A la filosofía le ha perseguido casi siempre la sombra de la inutilidad, pero a decir verdad no conozco ninguna idea más valiosa que una de las formulaciones del imperativo categórico de Kant: “Actúa de tal modo que trates a los otros siempre como fines en sí mismos y nunca meramente como medios”, que es el fundamento teórico de los Derechos Humanos. A la pregunta de por qué se deben respetar, se responde con ello. No faltarán quienes aleguen que todavía se incumple con mucha frecuencia, pero en la medida que conseguimos cumplirlo nos damos el trato más civilizado que podemos darnos las personas, recíproco y como fines, no como instrumentos, cosa que por razones biológicas o económico-políticas sucede a menudo. Es la diferencia entre ser y debe ser, entre la naturaleza y la ética, dialéctica que atraviesa su pensamiento filosófico como dos líneas asíntotas que van a su encuentro sin llegar a tocarse nunca. De ahí que nada le llenara más de asombro que el cielo estrellado sobre él y la conciencia de una ley moral en sí.
Y aunque la libertad es un postulado de la razón práctica, pues “las acciones humanas se hallan determinadas conforme a leyes universales de la Naturaleza”, la libertad es la ratio essendi de la ética, del mismo modo que la ética es la ratio cognoscendi de la libertad. Dicho en otros términos, la libertad es el fundamento de la ética, ya que sin ella carece de sentido las acciones y juicios éticos (¿cómo podríamos comportarnos libres y responsablemente si no podemos elegir?), de la misma manera que el fin de la ética es ampliar nuestros márgenes de libertad, tanto de forma individual como social. Es por esta razón por la que la libertad es considerada el valor fundamental de los modernos; es la condición de posibilidad de los demás valores. Si bien tengo para mí que la axiología se rige bajo el pluralismo: ¿o acaso no se requiere ciertas dosis de paz y de seguridad para que podamos ejercer la libertad tal como es adecuado y conveniente?
Pese a que a Kant le entusiasmaban las noticias que le llegaban de la Revolución Francesa, en la que percibía un signo de progreso de la humanidad, pues los seres humanos eran capaces de sacrificarse en aras de ideales como la libertad, la igualdad y la fraternidad, no era partidario de las revoluciones precisamente porque instrumentalizan la vida de los seres humanos. Más bien era partidario del uso público de la razón como mecanismo para introducir y prolongar reformas graduales en las instituciones, lo que sorprendentemente contrasta con su idea de que bajo “una madera tan retorcida como la de que está hecho el hombre no puede tallarse nada enteramente recto”, pues como buen ilustrado denota una inmensa fe en la razón tanto para elaborar como para reconocer argumentos que permitan progresar.
El progreso, al igual que otros conceptos (emancipación, autonomía…) de la Ilustración, fue puesto en tela de juicio durante la denominada postmodernidad, si no antes –pienso en Nietzsche, Freud o en Dialéctica de la Ilustración, de Adorno y Horkheimer–. Sin embargo, aunque tomemos conciencia de las contingencias y de la finitud humana para ponerlos en práctica, ¿podemos renunciar a ellos? Es cierto que somos interdependientes, pero eso no le resta valor a la autonomía. Mientras más autónomos seamos, ¿acaso no es mejor para nosotros y para las sociedades desde una perspectiva ético-política? Es cierto que no progresamos como soñamos, pero ¿vamos a renunciar a seguir esforzándonos y trabajar por mejorar las condiciones de vida de las personas, de los seres vivos y del planeta? Como señaló Habermas, “la modernidad –vale decir la Ilustración– es un proyecto inacabado. Parte de los problemas de nuestro mundo se deben a la falta de ilustración histórica y actual, y no sólo tecno-científica. Quienes alberguen dudas al respecto, les sugiero la lectura de En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, de Steven Pinker.
Claro que buena parte de la permanente actualidad de su pensamiento se debe a mi parecer al talante utópico que lo recorre. Kant, que pensaba que el ser humano es lo que puede hacer con su educación, escribió en Pedagogía: “un principio del arte de la educación es que no se debe educar los niños conforme al presente, sino conforme a un estado mejor, posible en lo futuro, de la especie humana; es decir, conforme a la idea de humanidad y de su completo destino”. Así, el sentido de su opúsculo de 1795, quizá la más esclarecedora reflexión sobre la paz que se haya escrito nunca, es “hacia la paz, perpetuamente”, pues Kant no ignora que la paz definitiva no se alcanzará nunca, ni siquiera en los cementerios, pero mientras más nos aproximemos, habrá más libertad, más justicia, más dignidad…
En su Lógica formuló las tres preguntas esenciales: “¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?” Preguntas que desembocan en una cuarta: “¿Qué es el ser humano?”. Con la Crítica de la razón pura respondió a la primera, produciendo un “giro copernicano” que revolucionó la teoría del conocimiento, pues del mismo modo que Copérnico imaginó acertadamente que el Sol no gira en torno a la Tierra, sino al revés, no son los objetos los que modelan al sujeto, sino que más bien se moldean conforme al sujeto; con la Crítica de la razón práctica respondió a la segunda, como con Fundamentación de la metafísica de las costumbres, transformando la ética, que ya no tendrá como fin la felicidad (Aristóteles), el placer (epicureísmo), la ataraxia o serenidad (estoicismo), la bienaventuranza (cristianismo) o la utilidad (utilitarismo), sino la humanidad; con la inconclusa Crítica del juicio responde a la tercera y de paso le da carta de naturaleza a la estética como rama autónoma de la filosofía.
