El pensador antifranquista

A Millán Astray no le irritaron solo las palabras de don Miguel en defensa de vascos y catalanes

Miguel de Unamuno (con barba blanca), a la salida de la Universidad de Salamanca en 1936.

Un extenso reportaje se hizo ayer en este periódico eco de las investigaciones de Severiano Delgado, bibliotecario de Salamanca. Estamos ante un intento de desmitificación, que desestima el famoso discurso de Unamuno del 12 de octubre de 1936, enfrentándose al general legionario Millán Astray, quien supuestamente habría pronunciado los gritos de “¡Mueran los intelectuales!” Y “¡Viva la muerte!”. Delgado realiza un minucioso trabajo en el cual prueba, y aquí el título del reportaje es explícito, que Unamuno nunca pronunció las conocidas palabras de respuesta a Millán Astray.

Solo que las palabras no serían esas, pero los contenidos estaban ahí. A Millán Astray no le irritaron solo las palabras de don Miguel en defensa de vascos y catalanes, unidas nada menos que a la condena de quienes hablaban de la Antiespaña, condena no pronunciada por el legionario, sino la evocación de José Rizal. Y no solamente por ser un heroico patriota filipino a quien conoció y estimaba, sino por denunciar el crimen cometido en 1896 por el general Polavieja en Filipinas, culminando una represión contra todo adversario real o supuesto, ejemplo de “la brutalidad agresiva e incivil de los militares” (relato de Vegas Latapie). Era un discurso esópico, donde el blanco inequívoco era el militarismo franquista. Lógica la reacción de Millán Astray: “¡Mueran los intelectuales traidores!”. ¿Y qué decir de la referencia en el discurso unamuniano a las mujeres que en Salamanca iban a contemplar los fusilamientos, con sus escapularios y crucifijos. Por fin, una vez limpiado de envolturas retóricas, su proclamación de “vencer no es convencer”, dicho en tales circunstancias, suponía un jaque al rey contra la conducta de los sublevados, a quienes apoyó con fuerza inicialmente. Si cambió de ideas, no fue para redimirse: esta actitud no cabía en Unamuno, tan próximo a su adversario Azaña en cuanto a la exigencia de autenticidad. No menos al denunciar el peligro de “suicidio moral” de España. José Luis Gómez acierta.

La foto de la salida del acto evita cualquier disquisición ulterior y el escrito tardío reproducido por Delgado elimina toda duda. Unamuno rechaza el “régimen de terror” en la otra zona, y también el “bárbaro, anticivil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria” que ve nacer. Es un antifranquista.

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https://elpais.com/cultura/2018/05/08/actualidad/1525800229_294166.html

La vigencia de la filosofía de Habermas

Tras la entrevista a Jürgen Habermas, comienza a hacerse necesario un repaso a sus consideraciones éticas en favor de un mundo mejor. Hace algunas décadas, él concibió una nueva forma de ética. Una manera de entender las costumbres que pudiera mejorar las relaciones entre los seres humanos, que estuviera basada sobre algo inherente de cada persona: el lenguaje. Este filósofo propuso la teoría acerca de la “ética discursiva”. La sociedad iba a tener un progreso en diversos ámbitos si es que se establecía una ética regulada por las normas lingüísticas por las cuales nos regimos. Hay algo en el lenguaje que también está en nuestro pensamiento. Esas reglas implícitas ayudarían a establecer mejores vínculos comunitarios con los demás. Lo principal era el uso del lenguaje como parte primordial de espacios de debate en la sociedad: la existencia de argumentaciones razonadas en cada individuo contribuiría a fortalecer la democracia y a tomar mejores decisiones en conjunto. Hoy en día vivimos en una realidad con argumentos falaces que apelan a los sentimientos, a autoridades erróneas e, incluso, a razones sin cuestionar. El cambio se debe generar desde esa disonancia de ideas que tanto tememos.— Juan Francisco Osores Pinillos. Lima (Perú)

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https://elpais.com/elpais/2018/05/11/opinion/1526053872_172715.html

La filosofía en la universidad española

He estudiado filosofía en la universidad durante nueve años, cuatro de la carrera y cinco haciendo un doctorado, en dos facultades diferentes: en Palma de Mallorca y en la UB, en Barcelona. Muchos son los buenos profesores que me he encontrado y he podido aprender de todos ellos. Sin embargo, también he de decir que el margen de mejora es enorme. Hay que cambiar para adaptarse a los nuevos tiempos, aunque eso suponga acabar con viejas tradiciones muy arraigadas.

Por Roberto Augusto, filósofo

Mi primera crítica es al excesivo historicismo de los estudios académicos. No se enseña filosofía, sino historia de la filosofía occidental. Según mi parecer, los problemas y conceptos fundamentales del pensamiento filosófico deberían ser el eje de los estudios académicos, no las corrientes, los autores y los sistemas.

El canon oficial es demasiado limitado. Parte de un modelo base cronológico impuesto por Hegel donde se supone que todo empieza en Grecia, después filosofía romana (poco), Edad Media (Santo Tomás, San Anselmo y San Agustín), Renacimiento (Maquiavelo, Bruno y algún otro), empiristas, racionalistas, idealistas y filosofía contemporánea. Es un planteamiento eurocéntrico donde los autores son los protagonistas. Una visión cronológica no me parece la más adecuada, porque no se puede decir que unos sistemas dejan obsoletos a los otros, tal como sucede con la ciencia. Newton supera la física de Aristóteles, pero no podemos decir que Heidegger supera a Platón porque sea posterior. Unos estudios académicos que asuman este modelo base, tal como sucede en las universidades españolas, no ayudan a la filosofía, la convierten en un saber historicista que sigue un modelo obsoleto.

“Los problemas y conceptos fundamentales del pensamiento filosófico deberían ser el eje de los estudios académicos, no las corrientes, los autores y los sistemas”

¿Profesores de universidad filósofos?

Mi segunda crítica es contra la excesiva especialización de los profesores universitarios. La mayoría de ellos se dedica básicamente al comentario de texto de los autores clásicos. ¿Cuántos profesores de los que hay en las facultades pueden ser calificados de filósofos? Muy pocos. Los que investigan (muchos ni escriben) lo que hacen son artículos que engordan su currículum pero que son irrelevantes. En las facultades de filosofía españolas (y supongo que en el resto del mundo es igual) se genera toda una literatura gris que nada aporta. ¿Cuántos libros se han escrito sobre el concepto de areté en Platón? ¿Es necesario escribir una y otra vez sobre lo mismo en revistas que nadie lee? Existe tanta bibliografía sobre los grandes autores clásicos que necesitaríamos varias vidas para leer toda la que un solo filósofo ha generado. No creo sinceramente que esto ayude al avance del pensamiento, aunque sirve para conseguir cátedras universitarias. Lo mismo que podemos decir de las publicaciones especializadas de filosofía lo podemos decir de los congresos. Hace años solía ir a muchos. Con el tiempo dejé de hacerlo. Ver siempre a las mismas personas hablar de lo mismo produce mucho cansancio y aburrimiento.

Hay que ser más atrevidos. Lanzarnos a intentar pensar por nosotros mismos. Algunos me critican que me defina como filósofo. ¿Cómo te atreves? ¿Quién te has creído que eres?, me dicen. Pienso que he escrito lo suficiente y que tengo un pensamiento propio que merece ese apelativo. Y si no me lo merezco tampoco pasa nada. No creo que se deba haber escrito cuarenta libros y estar en la historia del pensamiento para merecer ser llamado así. Lo relevante es el deseo de desarrollar una visión original que sea algo más que el comentario de lo dicho por otros. Necesitamos más personas que no se dejen intimidar por la palabra “filósofo”. Hacen falta menos historiadores y especialistas y más pensadores que intenten responder a los problemas básicos de la existencia humana sin ser sólo el eco de lo dicho por otros.

“Hacen falta más pensadores que intenten responder a los problemas básicos de la existencia humana sin ser sólo el eco de lo dicho por otros”

Los filósofos deben salir de la torre de marfil

La filosofía en la universidad española vive inmersa en un academicismo estéril que la está asesinando poco a poco. Es normal que cada vez haya menos estudiantes, que las facultades sean un geriátrico con un profesorado envejecido que sólo se dedica a hacer traducciones y comentarios de textos. Los filósofos deben salir de la torre de marfil e intentar responder a los retos de nuestro tiempo. Si no lo hacemos nos enfrentamos a una lenta decadencia que acabará con los estudios académicos de filosofía, que terminarán convertidos en una parte de una carrera genérica de Humanidades y en algún máster con pocos alumnos. En diez o quince años, cuando la mayoría de los catedráticos y profesores titulares se jubile, podemos enfrentarnos a una fulminación de la filosofía en la universidad, a su completo arrinconamiento y marginación. Necesitamos menos endogamia y academismo estéril, más filósofos y menos eruditos.

