Tribus filosóficas

Ninguna idea es separable de la vida. Ninguna visión puede ser abstraída sin ser parte de un proceso vivencial

Al pensamiento francés siempre le ha gustado la proustización del lenguaje, el tráfico oculto de la metáfora, la alusión velada y resonante. Los franceses son y han sido esencialmente literatos. Hay en ellos una querencia (no siempre confesada) por la seducción, por lo utópico y lo trágico. Merleau-Ponty ensayó esa transformación del habla con el propósito de “aprehender el movimiento de lo vivo y lo concreto”, como si el vuelo de la metáfora pudiera acompañar el vuelo de las cosas. Una fe inquebrantable en lo concreto que le hace desconfiar, como al buen poeta, tanto del subjetivismo sentimental como del objetivismo científico. No en vano se ha dicho que Heidegger, otro de los filósofos-literatos, suena mejor en francés que en alemán (y al parecer se entiende mejor, de ahí su gran acogida en Francia). Mientras tanto, el mundo anglosajón, dominado por la fiebre del análisis, sonreía ante esas aspiraciones y contemplaba con escepticismo la destreza lúdica de estos jokers de las palabras.

Reducir la filosofía a lenguaje, o a hermenéutica, que es la reflexión del lenguaje sobre sí mismo, como se pretendió al otro lado del canal, es privarla de su función más genuina e inspiradora, esa que afecta al caudal de las vivencias, a la dimensión activa de la imaginación y la percepción. Supone renunciar a todo aquello que se puede vivir pero no formular o erigir en concepto. La filosofía no puede ser un léxico, un sustituto verbal del mundo, pero tampoco confundirse con un discurso que acumula frases subordinadas y yuxtapone las alusiones (veladas, sensuales o cultas) con una prosa resonante y poética.

No quiere esto decir que el lenguaje no tenga su importancia. La filosofía nunca es indiferente al habla. Pero necesita de una dimensión práctica que no sea únicamente moral. La genuina filosofía es hábito de la mente, instrucciones para una “cultura mental” que permita congeniar con el mundo, recrearse en la complicidad de las cosas, en lo visto y lo escuchado, en el cuerpo presente y el recordado. Entre esos modos de la reconciliación están la música y la pintura, la literatura y las sustancias psicotrópicas, la contemplación del color y el movimiento, el sueño lúcido y la percepción activa (esa que vivifica lo que contempla, como si del ojo saliera un rayo que animara las cosas). En todas ellas hay un ejercicio de desposesión, donde la mente acompaña al empuje del Ser (no lo impulsa, lo acompaña), pues el lugar natural del noûs se encuentra al otro lado del tiempo.

Reducir la filosofía a lenguaje, o a hermenéutica, que es la reflexión del lenguaje sobre sí mismo, es privarla de su función más genuina e inspiradora, esa que afecta al caudal de las vivencias

Merleau-Ponty desarrolló su filosofía de la percepción mientras combatía en la Resistencia de la Francia ocupada. Buscaba una nueva relación entre conciencia y mundo, más allá del empirismo clásico y del materialismo, que trascendiera también el racionalismo (el látigo del silogismo) y el idealismo (el desprecio del cuerpo). Partía de una idea sencilla. La percepción no es una ciencia, ni siquiera una toma de posición deliberada, sino el trasfondo mismo sobre el que se erigen todas las ciencias y las opiniones. La resistencia a los nazis ocultaba otra, la de considerar la conciencia como “interioridad”. Merleau-Ponty prefería verla comprometida con el mundo, en un sentido casi nupcial. Una verdad que ya no habita en el “hombre interior”; de hecho, no hay tal “hombre interior”. El sujeto sensible está comprometido, atado e implicado con aquello que ve y siente, por mucho que juegue a la distancia e invente mediadores. Rescata así una de las estrategias clásicas de la filosofía, hoy casi desaparecida, el esfuerzo por la simpatía y la identificación afectiva, la capacidad de congeniar con aquello que se observa, algo que difícilmente puede llevarse a cabo si se reduce la filosofía al “pensamiento crítico”, como es moda en Facultades e institutos, o si se multiplican los mediadores, como hacen los laboratorios con algoritmos, probetas o cámaras de burbujas. Ninguna idea, por muy abstracta que sea, es separable de la vida. Ninguna visión puede ser abstraída, separada del resto de las cosas, sin ser al mismo tiempo parte de un proceso vivencial. Las abstracciones más abstractas, ya sean el cero o el infinito, se viven siempre desde una determinada posición y circunstancia. Al margen de dicha vivencia, todo se oscurece y reduce a mera especulación.

La relación entre espectador y espectáculo no es frontal, sino una suerte de complicidad, una relación casi clandestina. Para Merleau-Ponty es posible “co-incidir” con las cosas, pero esa correspondencia no se da sin una diferencia previa. Ahí está el misterio (incrustados, pero no del todo) de esta propuesta filosófica. Ese es el “buen error” del pensamiento. La persona se encuentra sumergida en el mundo, atravesada por él, es ya mundo, y cuando cree conocer, ella misma pasa a formar parte de lo conocido. Una idea que fascinaría a los creadores de la física cuántica. Reproduce sin saberlo una vieja enseñanza del Talmud: no vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos. “Las cosas atraen mi mirada y mi mirada acaricia las cosas”, dice Merleau-Ponty. Entre la mirada y las cosas se atisba una complicidad. Ahondar en ella es el saludable motivo de esta filosofía.

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https://elpais.com/cultura/2018/07/10/babelia/1531216554_621574.html

 

Breve defensa de un agnóstico

Para Hans Magnus Enzensberger, el ateísmo es una idea fija. Prefiere moverse con libertad, sin someterse ni siquiera a ese precepto

No me haría mucha gracia que alguien me instase a responder esa pregunta comprometida que siempre resulta un poco embarazosa. Lo más seguro es que me escabullese declarando que soy un agnóstico católico. Si el interpelante es un individuo poco refinado, este argumento suele desconcertarlo, ya que en parte tiene que ver con el origen de la persona. Así ocurre también en mi caso.

Mi familia procede del sur de Alemania; más concretamente, de Algovia. Excepto por un par de romanos, celtas y francos intercalados aquí y allá, mis antepasados eran campesinos sedentarios. Nada de emigrantes diversos, como hugonotes, mineros polacos, buhoneros judíos u otros refugiados o desplazados. El ambiente era alemán y católico, pero no ortodoxo. Los viernes se comía pescado, y en Cuaresma, unos suflés maravillosos, si bien a mis padres nunca se les ocurrió asistir puntualmente a misa los domingos. Eso sí, en casa había una Biblia, aunque rara vez se leía.

