Especismo

¿Qué es el especismo y por qué deberíamos rechazarlo?


Supongamos que no supiésemos si fuéramos a nacer como seres humanos o como animales de otras especies: ¿qué clase de mundo elegiríamos?

Cada vez más gente entiende que todos los seres humanos deberíamos recibir pleno respeto. A menudo se asume que esto debería ser así por el simple hecho de que somos humanos. Pero, en realidad, la mera pertenencia a una determinada especie es más que nada una clasificación biológica. No es lo que determina que nos puedan dañar. Lo relevante para esto último es algo mucho más simple: nuestra posibilidad de sentir y sufrir. A esto es a lo que se llama también sintiencia. La sintiencia es la capacidad de tener experiencias, que pueden ser positivas, como el disfrute, o negativas, como el sufrimiento.

Ahora bien, esta capacidad no la poseen exclusivamente los seres humanos. También la tienen muchísimos otros animales. Sin embargo, se asume habitualmente que únicamente los seres humanos merecen nuestra consideración. Como consecuencia, los animales (o, más bien deberíamos decir, los animales no humanos) son tratados como cosas. Son explotados diariamente de las formas más terribles. Y se les deja sufrir a su suerte cuando están en situación de necesidad, sin preocuparnos por darles ayuda.

¿Cómo puede justificarse esta actitud? Muchas veces se afirma que los animales no merecen consideración porque esta solo ha de darse a quienes poseen unas capacidades intelectuales complejas. Pero quienes defendemos que se respete plenamente a todos los seres humanos debemos rechazar este argumento discriminatorio. Los seres humanos con diversidad funcional intelectual significativa, así como los bebés que sufren alguna enfermedad terminal, merecen exactamente el mismo respeto que cualquier otro ser humano, pues pueden sufrir por igual. Asimismo, en otras ocasiones se afirma que solo hemos de respetar a los seres humanos porque únicamente sentimos estima por ellos. Pero la estima tampoco es un criterio justo. Una niña huérfana, sin nadie que la quiera y proteja, necesita y merece el mismo respeto que otra rodeada de seres queridos.

En contraste, hay un método sencillo para juzgar de forma ecuánime a quién deberíamos respetar. Entendemos normalmente que la justicia requiere imparcialidad. Pensemos, pues, en lo siguiente. Supongamos que no supiésemos si fuéramos a nacer como seres humanos o como animales de otras especies: ¿qué clase de mundo elegiríamos? Bajo tales condiciones de imparcialidad, si pensásemos honestamente, seguramente escogeríamos un mundo en el que se respetase a los animales. Esto indica que la actitud de desconsideración hacia estos no está justificada.

Estas razones han llevado a que cada vez más personas vean tal actitud como una forma de especismo. Con este término, acuñado ya hace medio siglo, se llama a la discriminación de quienes no pertenecen a una cierta especie. La idea de que deberíamos rechazar el especismo es todavía novedosa. Por ello, y porque cuestiona el provecho que obtenemos del sufrimiento animal, es aún fácil de ridicu­lizar. Pero lo que importa no es eso, sino que es también una idea muy difícil de rebatir. Y ese es el motivo por el cual el rechazo del especismo y la defensa de los animales han llegado para quedarse.

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2019/03/15/ideas/1552654326_316628.html

 

Nuria Sánchez

Nuria Sánchez Madrid: “La filosofía debe seguir siendo una actividad viva”

“Donde el filósofo ofrece lo mejor de sí es en un espacio de diálogo interdisciplinar con otros profesionales”, asegura Nuria Sánchez Madrid, investigadora del departamento de Filosofía y Sociedad de la facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. O sea, la filosofía de la mano de otras materias para sacar el máximo provecho y el mayor beneficio para el ciudadano. La Unidad de Cultura Científica de la Complutense la ha entrevistado. 

Por María Milán, Unidad de Cultura Científica y Divulgación de la Complutense

Inseguridad, exigencia, estrés y malestar son algunos de los síntomas con los que los individuos atraviesan las puertas de los especialistas buscando una solución. Entre las diferentes disciplinas que pueden acudir en su ayuda, la filosofía. Nuria Sánchez Madrid, investigadora del departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense apuesta por devolverle a esta rama del conocimiento una de sus funciones originales y que durante mucho tiempo ha sido apartada: la de reflexionar y contribuir a solucionar los problemas de la sociedad. Entre ellos, el del malestar laboral. Desde la Unidad de Cultura Científica de la Complutense hablan con ella.

Los problemas cotidianos de los individuos pueden analizarse desde muchos puntos de vista. El suyo llama especialmente la atención… ¿Por qué la filosofía?
La filosofía viene de una tradición muy ligada a la práctica conceptual y, en principio, desconectada de la historia, de la sociedad y de los problemas del tejido social. Creo que la filosofía puede haberse recluido demasiado en un ámbito institucional, académico, museístico. La filosofía empezó siendo una actividad viva y debe seguir siéndolo. Me dedico a la historia de la filosofía y me ha inquietado siempre la pregunta por cómo la filosofía puede contribuir, qué reflexión nos puede proporcionar acerca de lo que vivimos en el presente como patología, en los focos de sufrimiento, los problemas de la sociedad y las fuentes de desigualdad.

¿Cómo relaciona el malestar, en este caso laboral, con la filosofía?
Los psicólogos encuentran en su consulta episodios de sufrimientos atroces que cortocircuitan la capacidad de los sujetos para desarrollar una vida mínimamente sostenible en el desempeño de una profesión. El famoso “factor humano” es lo más perseguido en el ámbito de trabajo, como señala el psicopatólogo francés Christoph Dejours. Aquí nos damos de lleno con algo que visualiza de manera especial el malestar laboral. Vivimos en una sociedad neoliberal en la que el mercado es lo que nos permite sostenernos y sobrevivir. Creamos vínculos sociales con los otros y con nosotros mismos que nos hacen medirnos eternamente y nos hacen exigirnos eternamente. Esto a la filosofía tiene que interesarle mucho porque es discurso, porque no es hecho. No son realidades fácticas, son realidades inmateriales que se apoderan de nuestros cuerpos y colonizan nuestras mentes. A la filosofía le interesa indagar en esos discursos implícitos y tácitos que están condenando a un fracaso vital inevitable, indefectible, a tantas personas que se dedican a profesiones que uno identificaría como de desarrollo personal.

“Vivimos en una sociedad neoliberal en la que el mercado es lo que nos permite sostenernos y sobrevivir”

¿Cuáles serían esas profesiones?
Algunos ensayistas, como Remedios Zafra y Alberto Santamaría, se han concentrado en cómo el profesional vinculado a la gestión cultural, galerías de artes y también a la creación en Internet sufre situaciones de un estrés intolerable. En ese tipo de trabajos se encuentra una elevada desregulación y una completa ausencia de límites que establezcan las fuerzas y energías sostenibles del trabajador, hasta el punto de que el sacrificio casi es la contracara de la creación. En el propio ámbito del periodismo también. Se supone que cuanto más creativo eres, menos necesitarás comer, ganar o dormir. Menos exigencias tendrás. Se produce una extraña espiritualización del trabajador.

¿Tiende a ir a más este malestar laboral?
Sí. Creo que, por un lado, hay una multiplicación de síntomas que ha generado, a pesar de la despolitización general de la sociedad, una visibilización de ese malestar y una pérdida de la vergüenza y el pudor a manifestarlo. Las fronteras entre la vida doméstica y la vida profesional se han puesto en entredicho precisamente porque el mercado laboral postfordista ha decidido abolir esa frontera y no volveremos a entornos del pasado. Con todo, como Sergio Bologna, debe atenderse también a que la “domesticación” del trabajo también comporta facetas positivas, especialmente si pueden emplearse para por ejemplo volver la llamada “conciliación” de las trabajadoras mujeres más sostenible y verosímil. Escuchar las recomendaciones y argumentos que Carolina del Olmo lleva años exponiendo sobre la necesaria “socialización de la maternidad” beneficiaría mucho a una sociedad como la española. En la universidad lo notamos cada vez más, trabajamos sobre todo en casa. Robas horas a la noche, a tu familia, a tu sueño. Nos damos cuenta de que la domesticación del trabajo puede ser una ventaja, pero en otras ocasiones es un lastre porque supone la quiebra entre el espacio público y privado en beneficio de una productividad que amenaza la salud mental y física del sujeto.

¿Debería la filosofía participar en la toma de decisiones sobre este tipo de temas sociales?
Veo muy interesante consultar al filósofo, pero no como se ha solido hacer, de forma individual o como comité de sabios, donde los filósofos son consultados sin necesidad de dialogar productivamente con otras disciplinas. Eso puede haber tenido cierto recorrido, pero creo que donde el filósofo ofrece lo mejor de sí, como todo intelectual, es en un espacio donde pueda establecer un diálogo interdisciplinar con otros profesionales. La idea es buscar una interdisciplinaridad saludable, que es la que lleva años enriqueciendo nuestros propios itinerarios investigadores, en la línea que preconizaba Manuel Sacristán en los años 70 del pasado siglo.

“Me ha inquietado siempre qué reflexión nos puede proporcionar la filosofía acerca de lo que vivimos como patología, en los focos de sufrimiento, los problemas de la sociedad y las fuentes de desigualdad”

¿Con qué tipo de profesionales puede trabajar el filósofo?
Por ejemplo, con sociólogos que empleen una metodología más cualitativa que cuantitativa. O con profesionales biosanitarios, como los psicólogos que reciben en sus consultas individuos con problemas para desempeñar su trabajo porque identifican el mundo laboral con un infierno. El sujeto es consciente de los sacrificios constantes que debe hacer para tener un salario que suele ser muy inferior a décadas anteriores. El uso del sufrimiento como medio de exigencia de una mayor rentabilidad económica y profesional es una perversión de nuestro sistema. Tiene mucho de teológico, porque no es liberador ni emancipador, aunque se venda así, como relato personal que “nos liberará” de la “carga” de las limitaciones de otros. En el fondo recuerda mucho al discurso de las iglesias, al discurso cristiano de sacrificarse en nombre de realidades trascendentes a nosotros mismos.

Además del malestar laboral, ¿trabaja en algún otro tipo de sufrimiento desde el punto de vista filosófico?
Desde hace tiempo me encuentro trabajando en una línea amplia emparentada con la teoría crítica que tiene que ver con las fuentes contemporáneas de sufrimiento social. Coordino ahora mismo un proyecto de innovación educativa ubicado en este ámbito temático porque me gusta usar este tipo de proyectos para hacer este esfuerzo interdisciplinar para que la filosofía mire a la sociedad. Mi investigación gira desde hace años en torno a una historia cultural del malestar social, en la que el estudio de la precariedad y las situaciones de pobreza desempeña una función central. Parto para ello de una vieja idea de Honneth: el malestar no es una cacofonía social que nos aparta del brillo de las estructuras e instituciones sociales, sino más bien una evidencia de cómo esas estructuras e instituciones penetran en la comunidad que somos, necesaria para reformarlas con vistas a mejorar nuestras formas de vida y rebajar el sufrimiento que las atraviesa.

Fuente:

https://www.filco.es/nuria-sanchez-madrid-filosofia-actividad-viva/

 

 

 

Amelia Valcárcel

Hágase la luz sobre la ontología

Amelia Valcárcel

La filosofía del siglo XX apuntó y no disparó al aire: muchos de los problemas de enjundia ontológica son solo asuntos del lenguaje

 

Vamos a ello, Aristóteles. Hace unos 2.000 años, Andrónico de Rodas hizo la edición de todo lo que el gran filósofo había dejado escrito. A los rollos que eran menos conocidos y que parecían casi apuntes personales los llamó metafísica, porque los puso detrás de los de física. Por raro que nos suene, todos tratamos abundantemente con ese tipo de saber, casi siempre sin saberlo. Cierto que Aristóteles se había preocupado de ello muy pronto. Fue el primero en hacer una historia de la filosofía, de lo que habían dejado dicho quienes le precedieron. Y allí nos cuenta, sobre todo, una parte esencial, la ontología.

