hay con verme en televisión? ¿Les gustaría no verme, no oírme, que no hablase? Qué bien estaría si no escribiese mis libros y artículos. Cuando dicen este, me piden que no exista”.

¿Reaccionario? “Yo no me he vuelto reaccionario, sino que he dejado de ser de izquierdas como lo era antes. Cuando veo que la izquierda defiende hoy el alquiler del útero de las mujeres para hacer niños, me digo: ‘Yo no soy de esta izquierda’. Cuando la izquierda dice que no necesitamos aprender a leer, a escribir, a contar y a pensar en la escuela, ya no pertenezco a esta izquierda. Cuando la izquierda consiste en elogiar los méritos de Bernard Tapie como hombre de negocios, ya no soy de esta izquierda”.

Así transcritas, las palabras de Onfray parecen las de un hombre airado y desafiante, pero las pronuncia con calma, y de cerca transmite una bonhomía que podría parecer humildad. Probablemente sea esta una de las causas de su éxito: la capacidad para hacer sentir a su público que le habla de cuestiones profundas y serias pero en un lenguaje claro y comprensible, que le habla no desde un pedestal sino de igual a igual.

“Me gusta que se apoye sobre una cultura y unos conocimientos enciclopédicos, y que sepa ponerlo todo en perspectiva”, dice Francine Danin, una profesora jubilada tras escuchar la conferencia de Onfray en Deauville. “Y es un excelente pedagogo. Sabe ponerse al alcance del auditorio, hacerse entender por todo el mundo”.

Cómo encuentra el tiempo para dictar las conferencias, grabar videoblogs comentando la actualidad y escribir al ritmo que escribe, es un enigma. Una vez calculó que podía escribir 40.000 caracteres diarios. Sólo en 2017 publicó nueve libros, de géneros tan dispares como la literatura de viajes, la crónica política, el ensayo (sobre filósofos y escritores Tocqueville, Thoreau, Houellebecq), un alegato en favor de la descentralización de Francia, o las 600 páginas de prosa filosófica de Decadencia. Sabe que en 2018 publicará su libro número cien, pero todavía ignora cuál será. No es extraño, tratándose de Onfray. “Tengo 6 o 7 preparados este año”, adelanta. “Será uno de estos”.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/02/27/actualidad/1519765780_456559.html

Caxton College: ideas para transformar el mundo

Este colegio británico de Puçol refuerza su currículum con la asignatura clásica de Filosofía

De manera recurrente pensamos que la Filosofía es una asignatura con poca salida profesional. Sin embargo, los licenciados en esta disciplina clásica se sitúan en el grupo de profesionales que con mayor rapidez encuentran trabajo. Actualmente se sitúan en los primeros puestos de acceso al mercado laboral internacional según la última encuesta realizada por Payscale que entrevistó a más de dos millones de graduados de dos mil setecientos institutos y universidades de Estados Unidos.

Otro firme indicador que muestra la musculatura de esta materia académica se puede observar en los excelentes resultados que, año tras año, obtienen los estudiantes de Filosofía que se presentan al examen que realizan la mayoría de los alumnos universitarios en Estados Unidos (Graduate Record Examinations).

A pesar de que la tecnología inunda todos los espacios de la sociedad, no son pocos los especialistas que consideran que ninguna herramienta tecnológica puede ser más innovadora que la fortaleza del pensamiento filosófico. “Hemos decidido ofrecer esta asignatura en Bachillerato porque advertimos que la Filosofía está en la raíz del resto de disciplinas académicas. De este modo, nuestros alumnos podrán comprender mejor ciertas asignaturas que estudiarán en los grados universitarios que elijan, tanto de Ciencias como de Humanidades”, asegura Bernard Andrews, coordinador de esta asignatura en Caxton College y doctorando de Filosofía en la Universidad de Southampton.

El éxito de las corporaciones de mayor reconocimiento internacional está relacionado cada vez más con la creatividad, el debate, el análisis crítico, la ética, la responsabilidad social, en definitiva, con su capacidad de razonar y ver más allá de lo inmediato. Capacidades que se impulsan precisamente con una educación humanística que se asienta en la Filosofía.