Con todo, tanto en el colegio como en la universidad me interesé por las cuestiones teológicas. Es algo que tengo que agradecer a la hospitalidad de los benedictinos de Neresheim, a su mesa, a su vino y a su magnífica biblioteca. Esta pequeña ciudad del distrito de Ostalb debe su renombre a su abadía, cuya iglesia es un magnífico edificio barroco proyectado por Balthasar Neumann. Las siete horas canónicas, desde los maitines hasta las completas, se cantaban en latín con el acompañamiento del órgano del coro. El encargado de la biblioteca era un hombre atento y de ingenio agudo que me daba a leer toda clase de herejías, entre ellas el gran poema didáctico de Lucrecio De rerum natura en la traducción de Hermann Diels; los pensamientos y opiniones de MontaigneEl sobrino de Rameau, de Diderot, y cosas por el estilo.

Estos autores se encargaron de ilustrarme, mientras que, durante el recreo diario que seguía a la comida, los monjes me hacían ver que los teólogos medievales se habían atrevido con las preguntas filosóficas más espinosas y las habían debatido en una disputa sin fin. La vida de esos hombres perspicaces y cultos era arriesgada. Cabalgaban durante semanas y meses para llegar a París, Basilea, Oxford o Róterdam por caminos plagados de bandidos y soldadesca. También eran capaces de citar de memoria innumerables textos de la Antigüedad, y dominaban todos los recursos de la retórica clásica. Desde Frege hasta Russell o Wittgenstein, los matemáticos han admirado a los escolásticos como Guillermo de ­Ockham o Duns Scoto y los han considerado los fundadores de la lógica moderna. Por aquel entonces, las conversaciones en el claustro de Neresheim me impresionaban profundamente, aunque poco pudiese sacar en claro del opaco latín eclesiástico de los patres. Además, tras la Segunda Guerra Mundial tenía puesta toda mi atención en el presente de Alemania. En la década de 1950, nadie quería saber demasiado del Holocausto nazi, sobre el cual reinaba un silencio obstinado. Las antiguas autoridades no estaban dispuestas a abandonar sus puestos de jueces, jefes de policía y profesores, de manera que empezar a recoger la basura en el desierto político, económico y moral de un país dividido en cuatro resultaba largo, laborioso y agotador.

El concepto fue acuñado en 1869 por T. H. ­Huxley, firme defensor de Darwin y bisabuelo del autor de ‘Un mundo feliz’

Con el tiempo, la tarea se volvió tediosa. Para una minoría de jóvenes amenazaba con convertirse en una ocupación obsesiva. La soberbia acechaba a la vuelta de la esquina. Posiblemente, al final me salvó la idea de que ser alemán no era un oficio muy halagüeño. Prefería escribir.

Que se sepa, nadie, ni siquiera un suizo o un sueco, puede librarse del bagaje histórico que lleva consigo. Una parte de ese legado y de esa carga la arrastramos allí donde vamos a través de la religión. Un hada bondadosa me ha privado del talento para la fe en el monoteísmo. Los dioses son tantos que duele elegir. Los griegos y los romanos nos acompañan en el cielo y en los días de la semana, y las tradiciones egipcias y asiáticas, desde Tutankamón hasta Buda, tampoco se han extinguido por completo. A mi modo de ver, poco daño pueden causar una pizca de Epicuro y la dosis conveniente de estoicismo.

Por eso, para mí el ateísmo no es una opción, sino una idea fija. No quiero pertenecer a ese club. En general, me cuesta decidirme por una filiación. Me faltan dotes para ser un colega de fiar. Naturalmente, habrá quien lo considere una carencia.

Así pues, solo me queda una posibilidad, a saber: ser y seguir siendo agnóstico. El creador del concepto fue el biólogo inglés Thomas Henry Huxley, autodidacta brillante elegido miembro de la Royal Society ya a los 25 años y uno de los más firmes defensores de Darwin y sus teorías.

Huxley acuñó el término agnostic, que desde entonces se ha familiarizado en muchos otros idiomas, en el año 1869. Por cierto, el escritor Aldoux Huxley era su bisnieto. Su famosa novela de ciencia-ficción Un mundo feliz sigue moviendo a la reflexión, ya que predice que, en el futuro, los seres humanos se engendrarán en laboratorios y se los preparará para una vida de consumidores sin la intervención de los padres.

Como es lógico, Thomas Henry Huxley no podía ni tan siquiera imaginar la genética moderna, la clonación, ni la manipulación de la línea germinal. Sin embargo, se daba cuenta de que los detractores de Darwin estaban de acuerdo en un punto. Creían sinceramente que habían resuelto en mayor o menor medida todos los interrogantes de la existencia humana. “Están convencidos de que participan de una gnosis que antaño había sido privilegio de la Iglesia. Yo, por el contrario, no soy uno de esos iniciados”.

Un hada bondadosa me ha privado del talento para la fe en el monoteísmo. Los dioses son tantos que duele elegir

Aunque el concepto sea más reciente, el agnosticismo tiene un pasado venerable. La palabra griega significa “conocimiento”. Los escépticos crearon una escuela propia, iniciada por Protágoras, quien afirmaba: “Respecto a los dioses, no tengo medios de saber si existen o no, ni cuál es su forma. Me lo impiden muchas cosas: la oscuridad de la cuestión y la brevedad de la vida humana”.

Pirrón de Elis, un sofista de la época helenística, optó por la escepsis, es decir, por la reflexión y la duda como categorías centrales de su filosofía. El hombre, postulaba, puede permitirse las opiniones, pero la certeza es inalcanzable. Sexto Empírico, el último y más radical representante de la escuela, ponía asimismo en tela de juicio la capacidad humana de conocer qué mantiene unido al mundo en lo más íntimo.

Así pues, los agnósticos están bien acompañados. A este pequeño club pertenecieron muchos pensadores del siglo XVIII. Entre ellos cabe destacar a David Hume y Denis Diderot. Se cuenta que, en el salón del barón de Holbach, el filósofo escocés relató la siguiente anécdota sobre los misioneros franceses que se habían internado en los bosques con el propósito de convertir a los nativos de Canadá; uno de los indios hurones fue llevado a Londres, donde se le administró la comunión. “Hijo mío”, le preguntó el sacerdote, “¿no obra en ti la gracia del sacramento?”. “Sí”, respondió el iroqués, “el vino me ha sentado muy bien, pero creo que si me hubiesen dado aguardiente, todavía me habría sentado mejor”.