Ontología es la colección de cosas que creemos que existen. “Qué es lo que hay” en definitiva. Una de las más vivas y sorprendentes respuestas de todos los tiempos la dio Pitágoras: hay pares y números. Esto necesita aclaración: hay números, que son la esencia de todo lo que existe; pero todo lo que existe consiste en pares que se enfrentan. Si hacemos una bonita serie de ellos se entenderá perfectamente. Existen lo impar y lo par. Lo macho y lo hembra; lo caliente y lo frío; la luz y la oscuridad, lo seco y lo húmedo, lo duro y lo blando…, hasta donde lo queramos llevar. Ahora bien, ¿existen esos pares o simplemente organizamos nuestra experiencia según ellos? El problema de confiar en los pares, esto nos lo dejó dicho Pascal, es que tenemos cierta insana tendencia a ponerlos donde no los hay. Él lo ejemplificó con un par de ventanas y lo llamó “las falsas simetrías”. Hay conceptos o ideas que, simplemente, no tienen contrario. Además de que muchos supuestos “contrarios” no lo son en absoluto. De igual manera que algunos, cuando decoran un muro, ponen una ventana falsa para que resulte más agradable a la vista la pared, tendemos a hacer falsas simetrías cuando no sabemos bien cómo pensar algo.

Si repasamos la corta lista de pares pitagóricos que se apuntó antes, veremos que hay uno notable: macho-hembra. Puesto que todo lo que existe es una cosa u otra, ¿es la madera hembra o macho?, ¿y el árbol? ¿La piedra es hembra y el hierro es macho?, ¿el agua es hembra y el fuego es macho? ¿Y el aire?, ¿el alma y el cuerpo?, ¿la carne y la sangre? La ontología comienza a realizar sus juegos. Hay una manera de frenarla en seco: eso es meramente lenguaje. Son las simples desinencias de las palabras lo que nos marea y confunde. Pero nadie perspicaz dejará de notar que algunas de esas palabras resuenan con una ancestral atribución de género: son el sonido abisal de los siglos que todavía reverbera. Están cargadas. La filosofía del XX apuntó y no disparó al aire: muchos de los problemas que consideramos de enjundia ontológica sólo son asuntos de lenguaje. A esto lo llamó “el giro lingüístico”. Y aunque no es, como creyeron sus padres, “el más grande descubrimiento de todos los tiempos”, es bastante importante. Entre lo que somos y lo que hay, esto es, la ontología, el lenguaje siempre está haciendo de las suyas. Hay que iluminarlo para que no juegue tanto que nos impida ver lo que realmente existe.

Quizá la filosofía del lenguaje no se puso a ello con la dedicación suficiente, porque, demasiado a menudo, es el caso de que seguimos discutiendo de palabras en el perfecto convencimiento de que discutimos sobre cosas. “Las cosas”, eso que la ontología tiene bajo su mando, se nos dan ordenadas en sentencias. Y las tales sentencias parecen estar posadas sobre un inmenso y profundo continente de sentido en el que nuestros pares son los únicos señores. Allí imperan y siguen marcando las líneas maestras de lo que vamos a entender. No les gusta la claridad y tienen verdadero apego a las falsas simetrías. Una de ellas es espectacular y ya ha salido a escena: macho-hembra. No es como arriba-abajo, antes-después, todo-nada, vida-muerte. No; es completamente distinta. No pretende ordenar el flujo de lo desigual, sino cortar en dos lo que es igual y hacerlo contrario. Pero, probablemente, es una matriz ontológica fundante porque la oímos resonar en partes muy alejadas del mero dominio de la reproducción sexuada. Nos inunda.

De ella debe decirse que, aun siendo arcaica, no es venerable. Resulta en exceso disfuncional, sobre todo cuando se la siente resoplar en el lenguaje político. O, peor aún, en el religioso. Las naciones no se casan ni se divorcian. Tampoco una religión es una mujer ni una esposa, aunque lo diga el santo padre.

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2019/02/28/ideas/1551370003_623993.html

 

Franco Berardi

El pensador italiano Franco Berardi analiza los efectos del mundo digital en el ser humano

Franco Bifo Berardi combina la docencia como profesor de historia social de los medios de comunicación en la Academia de Bellas Artes de Brera (Milán) con la agitación cultural: creó el fanzine A/Traverso, Radio Alice —la primera emisora pirata de Italia— y la TV Orfeu, cuna de la televisión comunitaria en Italia. En sus libros indaga cómo las tecnologías digitales están generando una mutación del ser humano y aceleran de forma tan vertiginosa el tiempo que no deja tiempo para la pausa, la escucha o la capacidad crítica ponderada. Cartografía un tejido social en el que, como en las shitstorm [una tormenta de mierda] de las redes sociales, los individuos se mueven por los estímulos de todo tipo que reciben sin tiempo para reflexionar, y donde reina el resentimiento identitario, la desertificación del pensamiento complejo y el autismo coral. Ayer habló en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona con Ingrid Guardiola sobre cómo “los dispositivos tecnológicos se han convertido en una prótesis de nuestros cuerpos y en una herramienta de relación permanente con el mundo, devaluando así nuestra experiencia directa e inmediata de la realidad, afectando a las emociones, el psiquismo, la percepción y la relación con el otro”.

 

Respuesta. La modernidad nace cuando la escritura se hace medio de masas y la imprenta permite difundir el pensamiento en miles de copias. Hoy vivimos una segunda mutación técnico-comunicativa mucho más profunda, porque mutamos de una forma conjuntiva del pensamiento, de la comunicación, del afecto, a una forma conectiva.

P. ¿Cuál es la diferencia?

R. Que la presencia de la corporeidad ya no es decisiva. En la comunicación conjuntiva la creación de significado, de sentido, pertenece a la esfera de la presencia. Yo puedo decir algo que puede tener un significado diferente según la manera en que lo digo, de su contexto, de la relación afectiva que existe con mi interlocutor, pero en la comunicación conectiva es la sintaxis, la estructura técnica del medio, el formato, el sentido mismo. Además, la comunicación conectiva nos permite una aceleración, una intensificación infinita de la información, que no es solo información, este el problema, sino al mismo tiempo estímulo nervioso, es shitstorm. La consecuencia es que las capacidades críticas que la humanidad tenía en la época de la imprenta se están perdiendo. Y esta transformación está vinculada a la aceleración de la infoesfera que produce efectos en la psicoesfera, es decir, en el cerebro, en la mente, en la emocionalidad humana. Vivimos una época de patologías masivas, como las crisis de pánico, la depresión, la ansiedad, que no son patologías simplemente psíquicas, sino de la relación comunicacional.

P. ¿Hemos perdido sentido crítico de la complejidad?

R. El universo técnico se ha vuelto demasiado complejo para el entendimiento humano. Tenemos que reconocer que la posibilidad de una crítica de la discriminación racional es imposible cuando se habla de fake news, por ejemplo. El problema no son las fake news, que siempre han existido, el problema verdadero es lo que está pasando en el cerebro. El cerebro se ha vuelto incapaz de elaborar la complejidad del universo técnico. La velocidad, la intensificación, no permite que el cerebro pueda discernir, redistribuir. Cuando leemos un texto escrito o hablamos con un compañero la velocidad de esta comunicación nos permite discriminar entre bueno y malo, verdadero o falso.

P. Ya hace muchos años que vivimos un proceso de desculturización del individuo.

R. No estoy seguro de que podamos utilizar la palabra desculturización. El problema es que estamos pasando de una cultura a otra. Podemos identificar la cultura como nuestra cultura, la que nos gusta, la progresiva, la democrática, pero hay otras, estamos entrando en otra condición cultural. La mutación es más profunda, es cognitiva, lo que significa que no implica solo un cambio de las formas simbólicas, políticas, racionales, significa una mutación de la maquinaria. Lo que pasa en la esfera política, social, parece una locura porque seguimos interpretando comportamientos, sí, dementes, con las categorías de la racionalidad política. Por un lado, como decía Eco, está el crecimiento de la inteligencia artificial y por otra el crecimiento de la demencia humana. No es casual. Cuanto más atribuimos la actividad inteligente a la máquina, tanto más renunciamos a la capacidad de actuar de manera inteligente.

Las herramientas de la política no sirven porque la venganza no atiende a razones

P. Platón creía que el paso de la transmisión oral a la escritura era una catástrofe. Zola se escandalizaba de que los primeros trenes a vapor circularan a 40 Km/h. ¿No hay un prejuicio de la generación predigital?

R. Ja, ja. Platón no se equivocó la capacidad de memorización de los hombres se ha empobrecido con la aparición de la escritura. Respecto a lo que dice, sí, creo que sí. Para la última generación alfabética o predigital, lo que está pasando es incomprensible porque las categorías en las que nos hemos formado, desde el comienzo de la modernidad, de Kant y Descartes, han definido la razón y la política. La política como técnica de discriminación entre bueno y malo y reducción del mundo a la razón, y esto está desapareciendo. ¿Qué pasa con las nuevas generaciones? El suicidio crece un 60 % en 40 años desde los noventa. En primer lugar, Corea del Sur, segundo Japón, tercero Finlandia, y cuarto Hungría. Corea del Sur es donde la aceleración informativa y el cambio digital han sido más violentos, más transformadores. Sí, la ola de depresión masiva, las crisis de pánico desconocidas hasta entonces, se explican solo a partir de esta mutación. Las nuevas generaciones viven de manera más normal que las anteriores, pero a costa de un sufrimiento psíquico y social, porque las formas de explotación, el regreso de la esclavitud de la precariedad, libre, pero esclavitud, es el precio que están pagando. Esto no se puede parar. No hablo desde la nostalgia, pues ya no existe, ni volverá, como no volverán ni la democracia ni la política. En sí la tecnología no es mala. Solo produce sufrimiento cuando se vincula con la competencia desenfrenada, con la soledad y la violencia social, con el neoliberalismo. Si no corres, mueres. Si no eres más veloz, no ganas. Los trabajadores han de competir entre ellos. La relación entre jóvenes es de competencia y soledad.

P. La democracia ha muerto, dice usted

R. Democracia es la dimensión donde nadie tiene razón porque todos tienen derecho a razonar conflictivamente en una sociedad abierta, porque no hay verdad, pues la verdad es el diálogo, y eso no significa nada hoy. Con la aceleración tecno-comunicativa el diálogo se verifica entre el individuo y la pantalla, el individuo y la máquina, y hay que respetar las reglas ineludibles de la máquina digital, que son las reglas de las finanzas. Ingresar en el mundo de la economía financiera significa entrar en una dimensión en la que las reglas están escritas en la máquina, y no se pueden discutir. La democracia está muerta porque la democracia es la posibilidad de discutir todo, principalmente las reglas. La prueba la hemos visto en Grecia, en todos los lugares. Con la democracia no se puede cambiar nada. La revuelta de los chalecos amarillos es la última demostración. ¿Con la democracia no podemos cambiar nada? Pues salgo a la calle y hago algo violento. No es fascismo, es locura, la sinrazón.