Sobre el autor

Roberto Augusto (1978) es licenciado y doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Ha publicado dos libros: El nacionalismo ¡vaya timo! y En defensa del ateísmo, ambos editados por Laetoli. Es el fundador de Letra minúscula, una empresa de servicios editoriales especializada en el mundo de la autoedición.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/la-filosofia-en-la-universidad-espanola/

Más Séneca y menos ansiolíticos

Vanidad sin control, obsesión por la seguridad, aceleración tecnológica, … ¿Qué tiene que decir el renovado interés editorial por el estoicismo sobre el mundo en el que vivimos?

Juan Arnau

Cultiva el espíritu porque obstáculos no faltarán. El consejo de Confucio podría haberlo firmado cualquiera de los filósofos estoicos. Una versión moderna de esta máxima se la debemos a Woody Allen: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Un poeta barcelonés la remató con un verso lapidario sobre el inexorable juicio del tiempo: “Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde”. Esos son, a grandes rasgos, los tres vértices del estoicismo antiguo, que parece resurgir en nuestros días. ¿Se trata de un espejismo? Las sociedades modernas se encuentran dominadas por la rentabilidad tecnocrática del selfie, la autoindulgencia (todo nos lo merecemos, sobre todo si hay desembolso) y el capricho. Se trata de fabricar un ego frágil e injustificadamente vanidoso. Una situación que supuestamente podría remediar una buena dosis de estoicismo. Dado que no podemos controlar lo que nos pasa y vivimos totalmente hacia afuera, atemorizados y estresados, dado que somos más circunstancia que nunca, quizá pueda ayudarnos esta antigua filosofía que inspiró a Marco Aurelio, un hombre que, dada su posición, conoció el estrés mejor que nadie.

No quedan muy lejos algunos ejemplos de estoicismo moderno. Wittgenstein cuenta que de joven experimentó esa sensación de que “nada podía ocurrirle”. Era un modo de decir que, ocurriera lo que le ocurriera (una bala perdida, un cáncer), sabría aprovechar la experiencia. Una actitud que le permitió asumir el puesto de vigía en medio del fuego cruzado durante la primera gran guerra. Algo parecido encontramos en Simone Weil, siempre arriesgándose, ya fuera en la fábrica de la Renault o en los hospitales de Londres, con la humildad como valor supremo, que hace que el ego no apague la llama de lo divino. Curiosamente, la actitud de estos dos grandes filósofos, en los que reviven los viejos ideales grecolatinos, contrasta con algunas obsesiones actuales. Desde el miedo al propio cuerpo, que requiere un examen continuado, hasta la obsesión por la seguridad (to feel safe, to feel at home). Como si un escáner o un refugio pudieran otorgar esa tranquilidad, como si hubiera que encerrarse para sentirse seguro. Mientras un mandatario reciente se preguntaba cuánto dinero necesitaba para sentirse seguro y, al no hallar la cifra, se consagró a amontonar capitales, Wittgenstein se exponía en la trinchera y Weil en la columna de Durruti.

Imaginen a Zuckerberg abrazando esta filosofía; pues bien, eso es lo que hizo el emperador Marco Aurelio

El estoicismo supone, como apuntó Zambrano, la recapitulación fundamental de la filosofía griega. En este sentido fue y es tanto un modo de vida como un modo de estar en el mundo. Zenón de Citio, natural de la colonia griega de Chipre, figura como fundador de la escuela. Tenían algo en común con los cínicos, sobre todo la vida frugal y el desprecio de los bienes mundanos, y reflexionaron sobre el destino y la relación entre naturaleza y espíritu. Hubo un estoicismo medio (platónico, pitagórico y escéptico), pero los que dieron fama a la escuela fueron sus representantes romanos: un emperador, un senador y un esclavo. Todos ellos surgieron, como ahora, al abrigo del Imperio. Aquel imperio era militar, el de hoy es tecnológico. Imaginen ustedes a Zuckerberg abrazando el estoicismo; pues bien, eso es lo que hizo el emperador Marco Aurelio. Séneca nació en la periferia del Imperio, en la colonia bética de Hispania, pero fue una figura fundamental de la política en Roma, senador con Calígula y tutor de Nerón. Epicteto había llegado a la ciudad siendo un esclavo. Cuando fue liberado fundó una escuela, y aunque, siguiendo el ejemplo de Sócrates, no escribió nada, sus discípulos se encargarían de transmitir su legado.

Moralistas y contemplativos, todos ellos defendieron la vida virtuosa, la imperturbabilidad y el desapasionamiento, sentimientos todos ellos muy poco rentables para una sociedad del entretenimiento. El estoicismo conquistó gran parte del mundo político-intelectual romano, pero, a diferencia del 15-M, no cristalizó en “partido”, sino que se decantó en norma de acción y su influencia alcanzaría a grandes filósofos como Plotino o Boecio. No entraremos a describir su refinada lógica, pero merece la pena recordar que la subordinaban a la ética. Al contrario de hoy, al menos en el mundo financiero, donde el algoritmo domina la moral. Destaca en ella su doctrina de los indemostrables, probablemente de origen indio. Concebían el alma como un encerado donde se graban las impresiones. De ellas surgen las certezas (si el alma acepta la impresión) y los interrogantes (si es incapaz de ubicarla). Para los estoicos, el mundo era, como para nosotros, sustancialmente corporal, pero su física no niega lo inmaterial. Concibe la naturaleza como un continuo dinámico, cohesionado por el pneuma, un aliento frío y cálido, compuesto de aire y fuego. Heredaron de Heráclito el fuego como principio activo y primordial, del que han surgido el resto de los elementos y al que regresarán. Como el humor o el llanto, el pneuma no se desplaza, sino que se “propaga”, contagiando alegría o enfermedad.

Hoy no estaría de más poner en práctica algunos de sus principios. El imperativo ético de vivir conforme a la naturaleza, que nuestro planeta agradecería. El ejercicio constante de la virtud, o eudemonía, que permite el desprendimiento. Y, finalmente, lo que Nietzsche llamó el amor fati, la aceptación y querencia del propio destino, remedio eficaz para todo aquello que produce desasosiego. No puede decirse que estos principios proliferen en nuestros días. Si un viejo estoico pudiera asomarse a nuestro tiempo, vería, en las grandes desigualdades propiciadas por la economía financiera, un descuido de sí, un olvido de esa autonomía moral que evita que se desaten emociones como el miedo y la vanidad, que crean la codicia. Emociones contrarias a la razón del mundo que, en nuestro caso, es la razón del planeta.

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https://elpais.com/cultura/2018/04/27/babelia/1524838978_764302.html

Crónica de la ilusión comunista

El historiador británico Gareth Stedman Jones sitúa en una monumental y rigurosa biografía las ideas de Karl Marx más allá del mito y en el contexto en que surgieron

La alienación, la lucha de clases, la plusvalía, el capital. El trabajo como valor, el materialismo histórico, el choque entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. La dictadura del proletariado, el comunismo. Esta ensalada de conceptos remite, sobre todo, a un pensador, Karl Marx (el otro, siempre en segundo plano, es su amigo Friedrich Engels). Vino al mundo en Tréveris, al sureste de Renania, el 5 de mayo de 1818, y doscientos años después de su nacimiento su descomunal obra sigue sometida al escrutinio. La biografía de Gareth Stedman Jones tiene el enorme valor de quitarle al personaje los lastres que lo han convertido en el gran mito de la revolución para devolver su pensamiento al mundo en el que surgió. Karl Marx. Ilusión y grandeza(Taurus; traducción de Jaime Collyer), más de 800 páginas, transita de su vida privada a la pública, de sus estudios a barullo de la política, bucea en sus referentes, da cuenta de sus desafíos, y muestra las contradicciones y los logros de aquel lejano filósofo y hombre de acción, cuya ideas terminaron por transformar radicalmente el mundo en una dirección que ni siquiera llegó a imaginar.

Prusia, hacia 1835. Es la época en la que Marx estudia en Bonn y Berlín y entra en contacto con las ideas de los jóvenes hegelianos. “La crítica de todos estos pensadores radicales a las limitaciones del cristianismo para transformar el mundo prenden en el joven Marx”, explica Stedman Jones, catedrático de Historia de las Ideas en la Universidad de Londres. “Hay también otros elementos que influyen en un ambiente cargado por el interés en la cuestión social. Ni la revolución de 1830 en Francia, que no conduce a una verdadera república sino a una monarquía que solo facilita mayores derechos a una minoría, ni las reformas en Inglaterra, que no logran ampliar el sufragio a amplias capas de la población, han producido cambios considerables”. Así que los obreros empiezan a organizarse. El joven Marx empieza a escribir en revistas

La familia de Marx era judía, pero su padre se bautizó en la Iglesia evangélica de Prusia en algún momento entre 1816 y 1819. Karl se casó en 1843 con Jenny Westphalen, una joven de una familia aristocrática que luego formó también parte de la Liga de los Comunistas. Tuvieron siete hijos, de los que murieron cuatro siendo niños y solo sobrevivieron tres mujeres, dos de las cuales terminarían más adelante suicidándose. Desde muy pronto vivió con ellos Lenchen, una criada que heredaron de la familia Westphalen, y que tuvo un hijo con Marx. La pobreza fue la gran pesadilla que los acompañó durante largos trechos de su vida. Sin la ayuda económica de Engels, que procedía de una familia de un rico industrial, Marx no hubiera podido consagrarse a su obra.

