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BAJO EL HORIZONTE DE KANT:

EL CIELO ESTRELLADO Y LA CONCIENCIA MORAL

Sebastián Gámez Millán

A la filosofía le ha perseguido casi siempre la sombra de la inutilidad, pero a decir verdad no conozco ninguna idea más valiosa que una de las formulaciones del imperativo categórico de Kant: “Actúa de tal modo que trates a los otros siempre como fines en sí mismos y nunca meramente como medios”, que es el fundamento teórico de los Derechos Humanos. A la pregunta de por qué se deben respetar, se responde con ello. No faltarán quienes aleguen que todavía se incumple con mucha frecuencia, pero en la medida que conseguimos cumplirlo nos damos el trato más civilizado que podemos darnos las personas, recíproco y como fines, no como instrumentos, cosa que por razones biológicas o económico-políticas sucede a menudo. Es la diferencia entre ser y debe ser, entre la naturaleza y la ética, dialéctica que atraviesa su pensamiento filosófico como dos líneas asíntotas que van a su encuentro sin llegar a tocarse nunca. De ahí que nada le llenara más de asombro que el cielo estrellado sobre él y la conciencia de una ley moral en sí. 

Y aunque la libertad es un postulado de la razón práctica, pues “las acciones humanas se hallan determinadas conforme a leyes universales de la Naturaleza”, la libertad es la ratio essendi de la ética, del mismo modo que la ética es la ratio cognoscendi de la libertad. Dicho en otros términos, la libertad es el fundamento de la ética, ya que sin ella carece de sentido las acciones y juicios éticos (¿cómo podríamos comportarnos libres y responsablemente si no podemos elegir?), de la misma manera que el fin de la ética es ampliar nuestros márgenes de libertad, tanto de forma individual como social. Es por esta razón por la que la libertad es considerada el valor fundamental de los modernos; es la condición de posibilidad de los demás valores. Si bien tengo para mí que la axiología se rige bajo el pluralismo: ¿o acaso no se requiere ciertas dosis de paz y de seguridad para que podamos ejercer la libertad tal como es adecuado y conveniente?

Pese a que a Kant le entusiasmaban las noticias que le llegaban de la Revolución Francesa, en la que percibía un signo de progreso de la humanidad, pues los seres humanos eran capaces de sacrificarse en aras de ideales como la libertad, la igualdad y la fraternidad, no era partidario de las revoluciones precisamente porque instrumentalizan la vida de los seres humanos. Más bien era partidario del uso público de la razón como mecanismo para introducir y prolongar reformas graduales en las instituciones, lo que sorprendentemente contrasta con su idea de que bajo “una madera tan retorcida como la de que está hecho el hombre no puede tallarse nada enteramente recto”, pues como buen ilustrado denota una inmensa fe en la razón tanto para elaborar como para reconocer argumentos que permitan progresar.

El progreso, al igual que otros conceptos (emancipación, autonomía…) de la Ilustración, fue puesto en tela de juicio durante la denominada postmodernidad, si no antes –pienso en Nietzsche, Freud o en Dialéctica de la Ilustración, de Adorno y Horkheimer–. Sin embargo, aunque tomemos conciencia de las contingencias y de la finitud humana para ponerlos en práctica, ¿podemos renunciar a ellos? Es cierto que somos interdependientes, pero eso no le resta valor a la autonomía. Mientras más autónomos seamos, ¿acaso no es mejor para nosotros y para las sociedades desde una perspectiva ético-política? Es cierto que no progresamos como soñamos, pero ¿vamos a renunciar a seguir esforzándonos y trabajar por mejorar las condiciones de vida de las personas, de los seres vivos y del planeta? Como señaló Habermas, “la modernidad –vale decir la Ilustración– es un proyecto inacabado. Parte de los problemas de nuestro mundo se deben a la falta de ilustración histórica y actual, y no sólo tecno-científica. Quienes alberguen dudas al respecto, les sugiero la lectura de En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, de Steven Pinker.  

Claro que buena parte de la permanente actualidad de su pensamiento se debe a mi parecer al talante utópico que lo recorre. Kant, que pensaba que el ser humano es lo que puede hacer con su educación, escribió en Pedagogía: “un principio del arte de la educación es que no se debe educar los niños conforme al presente, sino conforme a un estado mejor, posible en lo futuro, de la especie humana; es decir, conforme a la idea de humanidad y de su completo destino”. Así, el sentido de su opúsculo de 1795, quizá la más esclarecedora reflexión sobre la paz que se haya escrito nunca, es “hacia la paz, perpetuamente”, pues Kant no ignora que la paz definitiva no se alcanzará nunca, ni siquiera en los cementerios, pero mientras más nos aproximemos, habrá más libertad, más justicia, más dignidad…  

En su Lógica formuló las tres preguntas esenciales: “¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?” Preguntas que desembocan en una cuarta: “¿Qué es el ser humano?”. Con la Crítica de la razón pura respondió a la primera, produciendo un “giro copernicano” que revolucionó la teoría del conocimiento, pues del mismo modo que Copérnico imaginó acertadamente que el Sol no gira en torno a la Tierra, sino al revés, no son los objetos los que modelan al sujeto, sino que más bien se moldean conforme al sujeto; con la Crítica de la razón práctica respondió a la segunda, como con Fundamentación de la metafísica de las costumbres, transformando la ética, que ya no tendrá como fin la felicidad (Aristóteles), el placer (epicureísmo), la ataraxia o serenidad (estoicismo), la bienaventuranza (cristianismo) o la utilidad (utilitarismo), sino la humanidad; con la inconclusa Crítica del juicio responde a la tercera y de paso le da carta de naturaleza a la estética como rama autónoma de la filosofía.