En sí la tecnología no es mala. Sólo produce sufrimiento cuando se vincula con la competencia desenfrenada, con la soledad y la violencia social,

P. Una corriente de emotividad recorre como un escalofrío el cuerpo social y surgen sentimientos peligrosos: humillación, dignidad…

R. Los movimientos de renovación social, de propuestas de posibilidades nuevas, han sido cancelados por la voluntad europea y las finanzas internacionales. El sentimiento de humillación es más peligroso que el de empobrecimiento. El empobrecimiento produce ira, violencia, pero también deseo racional de ganar algo. La humillación produce deseos de venganza, incluso el de matarse a sí mismos, fíjese el carácter absurdo de lo que estamos hablando. El pueblo inglés que votó por el Brexit, ¿esperaba ganar algo? Creo que no. Lo único, reaccionar contra los que les habían humillado. Humillar a los humilladores. Igual en el conflicto de Cataluña y España. O en Estados Unidos. Trump es el máximo humillador. Humillador de humilladores.Este es el núcleo de la discusión política contemporánea. No es política, es psicopatía. Vivimos una condición que es psicopática. Las herramientas de la política no sirven, porque la venganza no atiende a razones. Es la paradoja en la que nos encontramos hoy.

P. Cuando todo es incierto y nos mueve el miedo, ¿surge el deseo punitivo, el populismo punitivo?

La velocidad no permite al cerebro discriminar entre bueno y malo

R. En Italia hay quien tiene obsesión es castigar la casta hasta el punto de que estamos dispuestos a perder nuestra condición democrática para castigar a los ladrones de la casta, de la elite. La identificación de la elite tiene un carácter esencialmente punitivo: Lo que ha pasado con los chalecos amarillos y Finkielkraut es antisemita, pero quién ha preparado todo esto. La razón liberal, democrática, ha producido una humillación, al identificar la razón con el algoritmo financiero.

P. ¿El sueño de la razón produce algoritmos financieros?

R. Sí. El sueño de Goya. Adorno y Horkheimer ya lo dijeron: si la razón progresiva no logra entender la oscuridad que lleva en sí misma está firmando su condena de muerte. Hablaban del nazismo, pero está ocurriendo ahora mismo, si miramos los movimientos en Estados Unidos, España, Londres o el mundo árabe.

P. ¿La falta de una alternativa no lleva a la inacción?

R. La única terapia que yo veo tras la oscuridad presente es la reactivación del cuerpo colectivo, del placer de encontrar el cuerpo del otro en la dimensión colectiva. Si miramos los movimientos en Estados Unidos, España, Londres o el mundo árabe, vemos que no eran movimientos políticos, sino de un movimiento de reactivación del erotismo de la sociedad, erotismo entendido como una dimensión del psiquismo que es la dimensión empática, la dimensión del placer del otro. La patología que estamos viviendo es de des-erotización de la relación social. Si puedo imaginar algo bueno para el futuro es la reducción de la velocidad y de reactivación del cuerpo erótico de la sociedad. Es la única forma de reactivar lo que un día llamamos democracia. Una terapia poética, estética y ética, porque cuando hablamos de ética no estamos hablando solo del bien y del mal, sino también del placer. No creo en la batalla política por la democracia, es como un círculo vicioso. Cuando hablo con los jóvenes alumnos de sufrimiento, de impotencia sexual, de la falta de placer sexual, de la falta de reconocimiento erótico, de la fragilidad psíquica, me escuchan y algo se mueve. Cuando hablo de política, no se produce ningún efecto.

P. El sexo que no habla

R. Hay muchísimo sexo, pero se ha perdido la capacidad de ser algo dialogante.

P. ¿Quién auguró mejor el futuro: Huxley, Ballard, Orwell o Philip K. Dick?

Las nuevas generaciones viven de manera más normal que las anteriores, pero a costa de un sufrimiento psíquico y social

R. Philip K. Dick, sin duda. Orwell llegó muy lejos, pero Dick vio algo esencial, que el problema no era solo la pantalla como Orwell, el problema era la relación entre la máquina y el cerebro, la interconexión e interdependencia. El problema es cómo la pantalla se ha apoderado del cerebro, cómo la tecnología digital está modificando la cultura, pero también la actividad cognitiva, y a nivel más profundo, la estructura neurofísica misma del cerebro humano. La humanidad siempre se ha orientado con los sentidos, la vista, el olor… Hoy nos orientamos a través de un mapa telemático de un satélite. ¿Qué pasará dentro de dos o tres generaciones con la capacidad de mirar el panorama, detectar señales olfativas, auditivas, en el ambiente? Es la actividad cognitiva misma la que se está modificando y cuando se modifica la capacidad cognitiva, pasa a la física del cerebro. Tendremos un cerebro conectivo que funcionará a través de conexiones sintácticas que cancelarán la capacidad pragmática de redefinir el contexto.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2019/02/18/actualidad/1550504419_263711.html

Manuel Rivas

La vida es un texto con erratas

A GRACILIANO RAMOS, escritor brasileño, autor de una novela que debería figurar en el Antiguo Testamento, la titulada Vidas secas, lo detuvieron varias veces cuando era un joven periodista. A cada poco, lo prendían y le daban tremenda paliza. Él preguntaba por qué, y le gritaban: “¡Por comunista, cabrón!”. Pero Graciliano Ramos no era comunista ni cabrón. Hasta que llegó un día, más que maltrecho por la paliza, en que decidió hacerse comunista. Pensó: “Si me están martirizando por ser comunista, por lo menos tener el carné de comunista”.

No tiene nada que ver, que me perdone Graciliano Ramos, que en paz descanse, pero yo a finales del siglo pasado me hice deconstructivista. No fue por maltrato ni por represión. Era, eso sí, la “paliza” intelectual de moda. La primera gran corriente crítica en los flujos del pensamiento globalizado. La deconstrucción arrasaba en el mundo universitario, sobre todo en Estados Unidos. Si me hice deconstructivista fue por incoherencia, confusión, desasosiego y pura contradicción. No tenía ni tengo idea de en qué consiste de verdad el deconstructivismo. Es decir, era un auténtico deconstructivista cuando me ponía a deconstruir. Casi tanto como Derrida, su creador.

Jacques Derrida, un judío francés nacido en Argelia, es tal vez el filósofo más citado de nuestro tiempo. A su pesar. Era muy autocrítico, alérgico a la fama, y la hubiera deconstruido de buena gana. Cuando falleció, año de 2004, vino en su ayuda un deconstructivista obituario publicado en The New York Times y en el que, cosa rara en el género, quedaba bastante mal parado. Iba en la línea desmitificadora en la que antes se había pronunciado George Steiner. Una mezcla de bluff, charlatanería y de juego retórico absurdo al estilo de los poemas dadaístas. El deconstructivismo sería algo así como una gran broma antiacademicista que había seducido a muchos académicos. De hecho, hubo una reacción furibunda contra el obituario de The New York Times, hasta el punto de que el influyente gran diario tuvo que encargar, de manera excepcional, una segunda nota necrológica en la que Derrida era despedido como un señor filósofo.

Sin querer, la anécdota de los dos obituarios de Derrida explica de manera sencilla la óptica del deconstructivismo. Por una parte, de qué pie cojeaba el pollo. Por otra, era un muchacho excelente. Debería ser una pauta en el periodismo, la de publicar dos obituarios contrapuestos. Incluso una misma persona podría escribir las dos notas necrológicas. No hay nada fuera del texto, decía Derrida. Todo es texto. Un libro, una ciudad, una vida. Sí, la vida es un texto. Pero un texto a interpretar, con varios significados, donde buscar lo otro, lo diferente. Donde rastrear las huellas de lo que se escapa.

Para el buen ojo deconstructivista, lo más interesante de un libro, de un texto, de una vida serían las erratas. Como los lapsus en el habla. Algo de razón tiene esa manera de escudriñar en la diferencia, de búsqueda freudiana del tornillo perdido, como la tenía aquel multado por infracción que le aclaró a la autoritaria autoridad: “Usted me pondrá la multa, pero no puedo pagar, ¡yo soy disolvente!”. Derrida gozaría con ese desliz. Podría dar una lección de confusión magistral sobre polisemia, contexto, represión, en el día de gracia en que el “insolvente” se declaró “disolvente”.

La vida es un texto con erratas, matices y contradicciones. Cuando se borra o desaparece el rastro de esas huellas, cuando se presenta la “verdad” como una línea recta, en un solo sentido, unidimensional, algo muy preocupante está pasando. Con la imaginación y la ironía, el deconstructivismo era, en el fondo, constructivista. Enriquecía la mirada. Hacía visible lo invisible. Jacques Derrida inventó el término deconstrucción o deconstructivismo como transgresión del concepto de “destrucción”.

Todo está en el texto, decía Derrida, y tenía razón. ¿Cómo son los textos que hoy dominan el mundo, cómo se expresan los poderosos? Veamos lo ocurrido con el abandono del tratado para el desarme nuclear clave o INF(Intermediate-Range Nuclear Forces). El lenguaje que se utiliza tiene todas las huellas del autoritarismo. Se corresponde con un tiempo de destrucción, de una nueva “guerra fría” que nos puede dejar achicharrados. Mensajes breves, elementales, viscerales, sin argumentos. Sin erratas. Tuits apodícticos, es decir, que no esperan respuesta. Es muy difícil argumentar contra algo que se impone sin argumentos. Y ese es el estilo que los grandullones enseñan a los pequeños y los pequeños copian de los grandullones.

Y luego se extrañan de que los “insolventes” se declaren “disolventes”.

Fuentes:

https://elpais.com/elpais/2019/02/11/eps/1549885481_150786.html

Los filósofos mas amados y los más odiados

Con docentes de filosofía de toda España y con alumnos de diversas edades (desde niños hasta adolescentes de Bachillerato) nos propusimos descubrir cuáles eran los pensadores que más gustaban en clase y los que menos. Ya tenemos algunos nombres de ‘los más amados y odiados’, pero, por el camino, los docentes compartieron con nosotros algunas de sus inquietudes, estrategias y anécdotas en esto de enseñar filosofía.

 Por Pilar G. Rodríguez

“Creo, sinceramente, que la pasión que un filósofo pueda despertar en un alumno está íntimamente relacionada con la pasión con la que el profesor explica”. ¿Cómo no estar de acuerdo con Gonzalo Muñoz Barallobre, que enseña filosofía en el colegio El Porvenir, en Madrid. Es más, de un modo general, la misma pasión o desgana por la filosofía misma (y esto es aplicable a otras materias) suele corresponderse con las formas de impartirlas. ¿Quién no tuvo un profesor de los que leen o dictan en clase y acabó sin saber a quién odiar más: si a la materia en cuestión o al sujeto en particular?

De esto de enseñar filosofía, renovar sus maneras y adaptarlas a la actualidad sabe mucho Eduardo Infante.Él lo hace de otro modo en el Centro de Enseñanza Secundaria La Salle de Gijón, en Asturias. Y ¿cómo es de otro modo? Pues del modo en que todo se hace en los últimos años: pegado al móvil desde el que alumnos y profesor dan vida a los #filoretos.

“La pasión que un filósofo pueda despertar en un alumno está íntimamente relacionada con la pasión con la que el profesor explica”. Gonzalo Muñoz Barallobre, profesor en el colegio El Porvenir (Madrid)

                                                Eduardo Infante, alias Nietzsche, con uno de sus alumnos del La Salle (Gijón).
Eduardo Infante, alias Nietzsche, con uno de sus alumnos del La Salle (Gijón).

“Hace unos años puse en marcha un proyecto educativo en el que uso Twitter para plantearles retos filosóficos a mis alumnos –explica Eduardo Infante–. Así que aproveché esta plataforma para lanzarles la pregunta por su filósofo favorito. Para añadirle un poco más de aliciente, me jugué con ellos a que iría disfrazado a clase del filósofo que más y mejor admirasen. Afortunadamente me lo pusieron fácil, porque la mayoría escogió a Nietzsche y era cuestión de tiempo llegar a alcanzar el tamaño del mostacho prusiano de nuestro querido pensador alemán”.