“Era un pater familias que quería controlarlo todo”, cuenta Stedman Jones. “Una de sus hijas se enamoró de un communard francés, pero Karl y Jenny preferían que se casara con alguien más respetable. Así que no le permitían verlo. La muchacha tuvo que encontrar un trabajo en Brighton para mantener la relación, pero hasta allí llegó la mano de su madre. Y aquello no prosperó. Quisieron siempre mantener la imagen de una familia burguesa respetable. Cuando Lenchen quedó embarazada, los Marx decidieron contar que el responsable era Engels. Y este, en su lecho de muerte y como no podía hablar porque tenía un cáncer de lengua, escribió con tiza en una pizarra: ‘Yo no fui el padre, el padre fue Marx”.

Transformar el Estado prusiano en un Estado racional no termina de funcionar, los periódicos radicales son cerrados, y Marx se traslada a París. Allí va a soldar su amistad con Friedrich Engels durante unos intensos días del verano de 1844. Marx es el editor de una publicación en el exilio, los Anales franco-alemanes, donde llega un texto de Engels que cuestiona la economía política del capitalismo y donde recoge la crítica a la propiedad de Proudhon. Sus ideas le interesan. Van a conectar: es hora, no solo de interpretar el mundo, sino de transformarlo. “Son personas muy distintas en lo que toca a su formación política y teórica. Engels conecta con las inquietudes sociales del socialista utópico Robert Owen y no sabe nada de Hegel, inspiración central de Marx. Pero a ambos les interesa Feuerbach, que ha mostrado las limitaciones del cristianismo y considera que es tarea del movimiento obrero la de restaurar el verdadero humanismo”. Ha llegado la hora de emancipar a la clase obrera. Marx y Engels empiezan a trabajar en el Manifiesto comunista, que el primero completa en enero de 1848.

En febrero estalla la revolución en Francia, y poco después se proyecta por otros lugares de Europa. “No es tanto lo que quiera hacer el proletariado sino lo que le toca hacer como clase, eso es lo que defienden”, observa Stedman Jones. Pero otro pensador, Max Stirner, critica esa lectura: “¿Cómo que es una prioridad de los trabajadores emancipar a la humanidad? Eso suena a cristianismo. Marx se afana en responderle, pero no llega a ser convincente. Es cosa de la lucha de clases, viene a decir, pero es no es más que un anhelo. No una realidad, como pretende su teoría”.

Fracaso y comuna

La revolución fracasa. “Los trabajadores lucharon entonces por el sufragio universal y por tener empleo, aquello no tuvo nada que ver con un alzamiento del proletariado contra la burguesía. Lo que pretendían era ser reconocidos como ciudadanos de la república”, dice Stedman Jones. Marx se traslada entonces a Bruselas, empieza a trabajar en El capital, sigue vinculado a los movimientos obreros. Con el tiempo surge la Primera Internacional, las luchas del proletariado empiezan a canalizarse con los socialdemócratas. Marx se convierte en un mito cuando defiende, en 1870, a la Comuna de París. En 1883 muere en Londres, donde se había instalado definitivamente en 1849.

“Es Engels el que defiende que el capitalismo va a derrumbarse por sus propias contradicciones”, explica Stedman Jones. “Marx no cree que la revolución vaya a ser un acontecimiento. No es la toma de la Bastilla, sino más bien un proceso, una transición que se parece más bien a la que hubo del feudalismo al capitalismo”.

¿Y cómo imaginaba el comunismo? “Los que se llamaban comunistas, allá por 1840, eran los que creían en compartir la propiedad. Engels era uno de ellos. Marx, no. Él pensaba, más bien, en un regreso a los orígenes de la sociedad. Cuando entre aquellos lejanos cazadores y recolectores había más recursos que personas, una cierta abundancia, no tenía sentido hablar de propiedad, que es algo que solo surge cuando hay escasez. Todo esto es de Adam Smith. La fantasía de Marx era que la sociedad industrial generaría tantos recursos que ya no haría falta ni propiedad, ni leyes, ni gobiernos, ni Estado”. De ese proyecto, ya luego vino todo lo demás.

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https://elpais.com/cultura/2018/04/04/actualidad/1522865179_665829.html

Mary Wollstonecraft, la primera filósofa feminista de la historia

Causó un enorme revuelo en su época. La vida y la obra de Mary Wollstonecraft son un ejemplo de la búsqueda de la independencia, que trató de contagiar a las mujeres de su tiempo, pero también, y muy especialmente, a las generaciones que estaban por venir.

La vida de Mary Wollstonecraft parecía destinada a ser la típica de una mujer del siglo XVIII. Nacida en una familia de clase media de Spitalfields (Inglaterra) el 27 de abril de 1759, su personalidad se vio a menudo sacudida por los vaivenes económicos, los continuos traslados y las esporádicas agresiones de su progenitor a su madre, a la que Mary trataba a menudo de defender, pues ya de pequeña se antojaba como una mujer de fuerte carácter.

Dos amigas esenciales en la vida de Mary Wollstonecraft

Gracias a la que fuera su primera gran amiga, Jane Arden, hija de un famoso filósofo, Mary pudo comenzar a dar clases y sumergirse en un ambiente de intelectualidad que ya no abandonaría. Fue en esos años cuando se desarrollaron dos de los más importantes valores que perseguiría a lo largo de su vida: la racionalidad y el respeto por el ser humano, fuera este del sexo que fuera.

Su segunda gran amistad, y que duraría toda la vida, sería con Fanny Bloom, con quien Mary comenzaría a vislumbrar una vida diferente a la que llevaban las mujeres de su época. Si bien Fanny era menos “revolucionaria” que Mary, ambas proyectaban una existencia similar, en donde la amistad pudiera sobreponerse a la mentalidad de la época, llegando incluso a plantearse ir a vivir juntas y solas, aportándose ambas cariño y compañerismo. De hecho, junto a las hermanas de Mary, llegaron a fundar una escuela en Newington Green, pero el proyecto no terminó llegando a buen puerto por la delicada salud de Fanny, que con su marido, Hugh Skeys, se trasladó a vivir a Portugal buscando un clima más adecuado. Sin embargo, fue en vano, pues fallecería poco después al dar a luz a su hijo, hecho que destrozó a Wollstonecraft.

El primer paso hacia el resto de su vida

“Vindicación de los derechos de la mujer” es la obra maestra de Mary Wollstonecraft. La editorial Akal ha publicado este libro comentado por Sheila Rowbotham, profesora de Género e Historia del Trabajo en la Universidad de Manchester.(Inglaterra).

Tras la dolorosa muerte de Fanny, Mary viajó a Irlanda, donde encontró trabajo como institutriz de los hijos de Lord Kinsborough, siendo esta vigorosa pensadora una enorme influencia, a pesar de que sus pensamientos y actitud no casaban con los de Lady Kinsborough. Durante esos años se empiezan a desarrollar las dotes literarias de Mary Wollstonecraft, que escribe y publica su primera obra, destinada al público infantil: Relatos originales de la vida real, que verá la luz en 1788. Puede que la publicación de este libro fuera el primer paso hacia el resto de su vida.

Cansada de la enseñanza y frustrada al ver las pocas opciones laborales que la sociedad de la época ofrecía a una mujer cultivada (pero no rica), tomó una decisión fulminante: marchar sola a Londres y convertirse en escritora por méritos propios. Algo terriblemente novedoso en aquella época, a lo que Mary Wollstonecraft no prestó atención: “Seré la primera de un nuevo género”. Dicho y hecho. Apoyada por el editor liberal Joseph Johnson (quien había publicado ya sus primeros trabajos, Reflexiones sobre la educación de las hijas y Mary. Una ficción), se estableció en Londres, aprendió francés y alemán para poder realizar traducciones y empezó a escribir reseñas literarias en el Analytical Review de Johnson. Ese trabajo fue una verdadera bendición para Mary, no solo porque la gran cantidad de lecturas le permitían aumentar sus conocimientos y capacidades intelectuales, sino porque pudo codearse con algunos grandes intelectuales de la ciudad, como Thomas Paine o el ideólogo del anarquismo William Godwin, que más tarde tendrá un papel importante en su vida.

Humillación pública por amor

Es también en esa época en la que Mary cae en el amor romántico, pues se enamora y conquista al pintor Henry Fuseli. ¿El problema? Fuseli estaba casado, pero eso no parecía un obstáculo para la filósofa, que llegó a plantear la posibilidad de que él, ella y la esposa de Fuseli vivieran juntos, en una especie de triángulo amoroso de mutuo acuerdo. La idea horrorizó tanto a la esposa del pintor como a este, que tomó la decisión de abandonar a Mary. Y no solo eso; el rumor se corrió por la ciudad, lo que le costó la humillación pública. Ante tal perspectiva tomó una decisión: mudarse a otro lugar que le resultara más interesante y anónimo.