Y si bien no dedicó una obra equiparable a la política, su ética contiene tan poderosas implicaciones que, a pesar del realismo político inaugurado por Maquiavelo, es inevitable volver a contar con la ética para abordar cuestiones políticas. Y al revés, no se pueden abordar cuestiones éticas sin política, como harían Arendt, Rawls, Muguerza o Habermas, algunos de los principales filósofos ético-políticos de las últimas décadas. En 1924 Ortega y Gasset escribió: “En la obra de Kant están contenidos los secretos decisivos de la época moderna, sus virtudes y sus limitaciones”. Un siglo después podemos afirmar que seguimos bajo el mismo horizonte.
Tenemos el honor de anunciar la publicación de Atlas del pensamiento contemporáneo. La filosofía en el siglo XXI. Sus corrientes, paradigmas y principales nombres.
Esta obra se publicado el 21 de noviembre de 2025 en la Editorial Almuzara (ISBN: 978-84-10520-07-3,) dentro de la Colección: Filosofía, cultura y sociedad
Esta obra ofrece un mapa panorámico, accesible y riguroso del estado actual de la filosofía en nuestro siglo, con especial atención a los grandes desafíos contemporáneos: el impacto disruptivo de la inteligencia artificial y el transhumanismo, la crisis de la verdad en la era de la posverdad, las tensiones de la democracia liberal, las nuevas configuraciones del pensamiento feminista, la ética ante el vértigo tecnológico, el papel del arte en un mundo fragmentado y las transformaciones en la filosofía de la ciencia y la tecnología.
La filosofía frente al vértigo tecnológico y el desconcierto ético.
¿Qué puede hacer puede la filosofía en un mundo atravesado por la tecnología, la incertidumbre política y la pérdida de sentido? Lejos de los grandes sistemas del pasado, el pensamiento filosófico de hoy explora nuevas sendas, más tentativas y más urgentes. Este libro ofrece una visión panorámica del siglo XXI desde las principales disciplinas filosóficas: la ética, la política, la epistemología, la estética, la ontología o la filosofía de la ciencia y la tecnología.
En estas páginas se analiza el impacto de la inteligencia artificial, el transhumanismo o la posverdad, pero también se reflexiona sobre la estructura del juicio moral, las tensiones de la democracia liberal, el sentido del arte o la transformación del pensamiento feminista. Se trata de pensar con precisión, con libertad y con responsabilidad ante los retos que definen nuestro tiempo.
Una invitación a orientarse en un presente fragmentado y un porvenir impredecible, que será tecnológico o no será. Y que, si no es ético, tal vez no podamos contarlo.
En el fondo de toda ciencia late un sueño. Y en el fondo de toda técnica, una tentación. Desde que el ser humano encendió el primer fuego, el gesto prometeico de robar un secreto divino para ponerlo al servicio de los mortales se repite con nuevas formas y nuevas herramientas. Hoy, en la era de la biotecnología, ese fuego se manifiesta en laboratorios que editan genes, regeneran tejidos y programan células. Pero el sueño sigue siendo el mismo: vencer a la muerte.
El filósofo Hans Jonas, en El principio de responsabilidad, advirtió que la técnica moderna había roto la antigua alianza entre el hombre y la naturaleza. Allí donde antes existía un límite —biológico, ético, temporal— ahora se abre una frontera indefinida. La biotecnología no se conforma con curar; aspira a rediseñar. No busca prolongar la vida, sino reinventarla. En ese gesto, de resonancia prometeica, la humanidad se coloca en el lugar de los dioses.
