A la filosofía le ha perseguido casi siempre la sombra de la inutilidad, pero a decir verdad no conozco ninguna idea más valiosa que una de las formulaciones del imperativo categórico de Kant: “Actúa de tal modo que trates a los otros siempre como fines en sí mismos y nunca meramente como medios”, que es el fundamento teórico de los Derechos Humanos. A la pregunta de por qué se deben respetar, se responde con ello. No faltarán quienes aleguen que todavía se incumple con mucha frecuencia, pero en la medida que conseguimos cumplirlo nos damos el trato más civilizado que podemos darnos las personas, recíproco y como fines, no como instrumentos, cosa que por razones biológicas o económico-políticas sucede a menudo. Es la diferencia entre ser y debe ser, entre la naturaleza y la ética, dialéctica que atraviesa su pensamiento filosófico como dos líneas asíntotas que van a su encuentro sin llegar a tocarse nunca. De ahí que nada le llenara más de asombro que el cielo estrellado sobre él y la conciencia de una ley moral en sí.
Y aunque la libertad es un postulado de la razón práctica, pues “las acciones humanas se hallan determinadas conforme a leyes universales de la Naturaleza”, la libertad es la ratio essendi de la ética, del mismo modo que la ética es la ratio cognoscendi de la libertad. Dicho en otros términos, la libertad es el fundamento de la ética, ya que sin ella carece de sentido las acciones y juicios éticos (¿cómo podríamos comportarnos libres y responsablemente si no podemos elegir?), de la misma manera que el fin de la ética es ampliar nuestros márgenes de libertad, tanto de forma individual como social. Es por esta razón por la que la libertad es considerada el valor fundamental de los modernos; es la condición de posibilidad de los demás valores. Si bien tengo para mí que la axiología se rige bajo el pluralismo: ¿o acaso no se requiere ciertas dosis de paz y de seguridad para que podamos ejercer la libertad tal como es adecuado y conveniente?
Pese a que a Kant le entusiasmaban las noticias que le llegaban de la Revolución Francesa, en la que percibía un signo de progreso de la humanidad, pues los seres humanos eran capaces de sacrificarse en aras de ideales como la libertad, la igualdad y la fraternidad, no era partidario de las revoluciones precisamente porque instrumentalizan la vida de los seres humanos. Más bien era partidario del uso público de la razón como mecanismo para introducir y prolongar reformas graduales en las instituciones, lo que sorprendentemente contrasta con su idea de que bajo “una madera tan retorcida como la de que está hecho el hombre no puede tallarse nada enteramente recto”, pues como buen ilustrado denota una inmensa fe en la razón tanto para elaborar como para reconocer argumentos que permitan progresar.
El progreso, al igual que otros conceptos (emancipación, autonomía…) de la Ilustración, fue puesto en tela de juicio durante la denominada postmodernidad, si no antes –pienso en Nietzsche, Freud o en Dialéctica de la Ilustración, de Adorno y Horkheimer–. Sin embargo, aunque tomemos conciencia de las contingencias y de la finitud humana para ponerlos en práctica, ¿podemos renunciar a ellos? Es cierto que somos interdependientes, pero eso no le resta valor a la autonomía. Mientras más autónomos seamos, ¿acaso no es mejor para nosotros y para las sociedades desde una perspectiva ético-política? Es cierto que no progresamos como soñamos, pero ¿vamos a renunciar a seguir esforzándonos y trabajar por mejorar las condiciones de vida de las personas, de los seres vivos y del planeta? Como señaló Habermas, “la modernidad –vale decir la Ilustración– es un proyecto inacabado. Parte de los problemas de nuestro mundo se deben a la falta de ilustración histórica y actual, y no sólo tecno-científica. Quienes alberguen dudas al respecto, les sugiero la lectura de En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, de Steven Pinker.
Claro que buena parte de la permanente actualidad de su pensamiento se debe a mi parecer al talante utópico que lo recorre. Kant, que pensaba que el ser humano es lo que puede hacer con su educación, escribió en Pedagogía: “un principio del arte de la educación es que no se debe educar los niños conforme al presente, sino conforme a un estado mejor, posible en lo futuro, de la especie humana; es decir, conforme a la idea de humanidad y de su completo destino”. Así, el sentido de su opúsculo de 1795, quizá la más esclarecedora reflexión sobre la paz que se haya escrito nunca, es “hacia la paz, perpetuamente”, pues Kant no ignora que la paz definitiva no se alcanzará nunca, ni siquiera en los cementerios, pero mientras más nos aproximemos, habrá más libertad, más justicia, más dignidad…
En su Lógica formuló las tres preguntas esenciales: “¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?” Preguntas que desembocan en una cuarta: “¿Qué es el ser humano?”. Con la Crítica de la razón pura respondió a la primera, produciendo un “giro copernicano” que revolucionó la teoría del conocimiento, pues del mismo modo que Copérnico imaginó acertadamente que el Sol no gira en torno a la Tierra, sino al revés, no son los objetos los que modelan al sujeto, sino que más bien se moldean conforme al sujeto; con la Crítica de la razón práctica respondió a la segunda, como con Fundamentación de la metafísica de las costumbres, transformando la ética, que ya no tendrá como fin la felicidad (Aristóteles), el placer (epicureísmo), la ataraxia o serenidad (estoicismo), la bienaventuranza (cristianismo) o la utilidad (utilitarismo), sino la humanidad; con la inconclusa Crítica del juicio responde a la tercera y de paso le da carta de naturaleza a la estética como rama autónoma de la filosofía.
Y si bien no dedicó una obra equiparable a la política, su ética contiene tan poderosas implicaciones que, a pesar del realismo político inaugurado por Maquiavelo, es inevitable volver a contar con la ética para abordar cuestiones políticas. Y al revés, no se pueden abordar cuestiones éticas sin política, como harían Arendt, Rawls, Muguerza o Habermas, algunos de los principales filósofos ético-políticos de las últimas décadas. En 1924 Ortega y Gasset escribió: “En la obra de Kant están contenidos los secretos decisivos de la época moderna, sus virtudes y sus limitaciones”. Un siglo después podemos afirmar que seguimos bajo el mismo horizonte.
En una época marcada por la industrialización, las desigualdades sociales y la transformación acelerada de la vida cotidiana, el escritor británico Charles Dickens dejó también reflexiones que hoy siguen resonando con fuerza. Una de ellas, ampliamente citada en discursos motivacionales y artículos sobre crecimiento personal, sostiene que cada fracaso encierra una lección necesaria para alcanzar la felicidad. La frase suele reproducirse así: «Cada fracaso en la vida te enseña algo que necesitas aprender para ser feliz».
Sin embargo, la cita que hoy circula en redes sociales, libros de autoayuda y conferencias no es exactamente literal. Y es que en realidad se trata de una adaptación moderna, ligeramente romantizada, de una línea que aparece en la novela Little Dorrit, conocida en español como La pequeña Dorrit. Esta obra se publicó por entregas entre 1855 y 1857, un formato habitual en la época victoriana que permitía a los lectores seguir las historias capítulo a capítulo en revistas y periódicos.