Aparte de descubrirles el mundo de sus ideas, Infante presentó a Nietzsche diciendo que se llamaba como su perro y les puso la película El día que Nietzsche lloró. “Al hablar de él en clase me entró la curiosidad y me puse a indagar por internet. Descubrí bastantes cosas, pero la que mas me llamó la atención fue que es considerado unos de los tres maestros de la sospecha”. Bien, bravo, aplauso y ovación para Noemí Cembranos que en esa respuesta cumple el sueño de todo profesor: suscitar el interés y la curiosidad por aquello que les han contado y que los alumnos se pongan a ello por su cuenta, con las herramientas de su inquietud y su curiosidad. Un 10.

Pero, ojo, que lo siguió de cerca Diógenes por motivos como estos que subraya Gacizo Malaico (el nombre elegido en su cuenta de Twitter): “En vez de predicar complejas teorías sobre el origen de la physis o sobre la realidad simplemente vivía de la manera menos invasiva, menos ambiciosa y más mundana posible. Sin maldad alguna ni dobles intenciones, honestidad pura o “porque creo que habría que vivir de forma más sencilla”, señala Pablo Valdés. Infante confiesa sus miedos: “Me asusté un poco porque hacer de cínico en pleno otoño-invierno asturiano requiere una imperturbabilidad que aún no domino”.

Eduardo Infante, profesor en La Salle (Gijón), convirtió la pregunta por el filósofo favorito en #filoreto, la manera que ha encontrado de enseñar filosofía en Twitter: ganó Nietzsche

¿Qué es un #filoreto?

En la plataforma creada para organizar este juego para el que hay que tener una cuenta en Twitter se explica así: “Los #filoretos son algo parecido a los programas de fidelización que tienen las grandes compañías. Irás sumando puntos conforme vayas superando pruebas. Cada prueba te dará una puntuación dependiendo de su dificultad. Acumulando estos puntos podrás ir subiendo de nivel y en cada nivel ganarás beneficios y habilidades que podrás canjear en clase durante este curso”. Tiene reglas, niveles, puntuaciones y hasta insignias y medallas. Y sobre todo, tiene –ofrece más bien– la posibilidad de conectar la filosofía con problemas, noticias, personajes, declaraciones sacados de la actualidad.

 Las filósofas que amamos

“Ya que nuestros libros no le dan la importancia que se merecen a las mujeres, se la tendremos que dar nosotros”, comenta Paula Vega. Nadie podría decirlo mejor que esta alumna de Infante. Ella reivindica a Simone de Beauvoir, “que defendió los derechos de las mujeres creando la segunda ola feminista”.

El asunto está en la calle, en los medios y en las escuelas. “Les interesa muchísimo –señala Daniel Rosende, profesor de filosofía en el IES La Cabrera, en Madrid–. Pienso que es un tema que los alumnos están viviendo, del que forman parte y le prestan muchísima atención, de modo que es muy fácil para nosotros organizar un debate o actividades porque están muy implicados. No les cuesta nada, al contrario que con otras materias y autores”.

Daniel Rosende, profesor en el IES La Cabrera, en Madrid: “El feminismo interesa muchísimo en clase. Es muy fácil organizar un debate o actividades porque los alumnos están muy implicados”

Obviamente, la figura del docente en este sentido es definitiva; no solo para explicar que sí hubo filósofas a lo largo de la historia del pensar, sino para analizar qué significa que las hubiera y no estén año tras año en los libros que han de estudiar o que toman por referencia.

                                                 Ilustración de Luis Nahuel Sanguinet.para el libro "¿Habrá mujeres allí? (Apeiron), de Myriam García.
Ilustración de Luis Nahuel Sanguinet para el libro “¿Habrá mujeres allí?” (Apeiron), de Myriam García, profesora en Oviedo, Asturias.

Mientras que Lola Manzano, alumna en el IES Dr. Fleming (Oviedo), vota también por Simone de Beauvoir, “por sus ideas feministas y marxistas, el activismo y su razonamiento de lo que significa ser mujer”, Ana Gómez y Sergio Cabrero prefieren a Olimpia de Gouges, “porque escribió el libro de los Derechos de la mujer y la ciudadana, y fue guillotinada injustamente”. “Y el que menos gracia me hace –prosigue Cabrero– es Schopenhauer: parecía que no tenía sentimientos”. Y son más los que coinciden en esta opinión. A Eugenia Ugarte no le dan confianza, en general, los “misóginos; uno de ellos es Rousseau que, pese a ser el padre de la democracia, veía a la mujer pasiva y débil y alegaba que ponía poca resistencia y estaba hecha para complacer al hombre”. Quienes hablan son alumnos y alumnas de Myriam García Rodríguez. Además de profesora en el mencionado centro es autora de la novela ¿Habrá mujeres allí? Una misión de espionaje, que muestra la relevancia del pensamiento de las filósofas a lo largo de la historia. Sus alumnos están, por tanto, en una situación de privilegio a la hora de rastrear esos rincones un poco perdidos o selectivamente mal iluminados en la historia de la filosofía. Pero ese privilegio está dejando de serlo porque cada vez son más quienes les dan el espacio y la relevancia que merecen. Como dijo la feminista Angela Davis, “no estoy aceptando las cosas que no puedo cambiar; estoy cambiando las cosas que no puedo aceptar”. Recuerda la cita Paula Pérez Menéndez al elegir a Davis entre las filósofas que ama.

Myriam García, profesora en el IES Dr. Fleming (Oviedo), ha investigado la relevancia de las mujeres filósofas que han permanecido ocultas o invisibilizadas en la historia de la filosofía. Y eso se nota en las respuestas de los alumnos

Razones para amar a…

Entre los gustos filosóficos de los alumnos que los profesores nos trasladaron destacamos estos que vienen con nombre, apellidos (o con nick) y las razones de sus juicios:

Epicuro: “Porque comparto sus opiniones y sus pensamientos sobre la búsqueda de la felicidad”. Claudia Álvarez 

Boecio: “Porque relaciona la música con los estados de ánimo. Piensa que la música afecta a nuestra manera de ser y une el aprendizaje con la música”. Carlos García

Demócrito: “Principalmente por su pensamiento de que ‘quien ríe se hace sabio’ ,y yo creo que no hay cosa que más haga que reirme :D”. Asur Álvarez

Sócrates: “Por ser uno de los filósofos más brillantes de la historia sin haber escrito ningún libro, ya que decía que no sabía nada. Esa frase suya me parece brillante y su capacidad para saber preguntar también”. Miguel González

“Por sus ideas revolucionarias para la época que le llevaron a ser ejecutado”. Gonzalo Rodríguez

“Porque dice que quienes hacen el mal no lo hacen pensando en hacer daño y es lo que me pasa a mí cuando mi madre me riñe por algo. También por su forma de hacer pensar a la gente: con el sentido de la ironía no me extraña que ganase todos los debates”. Iris Varillas

Platón: “Porque es apasionado. Para Platón, lo verdaderamente esencial es la idea de justicia y a esta idea dedica todas sus energías y su intelecto; todo para crear un mundo en el que su maestro Sócrates, a quien considera el más justo de los hombres, jamás pudiera haber sido condenado a muerte. De paso, desarrolla un pensamiento muy moderno y defiende la liberación de los esclavos y de la mujer. Por todo resulta una figura tan sumamente clásica y a su vez tan sumamente actual y atractiva”. Antón Diego

Aristóteles: “Porque mantiene una posición crítica con los sofistas y defiende la existencia de verdades objetivas, algo con lo que estoy de acuerdo. También lo admiro porque clasificó todos los saberes”. Abel Díaz

Hipatia de Alejandría: “Por ser una de las primeras científicas de quien tenemos referencia. Maestra de prestigio en la escuela neoplatónica, realizó importantes contribuciones a la ciencia en los campos de las matemáticas y la astronomía”. Marta Casado.

“Por no dejarse intimidar por la religión de su época y acabar muriendo por sus principios” Carla Berros.

San Agustín: “Por ayudar en la difusión de la cultura romana, sobre todo en aquellos temas relacionados con la música. Lo elegí como mi filósofo favorito ya que me gusta mucho la música y además toco un instrumento. San Agustín fue uno de los personajes que permitieron el desarrollo de la música al distinguir la belleza de la música como algo aparte del texto. Y es que durante la Edad Media la música solo servía para acompañar al texto”. Mario Queipo

María Zambrano: “Por su preciosa frase ‘Amar es verse como otro ser nos ve’”. Marina

Hannah Arendt: Porque tiene una actitud de denuncia ante el totalitarismo y siente la necesidad de interrogar al prejuicio hasta desarticularlo e intentar lograr que la libertad entendida como búsqueda sea la tarea principal de la filosofía. Según Arendt: “no hay pensamientos peligrosos, el pensamiento es peligroso”. Eugenia Ugarte

Sartre y Bakunin: “Coincido con Sartre en muchos aspectos y me gusta mucho su razonamiento, al igual que el de Bakunin, sobre todo por sus ideas anarquistas”. Elena Álvarez

Ortega y Gasset: “Por su manera de entender el razonamiento y la verdad, que nunca es absoluta y que no existe un mundo sin un ser que piense en él”. Nuria García

Lo que quieren los alumnos

Más allá de nombres o de sistemas filosóficos cerrados o completos, para algunos profesores es más útil y reconfortante centrarse en determinados aspectos o propuestas de su filosofía. “Por mi experiencia –habla de nuevo Gonzalo Muñoz Barallobre–, es lo que más hemos disfrutado en clase. Por ejemplo: el Mito de la caverna, de Platón, y su relación con los medios de comunicación; la aritmética entre el dolor y el placer de Epicuro; la demostración de que el universo es eterno a través del argumento de la flecha de Lucrecio; la libertad de espíritu y valentía de Giordano Bruno; la apuesta por Dios de Pascal; el concepto de alegría nietzscheano; la teoría del amor de Aynd Rand; el concepto de banalización del mal de Hannah Arendt; la doctrina del shock de Naomi Klein; la revisión de la estructura panóptica por parte del filósofo Byung-Chul Han…”. De esta manera es más fácil hacer comprender a los alumnos que lo que otros han pensado pueden seguir completándolo ellos o usándolo o haciendo lo que mejor les parezca con ello. “En cualquier caso, la idea es entregar a los alumnos no tanto un cuerpo teórico como unas herramientas conceptuales de las que puedan servirse en su día a día”. He ahí la palabra clave: “herramienta”. Para servirse, para hacer uso de ella, a ser posible bueno…

Y cuando eso pasa, los alumnos de filosofía son de los más entregados, motivados que dicen en las aulas… “Una asignatura como esta te da la posibilidad de plantear infinitos puentes transversales –explica Juan Miguel Contreras, profesor en IES Diego de Siloé, de Albacete–, tanto con su vida como con todas las demás asignaturas. Una vez sobrepasada su perplejidad, son ellos lo que te piden materiales. Películas, libros, series, canciones, cuadros, más libros”. ¿Sobre los nombres? “A unos les gustan más unos pensadores y a otros, otros; a unos les gustan más ciertos aspectos de unos y a los demás de otros. Con que no los vean como algo viejo y extraño a mil años luz de sus vidas ya es suficiente. Con ver cómo se les desamueblan las cabezas e incorporan cosas nuevas deberíamos darnos por satisfechos. ¿Increíble? Posiblemente, pero es lo que estoy viviendo”. Lo vive desde hace no demasiado tiempo (es profesor interino), de modo que está nuevo, más que de refresco, atento a todo aquello que quieren, necesitan e incluso exigen los alumnos y ha detectado que algo exigen: “Que te los tomes en serio, que no se sientan como aliens frente a ti, que bajes a la tierra con ellos. Si consigues eso, la avidez y profusión que muestran resulta casi tierna”. 