El nuevo fuego
Prometeo robó el fuego para liberar al ser humano de su impotencia. La biotecnología, al manipular el código genético, roba un fuego distinto: el del diseño de la vida. Desde que CRISPR-Cas9 permitió editar el ADN con una precisión inédita, la posibilidad de «corregir» la naturaleza dejó de ser una metáfora. Jennifer Doudna, una de sus creadoras, confesó haber soñado con una figura semejante a Frankenstein que la interrogaba: «¿Qué has creado?». En esa pesadilla se condensa la vieja culpa prometeica: la conciencia de haber cruzado un umbral.
El filósofo alemán Peter Sloterdijk ha descrito este salto como el paso del homo faber al homo geneticus. Ya no producimos herramientas, sino seres. Si la modernidad se definió por el dominio de la naturaleza exterior, la biotecnología inaugura una modernidad interior: el dominio sobre la naturaleza humana misma.
Pero toda conquista tiene su sombra. Como recordaba Heidegger, la técnica no es solo un medio, sino una forma de desvelamiento del mundo: transforma lo que toca en «fondo disponible», en recurso. Cuando aplicamos esa lógica a la vida, la vida misma se convierte en materia prima.
La biotecnología actualiza el gesto prometeico: ya no domina la naturaleza; más bien, la rediseña. Entre el sueño de vencer la muerte y la tentación de ocupar el lugar de los dioses, la técnica abre una frontera ética donde la vida misma se convierte en objeto de fabricación
El sueño de la inmortalidad
Nada revela mejor la ambición prometeica de nuestra época que la obsesión por derrotar a la muerte. Silicon Valley, ese nuevo Olimpo sin dioses pero lleno de profetas, invierte millones en laboratorios que prometen rejuvenecer células, copiar conciencias o reprogramar el envejecimiento. Peter Thiel y otros apóstoles del transhumanismo financian proyectos que pretenden «curar la muerte» como si fuera una enfermedad técnica.
Yuval Noah Harari lo anticipó en Homo Deus: el ser humano ya no busca salvación, sino actualización. La religión del futuro será biotecnológica; y su credo, la inmortalidad. Pero, como advirtió Hannah Arendt, al intentar conquistar el cielo, los seres humanos corren el riesgo de perder la Tierra. La búsqueda de la inmortalidad podría ser la forma suprema del olvido de lo humano: negar la finitud que da sentido a toda experiencia.
La promesa transhumanista de vencer la muerte convierte la finitud en un fallo técnico
Entre la biología y la teología
El mito prometeico no es solo un relato de rebelión, sino también de castigo.Prometeo es encadenado a una roca y su hígado devorado cada día por un águila: símbolo de la regeneración perpetua y del sufrimiento cíclico. Quizás la biotecnología encierre el mismo destino: la posibilidad de recomponernos infinitamente, pero sin redención.
Desde la teología, la muerte nunca fue un error que debía corregirse, sino una frontera que otorga forma a la existencia. El cristianismo la entendió como el lugar donde el tiempo se abre a lo eterno; el pensamiento oriental, como la disolución del ego en el flujo de la vida. La biotecnología, en cambio, la traduce en un fallo de replicación celular. En esa sustitución del misterio por el algoritmo, el ser humano se vuelve su propio dios… pero también su propio laboratorio.
Nietzsche ya había anunciado la muerte de Dios como la liberación del ser humano moderno, pero lo que no imaginó fue que esa muerte traería consigo el nacimiento del ingeniero genético. Si el Übermensch nietzscheano buscaba crear nuevos valores, el poshumano actual busca crear nuevas formas de vida. En ambos casos, el impulso es el mismo: trascender la condición humana.
El límite como lugar de sentido
Sin embargo, tal vez sea la conciencia del límite lo que realmente nos define. Simone Weil escribió que «toda perfección pertenece al orden de lo finito». Es en la fragilidad donde el amor, la memoria y la ética adquieren peso. Una vida sin fin sería, como temía Borges en «El inmortal», una condena a la repetición vacía. Si nada termina, nada importa.
La biotecnología promete borrar la frontera entre curar y crear, entre vivir y diseñar, entre morir y actualizarse. Pero, como advierte el filósofo italiano Giorgio Agamben, cuando la vida se convierte en objeto de gestión biopolítica, corre el riesgo de perder su sacralidad. Lo que está en juego no es sólo la duración de la vida, sino su sentido.
El nuevo Prometeo
Tal vez el mito no haya vuelto: nunca se fue. Cada vez que una civilización ha creído dominar el fuego —sea este físico, nuclear o genético— ha despertado las fuerzas que ese fuego contenía. Frankenstein, la criatura de Mary Shelley, fue ya una lectura moderna del Prometeo científico. Hoy, ese mito se reactualiza en cada tubo de ensayo donde se promete una humanidad mejorada.