La frase original aparece en una escena significativa del relato. En ella, el personaje Daniel Doyce intenta consolar a Arthur Clennam después de un revés empresarial. En lugar de ofrecer un simple gesto de compasión, Doyce le plantea una reflexión que resume una filosofía profundamente práctica sobre el fracaso y el aprendizaje. Sus palabras, en inglés, son las siguientes: «Every failure teaches a man something, if he will learn; and you are too sensible a man not to learn from this failure». Que traducida de forma fiel al español, la frase dice: «Cada fracaso enseña algo a un hombre, si este está dispuesto a aprender; y tú eres un hombre demasiado sensato como para no aprender de este fracaso».
Little Dorrit
La importancia de la disposición para aprender
El matiz es importante. La versión popular sugiere que el fracaso inevitablemente conduce a la felicidad futura. La frase original, en cambio, introduce una condición fundamental, la disposición personal para aprender. No es el error lo que transforma la vida por sí mismo, sino la actitud con la que se afronta.
Esta diferencia revela también uno de los rasgos más característicos de la narrativa de Dickens. A lo largo de su obra, el autor retrató con detalle las dificultades sociales y económicas de la Inglaterra victoriana, pero al mismo tiempo insistió en la capacidad humana para evolucionar moralmente. En sus historias, los personajes se enfrentan a la adversidad, cometen errores y, en ocasiones, logran reconstruir su destino a partir de ellos.
Aprendizaje y adversidad en La pequeña Dorrit
La pequeña Dorrit es un ejemplo claro de ese enfoque. La novela explora temas como la burocracia, la pobreza, la ambición y las estructuras sociales rígidas que limitaban la movilidad de las personas en el siglo XIX. El propio Arthur Clennam atraviesa un proceso de aprendizaje marcado por desilusiones y decisiones equivocadas. En ese contexto, la frase de Doyce adquiere un sentido narrativo profundo, no es una máxima abstracta, sino un consejo concreto dirigido a alguien que acaba de experimentar un fracaso real.
Con el paso del tiempo, muchas frases literarias terminan separándose de su contexto original. Las redes sociales y la cultura de las citas han amplificado ese fenómeno. Lo que en una novela formaba parte de un diálogo entre personajes acaba convertido en una sentencia universal, a menudo simplificada para encajar en una idea más optimista o inspiradora.
El valor eterno de aprender de los fracasos
Más de siglo y medio después de su publicación, La pequeña Dorrit sigue recordando que la experiencia humana rara vez es lineal. El éxito no se construye únicamente a partir de aciertos, sino también de tropiezos que obligan a reflexionar. Dickens, observador agudo de la naturaleza humana, lo resumió con una claridad que sigue vigente.
Qué ocurre con la ética del esfuerzo cuando las máquinas producen resultados que antes requerían años de estudio, talento o práctica? ¿Qué sentido tiene hablar de mérito si la creatividad, la escritura o la composición musical se automatizan en segundos?
Durante siglos, la civilización occidental ha sostenido una fe silenciosa pero poderosa: la del mérito. Desde Aristóteles, que entendía la areté (virtud) como la excelencia alcanzada mediante el hábito, hasta la ética protestante analizada por Max Weber, el mérito se convirtió en la piedra angular de la modernidad. Trabajar, esforzarse, superarse: esas palabras no solo describían una conducta, sino un ideal moral. El mérito era la evidencia de que el individuo podía escribir su propio destino.
Pero ese relato, tan arraigado en nuestras biografías, parece tambalearse en la era de la inteligencia artificial. ¿Qué ocurre con la ética del esfuerzo cuando las máquinas producen resultados que antes requerían años de estudio, talento o práctica? ¿Qué sentido tiene hablar de mérito si la creatividad, la escritura o la composición musical se automatizan en segundos?
Los algoritmos no descansan ni fracasan. No sienten la frustración ni la esperanza, pero aprenden más rápido que nosotros. En ese contraste se revela una herida cultural profunda: la que separa el valor del resultado del valor del proceso. En la sociedad del rendimiento que describía Byung-Chul Han, el individuo era ya una máquina de autoexplotación, un sujeto que debía producir sin cesar para demostrar su mérito. Ahora, las inteligencias artificiales amenazan incluso con apropiarse de esa última función.
El mérito como mito moderno
La meritocracia fue, en su origen, una utopía ilustrada. Frente a las jerarquías del linaje o la cuna, el mérito ofrecía una justicia racional: ascender por talento y esfuerzo, no por nacimiento. Sin embargo, como advirtió Michael Sandel, ese ideal se ha convertido en una trampa moral. La meritocracia produce arrogancia en los ganadores y humillación en los perdedores, porque asume que el éxito siempre es merecido.
¿Qué ocurre con la ética del esfuerzo cuando las máquinas producen resultados que antes requerían años de estudio, talento o práctica?
La irrupción de la inteligencia artificial lleva esta paradoja al extremo. Si una red neuronal puede pintar como Rembrandt o escribir ensayos sobre Kant sin haber vivido, ¿cómo seguimos valorando el talento humano? ¿Qué significa «merecer» algo cuando la inteligencia, que creíamos el último bastión del mérito, puede replicarse en una máquina?
Foucault nos enseñó que cada época produce sus propios dispositivos de poder. La meritocracia fue uno de ellos: una tecnología social que organizaba la obediencia mediante la promesa del ascenso. Hoy, el nuevo dispositivo es algorítmico. En lugar de medirnos por la educación o el esfuerzo, seremos evaluados por nuestra capacidad de interactuar con sistemas que piensan por nosotros. El mérito ya no consiste en saber, sino en saber usar.
El desplazamiento del talento
Durante siglos, el talento fue el espacio sagrado del individuo. Desde el genio romántico hasta el emprendedor contemporáneo, creíamos que la chispa de la creatividad era intransferible. Sin embargo, los grandes modelos de lenguaje y las inteligencias generativas cuestionan esa idea: producen belleza sin experiencia, sentido sin biografía.
Umberto Eco decía que la cultura es una forma de memoria colectiva. Pero ¿qué ocurre cuando esa memoria es procesada por máquinas sin conciencia, capaces de recombinar todo el archivo de la humanidad en nuevas formas? El arte generado por IA —desde las sinfonías de AIVA hasta las pinturas de Midjourney— plantea una inquietante posibilidad: que el talento ya no dependa de un sujeto, sino de un sistema.
En este nuevo escenario, el mérito humano se vuelve una categoría poética más que práctica. Si la destreza ya no nos distingue, quizás debamos redefinir qué significa ser valiosos. Tal vez, como sugería Hannah Arendt, el sentido de la acción humana no está en el resultado, sino en la capacidad de iniciar algo nuevo, de interrumpir la inercia. Esa dimensión política y existencial del hacer —el poder de comenzar— es algo que ninguna máquina puede imitar.
La ética del límite
Yuval Noah Harari ha advertido que el siglo XXI no será una lucha entre clases, sino entre especies cognitivas: los humanos biológicos y las inteligencias no orgánicas. Pero esa visión, más que un destino, debería servirnos como espejo. La cuestión no es competir con la máquina, sino recordar qué significa ser humano cuando la eficiencia deja de ser nuestra virtud más alta.
Quizás el nuevo mérito consista precisamente en saber detenerse
Quizás el nuevo mérito consista precisamente en saber detenerse. En una época dominada por la optimización y la automatización, el acto más radical puede ser el de resistirse a la velocidad. Walter Benjamin decía que «no hay documento de cultura que no sea también un documento de barbarie». Tal vez los logros algorítmicos, si no los acompañamos de reflexión ética, se conviertan en monumentos de nuestra propia obsolescencia moral.