A la mesa de Holbach estas bromas eran corrientes. Al parecer, el barón pidió a los 18 presentes que se pronunciasen sobre el ateísmo. Quince se declararon ateos; el voto de los otros tres, entre ellos el de Diderot, no nos ha llegado. Presumiblemente eran los agnósticos. No disponemos de ninguna prueba documental sobre la veracidad de este cotilleo que circulaba entre los ilustrados. Puede que sea una invención, aunque, en todo caso, acertada.

El agnosticismo tiene numerosos pros y contras. Te permite moverte con mayor libertad y no tienes que someterte a toda clase de preceptos concebidos por cualquier institución. Desprenderse de la disciplina del partido o la Iglesia en cuestión puede ser un alivio, más si se trata de las trabas de una ideología política. El inconveniente reside en que el agnóstico no acaba de pertenecer a nada.

Me gustaría concluir esta reflexión con una anécdota que cuenta un católico convencido amigo del papa Juan XXIII. Al parecer, un día, en Castel Gandolfo, un científico se confesó pagano. El Papa le respondió que había cosas peores, ya que, por lo menos, él era semicatólico.

Traducción de News Clips.

 

 

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https://elpais.com/cultura/2018/06/29/babelia/1530281566_935435.html

Simon Critchley, el filósofo que salta a todos los terrenos de juego

Tras sus ensayos sobre la fe y David Bowie, el británico, forofo del Liverpool, publica un libro de fútbol: “Ser hincha te obliga a creer en las hadas, a comportarte como un estúpido”

Como ayer se presentaba al público el ensayo En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), era natural que el autor, Simon Critchley (Hertfordshire, Inglaterra, 1960) se refiriese a la inesperada renuncia de Zinedine Zidane como entrenador del Real Madrid. Zidane también se retiró inesperadamente como jugador. “Es un carácter extraño para un futbolista”, dice Critchley. “Creo que fue Virginia Woolf la que habló de una oscuridad que es el yo. El yo es como un tiburón, o un escualo, o una criatura bajo el agua… En Zidane se ve. Y se ve también la melancolía de lo que se ha hecho, porque cuando algo se ha hecho, se ha acabado. ¿Y ahora qué? ¿Qué será lo próximo? Él muere, como ya murió cuando dejó de ser jugador, en 2006, y ahora, como entrenador, ha vuelto a morir. Y creo que es muy consciente de eso”.

El libro de Critchley tiene un capítulo consagrado a “la paradoja de Zidane”, a la verdad oscura y profunda que se advierte claramente, dice Critchley, debajo de la firmeza, el hermetismo y la severidad del rostro, y detrás del continuo movimiento del fútbol: “Un núcleo de inmovilidad y silencio” o “el esbozo de una interioridad inaccesible, de una realidad que se resiste a la mercantilización, de una atmósfera”, atmósfera que el autor relaciona con el retrato de Inocencio X de Velázquez.

“En el fútbol la suerte es importante, y el Real Madrid la tuvo en la final, pero la cuestión es: ¿has creado suerte? Has de ayudarla. Sobre este tema me gusta citar a un campeón de golf norteamericano que dice: ‘Cuanto más practico, más suerte tengo”.

El fair play tiene mérito en este hombre que fue criado en una devoción fanática por el Liverpool, club al que se siente unido por un compromiso religioso. “Y en la creencia no solo de que mi equipo es muy bueno, sino de que sus seguidores son especiales y la cultura que lo rodea, única”. Pasión y creencia que se ha asegurado de inculcar en su hijo.

Simon Critchley es un pensador que, después de unos años juveniles turbios y potencialmente peligrosos, se recicló a través del estudio de la literatura y luego de la filosofía. “Me leí el canon de la literatura moderna europea del siglo XX. Los profesores de literatura no eran muy impresionantes, y en cambio los de filosofía eran excelentes maestros”.

Vocación literaria

En parte por esa primera vocación literaria, Critchley, catedrático en la New School for Social Research de Nueva York, cuya reputación internacional se vio abrillantada por su duelo de ideas con Zizek (quien a propósito de su libro Infinitely Demanding: Ethics of Commitment, Politics of Resistance le reprochó sus supuestos posmodernismo y escapismo), es un escritor ecléctico, que no respeta las distancias entre alta y baja cultura; además de experimentos de teología política como La fe de los que no tienen fe (Trotta),publica análisis sobre el suicidio (en Alpha Decay) o libros en los que analiza fenómenos de la cultura popular como Bowie (Sexto Piso), escrito febrilmente bajo la impresión de la muerte del músico: “Ninguna persona me ha proporcionado tanto placer como David Bowie a lo largo de toda mi vida”.

Bowie se puede leer como una meditación sobre conceptos filosóficos que Critchley considera sustanciales en la trayectoria y en las canciones del artista (cuyas letras, a menudo confusas, están compuestas, según revela el filósofo, siguiendo la técnica aleatoria del cut-up de Burroughs) como el “ser para la nada” de Heidegger y la “escasez” y la “moribundia” en Beckett. A la inversa, en el libro sobre fútbol nos enteramos de que Heidegger tenía en su despacho un televisor escondido para seguir los partidos, especialmente los de la selección alemana: “A Heidegger le impresionaba Beckenbauer”. No alcanzó a conocer al autor de Ser y tiempo, que falleció en 1976, pero sí a Gadamer. Critchley tenía 26 años y el autor de Verdad y método, 86. “¿Y sabe de qué hablamos? De fútbol. Era un gran fan”. Una de las cosas que a este filósofo más le gustan del fútbol es el carácter social. “El fútbol es socialismo”, sostiene.

La pasión futbolística es, afirma, una bendición para la gente, que en torno al duelo deportivo tiene acceso a un universo perfectamente ordenado y delimitado, y una alternativa a la vida cotidiana: “Al mirar el fútbol entramos en un mundo diferente, maravillosamente idiota”. Porque “pese al cinismo, la corrupción y el capitalismo crónico propios de este deporte, ser hincha te obliga a creer en las hadas, a comportarte como un estúpido y a tener un cierto grado de optimismo”.