Y si bien no dedicó una obra equiparable a la política, su ética contiene tan poderosas implicaciones que, a pesar del realismo político inaugurado por Maquiavelo, es inevitable volver a contar con la ética para abordar cuestiones políticas. Y al revés, no se pueden abordar cuestiones éticas sin política, como harían Arendt, Rawls, Muguerza o Habermas, algunos de los principales filósofos ético-políticos de las últimas décadas. En 1924 Ortega y Gasset escribió: “En la obra de Kant están contenidos los secretos decisivos de la época moderna, sus virtudes y sus limitaciones”. Un siglo después podemos afirmar que seguimos bajo el mismo horizonte.

Aristóteles: «Es en nuestros momentos más oscuros cuando debemos concentrarnos para ver la luz»

La cita sugiere que los momentos más complicados de la vida, fracaso, pérdida, incertidumbre, son precisamente aquellos en los que se necesita mayor claridad mental.

Cristina Dunne

La felicidad, por suerte o por desgracia, es un sentimiento pasajero. Aunque todos aspiremos a ser felices eternamente, la realidad es que buscar la felicidad plena y constante es en sí un error. La vida nos da lecciones, golpes y mucho aprendizaje. Las etapas difíciles son inevitables y la tristeza es igual de importante que la felicidad. Es la que nos hace apreciar la segunda y nos hace sentir humanos de carne y hueso. Lo importante en estos casos es saber lidiar con esa tristeza y encontrar la fuerza y la energía para recuperar esa ansiada felicidad, porque, aunque no podamos tenerla siempre, podemos trabajar para atraerla.

La vida está llena de dificultades. Las piedras del camino nos hacen ser quien somos y nos distinguen de los demás. Entender lo que nos pasa es fundamental, y saber qué hacer para solucionar aquello que nos hace infelices, también.

Un autor que reflexionó sobre este concepto de hacer frente a las adversidades fue Aristóteles. El gran filósofo y pensador dejó una frase que hoy en día sigue resonando en nuestras cabezas: «Es en nuestros momentos más oscuros cuando debemos concentrarnos para ver la luz».

Cuando la dificultad nos obliga a pensar

La cita sugiere que los momentos más complicados de la vida, fracaso, pérdida, incertidumbre, son precisamente aquellos en los que se necesita mayor claridad mental. No se trata de negar el problema, sino de enfocar la atención en aquello que aún puede cambiarse o mejorarse.

En otras palabras, la frase plantea que la esperanza no aparece sola: hay que buscarla activamente. Cuando todo parece oscuro, el ejercicio de pensar, analizar y mantener la perspectiva puede revelar oportunidades que antes no eran visibles.

La filosofía detrás del mensaje

Aunque la cita se difunde asociada a Aristóteles, lo importante es que conecta con ideas centrales de su pensamiento. El filósofo griego defendía que el ser humano desarrolla su potencial mediante la razón, la reflexión y el aprendizaje a partir de la experiencia.

Desde ese punto de vista, los momentos difíciles no son solo obstáculos. También pueden convertirse en ocasiones para adquirir conocimiento sobre uno mismo y sobre el mundo.

Por eso muchas interpretaciones de la frase la relacionan con la resiliencia: la capacidad de mantener el rumbo incluso cuando las circunstancias se vuelven adversas.

Fuente: https://www.larazon.es/sociedad/aristoteles-nuestros-momentos-mas-oscuros-cuando-debemos-concentrarnos-ver-luz_2026031469b4f2696cf703292f6ffba7.html

Los límites del mundo en la filosofía de Alvargonzález

Dibujar los continentes, los mares navegables y sus puertos, y cartografiar las corrientes donde los barcos se abisman, a la vez que refutar la existencia de «paraísos puros», es uno de los propósitos del «mapa filosófico» del gijonés.

Silverio Sánchez Corredera

Tenemos en las manos un libro singular. Un relato construido desde el lenguaje común, comprensible y claro, sin sacrificar tampoco las formulaciones precisas cuando se requiere.

De principio a fin resalta la unidad arquitectónica del conjunto construida sobre algunas columnas maestras (como la diferencia entre lo antrópico y lo anantrópico…), mientras que página a página vemos aparecer tesis que se van perfilando con la lógica que imponen los materiales concretos analizados. En la exigencia racional se intuye que se ha tomado como modelo a Spinoza, un maestro en el arte de labrar cristales. La cita de un poema de J. L. Borges dedicado al filósofo hispano-neerlandés, abriendo el ensayo, nos lo recuerda.

David Alvargonzález no se propone sólo, por tanto, recorrer dieciséis grandes temas (el hombre, la cultura, las artes, las religiones, las ciencias…), sino mostrar además el ensamblaje de todas estas regiones de la realidad. Y mostrarlo a través de un sistema, o sea, en un mapa filosófico del mundo. Un mapamundi que trata, en dos palabras, de «la» realidad natural y del ser humano. El texto fluye al compás exclusivamente de la argumentación expuesta, sin citas ni mención de autores y con el propósito de destacar principalmente su utilidad cartográfica, que es no desorientarse. Una utilidad que no pretende moralizar a nadie, sino evidenciar lo fácil que es perder la razón en este mundo.

Tras años de formación en el taller del materialismo filosófico trabajando con Gustavo Bueno, el profesor titular de la Universidad de Oviedo ha depurado una serie de tesis y de doctrinas y las ha ordenado en –podríamos decir– el sistema alvargonzalista, diferente al de su maestro en algunas formulaciones y ajustes.

Y vemos que la filosofía desplegada aquí lleva a cabo, al menos, tres tareas fundamentales. Una es barrer la basura, denunciar algunas ideas malformadas, desde los mitos modernos («democracia fundamentalista», idea ingenua de «progreso»…) hasta las nebulosas ideológicas que confunden lo real con lo pintado, o los enfoques que sitúan lo puramente imaginado –y pensado ingenuamente como posible– a la misma escala de las verdades absolutas de las ciencias estrictas: una persona podrá cambiar el rol social de su comportamiento sexual, pero «no podrá cambiar su sexo cromosómico, en la medida en que es imposible alterar un cromosoma en los billones de células del cuerpo», dice.