Hacia una nueva dignidad
El mérito, tal como lo conocimos, está agotado. Pero eso no significa que debamos renunciar al sentido del esfuerzo. Quizás debamos traducirlo en otra clave: la de la responsabilidad, la conciencia y el cuidado. Frente al rendimiento automático, el verdadero talento será aquel que sepa integrar la inteligencia técnica con la sabiduría ética.
En definitiva, la inteligencia artificial no destruye el mérito humano: lo desnuda. Nos obliga a preguntarnos qué valoramos realmente del esfuerzo: ¿su utilidad o su humanidad? Y tal vez, en esa pregunta, esté la posibilidad de un nuevo humanismo. Un humanismo que no mida al individuo por su productividad, sino por su capacidad de crear significado en un mundo donde las máquinas sólo producen datos.
Porque el mérito del futuro no será vencer a la inteligencia artificial. Será recordar, en medio de su perfección inhumana, que la imperfección sigue siendo el lugar donde habita lo humano.
Antonio Guerrero Ruiz es un filósofo, escritor y divulgador cultural español
El edificio conocido como Monumento de la Paz de Hiroshima es una construcción que fue conservada tal como quedó tras el capítulo atómico sobre la población civil: un monumento erigido como símbolo. Un montículo desestructurado que nos recuerda que allí ocurrió algo. Y es precisamente esa falta de estructura lo que nos abre a un escenario de un ayer que, debido al paso del tiempo en nuestra psicología y memoria —como lo diría Bergson, en su concepto de durée— se une al presente y al futuro, o mejor dicho, se funde en una continuidad temporal que nos interpela.
Las casas antiguas de nuestras ciudades y pueblos van desapareciendo como ceniza levantada por el viento. Y con ellas, sin distinción, se pierde también el tono constructivo que las identificaba, dando paso a grandes bloques de hormigón cada vez más utilitaristas —herederos de una lógica funcionalista— que, por la lisura de su estructura, parecen no envejecer. Ya no nos invitan a mirar hacia el exterior desde la penumbra del interior, sino que, por su propia configuración, introducen el exterior dentro del propio espacio íntimo.
Porque, al igual que aquellos grandes bloques de hormigón de estética soviética —tan característicos de las décadas de 1950 a 1970—, son el reflejo de una idea de persona “pura”, sin grietas ni fisuras. Personas que no reconocen la vejez, que la diluyen, y que llegan incluso a normalizar la enfermedad como parte de una estructura que no integra la fragilidad como experiencia viva, sino que la administra, la estetiza o la convierte en discurso institucional.
Estos edificios no nos conectan ni con el pasado ni con el futuro; habitan únicamente en un presente perpetuo. Lo único que cambia son los inquilinos. Aunque tengan más de veinte o treinta años, parecen recién construidos, como si el tiempo no los rozara. Su apariencia inmutable los convierte en espacios sin memoria, sinesperanza, sin historia.
Solemos pensar que los ayeres siempre fueron mejores. Es la trampa de la nostalgia, como muestra Midnight in Paris de Woody Allen: cada época idealiza la anterior. Pero hoy, lo viejo ya no se transforma ni se recuerda; se destruye. Las casas viejas, con sus grietas y sombras, daban lugar al pensamiento. Los edificios lisos del presente, en cambio, borran la memoria y clausuran el tiempo.
El problema de estos edificios funcionalistas no es solo estético, sino temporal: lo nuevo ya no se construye sobre lo viejo, no lo recuerda, no lo resignifica, no lo transforma. En lugar de agenciar el pasado —renombrarlo, integrarlo, hacerlo parte de una continuidad— lo borra. Lo destruye.
Así, el espacio urbano se convierte en un presente perpetuo, sin capas, sin memoria, sin historia. Como si el tiempo fuera algo que se debe neutralizar en lugar de habitar.
¿Y dónde quedamos nosotros en todo esto?
En una sociedad que ha perdido el rito simbólico como forma de recordar, nos transformamos en seres que ya no conmemoran hechos, sino que los consumen y los olvidan. La estética se ha pervertido: ya no revela, sino que disimula; ya no conecta, sino que distrae. La moral se ha vuelto dogmática, casi religiosa, pero sin trascendencia: una ética de superficie, de cumplimiento, sin reflexión.
Ya no existe un lugar privado donde ocultarse a pensar. Todo se ha vuelto transparente, como si la exposición permanente fuera sinónimo de autenticidad. Lo exterior ha invadido lo interior, y los rincones oscuros —aquellos donde antes germinaba el pensamiento— han sido borrados por la lisura de un presente sin fisuras.
No hay memoria, porque no hay grietas. Y sin grietas, no hay pensamiento.
Es el mundo feliz que Aldous Huxley imaginó en su célebre novela Brave New World: un mundo sin dolor, sin conflicto, sin profundidad. Un mundo donde la felicidad es obligatoria y la reflexión, sospechosa.
Seré breve: vivimos en una época donde el hombre habita el mundo como si ya estuviera muerto. No porque le falte vida, sino porque ha perdido el tiempo, el silencio, la sombra y el recuerdo.
Y sin todo eso, ¿qué queda?
De aquí, y después de esta larga introducción, cabe hablar de la película La famiglia (1987), de Ettore Scola. Es precisamente entre los largos y estrechos pasillos —recorridos generación tras generación— donde el tiempo deja de avanzar en línea recta hacia la lisura y, por tanto, hacia la destrucción del pasado. Nos encontramos con esa misma casa vieja que engendra una conciencia colectiva, una identidad, una agenciación del pasado y una proyección desde este hacia el futuro: una casa donde emana el pensamiento, en definitiva, desde las grietas que su propia historia ha ido abriendo.
Y es que el mundo que rodea la película, narrado desde la mirada retrospectiva de Carlo —ya en la madurez de su vida, convertido en un profesor jubilado que observa el pasado como quien recorre los pasillos de una casa que ya no habita, pero que aún le pertenece— no se limita a contarnos las peripecias de una familia que se extiende a lo largo del siglo XX, desde la Belle Époque hasta la década de 1980. Más allá de los vínculos afectivos —que no se presentan como simples relatos de amor o camaradería, sino como tejidos emocionales que se entrelazan con el devenir histórico— lo que emerge como núcleo de la trama es la forma en que las vicisitudes sociales, las costumbres heredadas y las tradiciones familiares se sedimentan en el espacio doméstico, impregnándolo de memoria.
La mirada de Carlo, en este sentido, no es simplemente una mirada hacia atrás, sino una mirada que, como diría Derrida, se construye en la diferencia: una mirada que no busca recuperar lo perdido, sino reconocer lo que permanece en el intervalo, en la huella, en lo que aún resiste. No estamos ante una sucesión de escenas familiares sin más, sino frente a un organismo —la casa— que, aunque no esté vivo en el sentido biológico, pulsa en la memoria del viejo profesor y de quienes lo escuchan. Está impregnado de un tiempo que se ha ido proyectando de generación en generación, como una memoria que se construye desde ese interior sombrío que avanza lentamente hacia una luz nítida, proyectada desde una estrecha ventana.