“Me gustaría señalar que los filósofos han escrito constituciones, han creado y desmantelado ideologías, han clarificado problemas éticos, han proporcionado lógica a la informática, han generado ideas que han transformado el mundo, etc. Así mismo muchos hombres de negocio con éxito han estudiado Filosofía. Por ello, quizá, en esta época actual necesitemos ciudadanos con habilidades filosóficas más que nunca”, concluye Andrews.

Fuente:

http://www.abc.es/espana/comunidad-valenciana/abci-caxton-college-ideas-para-transformar-mundo-201802071536_noticia.html

Ensayo inédito de Foucault

Publican un ensayo inédito de Foucault que explora la sexualidad de los padres fundadores de la Iglesia

En 1976 Foucault comenzó un proyecto mastodóntico que buscaba explorar la sexualidad occidental desde la antigua Grecia hasta nuestros días. De aquella «Historia de la sexualidad» se publicaron 3 tomos, pero un cuarto se quedó por el camino, frustrado por la muerte del pensador en 1984 a causa de una complicación derivada del sida.

Ahora, 34 años después de su fallecimiento, la mítica editorial Gallimard ha decidido recuperar y publicar aquel proyecto inacabado. Este cuarto volumen lleva por título «Las confesiones de la carne» y aborda las doctrinas elaboradas por los padres fundadores de la iglesia.

Aunque este es el volumen número cuatro, en realidad fue el segundo que comenzó a escribir el filósofo. Después de publicar el primer tomo, que era una introducción general al tema titulada «La voluntad del saber», empezó a dar forma a este ensayo.

En la introducción del libro, el filósofo Frédéric Gros justifica la publicación aludiendo a que «ha pasado el tiempo» y las condiciones son distintas. Además, claro, subraya que la decisión parte de los titulares de los derechos de Foucault.

Para algunos estudiosos de la obra de Foucault en este ensayo inconcluso está la clave de toda la serie de la «Historia de la sexualidad». ¿El motivo? Que aborda el tema de cómo el cristianismo reemplazó la noción afrodisíaca del placer que reinaba en la Grecia Antigua por el concepto de carne, una idea vertebradora de su pensamiento.

Fuente:

http://www.abc.es/cultura/libros/abci-publican-ensayo-inedito-foucault-explora-sexualidad-padres-fundadores-iglesia-201802131110_noticia.html

“Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumismo, explica en Barcelona sus críticas al “infierno de lo igual”

Las Torres Gemelas, edificios iguales entre sí y que se reflejan mutuamente, un sistema cerrado en sí mismo, imponiendo lo igual y excluyendo lo distinto y que fueron objetivo de un atentado que abrió una brecha en el sistema global de lo igual. O la gente practicando binge watching (atracones de series), visualizando continuamente solo aquello que le gusta: de nuevo, proliferando lo igual, nunca lo distinto o el otro… Son dos de las potentes imágenes que utiliza el filósofo Byung-Chul Han (Seúl, 1959), uno de los más reconocidos diseccionadores de los males que aquejan a la sociedad hiperconsumista y neoliberal tras la caída del muro de Berlín. Libros como La sociedad del cansancio, Psicopolítica o La expulsión de lo distinto (en España, publicados por Herder) compendian su tupido discurso intelectual, que desarrolla siempre en red: todo lo conecta, como hace con sus manos muy abiertas, de dedos largos que se juntan mientras cimbrea una corta coleta en la cabeza.

“En la orwelliana 1984 esa sociedad era consciente de que estaba siendo dominada; hoy no tenemos ni esa consciencia de dominación”, alertó ayer en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), donde el profesor formado y afincado en Alemania disertó sobre la expulsión de la diferencia. Y dio pie a conocer su particular cosmovisión, construida a partir de su tesis de que los individuos hoy se autoexplotan y sienten pavor hacia el otro, el diferente. Viviendo, así, en “el desierto, o el infierno, de lo igual”.