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https://elpais.com/cultura/2018/06/01/actualidad/1527871768_264634.html

María Zambrano siempre nos acompaña

El discurso intelectual no se puede entender sin María Zambrano. De ahí la importancia de sus obras completas

Aunque la obra de María Zambrano permaneció varias décadas en el exilio como su persona, hoy ya nadie duda de que es una de nuestras más grandes pensadoras y escritoras. Pocos autores como ella, y en la filosofía española aún más, pueden codearse con los grandes nombres de la nomenclatura europea. Además el estilo de María es muy propio y original siempre rozando el ensayo, la reflexión, la poesía y todo género que le venga bien para elaborar su discurso.

Ahora aparece el IV volumen de las «Obras completas», en su tomo I, que abarca «Claros del bosque», «De la aurora» y «Senderos». «Claros del bosque» es uno de los más grandes libros escritos en lengua española a lo largo de todo el siglo XX. El carácter teologal de la palabra poética como mediadora entre el ser humano y lo sagrado. María se pone al lado de la mística de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa, de Molinos, del sufismo, de la Kábala y Maimónides, entre otros autores, para alcanzar el origen de la palabra que es el lugar de dónde venimos.

Alegatos

En la Pièce había muerto su hermana y compañera, Araceli, y allí quedó ella abandonada de nuevo, refugiada, desterrada y exiliada. Si siempre había estado al límite de sus sufrimientos, esta nueva soledad la ponía una vez más a prueba. Ese no lugar del exilio se convierte en el espacio de la revelación. Una revelación que comparte con el delirio, el rapto, el descenso a los infiernos de la historia, de la nada, del vacío.

Leyendo a la pensadora malagueña nadie jamás se podrá sentir huérfano de España

María como Unamuno, Baroja, Valle u Ortega muestra la desesperación por el sangriento devenir español, su amor y desamor por tanta intransigencia. A la burguesía intelectual, liberal y tolerante no le había dado tiempo a desarrollar todo su programa reformista que venía de la Institución Libre de Enseñanza. Al Partido Socialista tampoco le había dado tiempo a educar moralmente a la masa obrera. Y a las generaciones del 98 y del 27 no se las había escuchado como se debía aunque esta hubiera promovido la República como el avance necesario en aquellos turbulentos tiempos hacia el regeneracionismo.

Una antología esencial de Zambrano debería estar presente en todos los colegios. Su obra es un ejemplo de paz y concordia entre todos los seres humanos, incluidos los españoles. Hoy como ayer, en España no hay solo crisis de todo, sino también y sobre todo orfandad. Por eso lo importante de disponer de intelectuales como ella. María definió a los intelectuales como aquellos que dan nombre o figura a lo visto y sentido en cada circunstancia, quienes rompen la mudez, y responden siempre con una renovada comparecencia y testimonio de la verdad. Leyendo a María Zambrano nadie jamás se podrá sentir huérfano de España.

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http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-maria-zambrano-siempre-acompana-201806140340_noticia.html

Descartes, por los caminos paralelos de la fe y la razón

Descartes intentó conciliar en sus «Meditaciones metafísicas» la existencia de Dios con la defensa de la autonomía de la ciencia

Siempre que pasó por el «boulevard» Saint Germain en París y antes de tomar un calvados en Les Deux Magots, me detengo unos minutos para visitar la tumba de René Descartes, el pensador que más ha influido en mi evolución intelectual. Su lectura cuando tenía 18 años me fascinó porque en las páginas de su «Discurso del Método» y sus «Meditaciones metafísicas» hallé el estímulo que necesitaba para adentrarme en el camino de la filosofía. Cartesius, como rubricaba sus libros, fue para mí un maestro que me ha acompañado toda la vida.

El gran hallazgo de Descartes, que a mi juicio es la base de cualquier intento de explicación racional del mundo, es «la duda metódica», que consiste en cuestionar todo lo que consideramos evidente para partir de una certeza que nos permita pensar sobre bases sólidas. El filósofo francés expresa la mejor formulación de la duda metódica en sus «Meditaciones» sobre la Primera Filosofía en las que se demuestra la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, título que el propio autor reformuló en «Meditaciones metafísicas» seis años después de su aparición. Este texto de apenas 90 páginas, que cuenta con una excelente traducción de García Morente, constituye una de las referencias indispensables para entender los orígenes del idealismo moderno.

¿La vida es sueño?

En su segunda meditación, Descartes se interroga sobre la certeza de la propia existencia y la necesidad de hallar un punto de partida para construir «ideas claras y distintas» sobre las que poder discernir entre lo verdadero y lo falso. El pensador de La Haye apunta que todo lo que perciben nuestros sentidos podría ser un engaño inducido por un genio maligno. No es posible descartar que nuestra vida sea un sueño. Pero fuera cual fuera el origen de las nociones y las percepciones que damos por evidentes, hay una certeza de la que podemos partir: «cogito ergo sum» (pienso luego existo).

«No soy sino una cosa que piensa. ¿Más qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa. Soy una cosa verdaderamente existente», concluye. Pero ese yo pensante o res cogitans está recluido dentro de sí mismo, no forma parte del mundo exterior físico que captan nuestros sentidos, que es puramente material. Descartes llegará a decir que todo lo que percibimos es mera extensión, una especie de universo regido por las leyes de la física. Por el contrario, el yo pensante es, en realidad, el espíritu, es el alma de la cual tenemos una idea clara y distinta. Para expresarlo con una metáfora, el espíritu habita como un inquilino en el cuerpo humano, pero no forma parte de él. El cuerpo capta sensaciones mientras que el espíritu es capaz de ascender al reino de las verdades trascendentales como la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.

Descartes reivindica la autonomía de la razón y de la ciencia, que él vincula a las matemáticas. No en vano fue un gran científico que estableció las bases de las leyes de la mecánica que luego fueron desarrolladas por Isaac Newton. Pero el dominio de la existencia de Dios trasciende a lo que él llama res extensa, que es el universo de lo visible sobre el que opera el saber experimental.