Esa ventana no ilumina el pasado para clausurarlo, sino que lo filtra, lo transforma, lo deja entrar como pensamiento. Es, como he señalado antes, desde la penumbra de la intimidad —ese espacio donde germina la reflexión— que se puede vislumbrar la claridad del futuro. Y no al revés, como ocurre en los pisos modernos de superficies lisas y transparentes, donde la luz lo invade todo sin permitir sombra, sin permitir grieta, sin permitir memoria. Allí, el pensamiento no se produce: se disuelve. Porque cuando todo está expuesto, cuando no hay rincón ni refugio, lo que queda es una claridad sin profundidad, una transparencia sin contenido, un presente sin historia.
Las paredes de una casa siempre guardan algo del contorno de las distintas generaciones que han confluido por ella. Cada rincón evoca un recuerdo al viejo profesor, como si el tiempo se plegara en capas de memoria. En este sentido, el espacio se convierte en un lugar habitado no solo por cuerpos, sino por presencias, como lo intuyeron Chillida y Heidegger: el hogar como morada del ser, donde las imágenes del pasado confluyen y dialogan con el presente. Así, La familia de Ettore Scola no es solo una historia, sino una arquitectura emocional donde el tiempo se vive, se recuerda y se transforma.
La mirada crítica se posa sobre el exterior, pero no como una intrusión, sino como una construcción: el exterior es traído desde fuera, incorporado por quienes habitan el hogar. No es que el exterior se cuele, sino que, a través de cada momento histórico, se crea un relato íntimo dentro de ese espacio doméstico, tejido por las relaciones familiares. Así, el espacio no es estático, sino que se moldea continuamente por los vínculos que lo atraviesan.
Como dijo Gaston Bachelard: “La casa es nuestro rincón del mundo. Es nuestro primer universo. Es un cosmos. Un cosmos real, aunque sea un cosmos imaginado.”
Esta idea resuena en La familia de Ettore Scola, donde el hogar se convierte en un escenario vivo, transformado por las emociones, los conflictos y los afectos que lo habitan. Porque si algo enseña el cine de Scola es que los espacios no son meros escenarios, sino cuerpos vivos que guardan las huellas de quienes los habitaron. Y aunque en el futuro se produzca una sustitución de ese vínculo familiar, la historia sigue fluyendo a través de los ecos que resuenan en las grietas, como si el tiempo se filtrara por las fisuras de la memoria.
No se trata, sin embargo, de un espacio místico en el sentido de lo sobrenatural, sino de una coexistencia de dimensiones: la de quienes lo habitaron y dejaron su impronta, como fantasmas que no asustan sino que acompañan, y la de quienes lo habitan ahora, marcando un nuevo rumbo histórico. Es una convivencia silenciosa entre el pasado y el presente, donde el espacio se convierte en archivo afectivo.
Seguro se han hecho buenos trabajos de análisis sobre La familia, y me gustaría verla desde esa experiencia que me dejó aquel lugar que inspiró al escritor vasco Miguel de Unamuno. El lago de Sanabria, espejo misterioso que alberga una leyenda oscura, se convierte en símbolo de lo que se oculta bajo la superficie de la historia familiar. Así como el pueblo sumergido bajo sus aguas responde con el eco de sus campanas a los nuevos habitantes de la orilla, también en La familia el viejo apartamento burgués responde con sus objetos, sus pasillos y sus silencios a las generaciones que lo transitan. El espacio, como en Chillida y Heidegger, se revela como lugar habitado por el tiempo, moldeado por los vínculos.
Todo queda resumido en un pueblo que se había apartado de Dios, y que aún hace replicar sus campanas como señales de vida. En La familia, ese eco se transforma en la coreografía invisible de los afectos, donde cada personaje es un cristal en movimiento dentro del caleidoscopio familiar. Como escribió Pedro Herscovici: “La familia aparece como un ballet, donde todos dependen de los demás y sin percibirlo describen una coreografía.”
En aquella iglesia románica de Sanabria, situada a orillas del lago que parece guardar los ecos del alma, Unamuno situó la acción de San Manuel Bueno, mártir. Asistí allí a misa durante mis años de seminario, y me asaltaba el mismo anhelo dubitativo que al bueno de don Manuel. Sobre ese altar, el personaje alzaba el pan y el vino en un gesto ficticio, pero cargado de una verdad interior que trascendía lo ritual. La historia, como el templo mismo, se dejaba empapar por el entorno: el silencio del agua, la bruma matinal, el peso de lo eterno. Del mismo modo, Carlo en La familia eleva su mirada sobre los recuerdos, y en cada gesto cotidiano se revela una liturgia doméstica que da sentido al paso del tiempo.
El hogar no calla, porque en él resuena la repetición significativa de gestos, objetos y silencios que configuran un ritual. Como diría Byung-Chul Han, los rituales son formas simbólicas que estabilizan la vida, le otorgan duración y sentido. En la mente de Carlo, el apartamento no es solo espacio físico, sino el escenario de una liturgia cotidiana que, al repetirse, funda identidad y pertenencia. Es en esa repetición —en esa “mismidad” que Han reivindica frente a la fugacidad contemporánea— donde el hogar se convierte en un lugar habitable, un refugio contra el vértigo del presente.
La aceleración del tiempo contemporáneo desarraiga. Así, los nuevos edificios —uniformes, repetidos, sin singularidad— erosionan la posibilidad de una identidad propia. En su lugar, se configura una nueva clase de habitantes moldeados por la fragilidad del instante y la futilidad de una existencia sin rituales: una antiliturgia que no funda sentido, sino que lo disuelve.
Son sujetos sin profundidad, sin un espacio interior al que retirarse para contemplar el mundo desde otra perspectiva. Y ahí reside el verdadero peligro: una humanidad sin desplazamiento real, atrapada en la superficie del límite, moviéndose sin atravesar, sin transformar, sin habitar.
Y es que el ser humano contemporáneo —y valga esta paradoja esencial— habita sin verdaderamente habitar el mundo. Transita entre muros idénticos y avenidas desmesuradas que, lejos de otorgar sentido, lo diluyen. Vive en espacios que no acogen, sino que exponen; espacios sin interioridad, sin memoria, sin ritual.
Nos encontramos en una época marcada por una religación artificial, una conexión superficial con lo eterno, donde la promesa de inmortalidad se disfraza de juventud perpetua. Luchamos no por vivir plenamente, sino por llegar jóvenes a la vejez, como si el tiempo fuera un enemigo a vencer y no un misterio a habitar. Esta obsesión por la apariencia, por la conservación del cuerpo, revela una profunda desconexión con el alma del tiempo: ya no se envejece, se deteriora; ya no se vive, se consume.
Esto marca, quizás, los primeros compases hacia lo que podríamos llamar el verdadero fin de la historia: no como culminación gloriosa, sino como estancamiento silencioso. Un inmovilismo progresivo del sujeto, atrapado en la maquinaria de un capitalismo que ya no solo produce bienes, sino identidades. A través de su lógica de absorción y homogeneización, se disuelve toda fragmentación en el ser humano; se borra la diferencia, se aplana la experiencia.
La democracia, antaño espacio de pluralidad y conflicto, se transforma en una democracia espectacular —como diría Guy Debord—, donde lo visible sustituye lo vivible, y lo común se convierte en lo uniforme. El ciudadano deviene consumidor de imágenes, de simulacros, atrapado en un complejo virtual sin límites ni profundidad, donde todo está disponible, pero nada es habitable.