Autenticidad. Para Han, la gente se vende como auténtica porque “todos quieren ser distintos de los demás”, lo que fuerza a “producirse a uno mismo”. Y es imposible serlo hoy auténticamente porque “en esa voluntad de ser distinto prosigue lo igual”. Resultado: el sistema solo permite que se den “diferencias comercializables”.

Autoexplotación. Se ha pasado, en opinión del filósofo, “del deber de hacer” una cosa al “poder hacerla”. “Se vive con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede”, y si no se triunfa, es culpa suya. “Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado”. Y la consecuencia, peor: “Ya no hay contra quien dirigir la revolución, no hay otros de donde provenga la represión”. Es “la alienación de uno mismo”, que en lo físico se traduce en anorexias o en sobreingestas de comida o de productos de consumo u ocio.

‘Big data’.“Los macrodatos hacen superfluo el pensamiento porque si todo es numerable, todo es igual… Estamos en pleno dataísmo: el hombre ya no es soberano de sí mismo sino que es resultado de una operación algorítmica que lo domina sin que lo perciba; lo vemos en China con la concesión de visados según los datos que maneja el Estado o en la técnica del reconocimiento facial”. ¿La revuelta pasaría por dejar de compartir datos o de estar en las redes sociales? “No podemos negarnos a facilitarlos: una sierra también puede cortar cabezas… Hay que ajustar el sistema: el ebook está hecho para que yo lea, no para que me lea a mí a través de algoritmos… ¿O es que el algoritmo hará ahora al hombre? En EE UU hemos visto la influencia de Facebook en las elecciones… Necesitamos una carta digital que recupere la dignidad humana y pensar en una renta básica para las profesiones que devorarán las nuevas tecnologías”.

Comunicación. “Sin la presencia del otro, la comunicación degenera en un intercambio de información: las relaciones se reemplazan por las conexiones, y así solo se enlaza con lo igual; la comunicación digital es solo vista, hemos perdido todos los sentidos; estamos en una fase debilitada de la comunicación, como nunca: la comunicación global y de los likes solo consiente a los que son más iguales a uno; ¡lo igual no duele!”.

Jardín. “Yo soy diferente; estoy envuelto de aparatos analógicos: tuve dos pianos de 400 kilos y durante tres años he cultivado un jardín secreto que me ha dado contacto con la realidad: colores, olores, sensaciones… Me ha permitido percatarme de la alteridad de la tierra: la tierra tenía peso, todo lo hacía con las manos; lo digital no pesa, no huele, no opone resistencia, pasas un dedo y ya está… Es la abolición de la realidad; mi próximo libro será ese: Elogio de la tierra. El jardín secreto. La tierra es más que dígitos y números.

Narcisismo. Sostiene Han que “ser observado hoy es un aspecto central de ser en el mundo”. El problema reside en que “el narcisista es ciego a la hora de ver al otro” y sin ese otro “uno no puede producir por sí mismo el sentimiento de autoestima”. El narcisismo habría llegado también a la que debería ser una panacea, el arte: “Ha degenerado en narcisismo, está al servicio del consumo, se pagan injustificadas burradas por él, es ya víctima del sistema; si fuera ajeno al mismo, sería una narrativa nueva, pero no lo es”.

Otros. Es la clave de sus reflexiones más recientes. “Cuanto más iguales son las personas, más aumenta la producción; esa es la lógica actual; el capital necesita que todos seamos iguales, incluso los turistas; el neoliberalismo no funcionaría si las personas fuéramos distintas”. Por ello propone “regresar al animal original, que no consume ni comunica desaforadamente; no tengo soluciones concretas, pero puede que al final el sistema implosione por sí mismo… En cualquier caso, vivimos en una época de conformismo radical: la universidad tiene clientes y solo crea trabajadores, no forma espiritualmente; el mundo está al límite de su capacidad; quizá así llegue un cortocircuito y recuperemos ese animal original”.

Refugiados. Han es muy claro: con el actual sistema neoliberal “no se siente temor, miedo o asco por los refugiados sino que son vistos como carga, con resentimiento o envidia”; la prueba es que luego el mundo occidental va a veranear a sus países.