Pero ¿qué significa «mejorar» al ser humano? ¿Qué criterio de perfección guía a quienes buscan eliminar el envejecimiento, aumentar la inteligencia o eliminar el dolor? La ética biomédica contemporánea, desde Hans Jonas hasta Martha Nussbaum, recuerda que no todo lo técnicamente posible es moralmente deseable. El problema no es solo qué podemos hacer, sino qué deberíamos hacer.
Al traducir la muerte en fallo técnico, la biotecnología borra el límite que da sentido a la existencia y convierte la vida en objeto de diseño y gestión
La responsabilidad como nuevo fuego
Si algo enseña el mito es que el conocimiento exige responsabilidad. Prometeo no fue castigado por su inteligencia, sino por su hybris: por olvidar que todo poder sin límite termina devorando a su creador. Frente al entusiasmo tecnófilo, Jonas proponía un «principio de prudencia»: actuar siempre de modo que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con la permanencia de la vida humana sobre la Tierra.
La biotecnología, como el fuego, puede calentar o destruir. No se trata de renunciar al progreso, sino de devolverle su dimensión ética. Quizás el verdadero desafío no sea prolongar la vida, sino aprender a vivir mejor, con conciencia de nuestra fragilidad.
Epílogo: la inmortalidad de lo humano
Morir no es un error que deba ser corregido, sino una condición que nos hace humanos. La finitud nos obliga a elegir, a amar, a crear sentido. En la promesa de la inmortalidad tecnológica se esconde, paradójicamente, el riesgo de olvidar lo que nos hace dignos de vivir.
El filósofo francés André Comte-Sponville decía que «la sabiduría consiste en aceptar que somos mortales, y aun así amar la vida». Tal vez esa sea la verdadera inmortalidad: la que no se mide en tiempo, sino en intensidad. Prometeo robó el fuego para que los humanos pudieran vivir. No para que dejaran de morir.
Sobre el autor
Antonio Guerrero Ruiz es filósofo, escritor y divulgador cultural español nacido en Huelva (España) y residente en El Ejido (Almería, España) desde 2005. Su obra abarca tanto la filosofía académica como la práctica, con un enfoque en la ética, la hermenéutica y la filosofía aplicada. Es conocido por su compromiso con una filosofía activa y accesible, orientada a la transformación social y la reflexión cotidiana.
Fracisco García Carbonell es secretario de la asociación Filosofía en la calle y publica este libro en Kiros ediciones (editorial de dicha asociación). Desarrolla un café filosófico en Granada con la connivencia de Filosofia en la calle y Sapame.
Antonio Guerrero
En un tiempo donde el pensamiento se ve asediado por la prisa, el algoritmo y la obediencia disfrazada de virtud, Francisco José García Carbonell irrumpe con *La interrupción suave* como quien ofrece una grieta luminosa en medio del dogma. Este libro no se limita a teorizar: encarna. No busca convencer: descoloca. No se impone: interrumpe. Y en esa interrupción, el lector encuentra una filosofía encarnada, una teología que se atreve a preguntar sin esperar redención.
Ana, figura central del ensayo, no es una alegoría ni una paciente: es una presencia que resiste. Su locura transitoria no es patología, sino gesto ético. No busca trascender, sino desplegarse. No espera salvación, sino afirma su carne como posibilidad de ruptura. En ella, Carbonell encuentra una vía para pensar más allá del sacrificio, más allá de la culpa, más allá del dogma. Ana no ama a Dios para amar al prójimo: ama sin mediaciones. Y eso, en el contexto teológico, es una herejía dulce, una afirmación radical de lo humano.
Francisco José García Carbonell no escribe desde la torre académica, aunque su formación lo avala: doctor en Teología, máster en Literatura Comparada y Filosofía Contemporánea. Pero lo que lo convierte en maestro no es su currículum, sino su gesto. Escribe desde el umbral, desde la fragilidad, desde la periferia. Su estilo es firme, pero nunca autoritario; profundo, pero nunca hermético. Cada página de *La interrupción suave* es una invitación a pensar sin obedecer, a amar sin justificar, a vivir sin ser trascendidos.
Este libro no ofrece respuestas, ofrece aperturas. No busca estabilizar, sino desbaratar suavemente. Y en ese gesto, Francisco se revela como un maestro raro: uno que no enseña desde la cima, sino que acompaña desde el borde. En tiempos de ruido y dogma, su voz es una rareza luminosa. *La interrupción suave* no es solo un libro: es una filosofía encarnada, una ética sin algoritmo, una mística sin trascendencia. Es, en definitiva, una forma de estar en el mundo sin pedir permiso. Y eso, hoy, es revolucionario.