Este nuevo orden no necesita represión: basta con la saturación. La libertad se confunde con la elección entre lo idéntico, y el pensamiento se diluye en la inmediatez de lo superficial. El sujeto ya no se transforma, no se desplaza, no se interroga. Se queda, flotando, en una existencia sin umbral.
Así, en La famiglia de Ettore Scola se construye una narrativa profundamente intergeneracional que se articula en torno a un espacio físico: la casa familiar. No es simplemente un escenario, sino un eje simbólico que condensa el paso del tiempo, las transformaciones afectivas y los vínculos que se heredan y se reinventan. Cada generación que habita ese espacio lo modifica, lo resignifica y, al mismo tiempo, queda impregnada por él. La casa se convierte así en una suerte de organismo vivo, en movimiento, que acompaña y refleja el devenir de quienes la habitan, dentro de una vivencia construida a partir de la experiencia que se aporta, formándose así una fenomenología identitaria familiar que va más allá de un lugar habitable. Se parte, de hecho, del lugar para hacer fluir, de un modo bergsoniano, todas las escenas aisladas, lo que nos permite reflexionar sobre cómo los espacios, los vínculos y los recuerdos configuran nuestra percepción del mundo y de nosotros mismos.
Respecto a esto, podríamos coger el siguiente texto de Ortega y Gasset:
“Pero ahora es menester que corrijamos un posible error de perspectiva a que el orden irremediable de nuestro inventario de lo que hay en el mundo corre el riesgo de dar lugar. Empezamos por analizar nuestra relación con la piedra, seguimos con la planta y luego el animal. Sólo tras todo esto nos enfrentamos con el hecho de que se nos apareció el Hombre como el Otro. El error consistiría en que esa especie de orden cronológico a que el buen orden analítico nos ha llevado pretenda significar el orden real en que nos van apareciendo los contenidos de nuestro mundo. Este orden real es precisamente el inverso. Lo primero que aparece en su vida a cada cual son los otros hombres. Porque todo cada cual nace en una familia y ésta nunca existe aislada; la idea de que la familia es la célula social es un error que rebaja la maravillosa institución humana que es la familia; y es maravillosa, aunque sea molesta pues no hay cosa humana que además no sea molesta”[1][2]
La familia nunca existe aislada, como bien expresa el pensador español José Ortega y Gasset, quien afirma que el ser humano es inseparable de su circunstancia. A esta idea yo añadiría que la familia es, por naturaleza, lo contrario del aislamiento: es apertura, vínculo, coexistencia. Su existencia se produce en un lugar, entendido no como simple espacio físico, sino como el basho —concepto central en la filosofía de Kitarō Nishida, fundador de la Escuela de Kioto—. Para Nishida, el basho es el lugar ontológico donde se encuentran los opuestos, el punto de partida desde el cual se desarrollan y se transforman.
Este lugar no es neutro ni vacío: es el cruce de memorias, afectos, tensiones y rupturas. En este sentido, la película La famiglia de Ettore Scola representa con maestría ese espacio de encuentro entre generaciones, donde los valores cambian, los vínculos se reconfiguran y el tiempo se acumula en los objetos, los gestos y los silencios. La casa familiar, con sus pasillos largos y sus grietas, no es solo escenario, sino testigo y protagonista de ese devenir.
Sin embargo, si seguimos el pensamiento de Nishida, el lugar tiende a concebirse como apertura pura, sin límites definidos. Aquí propongo una crítica: el lugar de la familia no puede ser únicamente campo de contradicción sin forma. El hogar —con sus muros, sus umbrales, sus rincones— ofrece también un límite, una frontera simbólica que permite la configuración de identidades y la diferenciación entre lo propio y lo ajeno. Es precisamente ese límite el que posibilita el encuentro auténtico.
La casa vieja, con sus imperfecciones, recoge la historia y permite el arraigo. En contraste, las construcciones modernas —donde el interior y el exterior se confunden, donde los límites se diluyen— generan una convivencia más expuesta, menos protegida. La consecuencia es una familia más vulnerable, menos resguardada por el espacio que antes delimitaba lo íntimo y lo público.
Ahora bien, no se debe caer en el peligro de encerrarse dentro de esos límites. Porque es precisamente entre los altos muros que no dejan pasar la luz donde, como advirtió Walter Benjamin, “se va perdiendo la libertad en la conversación”. En ese encierro, cada individuo queda atrapado en su propia situación vital y en su condición social, aislado no solo del otro, sino también de la realidad que se extiende más allá de esos márgenes. Cuando el espacio se convierte en frontera infranqueable, el ser humano queda anclado en una existencia fragmentada, incapaz de abrirse al mundo.
Este fenómeno es más evidente en sistemas totalitarios, donde el control es explícito. Pero en sociedades como la nuestra, el peligro se disfraza de libertad. Vivimos rodeados de apariencias que simulan vínculos, pero que en el fondo los vacían. La realidad se ha ido sustituyendo por representaciones, y lo que parece verdadero importa más que lo que realmente es[3]. En este contexto, la familia corre el riesgo de convertirse en una escenografía sin sustancia.
Las casas modernas, sin límites claros entre el interior y el exterior, reflejan esta transformación. En ellas, la vida fluye continuamente al compás de pantallas encendidas, rutinas automatizadas y una conectividad constante que sustituye la intimidad por exposición. La arquitectura abierta diluye la conversación profunda y convierte el hogar en un espacio de tránsito más que de arraigo. La familia, en este entorno, ya no se encuentra: se dispersa.
Frente a esto, el lugar —como lo concebíamos antes, con sus límites, sus grietas, sus silencios— no debe ser clausura, pero sí refugio. Un espacio que permita la diferencia sin aislarla, que ofrezca identidad sin encierro. Solo desde ahí puede la familia abrirse al mundo sin perderse en él.
En este sentido, podemos plantear que tanto en las casas viejas como en las nuevas existe un correlato con el mundo exterior que se asemeja al funcionamiento del cerebro. Este paralelismo responde a una célebre afirmación de Jacques Lacan, quien señaló: «He visto muchos encefalogramas, pero en ninguno de ellos he visto desarrollarse el pensamiento.» Esta observación es acertada: aunque existe una relación entre el cerebro y la cognición —y esta puede verse afectada por un daño cerebral— no es posible reducir el pensamiento únicamente a una cuestión sináptica o neurofisiológica.
El pensamiento está profundamente vinculado al lenguaje, entendido como estructura de significantes que se articulan en relación con el sujeto. Además, intervienen los movimientos históricos, culturales y sociales que configuran el marco simbólico en el que se inscribe la experiencia humana. El lenguaje no es solo un medio de comunicación, sino un sistema que organiza el pensamiento y la subjetividad.
Del mismo modo, el hogar —como espacio simbólico y material— también establece un correlato con el mundo exterior. No es solo un lugar físico, sino un entramado de significaciones, memorias y relaciones que reflejan y afectan la vida psíquica de quienes lo habitan. Así como el cerebro no puede entenderse sin el lenguaje y el contexto cultural, el hogar tampoco puede comprenderse sin atender a su dimensión simbólica, histórica y afectiva.