Tiempo.Es necesaria una revolución en el uso del tiempo, sostiene el filósofo, profesor en Berlín. “La aceleración actual disminuye la capacidad de permanecer: necesitamos un tiempo propio que el sistema productivo no nos deja; requerimos de un tiempo de fiesta, que significa estar parados, sin nada productivo que hacer, pero que no debe confundirse con un tiempo de recuperación para seguir trabajando; el tiempo trabajado es tiempo perdido, no es tiempo para nosotros”.

SU ÚLTIMO LIBRO ‘LA EXPULSIÓN DE LO DISTINTO

Autor: Byung-Chul Han.

Editorial: Herder (2017).

Formato: versión kindle y tapa blanda (123 páginas)

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/02/07/actualidad/1517989873_086219.html

Foto:

El filósofo Byung-Chul Han, ayer en Barcelona. Massimiliano Minocri / epv

Simone de Beauvoir: 10 frases para recordarla

Simone de Beauvoir, nacida un 9 de enero de 1908 en París, hoy se cumplen 110 años de su nacimiento. Pareja del también escritor Jean-Paul Sartre, fue una de las grandes representantes del feminismo francés. Escribió, entre otras obras, «El segundo sexo», «Los mandarines» y «Una muerte muy dulce». Recopilamos algunas de sus mejores frases en el aniversario de su muerte:

Vivir es la voluntad de vivir:

«El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre sólo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacía cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir».

La muerte, violencia indebida

«No hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo. La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida».

El hombre y Dios

«La perfección de su ser no deja ningún lugar al hombre porque el hombre no podría trascenderse en Dios si Dios ya está todo entero dado. En tal caso el hombre no es más que un accidente indiferente a la realidad del ser; está en la tierra como un explorador perdido en el desierto; puede ir a la derecha o a la izquierda, puede ir a donde quiera; jamás irá a ningún lugar y la arena cubrirá sus huellas».

El eterno femenino

«No creo en el eterno femenino, una esencia de mujer, algo místico. La mujer no nace, se hace. No hay un eterno femenino desde el origen, son roles. Y eso se aprecia muy bien cuando se estudia la sociología. El papel de los hombres y de las mujeres no está determinado de forma absoluta en todas las civilizaciones, hay grandes cambios».

La dicha del amor

«El secreto de la dicha del amor consiste menos en ser ciego que en cerrar los ojos cuando hace falta».

Amar sin sentir miedo

«En sí, la homosexualidad está tan limitada como la heterosexualidad: lo ideal sería ser capaz de amar a una mujer o a un hombre, a cualquier ser humano, sin sentir miedo, inhibición u obligación».

Feminismo

«Sólo después de que las mujeres empiezan a sentirse en esta tierra como en su casa, se ve aparecer una Rosa Luxemburg, una madame Curie. Ellas demuestran deslumbrantemente que no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia».

Oprimidos y opresores

«Uno de los beneficios que la opresión ofrece a los opresores es que el más humilde de ellos se siente superior: un pobre blanco del sur de los Estados Unidos tiene el consuelo de decirse que no es un sucio negro. Los blancos más afortunados explotan hábilmente este orgullo. De la misma forma, el más mediocre de los varones se considera frente a las mujeres un semidiós».

El poder y los medios

«No nos engañemos, el poder no tolera más que las informaciones que le son útiles».

La escritura

«Escribir es un oficio que se aprende escribiendo».

Fuente:

http://www.abc.es/cultura/abci-simone-beauvoir-palabras-201604141257_noticia.html

 

‘El joven Karl Marx’ en el Halcón Milenario

A la película le pasa un poco como con ‘Star Wars’: el protagonista, Luke Skywalker, resulta predecible y redicho, pero es la excusa para que intervengan personajes memorables