La segunda tarea tiene que ver con poner de relieve algunas tesis y algunos conceptos centrales. Así, por ejemplo, señala muy bien qué entiende por «sistema», relación de ideas o cosas que va más allá de los meros conglomerados o de los simples conjuntos e incluso más allá de las estables estructuras.

La tercera tarea nos compromete con la conveniencia de contornear bien los límites del mundo: qué se conoce bien –las ciencias estrictas– y qué se desconoce, qué planteamientos son fértiles y cuáles engañosos o inútiles o inapropiados… Es en este nivel donde el sistema de DA se pone a prueba frente a otros sistemas hoy presentes. Así, para ilustrar lo que señalamos, lo que entiende por persona, por lenguaje y por conocimiento no coincide con los principios que maneja la fenomenología del siglo XXI.

El concepto de persona entendido como lo que se añade al cuerpo biológico del individuo mediante la interacción cultural en la que se insertan componentes éticos, morales y políticos, y donde la síntesis de todo ese proceso depende exclusivamente del aprendizaje de técnicas y de normas –circunscritas a las culturas concretas y siempre diferentes– sin dejar ningún papel a las dimensiones que la fenomenología actual reclama para el individuo humano, como son ciertos niveles compartidos por toda la humanidad al margen de su escisión cultural, ¿es el límite apropiado?

¿Es el límite ajustado a los hechos no diferenciar prácticamente entre lenguaje (humano) y lenguas culturales?, pues el lenguaje sería, según DA, el español, francés, inglés, mandarín… acompañado del apoyo que la comunicación etológica (animal) añade a las diversas lenguas y, por tanto, prescindiendo de los anclajes fenomenológicos de la intencionalidad específicamente humana previos a las lenguas y no reducibles a los resortes etológicos.

Y finalmente, ¿cuál es el contorno del verdadero conocimiento? Lo encuentra en la verdad de las ciencias, de las técnicas y de las tecnologías, junto al saber pragmático habitual, y rematado por la función de verdad que cumpliría la filosofía verdadera. Así es, pero junto a esta mitad lógico-lingüística, la fenomenología (Sánchez Ortiz de Urbina y otros) apela a otra mitad del ser humano, la artístico-estética –y las actividades humanas asimilables–, tanto en su lado creativo como receptivo. ¿Absorbe la parte lingüística y técnica a la parte artística y creativa?

El lector que consulte este mapa quedará implicado en poner a prueba sus concepciones y creencias al contrastarlas con los afinados análisis de Alvargonzález y seguramente será arrastrado a repensar los verdaderos límites del conocer y del mundo, es decir, los lugares reales a los que tenemos acceso.

Fuente: https://www.lne.es/cultura/2026/02/26/limites-mundo-filosofia-alvargonzalez-127275066.html

Un gallo para Esculapio, programa radiofónico

Desde el seno de la asociación Filosofía en la Calle nace este programa radiofónico como una extensión natural de su espíritu crítico, participativo y abierto. Lo que comienza como un espacio de reflexión sonora está destinado a crecer muy pronto hacia un canal audiovisual en YouTube, incorporando imágenes, entrevistas y contenidos visuales que enriquecerán el diálogo filosófico y lo harán aún más accesible.

El proyecto está comandado por Antonio Guerrero, Juanmo Giménez y Luis Vergel, tres impulsores comprometidos con la divulgación del pensamiento crítico fuera de los espacios académicos tradicionales. Su objetivo es claro: llevar la filosofía a la vida cotidiana, sacarla de las aulas y ponerla en conversación con la sociedad, abordando temas actuales desde una mirada profunda, rigurosa y a la vez cercana.

El programa combinará análisis, debate, entrevistas y participación ciudadana, creando un espacio donde las ideas puedan circular libremente y donde cualquier persona interesada encuentre un lugar para pensar en común. La futura versión audiovisual permitirá además documentar encuentros, actividades en la calle y eventos organizados por la asociación, ampliando así su alcance y su impacto.

Para más información sobre el proyecto y sus actividades, se puede visitar su página web:
Filosofiaenlacalle.com

También es posible contactar directamente a través del correo electrónico:
filosofia.lacalle@gmail.com

Un espacio para pensar juntos, cuestionar lo establecido y devolver la filosofía al lugar que le pertenece: la calle.

Puedes oírlo aquí: https://www.ondacero.es/emisoras/andalucia/el-ejido/audios-podcast/gallo-escolapio-episodio-1_2026022769a1a2079243cc133c670abf.html

Omar Linares, asesor filosófico

Omar Linares, asesor filosófico: “En la consulta he visto a millonarios de 35 años que se sienten tremendamente vacíos”

Miguel Manso

Omar Linares es doctor en Filosofía por la Universidad de Granada, un título al que llegó no por una temprana vocación académica, sino por una profunda necesidad personal tras una infancia y adolescencia marcadas por la angustia y la desilusión.

A pesar de haber suspendido Historia de la Filosofía en el bachillerato por pura apatía existencial, un reencuentro veraniego con los textos clásicos le reveló que el pensamiento podía ser una tabla de salvación frente al sufrimiento.PUEDE INTERESARTE

Hoy, con más de diez años de experiencia en la terapia filosófica y tras haber fundado el proyecto Thelos, Linares vuelca su trayectoria en acompañar a otros a comprender que la vida, en sí misma, siempre es suficiente. “El éxito profesional puede llegar a ser el detonante de una crisis existencial -explica en una entrevista con Noticias Cuatro-. En la consulta he visto a millonarios de 35 años que se sienten tremendamente vacíos”.