Hace más de cuatro años, en noviembre de 2021, Antonio Escohotado nos dejaba tras un largo retiro en Ibiza, donde había ido ex profeso a morir. Desde entonces, el legado del pensador madrileño se ha mantenido vivo gracias a las miles de páginas escritas a lo largo de su vida y las numerosas horas de metraje disponible de intervenciones suyas en programas de televisión, entrevistas realizadas y conferencias, pero también como resultado de la labor editorial encabezada por su hijo Jorge, que ha dado un nuevo impulso a sus obras clásicas y a otras que habían quedado descatalogadas.
Espasa
Ahora la editorial Espasa acaba de publicar Filosofía para no filósofos, una suerte de texto introductorio a la filosofía que, además de ser un escrito de gran nivel académico –es, en realidad, una edición revisada del manual elaborado por Escohotado cuando era profesor en la UNED–, se nos presenta como un auténtico testamento filosófico en el que su autor viaja a través de la historia del pensamiento occidental, de forma sistemática y detallada, explicitando cómo los postulados de las mentes más preclaras de nuestra civilización fueron nutriendo sus propias ideas. Porque, como expresara su tan admirado Newton, «si he visto más lejos, es porque me he subido a hombros de gigantes».
Tradicionalmente se habla del paso del mito al logos para referirse al inicio de la filosofía en la Antigua Grecia, momento en el que se comienza a poner énfasis en la razón, la lógica y la observación para explicar el mundo y el lugar del hombre en él, alejándose de la tradición mitológica previa. Es lo que Escohotado considera el germen del pensamiento filosófico-científico –un hito netamente occidental, como se pone de relieve desde las primeras páginas–, que contrapone frente al pensamiento primitivo precientífico, caracterizado por la incorporación de rituales, mitos y leyendas. Al respecto, explica: «El hombre anterior a los griegos cree que su deber es una defensa a ultranza de las tradiciones heredadas. El griego piensa que la verdad se defiende por sí misma; que solo el error precisa apoyo, y que debe sucumbir pronto o tarde –mejor pronto que tarde– todo cuanto no resista el juicio ecuánime del entendimiento. Con dicha actitud nacen las ciencias».
De esta forma, con los pensadores presocráticos, el hombre toma cierta distancia del mundo exterior por primera vez y acepta cómo éste es. Aquí encontramos lo esencial de la problemática analizada por Escohotado, en los primeros compases de la historia de la filosofía, pues se expresa de forma prístina lo esencial de la dialéctica que se establece entre la superstición y el pensamiento científico. Por ello, tras realizar un repaso de las ideas de los primeros pensadores griegos, explica que, con ellos, «el resultado al que se llega, en términos generales, es una materia determinada por la razón, una simbiosis del pensamiento y lo real que transforma la actitud del hombre hacia el mundo». En este sentido, Escohotado subraya que, ahora, en lugar de dioses, demonios y magia, «ante el ser humano hay solo una physis, que es por sí, cuya investigación imparcial será la nueva meta».
En términos hegelianos, podríamos decir que este proceso supone el despertar del espíritu frente a la naturaleza, de la que se emancipa para poder comprenderla y en cuya síntesis, espíritu-naturaleza, se produce el acto de conocimiento. Precisamente, este desplegarse del espíritu hegeliano es lo que moverá la historia del pensamiento occidental para Escohotado, avanzando exponencialmente en determinadas épocas y retrocediendo en otras. Así, tras el camino iniciado por los presocráticos, Occidente experimentará un primer desarrollo del pensamiento filosófico-científico desde Sócrates hasta Aristóteles, pasando por Platón, que continuará evolucionando a través de las escuelas helenísticas y el mundo romano –centrado en la producción técnica pero deudor de la herencia griega–, siendo interrumpido, según Escohotado, por el advenimiento del cristianismo y retomado posteriormente en la Edad Moderna, a la que seguirán pensadores de la talla de Descartes, Leibniz, Spinoza, Hume, Kant, Fichte, Schelling o Hegel, además de Marx, Nietzsche, Husserl, Bergson, Heidegger y Wittgenstein.
Lo más importante, no obstante, es que para Escohotado la filosofía y la ciencia requieren de valentía, no ya intelectual, sino existencial. Considera que la aproximación filosófico-científica se diferencia de la precientífica, principalmente, en que acepta la realidad del mundo tal como es, y no se afana por dar una explicación que reconforte al hombre ante el abismo del ser. Y es que, si había una idea que sistemáticamente guiaba a Escohotado en su labor intelectual era la de anteponer el juicio al prejuicio.