Juan Miguel Contreras, profesor en IES Diego de Siloé (Albacete), afirma que los alumnos quieren “que te los tomes en serio lo primero, que no se sientan como aliens frente a ti, que bajes a la tierra con ellos”

 

Me enseñas, luego lo practico

Hasta ahora esta revisión se ha referido a alumnos adolescentes o casi (como son los de Bachillerato o 4º de la ESO), pero a la hora de enseñar filosofía hay experiencias muy interesantes con niños que se están poniendo en marcha dentro y fuera de los centros educativos. Eva Galera hace filosofía con niños desde primero de Primaria hasta sexto en el centro CEIP Pla y Beltrán de Ibi (Alicante), donde se concibe como actividad extraescolar, pero dentro del horario lectivo, de modo que todos los alumnos reciben las clases. Se trata de un modelo de filosofía que ha diseñado ella misma, nada que ver con el de Matthew Limpan, uno de los habituales en el terreno de la filosofía con niños. Una anécdota explica bien algunos de los puntos que Galera trabaja: “Siempre les digo a los niños que no se crean las cosas que les dicen, que hay que investigar por su cuenta y comparar opiniones. Pues bien, pusieron esto en práctica en la clase de Descartes y, cuando yo hice un comentario diciendo que ‘Descartes era un poco feo’, todos contestaron que querían ver una fotografía de él. Aprovechándonos de las tecnologías en el aula y de la pizarra digital, buscamos una imagen suya en la web y un niño contestó: ‘Pero nos has mentido, ahí pone que se llama René, y tú nos has dicho que se llama Descartes’. El niño tenía toda la razón, así que tuve que explicarles que la mayoría de filósofos tomaban su apellido en vez de su nombre”.

Eva Galera hace filosofía con niños de primaria en el centro CEIP Pla y Beltrán de Ibi (Alicante): “Les digo que no se crean las cosas que les dicen, que hay que investigar por su cuenta”. Le hacen caso al pie de la letra

Esa toma de distancia, esa actitud de sospecha y de enjuiciar lo que se nos diga venga de donde venga (y para un niño pequeño su profesor es una de las máximas autoridades) es la actitud inaugural de la filosofía. Se le podrá añadir nombres, conceptos y teorías para puntuar más, pero en entrenamiento filosófico a los pequeños de la clase de Galero no les gana nadie. De hecho, son un ejemplo para adultos perezosos o incrédulos ante las bondades (si no necesidades) de poner las cosas en cuestión.

Pero ¿y los nombres? ¿Y los temas? ¿Se podrán tratar como si los interlocutores fueran más creciditos? Galera confirma la increíble receptividad de los niños. Si ellos están abiertos a lo que les echen, ¿por qué no probar con contenidos de primera? “A los niños le gusta todo lo que conocen –explica la profesora–; todo les parece interesante, así que todos los filósofos que van conociendo les van gustando: Platón, Freud, el mencionado Descartes… Con Kant es cierto que han hecho algún comentario de ‘me va a explotar la cabeza’. Sobre los temas hay uno de los que no les gusta nada hablar, es el tema del amor, porque tienen mucha vergüenza. Por lo demás, si les planteas qué cosa le preguntarían a un filósofo, teniendo en cuenta que un filósofo es una persona muy inteligente y que podría contestar a prácticamente todo, o al menos intentarlo, optan por alguna cuestión sobre la muerte o la existencia. Aunque siempre hay algún ‘espabilado’ que pregunta: ‘¿Alguien va a contestar a todas mis preguntas?’”.

Razones para no amar a…

Los sofistas: “En desacuerdo con su pensamiento filosófico y que, en lugar de decir su verdadera opinión, digan lo que la gente quiere oír”. Claudia Álvarez
“Porque considero que las personas deben tener una ideología clara y seguirla en todas las situaciones”. Lola Manzano

Descartes:  “No me gusta su razonamiento y dos de sus verdades me parecen una gran tontería. No me gusta su forma de pensar, salvo por “Pienso, luego existo”. Elena Álvarez
“Porque decía que había que dudar de todo”. Ana Gómez

Schopenhauer: “Porque era extremadamente machista y escribió una serie de frases que son realmente despectivas hacia la mujer”. Mario Queipo
“Por su visión del amor muy confundida, desde mi punto de vista. Dice que el amor solo sirve para procrear y para recibir y dar placer. Yo veo que en el amor es más importante tener una buena relación con la otra persona”. Ángel Martínez

Ayn Rand: “Porque no me gusta la idea de que cada uno se ocupe de sí mismo sin preocuparle los demás”. Pablo Valdés

Maestro de maestros

Una… ¿curiosidad? Entre los filósofos más amados y más odiados, hasta ahora no aparece ninguno vivo. No será porque los docentes no se empeñan en llevar a las clases temas de actualidad y opiniones que sobre ellas vierten filósofos y sociólogos contemporáneos. Guardamos la excepción para el final. Luis Alfonso Iglesias Huelga habla así de la experiencia de sus alumnos el IES Escultor Daniel de Logroño (La Rioja) con Emilio Lledó. “Cuando los alumnos le escuchan decir que somos memoria y lenguaje o que llamamos lengua materna al conjunto de palabras que nos conforman porque nos acarician como una madre también escuchan el gran crujido de esas cadenas hostiles que les sujetan contra los muros de la caverna. En él ven un filósofo nada encorsetado, ágil y joven de pensamiento al que atienden cuando dice que le gustaría ser maestro de escuela para enseñar a los niños a mirar una naranja. Así comprenden que la filosofía y el pensamiento en general consiste en mirar más allá de la niebla que nos impone la costumbre”.

Para enseñar filosofía y ética, Luis Alfonso Iglesias, profesor en el IES Escultor Daniel (Logroño) echa mano de Emilio Lledó: “En él ven un filósofo nada encorsetado, ágil y joven de pensamiento al que atienden cuando dice que le gustaría enseñar a los niños a mirar una naranja”

Con él aprenden que la filosofía es, en gran medida, liberarse del miedo y atreverse a saber, a pensar y a jugar con las palabras y conceptos. Si no están inventadas, pues que se inventen. “A nuestro filósofo –explica Iglesias Huelga– le gusta inventar términos como amigantes (un compuesto lingüístico formado de amigos y mangantes) o asignaturismo (“esa manía de hacer exámenes continuamente, que es la muerte de la cultura”) y a los alumnos les fascina encontrar un pensamiento tan fresco y avanzado en alguien que les supera en edad y, muchas veces, en entusiasmo”.

Con él, además, se puede explicar y aprender ética: “Si conocen que Emilio Lledó rechazó recibir la Medalla de Oro de la Comunidad de Madrid, tras la polémica del máster de la expresidenta Cristina Cifuentes, entonces asumen el significado de términos como coherencia o decencia. Y, así, desde esa ética de mínimos van llegando a darle la importancia que contienen las preguntas básicas que todo ser humano puede hacerse y debe hacerse para empezar a recorrer el camino hacia el intento de ser libres: “¿Por qué pienso lo que pienso? ¿Por qué tengo la ideología que tengo? ¿Quién ha determinado lo que yo soy?”. Obviamente, pronunciadas por Emilio Lledó los estudiantes comprenden, definitivamente, la utilidad y el valor importancia de las cosas que, aparentemente, no parecen tenerlo, como detenerse a mirar una naranja”. Pronunciadas por Lledó o todo por aquel que se acerque con ánimo de extender el conocimiento, rastrear la verdad, jugar a saber, descubrir otros mundos y equipar con ellos a personas en plena formación. ¿Son estas las características de un buen maestro? Otro día les preguntaremos a los alumnos cómo son los profesores que aman. Por hoy ya sacaron buenas notas ayudándonos a saber quiénes son sus pensadores favoritos. Gracias a los docentes, alumnos y alumnas que participaron.

Epílogo: A veces… veo más filósofos todavía

Tanta filosofía, tanta apertura y tanto mirar alrededor que al final uno acaba viéndola… donde también existe. Diego Jiménez la ve en las letras de las canciones de Eskorbuto, así que Iosu Expósito es su filósofo favorito. ¿Sus razones? Frases como “Creéis que todo tiene un límite, así que estáis todos limitados, o “Trabajos sucios se convierten en arte si tienes la ley de tu parte. Que la ley no es justa, nadie lo duda. Ser pobre, ese es el delito… ¿O lo dudas”. “Para mí –explica Diego Jiménez–, además de mi filósofo favorito es un referente por mostrar la vida como era y como es”.

Fuente:

https://www.filco.es/filosofos-mas-amados-y-los-menos/

El inevitable encanto de la fealdad

Más de una década después de que Umberto Eco abordase el tema, Gretchen E. Henderson recoge el testigo del italiano y publica un ensayo que explora la historia de todo eso que ha dado en llamarse «feo»

Escribía Tolstói al principio de su inmortal «Anna Karenina» que «todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada». Del mismo modo, Umberto Eco sostenía que la belleza es aburrida porque siempre sigue «ciertas reglas», mientras que la fealdad, en cambio, emerge de forma impredecible, ofreciendo «un abanico infinito de posibilidades» Ya se sabe: un ojo de más, una ceja de menos… Si decimos, como se ha dicho y se dice, que la belleza es «esto» (un canon), entonces la fealdad puede ser todo lo demás, y no tan solo todo lo contrario. El italiano lo sentenció con guasa: «La belleza es finita. La fealdad es infinita, como Dios».

Él le dedicó grueso volumen al asunto, pero desde entonces (2007), este no ha dejado de crecer, hacia delante y hacia atrás y en todas las direcciones. Por eso la investigadora Gretchen E. Henderson no ha tenido problemas para recoger el testigo y seguir indagando en el asunto, inabarcable por definición. De hecho, llegó a preguntarse si algún día remataría su libro, pues no sabía dónde colocar el punto y final. Todavía con esa duda a cuestas, publica «Fealdad. Una historia cultural» (Turner), una obra que va más allá de la estética y que, hablando de «lo feo», termina por hablarnos de cómo la humanidad ha ido gestionando «lo diferente».

A falta de una definición estable del concepto –algo difícil por ser tan resbaladizo (y viscoso)–, Henderson nos propone partir de la raíz etimológica de la palabra inglesa «ugly» (fealdad): «Ser temido». Es algo que desborda el sentido de la vista. «La fealdad depende de su contexto, que a su vez se enlaza con cuestiones culturales más amplias», afirma la autora a ABC. Así, se lanza en una exploración del contexto, de los márgenes de las distintas sociedades que han poblado este mundo. Lo entendemos muy bien si nos vamos al principio. En Grecia «inventaron» la belleza (esa a la que no paramos de volver: Renacimiento, Neoclasicismo…), pero también negaron la fealdad. En una misma civilización tenemos a Fidias esculpiendo deidades de cuerpos perfectos y a Aristóteles proponiendo una ley para impedir la crianza de hijos deformes. Por no hablar de Esparta, donde los padres estaban obligados a abandonar a los bebés con malformaciones.

Parece algo lejanísimo, pero no lo es tanto. A finales del siglo XIX, la legislación estadounidense condenaba la fealdad: las «ordenanzas sobre mendigos antiestéticos» prohibían a los individuos deformes visitar los lugares públicos. Al otro lado del charco proliferaban los Ugly Face Club (Club de las caras feas), que entroncaban con una tradición secular de hermandades de feos. En el de Liverpool era necesario tener deformidades faciales para entrar: bastaban unos «labios gordos» o unos «ojos saltones», aunque tampoco le hacían ascos a una «narizota de patata con un forúnculo». Su lema: «Ante todo, una cara fea».