Placeres de la vida

Para el pensador francés, educado en los jesuitas, la idea de Dios es puramente innata y se deriva de la propia existencia del Ser Supremo. Incurriendo en un nominalismo radical, Descartes concluye que la idea de lo eterno y de lo infinito prueban esa existencia de Dios, dado que es imposible que la mente finita y limitada de los hombres haya podido concebir por sí misma los atributos que definen a ese Ser Absoluto. Por tanto, la idea de Dios demuestra que Dios existe, puesto que sólo Él ha podido formular un concepto que no se halla en la Naturaleza. «Bajo el nombre de Dios entiendo la existencia de una sustancia infinita, eterna, inmutable, omnisciente, independiente y omnipotente, por la cual yo mismo y todas las cosas que existen han sido creadas», escribe.

Descartes, que llegó a batirse en duelo por una mujer y que disfrutaba de los placeres de la vida, se mantuvo firme en sus convicciones hasta su muerte en 1650 por una neumonía cuando residía en Estocolmo y estaba impartiendo lecciones de filosofía a la reina Cristina de Suecia. Tenía solamente 53 años.

Fue un extraordinario filósofo que demolió el escolasticismo todavía dominante y creó las bases del pensamiento moderno, pero también fue un brillante matemático y un pionero de la geometría analítica. Nadie fue tan lejos en la defensa de la autonomía de la razón sin abandonar una fe mediante la que guio siempre sus actos. Su alma descansa hoy en la abadía de Saint Germain.

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http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-descartes-caminos-paralelos-y-razon-201806070139_noticia.html

Los revolucionarios de la cultura

El arte reaccionó contra la violencia, la desesperanza y la destrucción física y moral de la Primera Guerra Mundial. Un grupo de artistas decidió que la mejor forma de combatir la locura era a través de la locura misma. Y nació el surrealismo. La exposición Duchamp, Magritte, Dalí. Revolucionarios del siglo XX. Obras maestras del Museo de Israel, Jerusalén, en el Palacio de Gaviria, de Madrid (España), nos acerca obras de estos tres y otros artistas influyentes de este movimiento.

Por Jorge Van den Eynde, historiador del arte

“Aquí está la máquina que hace zozobrar los espíritus. Yo anuncio al mundo este suceso de primera magnitud: acaba de nacer un nuevo vicio. Al hombre le ha sido dado un vértigo más: el surrealismo, hijo de la sombre y el frenesí. ¡Pasad, pasad! Aquí empiezan los reinos de lo instantáneo…”. Louis Aragon, Le Paysan de Paris.

La Gran Guerra, contienda bélica sin precedentes para la civilización occidental, generó un aura de desesperanza y tragedia en la sociedad. Jamás habían muerto tantas personas en tan poco tiempo, ni se habían destruido ese número de hogares y ciudades. La ciencia y tecnología puestas al servicio de la muerte habían aniquilado soldados, pero también penetraron en lo más profundo de la mente humana, incapaz de continuar su vida después de la guerra. El escritor francés Maurice Nadeau niega que cualquier tipo de poesía desarrollada anteriormente pudiese ser legítima a esos tiempos, a la situación emocional que vivía la población.

Destrozar el arte a través de la confianza puesta en él 

El arte, lejos de amedrentarse, quiso reaccionar contra la violencia de la Gran Guerra. Un espíritu rabioso y combativo surgió en muchas ciudades europeas, que quisieron denunciar el estado desesperado que vivían, al tiempo que proponían alternativas al pesimismo reinante por aquel entonces. Una serie de grupos surgieron para replantearse cuál era el papel del arte en esta masacre mental; en definitiva: querían revolucionar la cultura. La última muestra realizada en el Palacio Gaviria de Madrid centra su discurso sobre este deseo de cambiar las convenciones artísticas que hasta entonces dominaron la cultura. Duchamp, Magritte, Dalí. Revolucionarios del siglo XX es el título de la exposición que, muestra obras de los tres artistas citados y nos enseña también a otros artistas influyentes en este cambio de paradigma de las artes.

Un espíritu combativo surgió en muchas ciudades europeas proponiendo alternativas al pesimismo reinante. Aparecieron grupos que se replanteaban cuál era el papel del arte en esta masacre mental

Ante la locura que sometió al continente durante la guerra, un grupo de artistas y literatos refugiados en Zúrich (Suiza) dio con el antídoto a tamaña destrucción física y moral. El grupo que cada día se reunía en el Cabaret Voltaire, formado, entre otros, por Tristan Tzara, Hans Arp, Hugo Ball o Richard Huelsenbeck, decidió que la mejor forma de combatir la locura era a través de la locura misma. Debían destruir las nociones sociales y morales del mundo occidental, las cuales habían llevado a la humanidad al grado más ínfimo de crueldad y pesar. Este grupo de intelectuales se autodenominaron Dada, palabra sin significado lógico, que serviría para desafiar las convenciones europeas de lenguaje y cultura. Realizaban conciertos y recitales donde ruidos y palabras inconexas salían de sus bocas, creaban collages realizados a partir de la yuxtaposición de imágenes de la cultura popular con otras provenientes de la academia, desafiaban la creación artística dotando de un sentido conceptual a objetos encontrados en la calle. Tzara afirmó que Dada era el caballo de Troya, que accedía a la fortaleza del conocimiento occidental, para, a través de la confianza puesta en el arte, intentar destrozarlo.

Nuevas bases sobre las que crear y construir

París se convirtió en la posguerra en el centro de las negociaciones de paz, los tratados que debían asegurar la estabilidad política en Europa. Un clima de cordialidad que chocaba con la devastación que la gente cargaba consigo. El gran exponente de Dada en el país galo había sido Marcel Duchamp, cuyos ready-mades habían puesto en entredicho las nociones del arte burgués, creaban nuevas bases sobre las que crear, considerando que cualquier objeto podía ser arte, desde el aire de París hasta un urinario. Las enseñanzas del artista francés, y especialmente los textos dadaístas que llegaban de Zúrich, marcaron a jóvenes escritores como André Breton, Louis Aragon o Paul Élouard. Ellos también querían atacar los cimientos de la sociedad para construir unos nuevos y más convenientes. Para ello, centraron sus estudios en la razón, y la manera en que esta había dirigido las actividades humanas desde la Ilustración.