Si consideramos que esta Filosofía para no filósofos no deja de ser un testamento filosófico, no resultará extraño que en sus páginas quede patente la subjetividad de su autor, tiñendo más de tres mil años de historia con sus filias y sus fobias. Entre las primeras, es evidente la influencia que sobre Escohotado ejerció Hegel, a quien siempre consideró su gran maestro. De él pone en valor que, mientras los demás pensadores se empeñan en definir los objetos de conocimiento como algo fijo, «Hegel posee la facultad de dejar ser a la cosa considerada, de hacer que ella misma despliegue sus determinaciones, con lo cual no se trata de hacer razonamientos sobre lo que es, sino de estar atento a observar los razonamientos que ya están allí, determinando la dinámica espontánea de cualquier objeto». En consecuencia, no resulta extraño que Escohotado se aproxime a la historia de la filosofía desde el prisma hegeliano, impregnando sus análisis de las enseñanzas legadas por el pensador alemán en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.
En este sentido, en una entrevista con Nuria Richart para Libertad Digital –que pueden encontrar aquí y aquí–, Escohotado afirmaba que Hegel «era la mente más profunda y centelleante». Así, explicaba que el pensador alemán «intentó hacer visible las fuentes del movimiento» e incidía en que «la filosofía hegeliana es un intento de reflexionar sobre el resorte dinámico de las cosas». De este modo, subrayaba que Hegel «es el único pensador que, en lugar de ver cosas fijas, ve flujos, ve devenir, en vez de ser o nada, que es lo que ven los otros». «Eso es lo que hace tan difícil a Hegel, pero también lo que lo hace tan esencial», concluía al respecto en la entrevista.
Sin embargo, lo que también se evidencia en esta obra, una vez más, es la aversión al pensamiento religioso de su autor, especialmente a la tradición católica, que parece detestar incluso más que la protestante. Lo cierto es que faltaría una sección intermedia en la que se profundice y se desarrolle un análisis crítico de las grandes figuras del pensamiento católico, como San Agustín y Santo Tomás, sin limitarse a afirmar que, en el fondo, en dicha tradición nunca hubo realmente filosofía, sino simplemente religión, al considerar que su corpus intelectual está formado por un conjunto de prejuicios, dogmas e irracionalidad.
¿La filosofía es inútil? ¿Es poco más que un pasatiempo sin aplicaciones prácticas? Parece que los legisladores españoles creen que sí: la asignatura ha perdido horas de clase en el instituto y solo será obligatoria en 1º de Bachillerato. Los estudios universitarios en esta materia tampoco pasan por su mejor momento: la tasa de paro se acerca al 30%, en un momento en el que estudiar cualquier carrera universitaria se ve casi en exclusiva como un paso hacia la incorporación en el mundo laboral.
En este contexto, ¿merece la pena estudiar filosofía o es mejor dedicar más horas a otras asignaturas?
Algo más que una salida profesional
«No podemos supeditar nuestra relación con el conocimiento a nuestra salida laboral», afirma a Verne la filósofa Marina Garcés, autora de Fuera de clase. En su opinión, las preguntas «cómo queremos formarnos» y «en qué queremos trabajar» no tienen por qué tener una misma respuesta. Es más, que no coincidan la formación y el empleo que finalmente desempeñamos no es algo que les ocurra solo a los filósofos.
“La universidad no es una expendeduría de títulos para el mercado laboral -nos explica Adela Cortina, filósofa y catedrática de la Universidad de Valencia-. No es el mercado el que ha de decidir qué carreras se implantan y cuáles no. El criterio debe ser el de las necesidades de la sociedad para construir un futuro más humano. Formar personas y ciudadanos con conocimientos y capacidad de innovación es la clave”.
Además de eso, la filosofía es un conocimiento importante incluso aunque nos decidamos por otras carreras o profesiones, ya que nos ayuda “a discernir qué metas queremos perseguir con los conocimientos técnicos -apunta Cortina-. Sin ese saber fecundo las técnicas pueden emplearse para sanar o para matar, para destrozar países y personas o para erradicar la pobreza y reducir las desigualdades”. Es decir, nos invita a una “reflexión profunda sobre las metas, las actitudes y las convicciones que necesita una sociedad flexible”.
Como recuerda Garcés, la filosofía no tiene un objeto de estudio propio, por lo que puede «abrir distancia entre lo que sabemos y lo que no sabemos». Los filósofos se cuestionan lo que damos por hecho, buscando inconsistencias. Por este motivo, esta autora opina que la filosofía es una asignatura fundamental en intitutos e incluso en educación básica, ya que es «un lenguaje fundamental» para aprender a pensar de forma crítica. No se puede hablar de una formación completa sin contar con esta herramienta básica. «La filosofía no es útil o inútil -concluye Garcés-. Es necesaria».