Linares publica ahora ‘La consulta del filósofo’ (Temas de Hoy), “un manual de instrucciones para las crisis existenciales”. En la obra defiende que la filosofía debe recuperar su papel originario como una «cura del alma», una disciplina práctica capaz de ofrecer herramientas ante las fricciones de la cotidianidad.PUEDE INTERESARTE.

Frente a la tendencia actual de patologizar cualquier rastro de tristeza o incertidumbre, el autor sostiene que una crisis existencial no es un trastorno mental, sino un fenómeno profundamente humano que surge cuando nuestra forma de entender el mundo se nos ha quedado pequeña. En lugar de recurrir de inmediato a la medicalización -España es líder mundial en el consumo de ansiolíticos-, se propone una inmersión en el discurso interno para pulir la lente con la que percibimos la realidad.

El libro también advierte sobre los peligros del «virus neoliberal», que empuja a los individuos a una autoexplotación constante bajo la promesa de una perfección inalcanzable. Esta «positividad tóxica» y la evasión digital constante nos alejan de nuestra esencia y nos hunden en un vacío que tratamos de llenar con consumo. Frente a esto, el autor rescata la sabiduría de escuelas como el estoicismo o el epicureísmo, recordándonos que el mayor gozo al que podemos aspirar es la contemplación de la realidad tal cual es, reconociendo incluso nuestra conexión física con el cosmos como «polvo de estrellas».

Finalmente, el texto aborda la reconciliación con la vida y la aceptación de la finitud. Para Linares, aprender a vivir implica necesariamente aprender a morir, dejando de lado el miedo metafísico para abrazar el presente con «máximo desempeño y mayor desapego». La propuesta no es maquillar la existencia para que parezca más dulce, sino atreverse a ser quien uno es, transformando las heridas biográficas en un motor de crecimiento que nos permita habitar el mundo con serenidad y autenticidad.

Fuente y video-entrevista de Linares:

https://www.cuatro.com/noticias/cultura/20260218/omar-linares-filosofico-he-visto-millonarios-tremendamente-vacios_18_018308341.html

Epicuro: «Quien no se conforma con poco, no se conforma con nada»

El pensador reflexiona sobre cómo los deseos insaciables no son sólo son difíciles de satisfacer, sino que impiden que valoremos lo que ya tenemos

Nada es suficiente. Da igual de qué estemos hablando. Siempre podemos ser mejores en nuestro trabajo, tener más éxito en el amor, hacer una sentadilla más o tener más ahorros. El problema de tener pensamiento ilimitados es que muchas veces esos pensamientos son los culpables de que sintamos que somos insuficientes. Nos han hecho creer que para ser felices tenemos que rozar la excelencia en todos los ámbitos de nuestra vida, y la realidad es que si preguntas a los considerados excelentes, te dirán que piensan y sienten lo mismo que tú todos los días de su vida.

El mundo está lleno de personas increíbles. Las redes solo muestran una pequeña parte de ellas, pero con solo 10 minutos en cualquier red social descubrirás que muchos tienen habilidades asombrosas. Las plataformas se han convertido en el altavoz de todos, y aunque estén plagadas de post irrelevantes, de vez en cuando descubres un nuevo artista, bailarín, ingeniero o creador de contenido que tiene muchas cosas que contar y de las que puedes aprender. Precisamente las redes son quizás las que nos limitan y nos hacen pensar que nada de lo que hacemos iguala al nivel de los vídeos que ya hemos visto, y ese es el problema.

La realidad es que, aunque se hable mucho de ello, este sentimiento no es propio de la Generación Z. Hace unos cuantos siglos, 23 para ser exactos, Epicuro dejaba una frase que sigue resonando en nuestra mente y que se puede aplicar a la actualidad: «Quien no se conforma con poco, no se conforma con nada».

El problema de querer más

La frase de Epicuro, «Quien no se satisface con poco, no se satisface con nada», resume una de las piezas centrales de su filosofía sobre el deseo y la felicidad. Según el pensador griego, la mayoría de nuestros problemas surgen precisamente de querer más y más: deseos insaciables que no sólo son difíciles de satisfacer, sino que constantemente impiden que valoremos lo que ya tenemos.

Para Epicuro, aprender a encontrar satisfacción en cosas sencillas, como una comida compartida, la compañía de seres queridos, o incluso un momento de tranquilidad, trae a la vida una sensación de plenitud que no depende de la abundancia material. Esta actitud, más que renuncia, es una herramienta de libertad emocional, porque libera a la mente de la ansiedad de lo que falta y abre espacio para apreciar lo que está presente.

Saborear lo construido

Aplicada a las relaciones humanas, esta idea sugiere que una pareja o amistad se fortalece no por gestos grandiosos o expectativas ideales, sino por la gratitud, el respeto mutuo y la sencillez de los pequeños actos cotidianos. No es raro que quienes persiguen constantemente “más” en el amor, más intensidad, más confirmación, más posesiones, terminen sintiéndose vacíos, pues nunca se detienen a saborear lo que ya han construido.

En un mundo saturado de comparaciones, logros y sobresaturación de estímulos, la lección de Epicuro sigue siendo relevante: cultivar una actitud de contento con lo justo y necesario nos permite no sólo reducir el estrés y la frustración, sino también profundizar en lo que realmente importa, desde la salud emocional hasta la calidad de nuestros vínculos.