La imaginación para demoler la razón

En 1924, Breton publicó el primer manifiesto surrealista, obra programática del surrealismo. Afirmaba que la humanidad aún vivía bajo el “imperio de la lógica”, que dominaba los procesos cognitivos, pero también el arte. El realismo, tanto literario como plástico, basaba su estética en estructuras previsibles y aburridas, realidades insulsas donde el análisis dominaba sobre los sentimientos. La imaginación era el arma con la cual pretendía demoler la razón. Los textos que Freud había publicado durante las primeras décadas del siglo generaron en los jóvenes surrealistas la necesidad de volcar sus intereses en los sueños y el mundo inconsciente del ser humano, aquel conjunto de sensaciones y estímulos que habitan bajo nuestra realidad cotidiana, y afloran en determinados momentos para marcar la actividad social del individuo. El psicoanálisis, por ende, se convirtió en la piedra angular del pensamiento y poesía de Breton, en cuyo primer manifiesto declara su predilección por el automatismo y la espontaneidad intelectual.

“Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón”. André Breton, Manifiesto del surrealismo.

Los textos que Freud había publicado a principios del siglo XX generaron en los jóvenes surrealistas la necesidad de volcar sus intereses en los sueños y el mundo inconsciente del ser humano

Breton consideraba que la mejor forma de liberarse de los grilletes de la lógica era acudiendo a lo más profundo e indómito de la mente humana, el ello freudiano, para liberar el pensamiento, dejarlo libre y fluido, que no esté constreñido por el tejido de la razón. El automatismo es la herramienta que usan los escritores y pintores surrealistas para liberar sus pensamientos. A partir de la asociación de ideas, del pensamiento automático y de nuevas técnicas como el cadáver exquisito, esta generación de creadores consiguió representar aquello que sus seres escondían bajo todo el armazón racional. El mismo Breton escribió junto a su amigo Phillippe Soupault el Pez soluble, texto creado a partir del automatismo psíquico; esto es, ambos autores escribían todo lo que su mente proyectaba, y el azar se encargaba de componer una suerte de representación del subconsciente de los poetas.

Imágenes sacadas del mundo de los sueños

Esta representación de las inquietudes y sensaciones que Breton y Soupault experimentaban cuando realizaban el escrito tiene un carácter sumamente realista. En su afán por negar la razón y su proyección artística, el realismo, los surrealistas consiguieron mostrar al mundo otras realidades y experiencias ocultas, que para ellos exponían mejor su personalidad, y, por tanto, sus realidades. Durante el periodo de las vanguardias, como afirma Rosalind Krauss, nace el llamado inconsciente óptico, que es un proceso de reestructuración de la naturaleza de la obra de arte. Los artistas que dinamizaron el comienzo de siglo, entre los cuales destacan Picasso, Braque o Kandinsky, tenían un deseo de superar la esencia clásica del arte, es decir, la representación mimética de la naturaleza. Para ello, algunos de los movimientos desarrollados por aquel entonces comenzaron a interesarse por representar aquello que era oculto, que nuestros ojos no pudieran ver. El surrealismo es una de las corrientes artísticas que más apuesta por la ruptura del canon clásico, y propone la representación directa del subconsciente. No obstante, ciertos autores fueron un paso más allá, afirmando una mayor veracidad en lo que ellos hacían que en los bodegones naturalistas del siglo XVII. Es una nueva forma de comprender el realismo, que supera cualquier precedente y avanza ciertos procesos del arte después de la Segunda Guerra Mundial.

Los surrealistas consiguieron mostrar al mundo otras realidades y experiencias ocultas

Algunas manifestaciones de la pintura surrealista contienen rasgos altamente fotorrealistas, lo cual podemos ver en los lienzos de Dalí, Tanguy o Dorothea Tanning. Una de las formas que tenían los pintores de liberar el subconsciente era realizando obras tan realistas que resultasen inquietantes, que desafiasen la comodidad del espectador para adentrarle en su propio subconsciente. Era un realismo que mezclaba muchas representaciones oníricas y fantasiosas, que parecían sacadas del mundo de los sueños. Otros artistas preferían emplear métodos automáticos, técnicas como el grattage, frottage o la decalcomanía, que confiaban en el azar para que este rematase los puntos más importantes de la composición. Max Ernst u Óscar Domínguez creaban sus universos surrealistas a partir de estas técnicas, dando estas un aspecto improvisado e irracional a sus pinturas y grabados. Alberto Giacometti, Hans Bellmer o Joseph Cornell trabajaban con escultura y objetos encontrados, a los que dotaban de nuevas perspectivas estéticas al establecer el dominio del subconsciente sobre ellos.

Todas estas prácticas artísticas comparten el mismo interés por representar nuevos sujetos, realidades ocultas al ojo humano que además resultan más esclarecedoras para conocer el comportamiento de este. El surrealismo plantea en este sentido una nueva relación entre el artista y su obra, que desde ahora son un reflejo el uno del otro. Una conexión tan marcada que, a partir de sus creaciones, podemos conocer mejor al autor que si consultamos su biografía. Se trata de una relación arte-creador nueva. Décadas más tarde, a la lumbre del súperdesarrollo capitalista y la aparición de una sociedad de consumo, se generan cambios en las artes que promulgan una nueva concepción del objeto artístico. John Cage, en su pieza musical sin sonido (4’33’’), experimenta con nuevos modelos de realismo, creando una pieza que capta en su totalidad todas las sensaciones materiales acontecidas durante la grabación de la obra. Jasper Johns reestablece nuevas objetividades políticas en la bandera de los Estados Unidos, al tiempo que captura en su brocha elementos de la cotidianeidad. Son artistas cuyas prácticas se realizan en sintonía con sus entornos, considerándolos desde perspectivas sociales, políticas o filosóficas.

Una de las formas que tenían los pintores de liberar el subconsciente era realizando obras tan realistas que resultasen inquietantes, que desafiasen la comodidad del espectador para adentrarle en su propio subconsciente

La deuda que los artistas del arte-vida tienen con Dada es innegable. En muchos de ellos, los ready-mades duchampianos generaron una influencia capital, marcada sobre todo en el uso de objetos cotidianos. No obstante, en las obras de creadores surrealistas también se aprecian rasgos que tienden a una unión entre las personas que las realizan y el objeto en cuestión. Es una conexión bastante más individualista y ajena a realidades externas al poeta. Breton y Soupault expusieron sus pensamientos al máximo exponente cuando escribieron Pez soluble. René Magritte, pese a tratarse de un artista que utilizó en menor medida el automatismo psíquico, también reflejaba sus más ocultas inquietudes. Como todo artista de las vanguardias artísticas, Magritte mira el mundo con la intención de desenterrar aquello escondido bajo la percepción humana. En El castillo de los Pirineos, obra con la que cierra la exposición del Palacio de Gaviria, el artista establece elementos contradictorios y opuestos, como el mar y una roca gigante, para abrir una brecha en su subconsciente y liberar deseos reprimidos y preocupaciones vitales, así como provocar en el espectador una sensación onírica que lleve a su mente al mismo lugar cognitivo en el que el artista se sitúa.