Un manual de instrucciones para la vida
Una de las críticas habituales que se hace a la filosofía es que no hay progreso: llevamos más de dos mil años haciéndonos las mismas preguntas sin llegar a ninguna conclusión. ¿Por qué necesitamos seguir insistiendo con ellas? ¿Alguna vez sabremos lo que es la justicia, por qué hay algo en lugar de no haber nada o si somos de verdad libres?
Pero en realidad, y como recuerda Marina Garcés en Filosofía inacabada, no estamos dándole vueltas a los mismos temas: el discurso filosófico se ocupa de “problemas para los que siempre necesitamos forjar nuevos conceptos. No porque no tengan solución, sino porque cambian de situación existencial y de contexto histórico, social, cultural y político”.
En ética, por ejemplo, hay que mencionar los esfuerzos de Peter Singer por los derechos animales, años antes de que se popularizaran movimientos sociales en este sentido, además de su trabajo para aumentar las donaciones a países del tercer mundo. Todo eso tras estudiar estos problemas desde un punto de vista filosófico y haciéndose las mismas preguntas éticas que nos hemos hecho a lo largo de la historia.
Y si hablamos de política y economía, gran parte del debate de las últimas décadas ha venido marcado por las ideas sobre la justicia distributiva de John Rawls y la respuesta, desde el liberalismo, de Robert Nozick, ambos filósofos.
Es decir, la filosofía no se encarga de preguntas sin respuesta, sino que, como nos dice Cortina, se ocupa de “las preguntas que nos constituyen como seres humanos. Si dejáramos de planteárnoslas, perderíamos nuestra humanidad”. Cortina además apunta que sí hay progreso y que ha dado «una gran cantidad de respuestas que conviene conocer porque sirven realmente para vivir mejor”. Como recuerda Garcés, «pensar es repensar, pero no de cero». Hay un diálogo constante con la tradición.
Una herramienta para la democracia
La filosofía no es solo una guía más o menos práctica para vivir mejor. La filósofa Martha C. Nussbaum afirma que las humanidades son fundamentales para la democracia. La filosofía proporciona herramientas de pensamiento crítico que nos ayudan a cuestionar la tradición y la autoridad. Es decir, lo mismo que hacía Sócrates, demostrando que a menudo no sabemos qué significan realmente los conceptos que manejamos.
Además de la labor de la filosofía, Nussbaum recuerda la importancia de los estudios de historia nos permiten identificar nuestro lugar en el mundo en relación con otras culturas, y el papel del arte y la literatura, que estimulan nuestra imaginación al ofrecernos puntos de vista diferentes.
Estos tres campos están interrelacionados y nos ayudan, por ejemplo, a participar en los debates políticos sin quedarnos solo en un intercambio de réplicas destinado a “ganar puntos” para lo que consideramos “nuestro bando”. Por ejemplo, podemos ver si estas posiciones enfrentadas tienen más aspectos en común de lo que parece o si alguna de estas propuestas ya ha intentado llevarse a cabo con anterioridad.
En ¿Para qué servimos los filósofos?, Carlos Fernández Liria nos recuerda algo similar. La democracia obliga a los ciudadanos a “tomar distancia respecto a su inmediata voluntad”, dándose a sí mismos “una oportunidad para razonar”. Y añade: “Este es, en realidad, el sentido profundo del famoso modelo político platónico: el del Rey Filósofo”. La razón nos permite cuestionar las decisiones políticas que van en contra de la libertad.
Eso sí, hay que recordar que la filosofía no es algo exclusivo de las universidades. Como escribe Garcés, se trata de la necesaria tensión entre la Academia de Platón y la tinaja (o el tonel) de Diógenes. El pensamiento filosófico necesita orden y método, pero también una buena dosis de caos.
“Los filósofos no existen -añade Adela Cortina-. Existen filósofos que se encierran en sus despachos y en las aulas, y cierran puertas y ventanas. Pero hay otros que saben que la filosofía nace de la sociedad para la sociedad y trabajan en los dos campos: en el aula y en la arena social. Estos últimos son los verdaderos filósofos”.
[Cada viernes publicaremos un artículo sobre algún tema filosófico: hablaremos de ética, de política, de felicidad, de identidad personal y, ya puestos, del universo. Nuestro objetivo es recordar, más que descubrir o demostrar, que la filosofía es un estudio vivo, actual y, como dice Marina Garcés, necesario].
En una sociedad tan marcada por las redes sociales, vidas aceleradas y el qué dirán, muchos acaban perdiéndose dentro de la rutina del día a día. Llegan a un punto en el que no entienden su estilo de vida y se sienten atascados en la inmediatez y el paso de los días, como si del día de la marmota en Atrapado en el tiempo (1993) se tratase. Por ello, el filósofo y escritor José Carlos Ruiz dejaba una reflexión en su participación en Aprendemos Juntos sobre cómo guiar nuestras acciones por el pensamiento consciente y no por el entorno y la inmediatez.