Fuente: https://www.larazon.es/sociedad/epicuro-quien-conforma-poco-conforma-nada_20260214698f91a42f00a046880b97cb.html#goog_rewarded

Filosofía china: el lema ancestral que compara el remo con la resiliencia y deja una lección inolvidable

La filosofía china tiene máximas ancestrales que orientan el comportamiento humano para reforzar la resiliencia y seguir adelante a pesar de las dificultades

Por Martina Baiardi

En la filosofía china, la resiliencia es una cualidad esencial para navegar por las corrientes a menudo desafiantes de la vida. La frase (Nì shu xíng zhu, bù jìn zé tuì), que se traduce como “Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”, es una poderosa metáfora de la necesidad de perseverar frente a la adversidad.

La sabiduría china está llena de proverbios antiguos que, con pocas palabras, logran transmitir enseñanzas profundas sobre la vida. Por eso, este lema se ha convertido en una metáfora inolvidable sobre la resiliencia, el esfuerzo constante y la importancia de no rendirse ante las dificultades.

Filosofía china: “Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”

“Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”
“Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”

En la tradición china, la vida suele compararse con elementos naturales: ríos, montañas, viento o fuego. En este caso, el río representa el paso del tiempo y los desafíos inevitables. La enseñanza nos dice que cuando estamos “contra la corriente”, no basta con quedarse quietos. La vida no se detiene.

Pues el mundo sigue avanzando, las circunstancias cambian y, por más que nos pese, los obstáculos son parte del camino. Es por ello que, si una persona deja de esforzarse, inevitablemente empieza a retroceder.

Remar no es un acto instantáneo, requiere constancia, ritmo y determinación. En la filosofía oriental, esto se asocia con la disciplina interior.

El remo, en este sentido, simboliza la voluntad personal, la perseverancia, la capacidad de seguir incluso con cansancio y, pues claro, el trabajo silencioso y continuo, donde cada remada representa un pequeño paso hacia adelante, incluso cuando no se ven resultados inmediatos.

Al igual que el barco que avanza río arriba, podemos utilizar los obstáculos como oportunidades para fortalecernos y avanzar.
Al igual que el barco que avanza río arriba, podemos utilizar los obstáculos como oportunidades para fortalecernos y avanzar.

Cuando se dice que si no remamos no avanzamos, quiere decir que en ciertos momentos, la inacción no es neutral. Si una persona no decide, pierde oportunidades y rendirse es dejar que la corriente arrastre llevando al estancamiento. La frase invita a mantenerse en movimiento, aunque sea lentamente.

La resiliencia como camino, no como destino

En Occidente se habla mucho de resiliencia como una virtud psicológica. Pero en Oriente se entiende como una práctica diaria. Ser resiliente no es ser invencible. Es:

  • adaptarse
  • aprender del dolor
  • continuar a pesar del miedo
  • avanzar incluso con incertidumbre

“Remar contra la corriente” es una imagen poderosa porque refleja algo universal, todos enfrentamos momentos en los que la vida parece ir en dirección contraria.

Asi que no lo olvides, el progreso no siempre es rápido, pero siempre es necesario, cada esfuerzo cuenta y seguir adelante es, en sí mismo, una victoria.

Fuente: https://www.diariouno.com.ar/sociedad/filosofia-china-el-lema-ancestral-que-compara-el-remo-la-resiliencia-y-deja-una-leccion-inolvidable-n1522227

Publicación de Atlas del pensamiento contemporáneo.

Tenemos el honor de anunciar la publicación de Atlas del pensamiento contemporáneo. La filosofía en el siglo XXI. Sus corrientes, paradigmas y principales nombres.

Esta obra se publicado el 21 de noviembre de 2025 en la Editorial Almuzara (ISBN: 978-84-10520-07-3,) dentro de la Colección: Filosofía, cultura y sociedad

https://almuzaralibros.com/fichalibro.php?libro=6710&edi=1

Esta obra ofrece un mapa panorámico, accesible y riguroso del estado actual de la filosofía en nuestro siglo, con especial atención a los grandes desafíos contemporáneos: el impacto disruptivo de la inteligencia artificial y el transhumanismo, la crisis de la verdad en la era de la posverdad, las tensiones de la democracia liberal, las nuevas configuraciones del pensamiento feminista, la ética ante el vértigo tecnológico, el papel del arte en un mundo fragmentado y las transformaciones en la filosofía de la ciencia y la tecnología.

La filosofía frente al vértigo tecnológico y el desconcierto ético.

¿Qué puede hacer puede la filosofía en un mundo atravesado por la tecnología, la incertidumbre política y la pérdida de sentido?
Lejos de los grandes sistemas del pasado, el pensamiento filosófico de hoy explora nuevas sendas, más tentativas y más urgentes. Este libro ofrece una visión panorámica del siglo XXI desde las principales disciplinas filosóficas: la ética, la política, la epistemología, la estética, la ontología o la filosofía de la ciencia y la tecnología.

En estas páginas se analiza el impacto de la inteligencia artificial, el transhumanismo o la posverdad, pero también se reflexiona sobre la estructura del juicio moral, las tensiones de la democracia liberal, el sentido del arte o la transformación del pensamiento feminista. Se trata de pensar con precisión, con libertad y con responsabilidad ante los retos que definen nuestro tiempo.

Una invitación a orientarse en un presente fragmentado y un porvenir impredecible, que será tecnológico o no será. Y que, si no es ético, tal vez no podamos contarlo.

No morir: el sueño transhumanista

Antonio Guerrero Ruiz

En el fondo de toda ciencia late un sueño. Y en el fondo de toda técnica, una tentación. Desde que el ser humano encendió el primer fuego, el gesto prometeico de robar un secreto divino para ponerlo al servicio de los mortales se repite con nuevas formas y nuevas herramientas. Hoy, en la era de la biotecnología, ese fuego se manifiesta en laboratorios que editan genes, regeneran tejidos y programan células. Pero el sueño sigue siendo el mismo: vencer a la muerte.