Pero, ¿cuáles son los modos en que ese correlato con el mundo exterior puede irrumpir? En La famiglia, la casa no es solo un espacio físico, sino un contenedor de tiempo, memoria y fracturas íntimas. A medida que las generaciones se suceden, el mundo exterior se filtra por las grietas de lo doméstico: la guerra, el progreso, los cambios sociales. La casa, que parecía inmune al paso del tiempo, se convierte en testigo silencioso de una transformación inevitable. David Foster Wallace, en E Unibus Pluram, advierte sobre esta irrupción cuando escribe que “el mundo exterior no es algo que se pueda apagar con el mando a distancia”. Así, las casas viejas, como la de la película, revelan que lo íntimo nunca está completamente aislado: el afuera siempre encuentra una forma de entrar, ya sea por la televisión encendida, por una carta que llega, o por el silencio que se instala tras una pérdida.
La televisión encendida, lejos de conectar, ha contribuido al aislamiento de las personas, encerrándolas en una burbuja de imágenes que ya no apuntan hacia el mundo real. En contraste, una carta —con su materialidad y su origen externo— siempre señala hacia fuera, hacia otro lugar, otra voz, otra vida. David Foster Wallace, en E UnibusPluram, profundiza esta idea al señalar que la televisión ha dejado de necesitar una relación significativa con el mundo exterior. No porque dicha relación haya desaparecido, sino porque se ha vuelto irrelevante. En sus palabras, antes la televisión funcionaba como una ventana que mostraba versiones idealizadas de la realidad, enseñándonos a mirar lo que señalaba. Hoy, sin embargo, el público ha sido entrenado para mirar la pantalla misma, ignorando lo que hay más allá. Como dice Wallace, es como si al señalar algo a un perro, este se quedara mirando el dedo en lugar de lo que se le indica. Así, la casa —como en La famiglia— se convierte en un espacio donde lo exterior apenas logra irrumpir, y cuando lo hace, lo hace a través de gestos mínimos: una carta, un silencio, una ausencia[4].
De algún modo, la oscuridad que recorre los largos pasillos y las habitaciones de recogimiento en las casas antiguas se mimetiza con la transparencia impersonal de las construcciones modernas. Ya ni siquiera desde el recogimiento que antaño ofrecían las viviendas tradicionales se propicia el diálogo. Ambas arquitecturas, tan distintas en apariencia, comparten una misma grieta simbólica: el canal por donde se filtra el mundo televisivo.
Jean Baudrillard lo anticipó al señalar que, en la era de la simulación, “lo real ya no es lo real”, sino una copia sin referente, una imagen que sustituye la experiencia directa. Así, la televisión no se instala como una ventana al mundo, sino como una distorsión que coloniza el espacio íntimo.
En La famiglia, esa grieta se vuelve más evidente a medida que la casa envejece: lo que antes era recogimiento se transforma en aislamiento, y lo que antes representaba un vínculo con el exterior se convierte en simulacro.
Como en Le Grand Meaulnes, donde el protagonista persigue incansablemente el recuerdo de una casa perdida y un amor que se escapa entre los pliegues del tiempo, también nosotros buscamos —en medio de arquitecturas modernas y vínculos simulados— ese lugar que nos devuelva el sentido. La casa vieja, como la del dominio misterioso de Yvonne de Galais, no es solo un espacio físico, sino el símbolo de una promesa: la de un amor verdadero, de un refugio que aún no ha sido colonizado por la simulación. Pero como Meaulnes, también nosotros descubrimos que ese lugar no se encuentra fácilmente. Se busca. Se sueña. Se pierde. Y en esa pérdida, se revela la verdad más honda: que el amor, como el hogar, solo existe en la medida en que se desea.
[1] Ortega y Gasset, José. (2001) El hombre y la gente. Revista de Occidente en Alianza editorial. Madrid, pp. 111-112.
La cita sugiere que los momentos más complicados de la vida, fracaso, pérdida, incertidumbre, son precisamente aquellos en los que se necesita mayor claridad mental.
La felicidad, por suerte o por desgracia, es un sentimiento pasajero. Aunque todos aspiremos a ser felices eternamente, la realidad es que buscar la felicidad plena y constante es en sí un error. La vida nos da lecciones, golpes y mucho aprendizaje. Las etapas difíciles son inevitables y la tristeza es igual de importante que la felicidad. Es la que nos hace apreciar la segunda y nos hace sentir humanos de carne y hueso. Lo importante en estos casos es saber lidiar con esa tristeza y encontrar la fuerza y la energía para recuperar esa ansiada felicidad, porque, aunque no podamos tenerla siempre, podemos trabajar para atraerla.
La cita sugiere que los momentos más complicados de la vida, fracaso, pérdida, incertidumbre, son precisamente aquellos en los que se necesita mayor claridad mental. No se trata de negar el problema, sino de enfocar la atención en aquello que aún puede cambiarse o mejorarse.
En otras palabras, la frase plantea que la esperanza no aparece sola: hay que buscarla activamente. Cuando todo parece oscuro, el ejercicio de pensar, analizar y mantener la perspectiva puede revelar oportunidades que antes no eran visibles.
La filosofía detrás del mensaje
Aunque la cita se difunde asociada a Aristóteles, lo importante es que conecta con ideas centrales de su pensamiento. El filósofo griego defendía que el ser humano desarrolla su potencial mediante la razón, la reflexión y el aprendizaje a partir de la experiencia.
Desde ese punto de vista, los momentos difíciles no son solo obstáculos. También pueden convertirse en ocasiones para adquirir conocimiento sobre uno mismo y sobre el mundo.
Por eso muchas interpretaciones de la frase la relacionan con la resiliencia: la capacidad de mantener el rumbo incluso cuando las circunstancias se vuelven adversas.
Dibujar los continentes, los mares navegables y sus puertos, y cartografiar las corrientes donde los barcos se abisman, a la vez que refutar la existencia de «paraísos puros», es uno de los propósitos del «mapa filosófico» del gijonés.
Tenemos en las manos un libro singular. Un relato construido desde el lenguaje común, comprensible y claro, sin sacrificar tampoco las formulaciones precisas cuando se requiere.
De principio a fin resalta la unidad arquitectónica del conjunto construida sobre algunas columnas maestras (como la diferencia entre lo antrópico y lo anantrópico…), mientras que página a página vemos aparecer tesis que se van perfilando con la lógica que imponen los materiales concretos analizados. En la exigencia racional se intuye que se ha tomado como modelo a Spinoza, un maestro en el arte de labrar cristales. La cita de un poema de J. L. Borges dedicado al filósofo hispano-neerlandés, abriendo el ensayo, nos lo recuerda.
David Alvargonzález no se propone sólo, por tanto, recorrer dieciséis grandes temas (el hombre, la cultura, las artes, las religiones, las ciencias…), sino mostrar además el ensamblaje de todas estas regiones de la realidad. Y mostrarlo a través de un sistema, o sea, en un mapa filosófico del mundo. Un mapamundi que trata, en dos palabras, de «la» realidad natural y del ser humano. El texto fluye al compás exclusivamente de la argumentación expuesta, sin citas ni mención de autores y con el propósito de destacar principalmente su utilidad cartográfica, que es no desorientarse. Una utilidad que no pretende moralizar a nadie, sino evidenciar lo fácil que es perder la razón en este mundo.
Tras años de formación en el taller del materialismo filosófico trabajando con Gustavo Bueno, el profesor titular de la Universidad de Oviedo ha depurado una serie de tesis y de doctrinas y las ha ordenado en –podríamos decir– el sistema alvargonzalista, diferente al de su maestro en algunas formulaciones y ajustes.