Su obra más importante es “Vindicación de los derechos de la mujer”, una de las primeras obras feministas de la historia

Revolución por los derechos de la mujer

Mary Wollstonecraft había seguido con enorme interés los sucesos revolucionarios que se estaban produciendo en Francia, por lo que tomó la decisión de trasladarse a París para vivirlos de primera mano. Sentía que ese era el punto de partida de los cambios sociales que ella deseaba, y en su defensa escribió en 1790 Vindicación de los derechos del hombre, obra en la que rebatía las opiniones del antirrevolucionario pensador inglés Edmund Burke. Mary llegó a París en 1792, un mes antes de que la Revolución rebanara la cabeza de Luis XVI y toda Francia se sumiera en la confusión. Es en esa época cuando lee el documento que Charles Maurice de Talleyrand-Périgord envía a la Asamblea Nacional Constituyente y en el que recomienda que la educación de las mujeres se mantenga simplemente a nivel doméstico. Sintiendo que la oportunidad que tanto anhelaba se le escapaba entre los dedos, Mary publica la que será su obra maestra: Vindicación de los derechos de la mujer, un ensayo que se convertiría en una de las primeras obras feministas de la historia (si bien ese término no se haría popular hasta un siglo después).

En su escrito, Mary Wollstonecraft defiende el derecho y la importancia que tiene el que las mujeres puedan ser educadas como los hombres, sosteniendo que tanto unos como otros son seres humanos y, por tanto, sujetos a los mismos derechos y responsabilidades. Cabe destacar, sin embargo, que la obra ha tenido a lo largo de los siglos visiones diferentes, pues ya Wollstonecraft esperaba que los lectores no concluyeran que pretendía “invertir el orden de las cosas”. No dice que hombres y mujeres sean iguales, o que las mujeres deban tener un papel superior a los hombres. Sostiene que ambos son iguales “a los ojos de Dios” y, por tanto, han de tener las mismas reglas morales y las mismas oportunidades. De hecho, ante la incultura mayoritaria de las mujeres de su siglo, apelará a los mismos hombres a que sean el motor del cambio social que es necesario llevar a cabo: “Les ruego que ayuden a sus compañeras a ser independientes, para que ellas sean su mayor apoyo”.

Razón frente a pasión

Vindicación de los derechos de la mujer es, ante todo, una obra en defensa de la racionalidad, el elemento propio del ser humano, sea este un hombre o una mujer. Mary Wollstonecraft se posiciona ante la opinión general de que las mujeres son seres sentimentales, sin capacidad racional, aduciendo que ese rasgo es un producto de la cultura de la época, no algo inherente a la mujer. Al igual que David Hume, considera que razón y pasión son piezas fundamentales que componen a cualquier persona, negando que cada una de ellas pueda separarse y atribuirse a un sexo. De ahí que Wollstonecraft apueste por una feminidad distinta, consciente de su capacidad racional y voluntad de controlar sus emociones, de modo que la mujer alcance una nueva posición en la sociedad y las relaciones, basadas en el compañerismo y el respeto.

Carta escrita y firmada por Mary Wollstonecraft dirigida a la historiadora británica Catharine Macaulay en 1790. Fuente: New York Public Library. Bajo licencia CC-PD-Mark.

Pero lo cierto es que la autora, en ese momento de su vida, no fue capaz de aplicarse los principios de su filosofía, pues se enamoró perdidamente del americano Gilbert Imsay y fruto de la pasión descontrolada de ambos nació su primera hija, Fanny Imsay (en honor a su mejor amiga), el 14 de mayo de 1794. Por aquel entonces, Mary se había trasladado a vivir al norte Francia, a El Havre, y se había registrado como esposa de Imsay a pesar de que ambos no estaban casados. La razón de este traslado fue el peligroso horizonte que se planteaba en París, pues con el comienzo de la guerra entre Inglaterra y Francia los extranjeros pasaron a ser todos sospechosos, algo que hizo que muchos de sus amigos dieran con los huesos en la cárcel cuando no con la cabeza en la guillotina.

Pese al amor idealizado que Mary sentía por Gilbert, este no compartía sus sentimientos. Más aún, parecía no sentirse en absoluto cómodo con esa nueva Mary, casera, maternal y comprometida. Así, sus visitas se fueron espaciando en el tiempo, sus ausencias empezaron a ser cada vez más largas y sus cartas, más y más escasas. Loca de celos y hundida en la desesperación, Wollstonecraft tenía el convencimiento de que Imsay estaba con otra mujer y con la intención de recuperarlo lo persiguió hasta Inglaterra en 1795, solo para ser rechazada de nuevo y constatar la infidelidad.

Ante la brusca ruptura tomó la decisión de suicidarse (un primer intento por sobredosis, de la cual sería salvada Imsay, y un segundo saltando desde un puente), haciéndolo, eso sí, de un modo totalmente racional: “Solo tengo que lamentar que, cuando la amargura de la muerte había pasado, fui inhumanamente traída de vuelta a la vida y la miseria. Pero tengo la firme determinación de que esa decepción no me desconcierte; no dejaré que lo que fue uno de los actos más calmados de mi razón quede como un intento desesperado. En lo que a ello respecta, solo tengo que rendir cuentas a mí misma.”

Tratando de disparar su último cartucho y reconquistar al aventurero americano, se embarcó en un viaje por Escandinavia con el fin de ayudar a Imsay en sus negocios, cuyos errores le habían costado una fortuna. De ese viaje surgiría el libro Cartas escritas durante una breve estancia en Suecia, Noruega y Dinamarca, que, curiosamente, al ser publicado en 1796, sería la chispa de su siguiente romance con su amigo el filósofo anarquista William Godwin: “Si alguna vez hubo un libro hecho para que el lector quedara enamorado de su autor, para mí es este. Ella habla de su dolor de un modo que te llena de melancolía y te deshace en ternura, al mismo tiempo que demuestra una genialidad que inspira una gran admiración.”

Apeló a los hombres: “Les ruego que ayuden a sus compañeras a ser independientes”

Los últimos años de Mary Wollstonecraft

Ambos, Wollstonecraft y Godwin, se conocían desde hacía años y era su relación de cordial e intelectual amistad, si bien, con el nuevo rumbo, se convirtieron en una pareja estable, respetuosa y cariñosa que, sin embargo, no estaba exenta de ciertas peculiaridades. Ambos se trasladaron a vivir a casas separadas pero adosadas, de modo que estando juntos pudieran mantener su intimidad. Y el experimento debió funcionar, pues muy pronto Mary volvía a estar embarazada. Eso planteaba un problema, pues si querían que la niña no volviera a ser ilegítima, era necesario que se casaran antes. El problema era que, al hacerlo, se descubriría que Mary nunca se había casado con Imsay, lo que sería un verdadero escándalo en la sociedad de la época… Y así fue. El conocimiento de que Mary había tenido hijos sin estar casada le costó a la pareja buena parte de sus amistades. El 30 de agosto de 1797 llegó al mundo la pequeña Mary, que habría de pasar a la historia de la literatura como autora de uno de los libros más famosos que existen: Frankenstein, y en cuanto a su vida personal, como esposa de uno de los grandes poetas románticos, Percy B. Shelley.

Placa en recuerdo de Mary Wollstonecraft en la que fue su última residencia en Inglaterra, donde murió. Autor: Ellaroth. Bajo licencia CC-BY-SA-3.0.

Pero el nacimiento de la pequeña Mary significó el principio del fin para su madre, Mary Wollstonecraft, pues la placenta se infectó durante el parto y, tras esto, hubo de sufrir durante varios días hasta que la septicemia se cobró su vida, el 10 de septiembre del mismo año. Roto de dolor, Godwin quiso homenajear a su esposa publicando Memorias de la autora de vindicación por los derechos de la mujer, pero consiguió lo opuesto. El libro, escrito con todo el amor y admiración posible, revelaba los detalles de la vida de Mary, que pasarían a ser de dominio público: su intento de suicidio con una hija pequeña, sus peculiares visiones de las relaciones, su posicionamiento en defensa de la mujer, sus relaciones ilegítimas… Demasiado para la puritana época. Todo ello convirtió a la autora en una repudiada durante casi un siglo, hasta que los diferentes movimientos feministas decidieron hacerse eco de su figura.

El legado de Mary Wollstonecraft

Hoy Mary Wollstonecraft es considerada como una de las mujeres más trascendentes del mundo moderno. Una filósofa que no permitió que nadie le negara la visión de la mujer que sentía que era cierta, con una independencia como ninguna otra había soñado antes y con el objetivo de convertirse en una figura intelectual de renombre. Cultivó multitud de géneros: el ensayo, el tratado, la novela, el cuento, los libros de viajes, etc., demostrando que si un hombre podía vivir de su intelecto, una mujer no estaba menos capacitada para ello. Se comprometió de por vida con la racionalidad, sosteniendo que la misma era la clave bajo la cual los humanos podrían vivir en la Tierra y crear un orden social justo y estable. Pese a morir con tan solo 38 años, se hizo un nombre para el resto de la historia, estableciendo las bases de la igualdad entre hombres y mujeres, y convirtiéndose por méritos propios en una importante figura.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/mary-wollstonecraft-la-primera-filosofa-feminista/

Hannah Arendt: “En la noche que se les había concedido, se suicidó”

Carta en la que la pensadora relata las circunstancias de la muerte de su amigo Walter Benjamin

En septiembre de 1940 el filósofo Walter Benjamin se quitó la vida en Portbou (Girona) por miedo a ser entregado a los nazis. En esta carta, que forma parte de la correspondencia entre Hannah Arendt y Gershom Scholem que publica Trotta esta semana, la pensadora relata las circunstancias de la muerte de su amigo.