Al principio de El joven Karl Marx se ve un bosque en el que unos campesinos alemanes recogen leña. Un anciano reprende a un niño que estaba intentando arrancar una rama de un árbol, pues solo se llevan la leña caída. En ese momento aparecen a caballo unos soldados armados que masacran a los campesinos. Mientras, se oye una voz en off que resulta ser la de un Marx veinteañero leyendo un manuscrito en la redacción de un periódico de Colonia en 1843, inmediatamente antes de que el ejército irrumpa para clausurar la publicación. Se trata del Rheinische Zeitung, un diario liberal crítico con el absolutismo prusiano en el que Marx publicó una serie de artículos denunciando los cambios legislativos que criminalizaron el derecho consuetudinario a recoger leña de los campesinos de la región de Mosela. Es un tema del que Marx prácticamente no se volvió a ocupar hasta que lo recuperó en El capital,donde relaciona el origen del mercado de trabajo capitalista con la expropiación violenta de los bienes comunes tradicionales. Del mismo modo, durante mucho tiempo los intérpretes de Marx apenas prestaron atención a esta cuestión. En cambio, en las últimas décadas, los “comunes” ocupan un lugar crucial tanto en la práctica política como en la obra de autores marxistas como David Harvey, economistas como Elinor Ostrom o historiadores como Peter Linebaugh o Silvia Federici.

Y ese es solo el primer minuto de la película.

Con El joven Karl Marx pasa un poco como con Star Wars. El protagonista, Luke Skywalker, resulta predecible y redicho, pero es la excusa para que intervengan personajes memorables, como Han Solo o Darth Vader. El Marx de El joven Karl Marx se pasa toda la película con media sonrisa irónica y cara de creerse mucho más listo que el resto de la humanidad (un retrato bastante fiel, probablemente). Pero es un formidable médium de personajes y situaciones históricas que se suceden como una catarata a lo largo de las dos horas de película. El Han Solo de El Joven Karl Marx es, sin duda, el joven Engels: divertido, empático, valiente un poco alocado y con un gran olfato sociológico. Si no hubiera sido por La situación de la clase obrera en Inglaterra -un informe que aún hoy resulta impresionante y que Engels redactó a los veinticinco años gracias a la colaboración de su compañera, Mary Burns— hoy recordaríamos (o más bien no) a Marx como un filósofo posthegeliano particularmente sarcástico. Pero la película también consigue que Jenny Marx, Bakunin,

Salvo una secuencia ridícula en la que se escucha una música bélica mientras Marx lee tranquilamente —como si en vez de estar tomando notas para Miseria de la filosofía se estuviera preparando para una misión de comando—, Raoul Peck logra la proeza de introducir cuestiones teóricas de largo alcance con mucha naturalidad. Así, por ejemplo, la influencia del romanticismo en la ruptura generacional de Marx con el universo burgués de su familia se sugiere en una breve y emotiva conversación entre Jenny y Engels. Y, sin duda, debemos a El joven Karl Marx la mejor interpretación de la famosa undécima tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Es un lema irritante, al borde de la literatura motivacional, que en la película, muy verosímilmente, Marx pronuncia completamente borracho, es de suponer que inmediatamente antes de entonar el equivalente renano del Asturias, patria querida.

Especialmente, El joven Karl Marx consigue mostrar con mucha fidelidad lo doméstica e intempestiva que resultó la intervención de Marx y Engels y lo improbable que fueron sus efectos. El proletariado al que interpelaban no existía, como tampoco el partido cuyo manifiesto escribieron. Se dirigían a minúsculas agrupaciones de trabajadores que se sentían mucho más cercanos al lenguaje religioso de Wilhelm Weitling que a la gran teoría alemana. La película muestra a Proudhon o a los líderes unionistas como políticos hábiles y prudentes, mientras Marx y Engels irrumpían en los movimientos políticos como elefantes en una cacharrería. Y esa es justamente la épica que alimenta El joven Karl Marx. El milagro de que dos jovencísimos pequeñoburgueses con un contacto remoto con las condiciones de vida y las organizaciones de trabajadores consiguieran poner en marcha un movimiento que desbordó completamente la política antagonista de su tiempo y ha inspirado las ambiciones emancipadoras de millones de personas de todo el mundo a lo largo de siglo y medio.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/01/27/actualidad/1517066304_935792.html