Y vemos que la filosofía desplegada aquí lleva a cabo, al menos, tres tareas fundamentales. Una es barrer la basura, denunciar algunas ideas malformadas, desde los mitos modernos («democracia fundamentalista», idea ingenua de «progreso»…) hasta las nebulosas ideológicas que confunden lo real con lo pintado, o los enfoques que sitúan lo puramente imaginado –y pensado ingenuamente como posible– a la misma escala de las verdades absolutas de las ciencias estrictas: una persona podrá cambiar el rol social de su comportamiento sexual, pero «no podrá cambiar su sexo cromosómico, en la medida en que es imposible alterar un cromosoma en los billones de células del cuerpo», dice.
La segunda tarea tiene que ver con poner de relieve algunas tesis y algunos conceptos centrales. Así, por ejemplo, señala muy bien qué entiende por «sistema», relación de ideas o cosas que va más allá de los meros conglomerados o de los simples conjuntos e incluso más allá de las estables estructuras.
La tercera tarea nos compromete con la conveniencia de contornear bien los límites del mundo: qué se conoce bien –las ciencias estrictas– y qué se desconoce, qué planteamientos son fértiles y cuáles engañosos o inútiles o inapropiados… Es en este nivel donde el sistema de DA se pone a prueba frente a otros sistemas hoy presentes. Así, para ilustrar lo que señalamos, lo que entiende por persona, por lenguaje y por conocimiento no coincide con los principios que maneja la fenomenología del siglo XXI.
El concepto de persona entendido como lo que se añade al cuerpo biológico del individuo mediante la interacción cultural en la que se insertan componentes éticos, morales y políticos, y donde la síntesis de todo ese proceso depende exclusivamente del aprendizaje de técnicas y de normas –circunscritas a las culturas concretas y siempre diferentes– sin dejar ningún papel a las dimensiones que la fenomenología actual reclama para el individuo humano, como son ciertos niveles compartidos por toda la humanidad al margen de su escisión cultural, ¿es el límite apropiado?
¿Es el límite ajustado a los hechos no diferenciar prácticamente entre lenguaje (humano) y lenguas culturales?, pues el lenguaje sería, según DA, el español, francés, inglés, mandarín… acompañado del apoyo que la comunicación etológica (animal) añade a las diversas lenguas y, por tanto, prescindiendo de los anclajes fenomenológicos de la intencionalidad específicamente humana previos a las lenguas y no reducibles a los resortes etológicos.
Y finalmente, ¿cuál es el contorno del verdadero conocimiento? Lo encuentra en la verdad de las ciencias, de las técnicas y de las tecnologías, junto al saber pragmático habitual, y rematado por la función de verdad que cumpliría la filosofía verdadera. Así es, pero junto a esta mitad lógico-lingüística, la fenomenología (Sánchez Ortiz de Urbina y otros) apela a otra mitad del ser humano, la artístico-estética –y las actividades humanas asimilables–, tanto en su lado creativo como receptivo. ¿Absorbe la parte lingüística y técnica a la parte artística y creativa?
El lector que consulte este mapa quedará implicado en poner a prueba sus concepciones y creencias al contrastarlas con los afinados análisis de Alvargonzález y seguramente será arrastrado a repensar los verdaderos límites del conocer y del mundo, es decir, los lugares reales a los que tenemos acceso.
Desde el seno de la asociación Filosofía en la Calle nace este programa radiofónico como una extensión natural de su espíritu crítico, participativo y abierto. Lo que comienza como un espacio de reflexión sonora está destinado a crecer muy pronto hacia un canal audiovisual en YouTube, incorporando imágenes, entrevistas y contenidos visuales que enriquecerán el diálogo filosófico y lo harán aún más accesible.
El proyecto está comandado por Antonio Guerrero, Juanmo Giménez y Luis Vergel, tres impulsores comprometidos con la divulgación del pensamiento crítico fuera de los espacios académicos tradicionales. Su objetivo es claro: llevar la filosofía a la vida cotidiana, sacarla de las aulas y ponerla en conversación con la sociedad, abordando temas actuales desde una mirada profunda, rigurosa y a la vez cercana.
El programa combinará análisis, debate, entrevistas y participación ciudadana, creando un espacio donde las ideas puedan circular libremente y donde cualquier persona interesada encuentre un lugar para pensar en común. La futura versión audiovisual permitirá además documentar encuentros, actividades en la calle y eventos organizados por la asociación, ampliando así su alcance y su impacto.
Para más información sobre el proyecto y sus actividades, se puede visitar su página web: Filosofiaenlacalle.com
Omar Linares es doctor en Filosofía por la Universidad de Granada, un título al que llegó no por una temprana vocación académica, sino por una profunda necesidad personal tras una infancia y adolescencia marcadas por la angustia y la desilusión.
A pesar de haber suspendido Historia de la Filosofía en el bachillerato por pura apatía existencial, un reencuentro veraniego con los textos clásicos le reveló que el pensamiento podía ser una tabla de salvación frente al sufrimiento.PUEDE INTERESARTE
Hoy, con más de diez años de experiencia en la terapia filosófica y tras haber fundado el proyecto Thelos, Linares vuelca su trayectoria en acompañar a otros a comprender que la vida, en sí misma, siempre es suficiente. “El éxito profesional puede llegar a ser el detonante de una crisis existencial -explica en una entrevista con Noticias Cuatro-. En la consulta he visto a millonarios de 35 años que se sienten tremendamente vacíos”.
Linares publica ahora ‘La consulta del filósofo’ (Temas de Hoy), “un manual de instrucciones para las crisis existenciales”. En la obra defiende que la filosofía debe recuperar su papel originario como una «cura del alma», una disciplina práctica capaz de ofrecer herramientas ante las fricciones de la cotidianidad.PUEDE INTERESARTE.
Frente a la tendencia actual de patologizar cualquier rastro de tristeza o incertidumbre, el autor sostiene que una crisis existencial no es un trastorno mental, sino un fenómeno profundamente humano que surge cuando nuestra forma de entender el mundo se nos ha quedado pequeña. En lugar de recurrir de inmediato a la medicalización -España es líder mundial en el consumo de ansiolíticos-, se propone una inmersión en el discurso interno para pulir la lente con la que percibimos la realidad.
El libro también advierte sobre los peligros del «virus neoliberal», que empuja a los individuos a una autoexplotación constante bajo la promesa de una perfección inalcanzable. Esta «positividad tóxica» y la evasión digital constante nos alejan de nuestra esencia y nos hunden en un vacío que tratamos de llenar con consumo. Frente a esto, el autor rescata la sabiduría de escuelas como el estoicismo o el epicureísmo, recordándonos que el mayor gozo al que podemos aspirar es la contemplación de la realidad tal cual es, reconociendo incluso nuestra conexión física con el cosmos como «polvo de estrellas».
Finalmente, el texto aborda la reconciliación con la vida y la aceptación de la finitud. Para Linares, aprender a vivir implica necesariamente aprender a morir, dejando de lado el miedo metafísico para abrazar el presente con «máximo desempeño y mayor desapego». La propuesta no es maquillar la existencia para que parezca más dulce, sino atreverse a ser quien uno es, transformando las heridas biográficas en un motor de crecimiento que nos permita habitar el mundo con serenidad y autenticidad.