Querido Scholem:

Miriam Lichtheim me dio su dirección y me transmitió sus saludos. Aunque creo que sin este empujón también me hubiera animado a escribirle, debo reconocer que ha sido un empujón muy efectivo.

Wiesengrund me dijo que le hizo llegar un informe detallado sobre la muerte de Benjamin1. Yo misma me he enterado al llegar aquí de algunos detalles nada irrelevantes. Quizá tampoco esté demasiado cualificada para exponer los hechos, pues apenas había contado nunca con un desenlace como este, de manera que durante varias semanas después de su muerte creí todavía que era todo un chismorreo de emigrantes. Y esto a pesar de que precisamente en los últimos años y meses éramos muy amigos y nos veíamos con regularidad.

Al comienzo de la guerra estuvimos todos juntos de veraneo en un pequeño nido francés cerca de París. Benji estaba en excelente forma, había acabado partes de su Baudelaire2 y pensaba —con razón, según mi opinión— que estaba a punto de hacer cosas óptimas. El estallido de la guerra le asustó en seguida sobremanera. El primer día de la movilización huyó de París a Meaux por miedo a los ataques aéreos. Meaux era un famoso centro de la movilización, con un aeropuerto de gran importancia militar y una estación de tren que constituía un punto estratégico para toda la concentración de tropas. La consecuencia fue por supuesto que desde el primer día las alarmas aéreas no cesaron, y Benji volvió rápidamente bastante espantado. Llegó justo a tiempo para que lo encerraran en un campo de internamiento. En el campo provisional de Colombes, donde mi marido [Heinrich Blücher] mantuvo largas conversaciones con él, se encontraba muy desesperado. Y ello naturalmente por buenos motivos. En seguida puso en práctica una forma peculiar de ascetismo, dejó de fumar, regaló todo su chocolate, se negó a lavarse, a afeitarse o incluso a moverse. Tras su llegada al campo definitivo no se sintió tan mal en realidad: tenía a su alrededor un grupo de chavales jóvenes que le tenían aprecio, que querían aprender de él y que le libraron de todo tipo de cargas3. Cuando volvió a mediados o finales de noviembre estaba más bien contento de haber hecho esa experiencia. También había desaparecido por completo su pánico inicial. En los meses siguientes escribió las Tesis filosófico-históricas, de las que también le envió a usted, como me dijo, una copia4, y de las que podrá deducir usted que andaba sobre la pista de cosas nuevas. No obstante, en seguida se sintió bastante temeroso de la opinión del Instituto. Usted sabrá seguramente que el Instituto le había comunicado antes del comienzo de la guerra que su honorario mensual ya no estaba asegurado y que debería intentar buscar otra cosa. Eso le entristeció mucho, aunque la verdad es que tampoco estaba muy convencido de la seriedad de esta pretensión. Pero en lugar de mejorar su situación, esto la hizo aún más difícil. Este miedo desapareció con el estallido de la guerra, pero siguió temiendo la reacción a sus teorías más recientes y por cierto bastante poco ortodoxas. En enero, uno de sus jóvenes amigos del campo, que casualmente era también un amigo o discípulo de mi marido, se suicidó. Fundamentalmente por razones personales. Esto le afectó de manera extraordinaria, y en todas las conversaciones tomaba partido por este chico y su decisión con una vehemencia realmente apasionada.

En la primavera de 1940 todos emprendimos el camino del consulado americano con el corazón pesaroso, y, a pesar de que ahí se nos explicó de forma unánime que tendríamos que esperar entre dos y diez años hasta que nos llegara el turno en la lista de espera, los tres empezamos a tomar clases particulares de inglés. Ninguno de nosotros se lo tomó muy en serio, pero Benji aspiraba a aprender lo suficiente como para poder decir que no le gustaba en absoluto ese idioma. Y lo logró. Su horror a América era indescriptible, y ya entonces dicen que había comunicado a amigos que preferiría una vida más corta en Francia a una más larga en Estados Unidos.

Todo esto acabó rápido cuando, a partir de mediados de abril, a todos los internados liberados hasta la edad de 48 años se les realizó un reconocimiento médico con el fin de determinar si eran aptos para el servicio de trabajo militar. Este servicio de trabajo en realidad solo era otra palabra para el internamiento de trabajos forzados y, en comparación con el primer internamiento, significó en la mayoría de los casos un empeoramiento. Que iban a declarar a Benji no apto estaba claro de antemano para todos, excepto para él. En este tiempo anduvo muy irritado y me explicó repetidas veces que no podía pasar otra vez por el mismo drama. Luego, naturalmente, fue declarado no apto. Independientemente de esta medida, a mediados de mayo vino el segundo y más minucioso internamiento, del cual usted ya habrá tenido noticia. Tres personas se libraron de milagro, entre ellas Benji. No obstante, en medio del caos de la administración nunca pudo saber si y por cuánto tiempo iba la policía a acatar una orden del Ministerio de Exteriores, y si no lo iba a detener sin más. Yo misma ya no lo vi más por entonces, porque también me habían internado5, pero unos amigos me contaron que ya no se atrevía a salir a la calle y que se hallaba en un estado de pánico constante. Logró salir de París con el último tren. Solo llevaba consigo un pequeño maletín con dos camisas y un cepillo de dientes. Se dirigió, como sabe usted, a Lourdes. Cuando yo salí de Gurs a mediados de junio, también fui a Lourdes por casualidad y me quedé ahí varias semanas por iniciativa de él. Era el momento de la derrota; pocos días después ya no circulaban los trenes; nadie sabía dónde habían quedado familias, hombres, niños o amigos. Benji y yo jugábamos al ajedrez de la mañana a la noche y en las pausas leíamos el periódico, si lo había. Todo esto estuvo bastante bien hasta el instante en que se proclamó el armisticio con la famosa cláusula de extradición6. Evidentemente a continuación nos sentimos bastante peor, aunque no puedo decir que Benji realmente entrara en pánico. Al poco tiempo supimos de los primeros suicidios de internados mientras huían de los alemanes, y Benjamin por primera vez empezó a hablar conmigo y de manera repetida del suicidio. De que justamente quedaba esta salida. Ante mi protesta sumamente enérgica de que a uno siempre le quedaba tiempo para eso, repitió de manera muy estereotipada que esto nunca se podía saber y que en ningún caso debería uno retrasarse demasiado. Por otra parte hablábamos de Norteamérica. Parecía haberse reconciliado más con esta idea que antes. Tomó en serio una carta del Instituto en la que se le explicaba que se estaban haciendo todos los esfuerzos para llevarlo allí. Menos en serio se tomó otra declaración que decía que iba a formar parte del consejo editorial de la revista con un salario asegurado7. Lo tomó por un contrato simulado para facilitarle un visado. Tenía mucho miedo, parece que sin razón, de que una vez aquí le pudieran dejar en la estacada. A principios de julio salí de Lourdes para ponerme à la recherche de mon mari perdu [en busca de mi marido perdido]. Benji no estaba muy entusiasmado, y yo dudé durante mucho tiempo si no debería llevarlo conmigo. Pero esto hubiera sido sencillamente irrealizable. Ahí estaba tan a salvo de las autoridades locales (con un escrito de recomendación del Ministerio de Exteriores) como no lo podría haber estado más en ninguna otra parte. Hasta septiembre solamente tuve noticias suyas por carta8. Mientras tanto, la Gestapo había estado en su piso y había confiscado todo. Me escribió muy deprimido. Aunque entretanto se han recuperado sus manuscritos, tenía entonces razones para dar todo por perdido. —

En septiembre fuimos a Marsella, porque nuestros visados ya habían llegado allí. Benji ya estaba allí desde agosto, dado que su visado había llegado a mediados de ese mes. También estaba en su poder el famoso Transit [visado de tránsito] español y, por supuesto, el portugués. Cuando lo vi de nuevo, a su visado español tan solo le quedaban ocho o diez días de validez. No había entonces ninguna esperanza de obtener una visa de sortie [visado de salida]. Me preguntó desesperado qué debía hacer y si no podríamos encontrar rápidamente visados españoles para poder cruzar la frontera todos juntos. Le dije y le mostré que era inútil y que por otro lado él debía salir ya, pues los visados españoles en aquel tiempo ya no se renovaban. Además le dije que me parecía muy incierto cuánto tiempo más iban a existir estos visados en general y que no debería uno arriesgarse a dejarlo caducar. Que evidentemente lo mejor sería que los tres fuéramos juntos, que luego debía venir a Montauban, donde estaríamos nosotros, pero que nadie podía asumir la responsabilidad de todo ello. A lo cual sí que decidió partir precipitadamente. Los dominicos le habían dado una carta de recomendación para algún abad español. Esta nos impresionó mucho entonces, aunque era totalmente absurda. — En aquellos días en Marsella mencionó nuevamente intenciones de suicidio. — Lo demás lo sabrá usted seguramente: que tuvo que partir con personas que le eran  completamente desconocidas; que eligieron el camino más largo, que implicó una caminata a pie por la montaña de aproximadamente siete horas; que por razones inconcebibles destruyeron sus  documentos de residencia franceses y así se impidieron ellos mismos la vuelta a Francia; que luego llegaron a la frontera española justamente veinticuatro horas después de su cierre a personas sin pasaporte nacional —a todos tan solo nos quedaban los papeles del consulado americano—; que Benji se había derrumbado varias veces ya en la ida; que a la mañana siguiente deberían ser entregados en la frontera española, y que él, en la noche que se les había concedido, se suicidó. Cuando meses más tarde llegamos a Portbou, buscamos su tumba en vano: no se podía encontrar, en ninguna parte ponía su nombre. El cementerio da a una pequeña bahía, directamente al Mediterráneo, está esculpido en terrazas de piedra; en aquellos pedrizos también se mete los ataúdes. Es con diferencia uno de los lugares más fantásticos y hermosos que he visto jamás en mi vida.