Y en esa correctísima Inglaterra victoriana se extendían, también, las «paradas de monstruos», donde se cobraba por «disfrutar» de los jorobados o las mujeres barbudas. Era el tiempo en el que «deformidad» y «fealdad» se intercambiaban como sinónimos, el tiempo en el que nadie le quitaba el ojo de encima a Joseph Carey Merrick, que pasaría a la posteridad como «El hombre elefante». Noventa años después de su muerte, en 1980, David Lynch le dedicó una película que triunfó en taquilla y cosechó ocho nominaciones a los Oscar. La crítica, ojo, la tildó de «bellísima».

«La historia de la fealdad nos cuenta cómo se han desarrollado los “patrones del miedo” a lo largo de las épocas, mostrando quién ha sido incluido y excluido en las distintas sociedades humanas cuando la ética y la política se enredan», asevera Henderson. Y ese miedo, en parte, se explica por la diferencia. A menudo –recuerda– los relatos sobre individuos feos suscitan una pregunta: «¿Tú que eres?». La fealdad, pues, se escapa de las clasificaciones, por eso que decía Eco de que era infinita.

Quizá fue ese pavor ante lo extraño el que, en 1913, llevó al crítico del «New York Times» a describir los cuadros de Matisse como «feos, toscos, limitados» y «repugnantes en su inhumanidad». Es solo un caso entre mil, porque la fealdad, como la belleza, cambia cuando nos movemos en el mapa cronológico y geográfico. «Según la canción de Frank Zappa “Whats the Ugliest Part of Your Body?”, la parte más fea del cuerpo no es la nariz ni los dedos de los pies, sino “la mente”. Este libro ha navegado por la amplia zona gris de la mente situada entre el ojo del observador y el “yo” del observador apuntando a la idea de que cualquier cuerpo puede identificarse como “feo” según el contexto», escribe Henderson en el epílogo del ensayo.

Es una de las dos grandes certezas que se desprenden de este libro caótico (como el tema que trata) y que está lleno de ejemplos y contraejemplos y anécdotas y, más que nada, de preguntas. De dudas. ¿Y la otra certeza? Que la fealdad interesa. ¿Por qué? «Porque está rodeada de cuestiones sobre la mortalidad. Los seres humanos no somos inmortales ni estamos fijados en el tiempo y el espacio. Estamos vivos y así nos deformamos», subraya. Y para muestra, un dato delirante: «En 2005 se calculó que los estadounidenses gastaban como mínimo 12.400 millones de dólares en cirugía estética, un importe superior al producto interior bruto de más de cien países, desde Albania hasta Zimbabue, que juntos superan los mil millones de habitantes». Seguro que eso daría para otro libro.

 

Fuente:

https://www.abc.es/cultura/abci-inevitable-encanto-fealdad-201901060121_noticia.html

 

Javier Sádaba

Javier Sádaba: entrevista en compañía

Tiene un punto exhibicionista –lo dice él mismo en su último libro Memorias desvergonzadas–, así que no hay muchas cosas que leyendo esta obra falten por saber sobre Javier Sádaba. O quizá sí; preguntas que, a veces, ya sea por la cercanía –o por lo contrario, la distancia– o por imposibilidades de tipo práctico no le han planteado quienes lo conocen. Hemos ido a buscarlos y les hemos pedido a ellos si tenían alguna pregunta para Javier Sádaba. Este es el resultado.

Pilar G. Rodríguez

Lo primero es una exclusiva. Javier Sádaba sí tiene vergüenza o, mejor, le dan vergüenza ciertas cosas. Y comparte aquí algunas, al hilo, por ejemplo, de la intervención del profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid Igor Sádaba. Por si se lo preguntan, sí, es hijo del entrevistado y su cuestión es ontológica y antológica porque combina dos de las formas de ser esenciales de Javier Sádaba: ser de Bilbao y ser filósofo. Como lo conoce bien, lo lleva directamente al principio, a sus orígenes en Portugalete, donde empezó todo un 28 de noviembre de 1940. Allí nació en una familia numerosa donde mandaba su madre, “una mujer que no era amiga de pamplinas (…) ocupada en sacar hijos adelante”, como explica el propio Javier Sádaba en su libro Memorias comillenses (Foca). Tuvo siete.

Aparte de ser de Bilbao, la otra condición capaz de definir a Javier Sádaba es su ser de/como filósofo. En su caso, la filosofía, más que una materia o una formación con la que ejercer una profesión –que también–, se ha convertido en una práctica, en un ejercicio o en una mirada, filosófica (y a menudo crítica), que verter sobre lo que la actualidad de la época va deparando. Esa mezcla –no muy habitual en este país– de teoría más discusión y acción ha hecho de él uno de los nombres más conocidos de la filosofía en español. Quizá eso es lo que le daba cierto pudor reconocer y quizá por ello la extensa explicación que ha servido de pequeña biografía e introducción.

Igor Sádaba: ¿Cómo se compatibiliza ser de Bilbao en lo particular y filósofo en/de lo universal? ¿Existe una filosofía de tradición vasca?
La verdad que es un problema grande. Pero uno tiene que humillarse y lograr un acuerdo. Pienso que lo he conseguido dando a cada uno lo suyo. Una filosofía en euskera no creo que exista. En erdera o castellano podemos citar nombres que van de Unamuno a Zubiri. No me incluyo porque me da vergüenza. Pero existen personas que han reflexionado, con mayor o menor fortuna, sobre la antropología vasca. Pienso también que es un tema apasionante.

“Una filosofía en euskera no creo que exista. En erdera o castellano podemos citar nombres que van de Unamuno a Zubiri. No me incluyo porque me da vergüenza”

Una de las personas que mejor lo conoce y más cantidad de documentación guarda sobre su producción es María del Olmo, directora del Archivo histórico provincial de Alicante. María del Olmo dedicó su tesis doctoral al “universo Sádaba” y posteriormente ha escrito varios estudios comparativos de su obra en relación a la de otros pensadores como Manuel Fraijó y Tomás Pollán.

María del Olmo: Conociendo tu “gozo” y pasión por el conocimiento que has definido como “el puro placer intelectual en relación con el grito gnóstico ‘queremos saber’”, ¿con qué filósofos amigos has disfrutado más en el diálogo reflexivo?
Yo citaría a tres: Tugenhat, Tomas Pollán y Jesús Mosterín. Con ellos he podido desarrollar el juego intelectual y aprender. Ojalá los dioses me hayan dado la capacidad de que aprendieran, al menos algo, de mí.

Compañero de juegos intelectuales, el filósofo y antropólogo Tomas Pollán le hace varias preguntas que lo sitúan respecto al pasado, al presente y al futuro.

Tomás Pollán:  ¿Con qué pensador actual o histórico crees tener más “afinidades electivas”, y qué libro de la historia de la filosofía y de la literatura te hubiera gustado haber sido capaz de escribir?
Mi afinidad sigue siendo con Wittgenstein. Lo leo y releo, lo sigo y lo rechazo. Como los novios. Así que respondiendo a la pregunta, el Tractatus. O, sin tener nada que ver, el Evangelio de San Juan. De la literatura, donde por desgracia soy un novicio, me encantaría haber escrito cualquiera de los libros de amor de García Márquez, especialmente El amor en los tiempos del cólera. O, de Ernesto Sábato, El túnel.

Tomás Pollán: ¿Qué cosas que no has hecho te hubiera gustado haber podido hacer o piensas explorar todavía en los próximos años: investigaciones, libros, viajes, amistades, etc.?
En el tiempo que me quede no intentaré investigar en sentido estricto. Me agobia viajar; sí me gustaría amarrar más a los amigos y, sobre todo, descansar, leyendo de manera anárquica. Respecto a escribir, aunque me rondan varias ideas, dudo que lo haga. Tal vez unos aforismos. Y respecto al tiempo pasado, son tantas las cosas que me gustaría haber hecho y no hecho que me pierdo. Quizás, saber mucho más de biología.

A preguntas de Tomás Pollán, Javier Sádaba responde, mirando hacia el pasado, que le gustaría haber estudiado y saber más de biología

Una de las razones –esbozada anteriormente en la introducción– por la que Javier Sádaba es conocido por un público amplio, más allá del ámbito de la filosofía, es por no esquivar las diversas polémicas, conflictos o dilemas que la actualidad propicia. Él da su opinión y da la cara. Y vuelve a darla cuando le preguntan por el procés catalán. Lo hace otro filósofo con quien comparte esa característica, César Rendueles, sociólogo y profesor en la Universidad Complutense de Madrid.

César Rendueles: Durante algunos de los periodos más negros del conflicto vasco fuiste a menudo una voz disidente, subrayando de forma muy valiente que la condena sin paliativos de la violencia era compatible con el reconocimiento de los problemas políticos que nos había legado el ordenamiento territorial de la Constitución de 1978. Con ese bagaje, ¿cómo ves la situación en Cataluña?, ¿crees que existe alguna salida política al atolladero de unionismo y procesismo?
En el tema del confuso e interesado nacionalismo no solo no he cambiado de opinión, sino que la he radicalizado. Que cada pueblo decida lo que le da la gana y que los Estados no se consideren dioses. Y mantengo el ideal de un organismo internacional que elimine todas las fronteras y respete todas las culturas. Si es un ideal utópico-romántico, qué le voy a hacer. En relación a Catalunya, creo que al final tendrá que llegar un referéndum de autodeterminación. Y se podría lograr un acuerdo siempre y cuando se planeara bien, se entendiera lo que es la autodeterminación y se dieran los plazos adecuados. Respecto al procés, tengo mis dudas de que se esté llevando bien.

“En el tema del nacionalismo no solo no he cambiado de opinión, sino que la he radicalizado: que cada pueblo decida lo que le da la gana y que los Estados no se consideren dioses”

Catedrático de ética en la Universidad autónoma de Madrid, otra de las ramas de interés que Javier Sádaba ha explorado en los último años ha sido la bioética. En este sentido ha compartido intereses con María Casado, Directora del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona.

María Casado: ¿Por qué el interés en promover una “bioética laica”?
Cada vez me da más pereza defenderla porque chocas constantemente con un muro. Las Iglesias lo son de granito. Pero pedir una ética laica no es nada del otro mundo (al pie de la letra). Es una consecuencia de una sociedad que se llame democrática. Y que ningún poder externo a lo humano legisle sobre la vida y la muerte, que es el núcleo de nuestra existencia.

Javier Sádaba y los libros

Ha escrito más de treinta; normal que varias de las preguntas tiren por ese camino. Las hemos agrupado en este recuadro. Algunos de quienes se interesaban por los libros escritos por Javier Sádaba o por su relación con los mismos ya han aparecido y han sido presentados. El que no, será presentado ahora. Raimund Herder es el director de Herder Editorial, donde publicó Sádaba en 2016 La religión al descubierto.

Raimund Herder: ¿Crees que tus libros cambian o contribuyen a cambiar el mundo (al menos un poco)?
Al escribir un libro uno se expresa. Nunca he perdido la esperanza de que puedan ser útiles a algunos. Y no desisto, por grande que sea mi escepticismo, de que tengamos otro mundo mucho más justo. Tal vez algunas de mis frases, aunque solo sea por casualidad, hayan servido para que se apunte en ese horizonte ideal.

Tomás Pollán: ¿De qué libro de los que has publicado estás más satisfecho?  
El menos malo creo que es el Diccionario de ética publicado en Planeta a finales de los noventa.

María del Olmo: En España eres el filósofo de la vida cotidiana, de la filosofía para la vida, como lo demuestra el exitoso Saber vivir (Libertarias Prodhufi). Me gustaría saber tu opinión sobre esta “filosofía para la vida” que en los medios aparece como novedosa y sobre la que se está publicando bastante ahora en nuestro país y en el extranjero. Ejemplo de ello sería el filósofo estadounidense Michael Sandel.
Respecto a este tema, me sorprende que algunos lo propongan como novedoso: es esencial al filosofar desde Sócrates. Otra cosa es la banalidad o una autoayuda que me parece que ayuda poco, a la filosofía y a la gente. De Sandel no conozco lo suficiente como para dar una opinión comprometida. Pero tengo la impresión, como con Harari, de que son los obamas de la filosofía. Mucho ruido, mucha publicidad, y pocas nueces.