Los surrealistas querían terminar con el mandato de la razón, y para ello crearon una poética capaz de reinventar el mismo concepto de realismo, adalid de la lógica en las artes. Liberaron sus mentes de la estructura canónica y las prepararon para volcar todo su contenido sin filtros de ningún tipo; consiguieron crear sin barreras y exponer sus realidades al completo. Este grupo de artistas fue capaz de desentrañar los más oscuros secretos de sus mentes y exponerlos, con la intención de promover este tipo de prácticas, y, a través de ello, amedrentar el dominio de la razón en la cultura occidental.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/revolucionarios-de-la-cultura/

 

CEGUERA MORAL

La ceguera moral nos conduce directamente a la caverna si no abrimos la mente a tiempo”

Antonio Guerrero

 EN el célebre libro “Carta sobre los ciegos para uso de los que ven”, de Diderot, aparece un tema muy atractivo: “la ceguera moral”. El libro está situado en el siglo de las luces y fue bastante refutado entonces, hasta el punto de costarle la cárcel al autor. En este trabajo aparece una simetría perfecta entre los problemas físicos que tenían los pacientes de ceguera y los problemas políticos franceses del momento. En el momento de ser escrito el libro, había una invidencia de los que veían respecto a la aristocracia y el despotismo ilustrado que otorgaba cánones de excelencia. Era la ilustración, entonces, (el siglo de las luces) y existía una amplia ceguera política y ética. Diderot dio ciertas claves en este trabajo para salir de la oscuridad ética: la razón, la crítica, la libertad, la fraternidad y el furor igualitario de la Revolución Francesa como motor de la modernidad. Además, se dio la coincidencia histórica de ser el momento en el que los estudios sobre cataratas avanzaron mucho, hasta el punto de lograr dar la vista a algunos ciegos, hecho que aprovechó el autor. No obstante este tema esta vigente hoy día. Hay más filósofos que han argumentado sobre ello. En un momento más presente está, por ejemplo, Zygmunt Bauman, en tanto y en cuanto la ceguera moral es una característica de la modernidad líquida. Este es un término creado para referirse al cambio de nuestra sociedad, donde hay transitoriedad, desregulación y liberación de los mercados. Dicho cambio ha generado una gran precariedad en las relaciones humanas, marcadas por un excesivo individualismo y unos principios morales inciertos. Cuando Bauman habla de ceguera moral, nos está diciendo una de las consecuencias a donde nos conduce la modernidad liquida. Hemos perdido el rumbo de la moral y los principios fundamentales donde estaban inspirados. Nuestra vida acelerada, marcaba por la banalización de la cultura y el consumismo radical, está vacía de sensibilidad hacia los problemas de los demás. No hay solidaridad. Además, en algunos campos la ética ya ha sido descartada como por ejemplo en política. La ética se ha debilitado tanto (líquida) que estamos ciegos y no vemos los problemas a nuestro alrededor. En su lugar solo nos importa el placer personal y el individualismo excluyente. La ceguera, como otras tantas cosas del momento presente, nos ha devuelto de lleno a la caverna. 

Fuente:

http://lamiradazurda.blogspot.com.es/2018/03/ceguera-moral-revistablue.html

http://www.diariodealmeria.es/opinion/articulos/Ceguera-moral_0_1224777821.html

El pensador antifranquista

A Millán Astray no le irritaron solo las palabras de don Miguel en defensa de vascos y catalanes

Miguel de Unamuno (con barba blanca), a la salida de la Universidad de Salamanca en 1936.

Un extenso reportaje se hizo ayer en este periódico eco de las investigaciones de Severiano Delgado, bibliotecario de Salamanca. Estamos ante un intento de desmitificación, que desestima el famoso discurso de Unamuno del 12 de octubre de 1936, enfrentándose al general legionario Millán Astray, quien supuestamente habría pronunciado los gritos de “¡Mueran los intelectuales!” Y “¡Viva la muerte!”. Delgado realiza un minucioso trabajo en el cual prueba, y aquí el título del reportaje es explícito, que Unamuno nunca pronunció las conocidas palabras de respuesta a Millán Astray.

Solo que las palabras no serían esas, pero los contenidos estaban ahí. A Millán Astray no le irritaron solo las palabras de don Miguel en defensa de vascos y catalanes, unidas nada menos que a la condena de quienes hablaban de la Antiespaña, condena no pronunciada por el legionario, sino la evocación de José Rizal. Y no solamente por ser un heroico patriota filipino a quien conoció y estimaba, sino por denunciar el crimen cometido en 1896 por el general Polavieja en Filipinas, culminando una represión contra todo adversario real o supuesto, ejemplo de “la brutalidad agresiva e incivil de los militares” (relato de Vegas Latapie). Era un discurso esópico, donde el blanco inequívoco era el militarismo franquista. Lógica la reacción de Millán Astray: “¡Mueran los intelectuales traidores!”. ¿Y qué decir de la referencia en el discurso unamuniano a las mujeres que en Salamanca iban a contemplar los fusilamientos, con sus escapularios y crucifijos. Por fin, una vez limpiado de envolturas retóricas, su proclamación de “vencer no es convencer”, dicho en tales circunstancias, suponía un jaque al rey contra la conducta de los sublevados, a quienes apoyó con fuerza inicialmente. Si cambió de ideas, no fue para redimirse: esta actitud no cabía en Unamuno, tan próximo a su adversario Azaña en cuanto a la exigencia de autenticidad. No menos al denunciar el peligro de “suicidio moral” de España. José Luis Gómez acierta.