El Instituto tiene el legado, pero de momento no se atreve a publicar nada en lengua alemana9. Me pregunto si independientemente de esto no se podrían publicar las Tesis filosófico-históricas en Schocken. Me regaló el manuscrito y el Instituto tan solo lo obtuvo gracias a mí. Querido Scholem, esto es todo lo que le puedo decir, y lo he hecho lo más escrupulosamente que he podido y con los menos comentarios posibles.

A usted y a su mujer saludos afectuosos de Monsieur y míos.

Suya,

Hannah Arendt [a mano]

1. Tras una primera carta del 8 de octubre de 1940, que comenzaba con la frase: «Walter Benjamin se ha quitado la vida», el 19 de noviembre Adorno escribía otra carta a Scholem en la cual le daba detallada cuenta de lo que sabía de la muerte de Benjamin.

2. En julio de 1939 Benjamin terminó el ensayo «Sobre algunos motivos de Baudelaire», publicado en enero de 1940 en el último número doble de la Zeitschrift für Sozialforschung (8 [1939, e. d., 1940]/1-2, pp. 50-89) que vio la luz en Europa [Obras, libro I, vol. 2, Abada, Madrid, 2008, pp. 204-260].

3. Benjamin fue internado en «Clos St. Joseph», en Nevers.

4. Por lo que se sabe, la copia manuscrita de las «Tesis sobre la filosofía de la historia» que Benjamin mandó a Scholem se extravió durante el envío. Había otra copia que Arendt entregó a Adorno, en su calidad de albacea del legado literario de Walter Benjamin, tras su llegada a Nueva York.

5. Arendt estuvo internada en un campo de mujeres en Gurs en el sur de Francia durante cinco semanas, entre mayo y junio de 1940. Pudo escapar aprovechando el vacío de poder durante el armisticio.

6. El tratado de armisticio de Compiègne, del 22 de junio de 1940, obligaba al gobierno francés a la derogación del derecho de asilo y a la puesta en libertad de todos los prisioneros de guerra y civiles alemanes. Además, el gobierno se comprometía a extraditar, «a requerimiento», a todos los antiguos ciudadanos alemanes, presentes en Francia o en los territorios franceses.

7. Adorno envió una carta de apoyo a Benjamin el 15 de julio de 1940, igual que una declaración formal del Instituto de Investigación Social el 17 de julio de 1940, en la que este se manifestaba dispuesto a mantener a Benjamin en Estados Unidos como editor de la revista.

8. Estas cartas se publicaron en D. Schöttker y E. Wizisla (eds.), Arendt und Benjamin, Fráncfort M., 2006.

9. La revista del Instituto apareció a partir de 1940 con el título inglés Studies in Philosophy and Social Science (SPSS).

10. Jenny Blumenfeld, la esposa de Kurt Blumenfeld, se quedó en Palestina durante el viaje a Estados Unidos de su marido.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/02/19/babelia/1519044402_136285.html?rel=str_articulo#1523173152964

Castilla habla: la filosofía de Miguel Delibes

Jaime Fdez-Blanco Inclán

“Me percaté entonces de que la alegría es un estado del alma y no una cualidad de las cosas. Que las cosas en sí mismas no son alegres ni tristes, sino que se limitan a reflejar el tono con que nosotros las envolvemos”. ¿Puede, pues, la mirada del sujeto modificar el objeto?, le preguntaríamos hoy a Miguel Delibes al recordar estas palabras de La sombra del ciprés es alargada. Este 12 de marzo de 2018 se cumplen 8 años de su muerte.

Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) es probablemente uno de los autores españoles que mayores cotas de simpatía, respeto, cariño y admiración despierta, tanto durante sus más de 50 años como literato como tras el fin de su carrera y su muerte. Miembro de la Real Academia Española de la Lengua (sillón E, desde 1973), ganador de innumerables premios (el Nadal, el Cervantes, el Príncipe de Asturias de las Letras, el Nacional de Narrativa, etc.), homenajeado por universidades, ciudades y países, venerado tanto por lectores contumaces como por simples curiosos, Delibes se presentaba como un personaje singular capaz de ganarse, casi sin quererlo, el afecto y la devoción de cuantos tuvieron la oportunidad de leerlo y conocerlo.

¿Qué pensamiento hizo de Delibes ese ejemplo que tantos tratamos de seguir? La obra de Delibes, pese a mantenerse en unos contextos relativamente concretos, hace gala sin embargo de una variedad y profundidad difícilmente igualable, siempre marcada por un compromiso ético, unos valores y unos principios, inalterables: autenticidad, humildad, justicia y lealtad se dan la mano en la prosa de Delibes, con una coherencia entre autor y texto que pocos han logrado.

“He sido fiel a un periódico, a una novia, a unos amigos…, a todo en lo que me he metido. A la pasión periodística, a la caza. Desde chico he sido fiel a todas esas cosas, y lo mismo que hacía de chico, lo he hecho de mayor”, dijo. Nosotros podríamos añadir: a una editorial (Destino), a una ciudad (Valladolid) y a un paisaje, el castellano. Porque hablar de Delibes es hablar, ante todo, de Castilla y los castellanos. Conocedor de la flora y fauna de su región, enamorado de sus gentes, sus costumbres y su entorno, Delibes es probablemente el escritor que mejor supo retratar la Castilla del siglo XX, su habla y su espíritu.

Si su región es un punto dominante en su obra, no lo es menos el mundo rural, el pueblo y el campo, que se funde con el anterior y que el autor reivindicaba, junto a la naturaleza, como reductos de la autenticidad y la integridad del ser humano. Delibes criticó con esta defensa de lo rural el progreso desordenado, pero no por el desarrollo en sí mismo, sino esa civilización que entonces se formaba, centrada en el consumo innecesario, el placer y la alineación. El camino, Las ratas, El disputado voto del señor Cayo, Viejas historias de Castilla la Vieja, etc., nos muestran esa ruptura del hombre con el pueblo y el campo, esa despersonalización del ser humano que lo convierte en una masa amorfa, sumisa, cómplice del sueño irracional de la hedonista sociedad actual.

“Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo”

No serán en cualquier caso los únicos temas en los que se enfoque la obra de Delibes, que tocó también la crítica dolorosa al vasallaje de reminiscencia medieval (Los santos inocentes); la renovación del pensamiento, la tradición y la moral católica (Cinco horas con Mario, El hereje); la pasión por la caza como ejemplo de la vuelta del ser humano a su origen prehistórico (Diario de un cazador, Con la escopeta al hombro); el realismo costumbrista de La hoja roja o ese bellísimo canto al amor que es Señora de rojo sobre fondo gris, donde podemos atisbar, en la relación de sus personajes, la devoción de Delibes por su esposa, Ángeles de Castro, cuya muerte en 1974 afectó profundamente al escritor, quien la definiría como “la mejor mitad de mí mismo” y a la que el filósofo Julián Marías, amigo de la familia, describió como “esa mujer, maternal y niña a la vez que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”, y la tremenda influencia que la energía y la fe de su mujer tuvo en su éxito.

El pensamiento de Delibes

Se intuye en Delibes, en su persona y su obra, una especie de marcado estoicismo basado en la moral personal, en los valores y los principios como piedra angular. O, si se quiere, una mirada cínica ante la vida y el mundo que toca vivir, llena de denuncia y respeto por la honradez y la autoexigencia, cansada de ese utilitarismo que, a fuerza de citarlo, deviene en oportunismo barato de “fin que justifica los medios”.

Delibes parece sentir que su visión de la existencia no casa con los tiempos que le tocan vivir, refugiándose por ello en los pequeños placeres de la vida: la familia, el campo, la lectura, la escritura. Sus personajes hablan de un tiempo que es y no es  –a la vez– el propio, con unos vicios y virtudes de los que él quiso dejar constancia. Y eso, en aquella España de la posguerra, no era precisamente fácil. Numerosos fueron sus desencuentros con la censura franquista, y famosa su renuncia al periodismo tras la imposibilidad de decir aquello que consideraba que debía ser dicho. Delibes encontró en la literatura ese altavoz privilegiado, porque a menudo la ficción permite decir, oculta bajo su paraguas de irrealidad, aquello que en la no ficción se torna imposible. Y habló. Sobre el abandono de los pequeños pueblos de Castilla, sobre el despertar de la conciencia ecológica o la unión necesaria del hombre y la naturaleza, los valores y las creencias.