El filósofo Hans Jonas, en El principio de responsabilidadadvirtió que la técnica moderna había roto la antigua alianza entre el hombre y la naturaleza. Allí donde antes existía un límite —biológico, ético, temporal— ahora se abre una frontera indefinida. La biotecnología no se conforma con curar; aspira a rediseñar. No busca prolongar la vida, sino reinventarla. En ese gesto, de resonancia prometeica, la humanidad se coloca en el lugar de los dioses.

El nuevo fuego

Prometeo robó el fuego para liberar al ser humano de su impotencia. La biotecnología, al manipular el código genético, roba un fuego distinto: el del diseño de la vida. Desde que CRISPR-Cas9 permitió editar el ADN con una precisión inédita, la posibilidad de «corregir» la naturaleza dejó de ser una metáfora. Jennifer Doudna, una de sus creadoras, confesó haber soñado con una figura semejante a Frankenstein que la interrogaba: «¿Qué has creado?». En esa pesadilla se condensa la vieja culpa prometeica: la conciencia de haber cruzado un umbral.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk ha descrito este salto como el paso del homo faber al homo geneticus. Ya no producimos herramientas, sino seres. Si la modernidad se definió por el dominio de la naturaleza exterior, la biotecnología inaugura una modernidad interior: el dominio sobre la naturaleza humana misma.

Pero toda conquista tiene su sombra. Como recordaba Heidegger, la técnica no es solo un medio, sino una forma de desvelamiento del mundo: transforma lo que toca en «fondo disponible», en recurso. Cuando aplicamos esa lógica a la vida, la vida misma se convierte en materia prima.

La biotecnología actualiza el gesto prometeico: ya no domina la naturaleza; más bien, la rediseña. Entre el sueño de vencer la muerte y la tentación de ocupar el lugar de los dioses, la técnica abre una frontera ética donde la vida misma se convierte en objeto de fabricación

El sueño de la inmortalidad

Nada revela mejor la ambición prometeica de nuestra época que la obsesión por derrotar a la muerte. Silicon Valley, ese nuevo Olimpo sin dioses pero lleno de profetas, invierte millones en laboratorios que prometen rejuvenecer células, copiar conciencias o reprogramar el envejecimiento. Peter Thiel y otros apóstoles del transhumanismo financian proyectos que pretenden «curar la muerte» como si fuera una enfermedad técnica.

Yuval Noah Harari lo anticipó en Homo Deus: el ser humano ya no busca salvación, sino actualización. La religión del futuro será biotecnológica; y su credo, la inmortalidad. Pero, como advirtió Hannah Arendt, al intentar conquistar el cielo, los seres humanos corren el riesgo de perder la Tierra. La búsqueda de la inmortalidad podría ser la forma suprema del olvido de lo humano: negar la finitud que da sentido a toda experiencia.

La promesa transhumanista de vencer la muerte convierte la finitud en un fallo técnico

Entre la biología y la teología

El mito prometeico no es solo un relato de rebelión, sino también de castigo. Prometeo es encadenado a una roca y su hígado devorado cada día por un águila: símbolo de la regeneración perpetua y del sufrimiento cíclico. Quizás la biotecnología encierre el mismo destino: la posibilidad de recomponernos infinitamente, pero sin redención.

Desde la teología, la muerte nunca fue un error que debía corregirse, sino una frontera que otorga forma a la existencia. El cristianismo la entendió como el lugar donde el tiempo se abre a lo eterno; el pensamiento oriental, como la disolución del ego en el flujo de la vida. La biotecnología, en cambio, la traduce en un fallo de replicación celular. En esa sustitución del misterio por el algoritmo, el ser humano se vuelve su propio dios… pero también su propio laboratorio.

Nietzsche ya había anunciado la muerte de Dios como la liberación del ser humano moderno, pero lo que no imaginó fue que esa muerte traería consigo el nacimiento del ingeniero genético. Si el Übermensch nietzscheano buscaba crear nuevos valores, el poshumano actual busca crear nuevas formas de vida. En ambos casos, el impulso es el mismo: trascender la condición humana.

El límite como lugar de sentido

Sin embargo, tal vez sea la conciencia del límite lo que realmente nos define. Simone Weil escribió que «toda perfección pertenece al orden de lo finito». Es en la fragilidad donde el amor, la memoria y la ética adquieren peso. Una vida sin fin sería, como temía Borges en «El inmortal», una condena a la repetición vacía. Si nada termina, nada importa.

La biotecnología promete borrar la frontera entre curar y crear, entre vivir y diseñar, entre morir y actualizarse. Pero, como advierte el filósofo italiano Giorgio Agamben, cuando la vida se convierte en objeto de gestión biopolítica, corre el riesgo de perder su sacralidad. Lo que está en juego no es sólo la duración de la vida, sino su sentido.

El nuevo Prometeo

Tal vez el mito no haya vuelto: nunca se fue. Cada vez que una civilización ha creído dominar el fuego —sea este físico, nuclear o genético— ha despertado las fuerzas que ese fuego contenía. Frankenstein, la criatura de Mary Shelley, fue ya una lectura moderna del Prometeo científico. Hoy, ese mito se reactualiza en cada tubo de ensayo donde se promete una humanidad mejorada.

Pero ¿qué significa «mejorar» al ser humano? ¿Qué criterio de perfección guía a quienes buscan eliminar el envejecimiento, aumentar la inteligencia o eliminar el dolor? La ética biomédica contemporánea, desde Hans Jonas hasta Martha Nussbaum, recuerda que no todo lo técnicamente posible es moralmente deseable. El problema no es solo qué podemos hacer, sino qué deberíamos hacer.