Director del Instituto de ética clínica Francisco Vallés, Benjamín Herreros es internista y filósofo. Una de las amistades que la bioética le ha procurado a Javier Sádaba más allá de las conferencias, los debates y los grupos de trabajo y así lo manifiesta en Memorias desvergonzadasdonde lo presenta diciendo que “es, ante todo, un amigo. Un amigo tardío pero intenso”.

Benjamín Herreros: Si existiera una máquina del tiempo, ¿a qué época te trasladarías? Y también ¿con quién –y sobre qué– te gustaría hablar largo y tendido dentro del ámbito del pensamiento?
Me quedaría en esta porque es la mía y las otras solo las conozco de manera indirecta. Pero si hay que escoger, me hubiera gustado vivir en medio del romanticismo alemán. Respecto a la segunda cuestión, aparte de con Dios, como diría Wittgenstein, con Aristóteles o con Napoleón. Este ultimo fue, además de cruel estratega, un gran matemático. También sería un placer poder hablar con Diderot.

A Dios estamos dedicándole este mes un dosier en Filosofía&co. Y no podemos ni queremos dejar escapar a un licenciado en teología y campeón infantil de catecismo –esto lo cuenta en su libro Memorias comillenses– sin preguntarle si cree en algún Dios, en alguna religión.
Cuando alguna persona me dice que es creyente religioso, un test simple para mí consiste en comprobar que no sabe responder nada más. Porque hay miles de religiones y decir que la suya es la verdadera… Entonces debería admitir que si hubiera nacido en Arabia sería musulmán sunita, o que Dios es un caprichoso que le ha hecho nacer en la única religión verdadera. No veo otra salida. Esto le provoca rabia, desconcierto o recurre a la fe, que tampoco le resuelve el problema. El absurdo le rodea. Por otra parte, yo no creo en casi nada. En relación a las religiones, no creo en ninguna como sobrenatural, revelada o sencillamente natural. Otra cosa es que con unas religiones simpatice más que con otras. Por ejemplo, el budismo o aún más el jainismo frente a los duros monoteísmos.

“Yo no creo en casi nada. En relación a las religiones no creo en ninguna como sobrenatural, revelada o sencillamente natural. Otra cosa es que con unas como el budismo o el jainismo simpatice más que otras”

Eso no me hace ser ateo, sino agnóstico en un sentido que no quiere decir que estoy en medio de la creencia y la no creencia. Lo que digo es que si el ateo afirma que sabe que no hay fuerzas superiores a lo espacio-temporal, es decir, que sabe que no hay nada mas allá, yo me limito a afirmar que no sé nada. La diferencia es notable.

La amistad según Javier Sádaba

Este tipo duro que dice no creer en “casi nada” cree en sus amigos. A petición de María Casado, Javier Sádaba contesta así sobre qué es para él la amistad: “El amor y la amistad son primos hermanos. La amistad, tomada en sí misma, es el mayor de los bienes. Lo decía Aristóteles y, cómo no, estoy de acuerdo. Lo difícil es lograr y mantener amigos de verdad”.

Pero a Iban Sádaba esa respuesta no le parece suficiente. Como los buenos filósofos, él prefiere y pregunta por lo más concreto: “¿Por qué hablas tan bien de tus amigos?”. ¿Qué quién es Iban Sádaba? Lo explica el propio entrevistado: “Con mi nieto no me sale una respuesta que me satisfaga. Es un crack y me supera en todo. Menos contando chistes. Ha acertado observando que yo no hablo mal de los amigos, salvo algún pequeño matiz. Aprovecho la pregunta para decir que a mí no me molesta que hablen mal de mí e incluso ‘me pone’”. Otra exclusiva para acabar esta entrevista en compañía.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/javier-sadaba-entrevista-en-compania/

 

 

 

Zambrano

María Zambrano: ser de luz

A la mujer luminosa que fue María Zambrano le tocó vivir una época guerrera y oscura. Obviamente, su tiempo definió su peripecia vital y marcó su pensamiento: un legado heterodoxo y moderno de una vitalidad renovada con cada lectura.

 Por Pilar G. Rodríguez

“La figura central era María, quien, de hecho, había convertido la trattoriaen su salón. En torno a ella se sentaban hispanistas destacados, algunos intelectuales, y visitantes españoles o latinoamericanos de paso por Roma”. Ese era el caso de un joven Sergio Pitol. El escritor mexicano conoció a las hermanas Zambrano en 1926 y retrataba así el círculo que rodeaba a María. “Cuando llegaba algún grupo de españoles jóvenes, María se crecía. Les hablaba de su juventud republicana, de su maestro Ortega, de los escritores de su generación, de la guerra civil, de la derrota y del exilio. Se convertía entonces en un personaje trágico: Hécuba, Cassandra y, por supuesto, Antígona. Envuelta en el humo de su cigarrillo, mirando hacia lo alto, escanciaba las palabras, como si un espíritu superior visitara su cuerpo, se posesionase de ella y utilizara su boca para expresarse (…). No le gustaba cerrar en un momento de pathos. Una vez logrado, pasaba, como si nada, a relatar anécdotas de Cernuda o de Lezama Lima o de Prados (…)”.

En esas pocas líneas de El arte de la fuga, Pitol pone en boca de María Zambrano el trepidante relato de su vida: la militancia republicana, el eterno maestro Ortega, el sustento de las amistades, la guerra, la derrota y el exilio con sus muchas caras y destinos. Solo faltaba la vuelta a España y algunas líneas más personales, sentimentales acaso, que rellenaran de músculo el esqueleto biográfico de Zambrano.

“Envuelta en el humo de su cigarrillo, mirando hacia lo alto, escanciaba las palabras, como si un espíritu superior visitara su cuerpo”. Así describía Sergio Pitol a Zambrano en El arte de la fuga

Viajes y amores de infancia

Hija de maestros, María nació el 22 de abril de 1904 en Vélez-Málaga. Las ideas y el carácter de su padre, Blas Zambrano, activo militante socialista y buen amigo de Machado, influyeron en el desarrollo de una joven acostumbrada desde chica a ir de acá para allá: de Málaga a Madrid y finalmente Segovia, donde es una de las pocas chicas que visita el instituto.

Siendo casi una niña descubre al amor de su vida, su primo Miguel Pizarro, de quien dirá que es “el ser más bello”. En el verano de 1923, en Estoril, los amores entre los primos superan lo que el padre de María, aún en su progresismo, está dispuesto a soportar. Blas Zambrano cierra la relación: él se traslada a Japón como lector de español y ella continúa en Madrid los estudios de Filosofía que había comenzado. Es así como entra en contacto con Ortega, que, a pesar de las diferencias, siempre será su maestro. No solo a Ortega. María conoce y se integra de forma muy activa en todos los círculos intelectuales, universitarios y políticos hasta que la salud le da un toque; una tuberculosis le obliga a guardar reposo.

Zambrano y un limonero

"Heroínas secretas de la historia de España", de El fisgón histórico, editado por Plan B.

María Zambrano y otras 49 históricas heroínas españolas más o menos “secretas” son la materia con la que el ilustrador Juan de Aragón, El fisgón histórico, ha elaborado su último libro. Editado por Plan BHeroínas secretas de la historia de Españarecupera las vidas ejemplares de mujeres pioneras en diversos campos. Descubre así las peripecias de la primera enfermera de la historia de España, la primera cirujana, de mujeres aventureras y de otras guerreras que se disfrazaron de hombre para luchar… Desde la filosofía, María Zambrano integra esa panorámica de mujeres excepcionales. María Zambrano… junto a un limonero al que el ilustrador da una especial relevancia. Lo saca de las palabras de la filósofa, quien años antes de morir decía recordando su existencia viajera: “El olor del limonero, el rumor del agua de Vélez-Málaga, no ha podido ser borrado por las enormes bellezas de todo el mundo que el destino me ha dado a conocer”. Ella está enterrada en su querido pueblo, bajo un limonero…

En la República y en la guerra

Recuperada la salud, vive con entusiasmo los acontecimientos políticos del 30, la caída de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, la imposibilidad de la “dictablanda” de Berenguer y finalmente la proclamación de la República en abril del 31. Política y escritura concentran sus esfuerzos. Zambrano escribe incansable –actividad y cualidad que mantendrá toda su vida– numerosos artículos y reseñas. No solo es asidua e imprescindible en los círculos literarios de la capital –en el de Ortega y su Revista de Occidente; en el de Bergamín y la suya, Cruz y Raya; en el de Los Cuatro Vientos, de los poetas del 27…–, sino que ella va conformando el suyo propio a base de tertulia de domingo en su casa de la Plaza del Conde de Barajas. Académicamente, la alumna exitosa y crecida de Ortega le pide significarse desde sus artículos y, cuando estalla la sublevación militar del 36, cree que es la única capaz de arrancar a Ortega una firma para un manifiesto de apoyo a la República de parte de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura.

La carismática alumna de Ortega se viene arriba y le pide significarse a su maestro cuando estalla la sublevación del 36

Su vida da un vuelco al casarse con el historiador Alfonso Rodríguez Aldave en septiembre del 37 porque ambos se van a Chile, donde él es nombrado secretario de la embajada española. La estancia no da mucho de sí. Lo más importante que ocurre en esa época es entrar en conocimiento con Lezama Lima, al que le unirá una amistad inquebrantable a través de los años. Un año después, el matrimonio está de vuelta en España. Le preguntan a María, cuenta su biógrafo Jesús Moreno, por qué vuelven si la guerra está perdida. “Por eso mismo”, dicen que responde. Viven en Valencia y Barcelona desarrollando una intensa labor en favor de la República, mediando entre los diversos sectores enfrentados… La vida se complica: la guerra definitivamente está perdida, muere el padre de María… En enero del 39 se ven obligados a partir al exilio. Marchan familiarmente: su madre, las hermanas, algunos primos, la criada…

El exilio (aún no querido)

El 28 de agosto de 1980 aparece en ABC el artículo de María Zambrano titulado Amo mi exilio, donde apunta cosas como: “Desde esa mirada del regreso, el exilio que me ha tocado vivir es esencial. No concibo mi vida sin el exilio que he vivido. Ha sido como mi patria o como una dimensión de una patria desconocida, pero que una vez se conoce es irrenunciable (…). Amo mi exilio, será porque no lo busqué, porque no fui persiguiéndolo, no, lo acepté y cuando se acepta algo de corazón, porque sí, cuesta trabajo renunciar a ello”. Estoica, serena y sabia como nunca, Zambrano responde a la pequeña muerte que significa un exilio con el renacer a una segunda vida. El exilio es un lugar privilegiado donde Zambrano se convierte en privilegiada observadora no solo de las miserias de España, sino del destrozo de Europa y de la ruina que ella atisba en la condición humana. Es un nuevo impulso para su pensamiento y una obra que seguir “dilapidando” en cientos de artículos, diarios, confesiones, poemas…, pues ni un solo día de su vida dejó de escribir.

Estoica, serena y sabia como nunca, Zambrano responde a la pequeña muerte que significa un exilio con el renacer a una segunda vida

La época latinoamericana del exilio tiene paradas en México, Cuba y Puerto Rico. Desde esas atalayas cultiva la actualidad y sufre al conocer la posición de Ortega que califica de franquista, escribe ensayos titulados La agonía de Europa o La violencia europea, pero sin descuidar nunca la filosofía clásica (Séneca, Descartes, Nietzsche después) ni los místicos, San Agustín y sobre todo su admirado y querido San Juan de la Cruz. De mediados de los 40 son también sus estudios sobre la piedad, el cristianismo y sus relaciones con la filosofía. Trascendental será su pertenencia al grupo Orígenes en cuya revista publica valiosos estudios a la hora de clarificar lo que significa su concepto de razón-poética.