Es también patente su búsqueda del individualismo, el ser quien se es, alejado de la masa y el colectivo que impide a las personas alcanzar su propia plenitud. Ese Daniel “el mochuelo” que siente que al abandonar su pueblo para estudiar en la ciudad está perdiendo la esencia de sí mismo (El camino). O Mario, cuya furibunda intransigencia, fruto de su radical conciencia, termina por sentenciarlo, como bien le echa en cara su esposa: “No es eso, Mario, calamidad. Que para vivir en el mundo hay que ser mucho más flexible…” (Cinco horas con Mario). O Azarías, un hombre con las facultades mentales disminuidas que por su misma condición representa el único ejemplo de libertad e independencia en el cortijo del señorito Iván (Los santos inocentes).

“Los hombres necesitan siempre de un hazmerreír para eclipsarse a sí mismos de la propia ruindad de sus barros”

Aprecia el lector en Delibes ese carácter particular del castellano viejo, austero en la bonanza y melancólico en el éxito. Un hombre que se resguarda de puertas para adentro y que usa a sus personajes para expresarse, consciente de unas debilidades y flaquezas propias en las que nadie alrededor parece reparar. Y la impresión que queda cuando uno se asoma a esa vida y obra es la de un hombre eminentemente bueno, preocupado por todo menos por él mismo y que hace gala de una fuerte modestia sobre aquello que en la vida ha alcanzado.

El final de su vida 

Delibes moría el 12 de marzo de 2010, en Valladolid, víctima de un cáncer con el que luchaba desde hacía tiempo. Su muerte despertó una ola de reconocimiento en toda España, algo que, por otra parte, no le había faltado en vida. Miles de personas se acercaron a la capilla ardiente en su ciudad natal, que depositó sus cenizas en su panteón de los hombres ilustres y que quiso tener el detalle de otorgarle el derecho a trasladar al mismo los restos de su esposa, Ángeles, para que pudieran descansar juntos.

“Al palpar la cercanía de la muerte, vuelves los ojos a tu interior y no encuentras más que banalidad, porque los vivos, comparados con los muertos, resultamos insoportablemente banales”

Gozó de reconocimiento también en Madrid, en sus pueblecitos de Sedano (Burgos) y Molledo (Cantabria), en periódicos y televisiones, entre lectores y amigos, todos con el recuerdo del hombre al que así retrataba la editora y escritora Esther Tusquets unos años antes: Lo encontré formidable. Lúcido, rápido de mente. Interesándose por todo (interesándose, como siempre, por los demás), acordándose sin problemas de cuanto surgía en la conversación. Más cáustico, eso sí, manifestando sin empacho cuanto se le ocurría, acaso más tajante en sus afirmaciones. Ha alcanzado ese punto –pensé con envidia– en que uno está más allá del bien y del mal. Pero me alegró sobre todo ver que era tan querido: hijos, nietos, parientes, amigos, todos prodigándole a chorro cariño, respeto y cuidados. No creo que casi nadie pase los últimos años de su vida rodeado de tanto amor, tanto genuino amor. De tan, por otra parte, merecido amor.

Fuente:   Filosofía&Co

https://blogs.herdereditorial.com/filco/castilla-filosofia-pensamiento-delibes/

 

Haga de su hijo un gran filósofo

Jordi Nomen plantea aprovechar aquello que los niños tienen en común con los pensadores, capacidad de asombro y admiración, para fomentar su espíritu crítico

Carles Geli

Se trataba de dibujar el silencio. Y plasmó un pájaro. “Cuando voy al bosque, todo es silencio: solo está su canto y nada más”, explicó. El silencio, por exclusión. Podría haberlo planteado un filósofo, pero fue un alumno del profesor de Filosofía y Ciencias Sociales Jordi Nomen, un niño, porque estos tienen curiosidad y admiración, las mismas cualidades de todo gran pensador: ambos miran igual el mundo. Por ello cree Nomen (Barcelona, 1965), cual particular Prometeo, que hay que dar el fuego de la filosofía cuanto antes a los infantes, para que así “aprendan a pensar por ellos mismos, para convertirlos en ciudadanos críticos, creativos, para que lleven una vida menos impulsiva y más autónoma”, sostiene. Y tiene un método, a partir de una supuesta sacrílega trinidad antipedagógica, cuentos-juego-arte, que desarrolla en el libro El niño filósofo (Arpa).

La premisa de Nomen es que tenemos una inteligencia filosófica. “Huyo de las inteligencias múltiples de Howard Gardner, que dice que te dediques a lo que sirves; yo creo que la inteligencia se puede trabajar, estimular, es una capacidad que puede ser entrenada”, afirma. Con eso, y pertrechado con las ideas del filósofo y educador norteamericano Matthew Lipman (creador del programa Filosofía para niños a partir de novelas filosóficas, que les permiten abordar temas de la vida cotidiana), el autor ha escogido a 12 filósofos que ha asociado a 12 preguntas frecuentes que se plantean los niños sobre la vida. Así, Platón responde a si debemos actuar con la cabeza o el corazón; Séneca, a si hay que tener miedo a la muerte; Montaigne, a si es importante tener buenos amigos o Arendt a qué es la maldad, por ejemplo.

A una breve introducción del personaje y su pensamiento le sigue un relato y una propuesta de juego (un baile de minué para testar a Spinoza sobre cómo se puede conseguir la alegría; escoger una pareja independientemente de que en la frente tenga pegado un atributo moral sin que él lo sepa para decidir, vía Kant, qué debemos hacer en cada momento; continuar un dibujo iniciado por otro, pero del que apenas divisamos un centímetro, para responder a Nietzsche si es necesario ser creativo para vivir…). Cierra cada capítulo una oferta plástica y el análisis de una obra artística (unas creativas imágenes de Chema Madoz para el Rousseau que inquiere para qué sirve la educación; unas fotografías de una familia norteamericana y otra del Chad con sus cestas de comida semanal para ilustrar al Erich Fromm de si es más importante tener o ser…).

A los profes no se nos enseña a escuchar

Admite Jordi Nomen que su método —que ya compendió en formato de libro en catalán el año pasado, que lleva tres décadas practicando y que fomenta en el marco de GrupIREF, grupo de investigación y enseñanza de la Filosofía para niños— demanda un profesorado distinto y un cambio de programa educativo notable. “A los profesores no se nos enseña a preguntar, a escuchar ni a responder, ni tan siquiera a ser dúctiles a cambiar de opinión… Y todo eso es lo que conforma el diálogo socrático”. A ello y a la habilidad de pensamiento (“nunca pensamos cómo estamos pensado”), añade la necesidad de saber crear una comunidad, una atmósfera (“requerimos confianza en el grupo porque los niños se mojan, se desnudan”) y llegar a la mayoría de las decisiones por consenso (“es prioritario en democracia y cuando se logra en clase es mágico: se produce un silencio porque se dan cuenta de que lo han logrado cuando parecía imposible; genera bienestar”).

Como “pensar es más lento que aprender de memoria y reflexionar, que es volver a mirar, o estimular requiere tiempo”, admite Nomen que cuesta que esa metodología se vaya implantando, a pesar de que cree que empieza a notarse ya más en Primaria (“los profesores son más flexibles, de siempre”) que en la Secundaria (“implica cambiar el currículo y la metodología, temarios, objetivos… Ningún profesor de filosofía discute qué dicen los filósofos: se intenta que los alumnos los entiendan más o menos y se les examina de ello”).

Las reflexiones están enfocadas para niños de entre 9 y 12 años, y siempre bajo el formato de diálogos socráticos en clase. “No son debates, donde hay una posición A contra B, sino diálogos, que implica no posiciones fijas sino dar razones y argumentar”, insiste Nomen, que justifica que las historias sean de naturaleza muy distinta (fábulas tradicionales, un Chéjov, un Jorge Bucay…) y no de los filósofos en cuestión: “Se trata de que sus ideas se puedan utilizar más allá de sus libros; además, sus textos no siempre son de la comprensión de los niños; por eso utilizo lo que tienen más cerca, lo que hacen todo el día: el cuento, el juego, el arte; lo importante es que lleven a aprender a pensar”.

También es consciente el autor, en un descanso entre dos clases en el colegio Sadako de Barcelona donde imparte (“es una escuela inclusiva: aquí el niño es el centro de la educación”), de que son tiempos que “caminan hacia una menor curiosidad intelectual” y de que, si se les enseña a pensar, los niños son más conscientes, pero, en consecuencia, menos felices, algo que parece sacrílego. “La felicidad está sobrevalorada y mal explicada: la felicidad entendida como plenitud total, completa y continuada, es una engañifa, no existe, y darse cuenta de eso es ser lúcido; hay que revindicar la alegría, que es concreta y de hoy”. Además, hay que luchar contra el concepto de inutilidad práctica de la Filosofía en una sociedad cada vez más mercantilista. “No hay que practicarla tanto por utilitaria por razón laboral como porque sin ella es difícil lograr un poco de plenitud; o, al menos, para ser conscientes de que la plenitud tiende a desestabilizarse fácilmente, que no es permanente”.