Nada es suficiente. Da igual de qué estemos hablando. Siempre podemos ser mejores en nuestro trabajo, tener más éxito en el amor, hacer una sentadilla más o tener más ahorros. El problema de tener pensamiento ilimitados es que muchas veces esos pensamientos son los culpables de que sintamos que somos insuficientes. Nos han hecho creer que para ser felices tenemos que rozar la excelencia en todos los ámbitos de nuestra vida, y la realidad es que si preguntas a los considerados excelentes, te dirán que piensan y sienten lo mismo que tú todos los días de su vida.
El mundo está lleno de personas increíbles. Las redes solo muestran una pequeña parte de ellas, pero con solo 10 minutos en cualquier red social descubrirás que muchos tienen habilidades asombrosas. Las plataformas se han convertido en el altavoz de todos, y aunque estén plagadas de post irrelevantes, de vez en cuando descubres un nuevo artista, bailarín, ingeniero o creador de contenido que tiene muchas cosas que contar y de las que puedes aprender. Precisamente las redes son quizás las que nos limitan y nos hacen pensar que nada de lo que hacemos iguala al nivel de los vídeos que ya hemos visto, y ese es el problema.
La realidad es que, aunque se hable mucho de ello, este sentimiento no es propio de la Generación Z. Hace unos cuantos siglos, 23 para ser exactos, Epicuro dejaba una frase que sigue resonando en nuestra mente y que se puede aplicar a la actualidad: «Quien no se conforma con poco, no se conforma con nada».
El problema de querer más
La frase de Epicuro, «Quien no se satisface con poco, no se satisface con nada», resume una de las piezas centrales de su filosofía sobre el deseo y la felicidad. Según el pensador griego, la mayoría de nuestros problemas surgen precisamente de querer más y más: deseos insaciables que no sólo son difíciles de satisfacer, sino que constantemente impiden que valoremos lo que ya tenemos.
Para Epicuro, aprender a encontrar satisfacción en cosas sencillas, como una comida compartida, la compañía de seres queridos, o incluso un momento de tranquilidad, trae a la vida una sensación de plenitud que no depende de la abundancia material. Esta actitud, más que renuncia, es una herramienta de libertad emocional, porque libera a la mente de la ansiedad de lo que falta y abre espacio para apreciar lo que está presente.
Saborear lo construido
Aplicada a las relaciones humanas, esta idea sugiere que una pareja o amistad se fortalece no por gestos grandiosos o expectativas ideales, sino por la gratitud, el respeto mutuo y la sencillez de los pequeños actos cotidianos. No es raro que quienes persiguen constantemente “más” en el amor, más intensidad, más confirmación, más posesiones, terminen sintiéndose vacíos, pues nunca se detienen a saborear lo que ya han construido.
En un mundo saturado de comparaciones, logros y sobresaturación de estímulos, la lección de Epicuro sigue siendo relevante: cultivar una actitud de contento con lo justo y necesario nos permite no sólo reducir el estrés y la frustración, sino también profundizar en lo que realmente importa, desde la salud emocional hasta la calidad de nuestros vínculos.
La filosofía china tiene máximas ancestrales que orientan el comportamiento humano para reforzar la resiliencia y seguir adelante a pesar de las dificultades
En lafilosofía china, la resiliencia es una cualidad esencial para navegar por las corrientes a menudo desafiantes de la vida. La frase (Nì shu xíng zhu, bù jìn zé tuì), que se traduce como “Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”, es una poderosa metáfora de la necesidad de perseverar frente a la adversidad.
La sabiduría china está llena de proverbios antiguos que, con pocas palabras, logran transmitir enseñanzas profundas sobre la vida. Por eso, este lema se ha convertido en una metáfora inolvidable sobre la resiliencia, el esfuerzo constante y la importancia de no rendirse ante las dificultades.
Filosofía china: “Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”
“Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”
En la tradición china, la vida suele compararse con elementos naturales: ríos, montañas, viento o fuego. En este caso, el río representa el paso del tiempo y los desafíos inevitables. La enseñanza nos dice que cuando estamos “contra la corriente”, no basta con quedarse quietos. La vida no se detiene.
Pues el mundo sigue avanzando, las circunstancias cambian y, por más que nos pese, los obstáculos son parte del camino. Es por ello que, si una persona deja de esforzarse, inevitablemente empieza a retroceder.
El remo, en este sentido, simboliza la voluntad personal, la perseverancia, la capacidad de seguir incluso con cansancio y, pues claro, el trabajo silencioso y continuo, donde cada remada representa un pequeño paso hacia adelante, incluso cuando no se ven resultados inmediatos.
Al igual que el barco que avanza río arriba, podemos utilizar los obstáculos como oportunidades para fortalecernos y avanzar.
Cuando se dice que si no remamos no avanzamos, quiere decir que en ciertos momentos, la inacción no es neutral. Si una persona no decide, pierde oportunidades y rendirse es dejar que la corriente arrastre llevando al estancamiento. La frase invita a mantenerse en movimiento, aunque sea lentamente.
La resiliencia como camino, no como destino
En Occidente se habla mucho de resiliencia como una virtud psicológica. Pero en Oriente se entiende como una práctica diaria. Ser resiliente no es ser invencible. Es:
adaptarse
aprender del dolor
continuar a pesar del miedo
avanzar incluso con incertidumbre
“Remar contra la corriente” es una imagen poderosa porque refleja algo universal, todos enfrentamos momentos en los que la vida parece ir en dirección contraria.
Asi que no lo olvides, el progreso no siempre es rápido, pero siempre es necesario, cada esfuerzo cuenta y seguir adelante es, en sí mismo, una victoria.
Tenemos el honor de anunciar la publicación de Atlas del pensamiento contemporáneo. La filosofía en el siglo XXI. Sus corrientes, paradigmas y principales nombres.
Esta obra se publicado el 21 de noviembre de 2025 en la Editorial Almuzara (ISBN: 978-84-10520-07-3,) dentro de la Colección: Filosofía, cultura y sociedad
Esta obra ofrece un mapa panorámico, accesible y riguroso del estado actual de la filosofía en nuestro siglo, con especial atención a los grandes desafíos contemporáneos: el impacto disruptivo de la inteligencia artificial y el transhumanismo, la crisis de la verdad en la era de la posverdad, las tensiones de la democracia liberal, las nuevas configuraciones del pensamiento feminista, la ética ante el vértigo tecnológico, el papel del arte en un mundo fragmentado y las transformaciones en la filosofía de la ciencia y la tecnología.
La filosofía frente al vértigo tecnológico y el desconcierto ético.
¿Qué puede hacer puede la filosofía en un mundo atravesado por la tecnología, la incertidumbre política y la pérdida de sentido? Lejos de los grandes sistemas del pasado, el pensamiento filosófico de hoy explora nuevas sendas, más tentativas y más urgentes. Este libro ofrece una visión panorámica del siglo XXI desde las principales disciplinas filosóficas: la ética, la política, la epistemología, la estética, la ontología o la filosofía de la ciencia y la tecnología.
En estas páginas se analiza el impacto de la inteligencia artificial, el transhumanismo o la posverdad, pero también se reflexiona sobre la estructura del juicio moral, las tensiones de la democracia liberal, el sentido del arte o la transformación del pensamiento feminista. Se trata de pensar con precisión, con libertad y con responsabilidad ante los retos que definen nuestro tiempo.
Una invitación a orientarse en un presente fragmentado y un porvenir impredecible, que será tecnológico o no será. Y que, si no es ético, tal vez no podamos contarlo.