La parte europea de su exilio se inicia con un viaje a París, donde aguardan una madre moribunda y su hermana Araceli. Por problemas burocráticos, cuando llega, su madre está ya enterrada. A partir de ese momento las hermanas formaran una pareja de hecho, ya que el matrimonio de María, de hecho también, no existe. En París conoce a Albert Camus, con quien estrechará lazos de amistad, y al tándem Sartre-Beauvoir, con quien no congenia.

Un nuevo paso por La Habana le servirá para tomar impulso hacia su nuevo destino: Roma, tras volverse imposible un supuesto regreso a España al asentarse y reconocerse internacionalmente, en el año 1950, el régimen de Franco. Pero ese primer establecimiento no es definitivo, pues las Zambrano pasan casi un año en París. Allí, María deja entregado a Camus, como relata Jesús Moreno, el manuscrito de El hombre y lo divino, entre otros textos que concentran sus inquietudes e intereses de esa época. En La Habana esperan los buenos amigos de siempre, con Lezama Lima a la cabeza y uno más, Luis Cernuda, que le causa –y a quien causa– una buena y honda impresión.

La gran obra de sus obras completas

Las “Obras completas” de Maria Zambrano que publica Galaxia Gutenberg. Falta el quinto tomo por aparecer. La segunda parte del cuarto verá la luz en unos meses.
Las “Obras completas” de Maria Zambrano que publica Galaxia Gutenberg. Falta el quinto tomo por aparecer. La segunda parte del cuarto verá la luz en unos meses.

En 2011 comenzó el trabajo ímprobo de publicar las obras completas de María Zambrano en seis tomos que dieran a conocer todos sus escritos. Decir todos sus escritos viene a ser lo mismo que decir toda su vida, porque María Zambrano escribió mucho, de hecho se dice que escribió todos los días de su vida. El volumen de lo publicado vendría a corroborarlo. Al frente de la tarea, Jesús Moreno como director de una obra que se ha convertido en referencia del catálogo de Galaxia Gutenberg/Círculo de lectores.

El último de los tomos en aparecer (no lo han hecho de forma correlativa) ha sido el cuarto y es doble: se ha publicado la primera parte, mientras que la segunda está prevista para dentro de unos meses. El volumen IV, en sus respectivos tomos, recoge los seis últimos libros de María Zambrano. Cuatro de ellos —Claros del bosque (1977), De la Aurora (1986), Notas de un método (1989) y Los bienaventurados (1990)— parten de un tronco común, crecido entre 1954-1974, que desarrolla la razón poética, y del que se irán desgajando estos cuatro libros, que configuran así el árbol final de este pensamiento. Ese mismo tronco común afecta también a los otros dos libros que figuran en este volumen IV: Senderos (1986) y Algunos lugares de la pintura (1989).

Todos los volúmenes de las Obras completas de María Zambrano van acompañados de una completa edición crítica.

Hasta el 53 las hermanas no se asientan en Roma, donde prosigue su activa vida social y literaria rodeadas de personajes como Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral o Alfonso Costrafreda. También las rodean multitud de gatos que causan molestias al vecindario hasta que consiguen echarlas. De México llegan ecos del divorcio formal de quien en algún momento fue el marido de Zambrano…

El siguiente destino de las Zambrano es una casa-refugio en las montañas del Jura, en los Alpes franco-suizos. Es la época donde cristalizan obras clave de la filósofa como De la aurora, Los bienaventurados, La tumba de Antígona... y comienza a elaborar Claros del bosque. En ese libro trabaja cuando muere su hermana Araceli de una tromboflebitis, en 1972. La década verá morir también, en el 77, a su amigo Lezama Lima, a quien dedica emocionadas palabras de homenaje en su artículo: Lezama Lima, Hombre verdadero. Él ya lo había hecho: “La veíamos con la frecuencia necesaria y nos daba la compañía que necesitábamos. Éramos tres o cuatro personas que nos acompañábamos y nos disimulábamos la desesperación (…). Recuerdo aquellos años como los mejores de mi vida”, había escrito el poeta cubano un par de años antes de morir.

El regreso

Los años pasan y el declive físico avanza. María Zambrano está en contacto intenso con José Ángel Valente, el poeta, que le ayuda a ordenar Claros de bosque, y con Jesús Moreno, que se convertirá en biógrafo, en la máxima autoridad sobre la pensadora malagueña. Para variar, llegan noticias de España que no son malas: a propuesta de la colonia asturiana de Ginebra, donde Zambrano reside desde 1981, es nombrada hija adoptiva del Principado de Asturias. No solo su nombre, también su voz se empieza oír en España, en grabaciones que lleva Jesús Moreno a conferencias y cursos. Ese año, 1981, le es concedido el premio Príncipe de Asturias de Humanidades y con él se le dedican páginas en los suplementos de los periódicos, minutos de entrevista en radio, el ayuntamiento de Vélez-Málaga la nombra hija predilecta… Si algún momento era propicio para volver sin duda era ese. Es la resolución que adopta Zambrano y que, por motivos de salud, se demorará algo más de lo previsto. El 20 de noviembre de 1984 regresa a España y se instala en un piso cercano a El Retiro, en Madrid.

Desde los 80 llegan a María Zambrano noticias de España y, para variar, no son malas: comienzan los reconocimientos. El primero, ser nombrada hija adoptiva del Principado de Asturias

En este nuevo tiempo la diferencia es el reconocimiento. Se repiten las veladas con amistades que convertirán su casa en lo que ella quería: un arca de Noé, donde cabían las especies de más diverso pelaje, y los esfuerzos, cada vez mayores, por proseguir con su tarea, si era menester, dictada, ya que sus ojos apenas veían ya. Y sin embargo, la pensadora seguía lúcida, clarividente: en una de las entrevista que le realizó José Miguel Ullán afirma: “Es terrible lo feo que está el mundo. No hay un rostro de verdad, un rostro, puro o impuro, pero un rostro. El mundo está perdiendo figura, rostro, se está volviendo monstruoso (…). Sí, encuentro que el mundo se está vaciando de pensamiento. Es horrible”. Es el mismo mundo también que está empeñado en resarcir sus disgustos, su tiempo de exilio, a golpe de premio y homenaje. En 1988 se le concede el Cervantes, pero necesita asistencia para redactar el discurso oficial. En realidad, ya necesita ayuda para casi todo. Sumará dos años más en esa situación hasta que muere el 6 de febrero de 1991. Sus restos reposan en Vélez-Málaga, junto con los de su madre y hermana. Ella misma eligió la inscripción de su lápida, un verso del Cantar de los Cantares: Surge amica mea et veni” (levántate amada mía y ven”). De esa forma quiso despedirse la filósofa de la aurora y partir hacia un nuevo y desconocido exilio. En vida pronunció palabras que también sirven para saludar la muerte: “Salimos del presente para caer en el futuro desconocido, pero sin olvidar el pasado. Nuestra alma está cruzada por sedimentos de siglos; son más grandes las raíces que las ramas que ven la luz”.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/maria-zambrano-ser-de-luz/

 

La culpa metafísica

Karl Jaspers: El Problema de la Culpa

A simple vista, “El Problema de la Culpa”, escrito por el filósofo y psiquiatra alemán Karl Jaspers (1883-1969), nos hace pensar en algo meramente interno, propio del individuo en los mas interno de su ser: su conciencia, evocando personajes llevados por la culpa como Raskolnikov o el corazón delator. Sin embargo, de eso no se trata, enteramente el texto de Karl Jaspers.

Al leer el título completo, “El Problema de la Culpa: Sobre la Responsabilidad Política de Alemania”, ya nos ubicamos en un entorno más amplio que el de la propia psiquis del individuo, comenzamos a pensar en el entorno histórico y más específicamente en la Alemania de la posguerra que estaba agobiada por una culpa insondable por haber dejado que todo pasara y que les sería restregada en la cara cada vez que se quisiera poner un ejemplo de las atrocidades más inhumanas.

Creo que el llamado de Jaspers en el Prólogo para “restablecer la disposición para la reflexión” (pág. 44) para “aprender a hablar unos con otros” sin “ceder siempre a la menor resistencia” es lo que me inspiró a seguir leyendo. Con estas primeras palabras, el autor, nos llama la atención y evita que, o nos sumamos en el debate irascible e irracional; o por otro lado, en una discusión pasiva e inconcluyente, llena de muy buenas intenciones.

Este llamado a pensar es inspirador porque nos hace tomar responsabilidad por nuestra posición política en una sociedad en la que, como seres que a través del diálogo en el que todos “son al mismo tiempo acusado y juez”, seamos responsables individual y colectivamente por las consecuencias a las que como cómplices, colaboradores o espectadores hemos dado lugar. Igualmente, este llamado nos invita a tener la conciencia histórica de la famosa y vieja consigna: “Quien olvida su historia, está olvidado a repetirla”.

Jaspers distingue cuatro tipos de Culpa: criminal, política, moral y metafísica. Y de cada uno de este tipo de culpa se implicaría la responsabilidad individual o colectiva y evita que se trivialicen las discusiones y se generalice peligrosamente, o inculpando a los inocentes o exculpando a los culpables. De este modo, a un individuo se le imputaría la culpa criminal luego de demostrarse en juicio que cometió un delito, como la culpa imputable a Garavito que conllevaría un castigo o pena.

Los pueblos serían culpables políticamente cuando por medio de sus acciones o de sus omisiones dieron lugar a la comisión de los más grandes crímenes de forma directa o a través de sus líderes, conllevando su responsabilidad. Como los alemanes de la segunda posguerra, serían igual de condenables los argentinos de la “Historia Oficial” y las masivas desapariciones llevadas a cabo por la Junta; serían condenables los ciudadanos que se hicieron de la vista gorda ante los crímenes del régimen de Pinochet mientras vivían en la abundancia económica; serían condenables las personas de uno y otro partido durante la “Violencia”; serían condenables… Seríamos responsables política y moralmente, como ciudadanos, no actuar cuando se cometían crímenes que habríamos podido evitar como sociedad y por olvidar tan fácilmente lo que pasó.

De la misma manera sería ese sentimiento de haber hecho algo malo, y que conlleva el arrepentimiento y la renovación. Ese sentimiento de culpa moralque carcomía al protagonista de Crimen y Castigo, pero que estaba ausente de la mente de los alemanes de la posguerra quienes actuaron dentro de lo legal y todo lo que sucedió fue a sus espaldas.

Más allá de la culpa moral, se encuentra la culpa metafísica que conlleva una transformación de la conciencia de sí humana ante Dios, y que según la extraña y confusa definición de Jaspers, muy confundible con el tipo anterior de culpa (moral), implica una transformación y renovación del alma.

Sin embargo, Jaspers hace una excepción que en la época actual tendemos a olvidar y que creo implica el verdadero problema de la culpa: “Es absurdo inculpar por un crimen a un pueblo entero. Solo es criminal el individuo”. Como fue absurdo inculpar a los Judíos de todos los males del mundo y por ello condenarlos al Holocausto, es absurdo condenar a todas las personas blancas por la esclavitud de los negros como es más condenable condenar, válgase la redundancia, a todos los hombres por un “patriarcado” imaginado y “opresor” sobre las mujeres.

La Culpa más allá de un sentimiento, que sentido por un individuo o una colectividad e imputado desde sus adentros o desde fura, es un yerro que conlleva una responsabilidad individual o colectiva. La culpa no es buena ni mala, sino que cumple una función junto con la ley y la ética: regular el comportamiento humano.

 

Fuente:

Karl Jaspers: El Problema de la Culpa (Reseña)