Los griegos llamaban idiotés a aquellos faltados de juicio crítico y que no participaban en política. “La filosofía ha de ser un tábano, ha de obligar a los otros a dar explicaciones, ha de interrogar a nuestra sociedad, como hace hoy el coreano Byung-Chul Han”, dice Nomen. El pensar, sostiene, ayuda a frenar la aceleración loca de la vida digital y “a crear una ciudadanía crítica que evitará que la democracia caiga pervertida por intereses económicos, como vemos”. Tiene claro el también profesor de Ciudadanía de la Universidad Autónoma de Barcelona quién no quiere ese ciudadano crítico: “Ese poder que se plantea no dar explicaciones de nada, por ejemplo; toda la sociedad debería estar interesada en crear niños así si no queremos que la democracia se pierda”.

“Una vida vivida sin reflexión no vale la pena”, defendía Sócrates, como recuerda Nomen, quien atribuye a todo pensador crítico una postura humilde, pero de carácter, alguien que es sincero y “abocado a la acción: ser ciudadano es eso, participar en la vida de la ciudad porque no todo acaba en el voto, como nos quieren hacer creer… Pero si no se trabaja en la familia y en la escuela, no salen ciudadanos críticos. Hay que educar en la razonabilidad, el sentimiento, que no en el impulso, y en la acción”. Y ahí asoma Pitágoras: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. Pero para todo eso no queda, alerta Nomen, demasiado tiempo más: “Es el momento para que no se pierda del todo; si no se hace ahora, se acabará el espíritu crítico”.

El niño filósofo

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/03/23/actualidad/1521830362_563550.html

Instrucciones para sobrevivir a la perplejidad política

 

Vivimos en una era de incertidumbre y decepciones en la que pensar en el largo plazo cada vez es más difícil

El siglo XXI se estrenó con la convulsión de la crisis económica, que produjo oleadas de indignación pero no ocasionó una especial perplejidad; contribuyó incluso a reafirmar nuestras principales orientaciones: quiénes eran los malvados y quiénes éramos los buenos, por ejemplo. El mundo se volvió a categorizar con nitidez entre perdedores y ganadores, entre la gente y la casta, entre quién manda y quién padece a los que mandan, al tiempo que las responsabilidades eran asignadas con relativa seguridad. Pero el actual paisaje político se ha llenado de una decepción generalizada que ya no se refiere a algo concreto sino a una situación en general. Y ya sabemos que cuando el malestar se vuelve difuso provoca perplejidad. Nos irrita un estado de cosas que no puede contar con nuestra aprobación, pero todavía más no saber cómo identificar ese malestar, a quién hacerle culpable de ello y a quién confiar el cambio de dicha situación.

1. El final de las certezas

Que nos han abandonado algunas certezas es algo que puede comprobarse comparando nuestras previsiones y lo que realmente ha sucedido; si consideramos la seguridad de la que han disfrutado muchas generaciones y civilizaciones menos informadas que la nuestra, con una tradición más rígida que compensaba la escasez de libertad con una orientación aplastante. También hay desconcierto en relación con qué hacer con ese poco de lo que estamos seguros; hay incertidumbre teórica y también incertidumbre de la voluntad: apenas conocemos la realidad y tampoco sabemos muy bien si es algo a lo que hay que adaptarse o que debe combatirse. Hechos, teorías, relatos y expectativas tienden a mezclarse y generar confusión. ¿Qué tienen en común la llamada posverdad, el desprecio hacia los hechos y la facilidad con que nos rendimos a las teorías conspirativas, cuyo principal defecto es que explican demasiado?

2. La desregulación emocional

Hemos pasado mucho tiempo examinando cómo debería racionalizarse el diálogo y la convivencia, mientras lo ignorábamos casi todo acerca de cómo se estaban configurando los nuevos espacios emocionales de las sociedades democráticas. Esos estados de ánimo, menos encuadrados que nunca en entramados institucionales estables o tradiciones poderosas, son ahora, al mismo tiempo, fuentes de conflicto y vectores de construcción social. En el gobierno de las emociones colectivas se contiene una fuerza que es clave para la transformación de las sociedades democráticas; nos jugamos ahí muchas más cosas que en la vida política formalizada. El combate contra la perplejidad política ha de empezar con un examen de nuestro paisaje afectivo. El desconcierto político tiene más que ver con la incapacidad de reconocer y gestionar nuestras pasiones que con el orden de los conocimientos.

3. La política, en una zona de señalización escasa

El mundo está lleno de informaciones acerca de cómo conducirse en él: mapas, indicaciones, referencias, brújulas y otros sistemas cada vez más sofisticados nos indican dónde estamos, hacia dónde nos dirigimos y cuál es la naturaleza de los elementos con los que nos iremos encontrando en nuestro desplazamiento. Las cosas se complican cuando no se trata de espacios físicos sino políticos, en los que hay una dimensión de sentido e interpretación que es menos evidente e implica juicios de valoración: entonces lo que nos interesa son asuntos como saber en qué consiste la legitimidad, si algo es democrático, quién tiene la autoridad de decidir qué o a quién imputar determinadas responsabilidades. Hemos entrado en un tiempo histórico en el que todos estos asuntos se han vuelto especialmente controvertidos. La política ha entrado desde hace algún tiempo en una zona de señalización insuficiente como cuando un conductor se adentra en una ruta desconocida, en transformación o en lugares no transitados antes por nadie. A partir de ese momento las señales binarias confunden más de lo que orientan, donde antes había una evidencia ahora tenemos una paradoja, aumentan las zonas sin cartografiar, proliferan las cosas que no son lo que parecen y todo se llena de efectos secundarios.

4. La democracia en la era de Trump

En el inventario de cuanto nos ha producido especial perplejidad política ocupa un lugar destacado la elección en noviembre de 2016 de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Pero que algo nos haya sorprendido no quiere decir que no pueda explicarse, que no responda a cambios sociales y políticos insuficientemente advertidos por quien se sorprende ante uno de sus efectos. ¿Cuáles son esas cosas en las que se han producido transformaciones sociales profundas, que indignan a buena parte de la sociedad y que no acaban de ser adecuadamente interpretadas? Yo las sintetizaría en tres procesos que son particu­larmente visibles en la sociedad estadounidense, pero que tienen manifestaciones muy similares en otras sociedades: una política degradada, que no es concebida como el ejercicio de las virtudes públicas, y que da la impresión de ser el oficio de un círculo cerrado de privilegiados que se dedican al ejercicio de la intriga; un modelo de capitalismo virtual acelerado que ofrece muchas oportunidades a algunos, pero que destruye ámbitos completos de empleo y que resulta literalmente insufrible para muchos trabajadores; y en tercer lugar, un dualismo también en referencia al fenómeno multicultural, celebrado idílicamente por quienes no experimentan más que sus beneficios, y temido en exceso por quienes lo viven en sus dimensiones más conflictivas.

5. Configurar sistemas inteligentes

Portada del libro.

La principal tarea del gobierno de la sociedad del conocimiento consiste en crear las condiciones de posibilidad de la inteligencia colectiva. Sistematizar la inteligencia, gobernar a través de sistemas inteligentes debería ser la prioridad de todos los niveles de Gobierno, instituciones y organizaciones. Gobernar entornos complejos, hacer frente a los riesgos, anticipar el futuro, gestionar la incertidumbre, garantizar la sostenibilidad o estructurar la responsabilidad nos obliga a pensar holísticamente y a configurar sistemas inteligentes (tecnologías, procedimientos, reglas, protocolos…). Sólo mediante tales dispositivos de inteligencia colectiva es posible acometer un futuro que ya no es la pacífica continuación del presente, sino una realidad intransparente, llena de oportunidades por la misma razón por la que contiene también riesgos potenciales de difícil identificación. Ese mismo principio de gobierno inteligente debería presidir la manera de relacionarnos con nuestros dispositivos tecnológicos para hacer frente a las nuevas ignorancias que, en una sociedad compleja, nos vemos obligados a gestionar.

6. Lo que nos espera

Cuando uno es un filósofo y no un vidente, las recomendaciones acerca de cómo divisar el futuro no serán apuestas proféticas ni aseveraciones demasiado rotundas; me conformo con dar alguna indicación que mejore nuestras disposiciones a enfrentarnos con un tiempo que, por su propia naturaleza y pese a los tahúres del porvenir, nos es fundamentalmente desconocido. Reflexionemos sobre el modo como se producen los cambios, pensemos en la curiosa paradoja de que escudriñar el futuro es una tarea ineludible y de resultados escasos, consideremos qué estado de ánimo es más razonable a la hora de enfrentarse al porvenir. El futuro es algo que por principio no podemos conocer, pero podemos comportarnos razonablemente con él.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Extracto de su libro Política para perplejos (Galaxia Gutenberg), que saldrá el 28 de febrero.

 Fuente:

https://elpais.com/elpais/2018/02/26/opinion/1519663307_617233.html