Al traducir la muerte en fallo técnico, la biotecnología borra el límite que da sentido a la existencia y convierte la vida en objeto de diseño y gestión

La responsabilidad como nuevo fuego

Si algo enseña el mito es que el conocimiento exige responsabilidad. Prometeo no fue castigado por su inteligencia, sino por su hybris: por olvidar que todo poder sin límite termina devorando a su creador. Frente al entusiasmo tecnófilo, Jonas proponía un «principio de prudencia»: actuar siempre de modo que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con la permanencia de la vida humana sobre la Tierra.

La biotecnología, como el fuego, puede calentar o destruir. No se trata de renunciar al progreso, sino de devolverle su dimensión ética. Quizás el verdadero desafío no sea prolongar la vida, sino aprender a vivir mejor, con conciencia de nuestra fragilidad.

Epílogo: la inmortalidad de lo humano

Morir no es un error que deba ser corregido, sino una condición que nos hace humanos. La finitud nos obliga a elegir, a amar, a crear sentido. En la promesa de la inmortalidad tecnológica se esconde, paradójicamente, el riesgo de olvidar lo que nos hace dignos de vivir.

El filósofo francés André Comte-Sponville decía que «la sabiduría consiste en aceptar que somos mortales, y aun así amar la vida». Tal vez esa sea la verdadera inmortalidad: la que no se mide en tiempo, sino en intensidad. Prometeo robó el fuego para que los humanos pudieran vivir. No para que dejaran de morir.

Sobre el autor

Antonio Guerrero Ruiz es filósofo, escritor y divulgador cultural español nacido en Huelva (España) y residente en El Ejido (Almería, España) desde 2005. Su obra abarca tanto la filosofía académica como la práctica, con un enfoque en la ética, la hermenéutica y la filosofía aplicada. Es conocido por su compromiso con una filosofía activa y accesible, orientada a la transformación social y la reflexión cotidiana.

NUEVO LIBRO DEL TEÓLOGO Y FILÓSOFO FRANCISCO J. GARCÍA CARBONELL “LA INTERRUPCIÓN SUAVE (Ensayos desde el umbral de Ana y su locura transitoria)


Fracisco García Carbonell es secretario de la asociación Filosofía en la calle y publica este libro en Kiros ediciones (editorial de dicha asociación). Desarrolla un café filosófico en Granada con la connivencia de Filosofia en la calle y Sapame.

Antonio Guerrero

En un tiempo donde el pensamiento se ve asediado por la prisa, el algoritmo y la obediencia disfrazada de virtud, Francisco José García Carbonell irrumpe con *La interrupción suave* como quien ofrece una grieta luminosa en medio del dogma. Este libro no se limita a teorizar: encarna. No busca convencer: descoloca. No se impone: interrumpe. Y en esa interrupción, el lector encuentra una filosofía encarnada, una teología que se atreve a preguntar sin esperar redención.

Ana, figura central del ensayo, no es una alegoría ni una paciente: es una presencia que resiste. Su locura transitoria no es patología, sino gesto ético. No busca trascender, sino desplegarse. No espera salvación, sino afirma su carne como posibilidad de ruptura. En ella, Carbonell encuentra una vía para pensar más allá del sacrificio, más allá de la culpa, más allá del dogma. Ana no ama a Dios para amar al prójimo: ama sin mediaciones. Y eso, en el contexto teológico, es una herejía dulce, una afirmación radical de lo humano.

Francisco José García Carbonell no escribe desde la torre académica, aunque su formación lo avala: doctor en Teología, máster en Literatura Comparada y Filosofía Contemporánea. Pero lo que lo convierte en maestro no es su currículum, sino su gesto. Escribe desde el umbral, desde la fragilidad, desde la periferia. Su estilo es firme, pero nunca autoritario; profundo, pero nunca hermético. Cada página de *La interrupción suave* es una invitación a pensar sin obedecer, a amar sin justificar, a vivir sin ser trascendidos.

Este libro no ofrece respuestas, ofrece aperturas. No busca estabilizar, sino desbaratar suavemente. Y en ese gesto, Francisco se revela como un maestro raro: uno que no enseña desde la cima, sino que acompaña desde el borde. En tiempos de ruido y dogma, su voz es una rareza luminosa. *La interrupción suave* no es solo un libro: es una filosofía encarnada, una ética sin algoritmo, una mística sin trascendencia. Es, en definitiva, una forma de estar en el mundo sin pedir permiso. Y eso, hoy, es revolucionario.

‘Filosofía para no filósofos’: la última lección de Antonio Escohotado

Espasa publica el que puede ser considerado el testamento intelectual del pensador madrileño.

Rubén Folguera Agra

Hace más de cuatro años, en noviembre de 2021, Antonio Escohotado nos dejaba tras un largo retiro en Ibiza, donde había ido ex profeso a morir. Desde entonces, el legado del pensador madrileño se ha mantenido vivo gracias a las miles de páginas escritas a lo largo de su vida y las numerosas horas de metraje disponible de intervenciones suyas en programas de televisión, entrevistas realizadas y conferencias, pero también como resultado de la labor editorial encabezada por su hijo Jorge, que ha dado un nuevo impulso a sus obras clásicas y a otras que habían quedado descatalogadas.

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Espasa

Ahora la editorial Espasa acaba de publicar Filosofía para no filósofos, una suerte de texto introductorio a la filosofía que, además de ser un escrito de gran nivel académico –es, en realidad, una edición revisada del manual elaborado por Escohotado cuando era profesor en la UNED–, se nos presenta como un auténtico testamento filosófico en el que su autor viaja a través de la historia del pensamiento occidental, de forma sistemática y detallada, explicitando cómo los postulados de las mentes más preclaras de nuestra civilización fueron nutriendo sus propias ideas. Porque, como expresara su tan admirado Newton, «si he visto más lejos, es porque me he subido a hombros de gigantes».