La foto de la salida del acto evita cualquier disquisición ulterior y el escrito tardío reproducido por Delgado elimina toda duda. Unamuno rechaza el “régimen de terror” en la otra zona, y también el “bárbaro, anticivil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria” que ve nacer. Es un antifranquista.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/05/08/actualidad/1525800229_294166.html

La vigencia de la filosofía de Habermas

Tras la entrevista a Jürgen Habermas, comienza a hacerse necesario un repaso a sus consideraciones éticas en favor de un mundo mejor. Hace algunas décadas, él concibió una nueva forma de ética. Una manera de entender las costumbres que pudiera mejorar las relaciones entre los seres humanos, que estuviera basada sobre algo inherente de cada persona: el lenguaje. Este filósofo propuso la teoría acerca de la “ética discursiva”. La sociedad iba a tener un progreso en diversos ámbitos si es que se establecía una ética regulada por las normas lingüísticas por las cuales nos regimos. Hay algo en el lenguaje que también está en nuestro pensamiento. Esas reglas implícitas ayudarían a establecer mejores vínculos comunitarios con los demás. Lo principal era el uso del lenguaje como parte primordial de espacios de debate en la sociedad: la existencia de argumentaciones razonadas en cada individuo contribuiría a fortalecer la democracia y a tomar mejores decisiones en conjunto. Hoy en día vivimos en una realidad con argumentos falaces que apelan a los sentimientos, a autoridades erróneas e, incluso, a razones sin cuestionar. El cambio se debe generar desde esa disonancia de ideas que tanto tememos.— Juan Francisco Osores Pinillos. Lima (Perú)

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2018/05/11/opinion/1526053872_172715.html

La filosofía en la universidad española

He estudiado filosofía en la universidad durante nueve años, cuatro de la carrera y cinco haciendo un doctorado, en dos facultades diferentes: en Palma de Mallorca y en la UB, en Barcelona. Muchos son los buenos profesores que me he encontrado y he podido aprender de todos ellos. Sin embargo, también he de decir que el margen de mejora es enorme. Hay que cambiar para adaptarse a los nuevos tiempos, aunque eso suponga acabar con viejas tradiciones muy arraigadas.

Por Roberto Augusto, filósofo

Mi primera crítica es al excesivo historicismo de los estudios académicos. No se enseña filosofía, sino historia de la filosofía occidental. Según mi parecer, los problemas y conceptos fundamentales del pensamiento filosófico deberían ser el eje de los estudios académicos, no las corrientes, los autores y los sistemas.

El canon oficial es demasiado limitado. Parte de un modelo base cronológico impuesto por Hegel donde se supone que todo empieza en Grecia, después filosofía romana (poco), Edad Media (Santo Tomás, San Anselmo y San Agustín), Renacimiento (Maquiavelo, Bruno y algún otro), empiristas, racionalistas, idealistas y filosofía contemporánea. Es un planteamiento eurocéntrico donde los autores son los protagonistas. Una visión cronológica no me parece la más adecuada, porque no se puede decir que unos sistemas dejan obsoletos a los otros, tal como sucede con la ciencia. Newton supera la física de Aristóteles, pero no podemos decir que Heidegger supera a Platón porque sea posterior. Unos estudios académicos que asuman este modelo base, tal como sucede en las universidades españolas, no ayudan a la filosofía, la convierten en un saber historicista que sigue un modelo obsoleto.

“Los problemas y conceptos fundamentales del pensamiento filosófico deberían ser el eje de los estudios académicos, no las corrientes, los autores y los sistemas”

¿Profesores de universidad filósofos?

Mi segunda crítica es contra la excesiva especialización de los profesores universitarios. La mayoría de ellos se dedica básicamente al comentario de texto de los autores clásicos. ¿Cuántos profesores de los que hay en las facultades pueden ser calificados de filósofos? Muy pocos. Los que investigan (muchos ni escriben) lo que hacen son artículos que engordan su currículum pero que son irrelevantes. En las facultades de filosofía españolas (y supongo que en el resto del mundo es igual) se genera toda una literatura gris que nada aporta. ¿Cuántos libros se han escrito sobre el concepto de areté en Platón? ¿Es necesario escribir una y otra vez sobre lo mismo en revistas que nadie lee? Existe tanta bibliografía sobre los grandes autores clásicos que necesitaríamos varias vidas para leer toda la que un solo filósofo ha generado. No creo sinceramente que esto ayude al avance del pensamiento, aunque sirve para conseguir cátedras universitarias. Lo mismo que podemos decir de las publicaciones especializadas de filosofía lo podemos decir de los congresos. Hace años solía ir a muchos. Con el tiempo dejé de hacerlo. Ver siempre a las mismas personas hablar de lo mismo produce mucho cansancio y aburrimiento.

Hay que ser más atrevidos. Lanzarnos a intentar pensar por nosotros mismos. Algunos me critican que me defina como filósofo. ¿Cómo te atreves? ¿Quién te has creído que eres?, me dicen. Pienso que he escrito lo suficiente y que tengo un pensamiento propio que merece ese apelativo. Y si no me lo merezco tampoco pasa nada. No creo que se deba haber escrito cuarenta libros y estar en la historia del pensamiento para merecer ser llamado así. Lo relevante es el deseo de desarrollar una visión original que sea algo más que el comentario de lo dicho por otros. Necesitamos más personas que no se dejen intimidar por la palabra “filósofo”. Hacen falta menos historiadores y especialistas y más pensadores que intenten responder a los problemas básicos de la existencia humana sin ser sólo el eco de lo dicho por otros.

“Hacen falta más pensadores que intenten responder a los problemas básicos de la existencia humana sin ser sólo el eco de lo dicho por otros”

Los filósofos deben salir de la torre de marfil

La filosofía en la universidad española vive inmersa en un academicismo estéril que la está asesinando poco a poco. Es normal que cada vez haya menos estudiantes, que las facultades sean un geriátrico con un profesorado envejecido que sólo se dedica a hacer traducciones y comentarios de textos. Los filósofos deben salir de la torre de marfil e intentar responder a los retos de nuestro tiempo. Si no lo hacemos nos enfrentamos a una lenta decadencia que acabará con los estudios académicos de filosofía, que terminarán convertidos en una parte de una carrera genérica de Humanidades y en algún máster con pocos alumnos. En diez o quince años, cuando la mayoría de los catedráticos y profesores titulares se jubile, podemos enfrentarnos a una fulminación de la filosofía en la universidad, a su completo arrinconamiento y marginación. Necesitamos menos endogamia y academismo estéril, más filósofos y menos eruditos.

Sobre el autor

Roberto Augusto (1978) es licenciado y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha publicado dos libros: El nacionalismo ¡vaya timo! y En defensa del ateísmo, ambos editados por Laetoli. Es el fundador de Letra minúscula, una empresa de servicios editoriales especializada en el mundo de la autoedición.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/la-filosofia-en-la-universidad-espanola/