Escohotado, un pensador en las afueras. Santiago Navajas

Filosofía y superstición

Tradicionalmente se habla del paso del mito al logos para referirse al inicio de la filosofía en la Antigua Grecia, momento en el que se comienza a poner énfasis en la razón, la lógica y la observación para explicar el mundo y el lugar del hombre en él, alejándose de la tradición mitológica previa. Es lo que Escohotado considera el germen del pensamiento filosófico-científico –un hito netamente occidental, como se pone de relieve desde las primeras páginas–, que contrapone frente al pensamiento primitivo precientífico, caracterizado por la incorporación de rituales, mitos y leyendas. Al respecto, explica: «El hombre anterior a los griegos cree que su deber es una defensa a ultranza de las tradiciones heredadas. El griego piensa que la verdad se defiende por sí misma; que solo el error precisa apoyo, y que debe sucumbir pronto o tarde –mejor pronto que tarde– todo cuanto no resista el juicio ecuánime del entendimiento. Con dicha actitud nacen las ciencias».

De esta forma, con los pensadores presocráticos, el hombre toma cierta distancia del mundo exterior por primera vez y acepta cómo éste es. Aquí encontramos lo esencial de la problemática analizada por Escohotado, en los primeros compases de la historia de la filosofía, pues se expresa de forma prístina lo esencial de la dialéctica que se establece entre la superstición y el pensamiento científico. Por ello, tras realizar un repaso de las ideas de los primeros pensadores griegos, explica que, con ellos, «el resultado al que se llega, en términos generales, es una materia determinada por la razón, una simbiosis del pensamiento y lo real que transforma la actitud del hombre hacia el mundo». En este sentido, Escohotado subraya que, ahora, en lugar de dioses, demonios y magia, «ante el ser humano hay solo una physis, que es por sí, cuya investigación imparcial será la nueva meta».

En términos hegelianos, podríamos decir que este proceso supone el despertar del espíritu frente a la naturaleza, de la que se emancipa para poder comprenderla y en cuya síntesis, espíritu-naturaleza, se produce el acto de conocimiento. Precisamente, este desplegarse del espíritu hegeliano es lo que moverá la historia del pensamiento occidental para Escohotado, avanzando exponencialmente en determinadas épocas y retrocediendo en otras. Así, tras el camino iniciado por los presocráticos, Occidente experimentará un primer desarrollo del pensamiento filosófico-científico desde Sócrates hasta Aristóteles, pasando por Platón, que continuará evolucionando a través de las escuelas helenísticas y el mundo romano –centrado en la producción técnica pero deudor de la herencia griega–, siendo interrumpido, según Escohotado, por el advenimiento del cristianismo y retomado posteriormente en la Edad Moderna, a la que seguirán pensadores de la talla de Descartes, Leibniz, Spinoza, Hume, Kant, Fichte, Schelling o Hegel, además de Marx, Nietzsche, Husserl, Bergson, Heidegger y Wittgenstein.

Lo más importante, no obstante, es que para Escohotado la filosofía y la ciencia requieren de valentía, no ya intelectual, sino existencial. Considera que la aproximación filosófico-científica se diferencia de la precientífica, principalmente, en que acepta la realidad del mundo tal como es, y no se afana por dar una explicación que reconforte al hombre ante el abismo del ser. Y es que, si había una idea que sistemáticamente guiaba a Escohotado en su labor intelectual era la de anteponer el juicio al prejuicio.

Simplemente Escota. Fernando Sánchez Dragó

El dogma del pensador antidogmático

Si consideramos que esta Filosofía para no filósofos no deja de ser un testamento filosófico, no resultará extraño que en sus páginas quede patente la subjetividad de su autor, tiñendo más de tres mil años de historia con sus filias y sus fobias. Entre las primeras, es evidente la influencia que sobre Escohotado ejerció Hegel, a quien siempre consideró su gran maestro. De él pone en valor que, mientras los demás pensadores se empeñan en definir los objetos de conocimiento como algo fijo, «Hegel posee la facultad de dejar ser a la cosa considerada, de hacer que ella misma despliegue sus determinaciones, con lo cual no se trata de hacer razonamientos sobre lo que es, sino de estar atento a observar los razonamientos que ya están allí, determinando la dinámica espontánea de cualquier objeto». En consecuencia, no resulta extraño que Escohotado se aproxime a la historia de la filosofía desde el prisma hegeliano, impregnando sus análisis de las enseñanzas legadas por el pensador alemán en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.

En este sentido, en una entrevista con Nuria Richart para Libertad Digital –que pueden encontrar aquí aquí–, Escohotado afirmaba que Hegel «era la mente más profunda y centelleante». Así, explicaba que el pensador alemán «intentó hacer visible las fuentes del movimiento» e incidía en que «la filosofía hegeliana es un intento de reflexionar sobre el resorte dinámico de las cosas». De este modo, subrayaba que Hegel «es el único pensador que, en lugar de ver cosas fijas, ve flujos, ve devenir, en vez de ser o nada, que es lo que ven los otros». «Eso es lo que hace tan difícil a Hegel, pero también lo que lo hace tan esencial», concluía al respecto en la entrevista.

Sin embargo, lo que también se evidencia en esta obra, una vez más, es la aversión al pensamiento religioso de su autor, especialmente a la tradición católica, que parece detestar incluso más que la protestante. Lo cierto es que faltaría una sección intermedia en la que se profundice y se desarrolle un análisis crítico de las grandes figuras del pensamiento católico, como San Agustín y Santo Tomás, sin limitarse a afirmar que, en el fondo, en dicha tradición nunca hubo realmente filosofía, sino simplemente religión, al considerar que su corpus intelectual está formado por un conjunto de prejuicios, dogmas e irracionalidad.

Fuente: https://www.libertaddigital.com/cultura/2025-12-28/filosofia-para-no-filosofos-la-ultima-leccion-de-antonio-escohotado-7337354/