Vivir y sentir el ahora
José Carlos Ruiz (50) es un filósofo y conferenciante español especializado en pensamiento crítico, desarrollo personal y reflexión sobre la sociedad contemporánea. A lo largo de su trayectoria, ha centrado su trabajo en explorar cómo las personas pueden vivir de manera más consciente y coherente, analizando la relación entre pensamiento, acción y las influencias del entorno, incluyendo los medios digitales. Sus charlas y escritos buscan fomentar la autonomía intelectual, el análisis crítico y la capacidad de tomar decisiones fundamentales, convirtiéndolo en una referencia para vivir en el mundo moderno. Así, durante su participación en una de las conferencias organizadas por BBVA, Aprendemos Juntos, el filósofo dejó una reflexión bastante interesante: «Hay que vivir como se piensa porque, de lo contrario, acabarás pensando como vives«.
«Cuando intento comprender esta frase, le doy mucha importancia a la primera parte: hay que vivir como se piensa», aseguraba. «¿Por qué? Porque primero tienes que pensar. Primero tienes que tener tus criterios claros, tu jerarquía de ideas bien asentadas y saber hacia dónde dirigirte«.
Ruiz dejaba claro algo clave para su filosofía: priorizar el pensamiento consciente. Entender quiénes somos, conocer nuestras propias ideas y saber qué es lo que queremos.
«Sé coherente, ten claro ese proyecto y empieza a caminar, pero primero piensa«, afirmaba. «Ten esa jerarquía de pensamiento, porque de lo contrario acabarás pensando como vives. Es decir, de lo contrario, tu manera de pensar va a estar configurada por el modo en el que vives».
«Y vivimos en una sociedad de lo inmediato con una turbotemporalidad que inunda todos los códigos narrativos de nuestra vida, donde el tiempo va atomizando de un sitio para otro y parece que se ha dislocado».
Por ello, en el mundo tan acelerado y marcado por los estímulos, por las redes sociales y por la cultura del clic, parece que se moldean nuestras ideas y no nosotros tratamos de expandir las nuestras propias. Lo cierto es que Ruiz precisamente no se posiciona en contra de internet o las redes sociales, ya que no dejan de ser una herramienta, solo que debemos ser nosotros los que busquemos qué consumir en ellas en vez de consumir lo que nos dé.
«Si estás en estas dinámicas de la vorágine de lo contemporáneo sin pensar, esa vorágine será la que te diga que tienes que pensar dentro de esa vorágine y cómo tienes que pensar. Ahora bien, cuando accedes a internet con criterio, a una red social con criterio, la red social internet se pone a tu disposición y te dicen: ‘¿Qué necesitas? Aquí estamos'», indicaba.
«Y lo utiliza como una herramienta de expansión de conocimiento«.
De ese modo, usar nuestro pensamiento consciente empieza por usar las redes sociales con criterio y darles una utilidad, ya sea aprendizaje, expandir conocimiento o compartir opiniones. Si no hay reflexión detrás de su uso, será entonces el pensamiento del otro el que configure el nuestro.
«Si no has pensado, si no has jerarquizado, pues si te acerca una red social sin criterio, será la red social la que configure tu criterio, es decir, tu pensamiento«, señalaba Ruiz. «Y este es uno de los grandes problemas que veo».
«De ahí que cuando llego a un sitio donde creo que se puede sembrar alguna semilla de pensamiento crítico, siempre utilizo esta frase: hay que vivir como se piensa, porque de lo contrario vais a acabar pensando en función de cómo vivís. Tenéis que ser dueños de vuestro pensamiento«, concluía el filósofo.
Hablar de ética en los tiempos que corren tiene algo de predicar en el desierto, pero a sus 84 años la filósofa barcelonesa Victoria Camps no decae en su empeño de seguir colocando faros morales en medio la penumbra que nos envuelve. El más reciente lo plantea en ‘La sociedad de la desconfianza’ (Arpa), su último libro, donde señala los peligros de vivir en un mundo regido por el individualismo y el desprecio al bien común.
Parafraseando la célebre frase de Vargas Llosa, ¿tiene claro cuándo se jodió la confianza en nuestra sociedad?
Las crisis que hemos vivido en las últimas décadas han facilitado el sentimiento de desconfianza que hoy encontramos en todas partes. Tanto la crisis económica de finales de la primera década del siglo, que cambió muchas cosas, como la de la pandemia, una situación insólita que al principio no supimos afrontar y que nos hizo tomar conciencia de una fragilidad y una vulnerabilidad que hasta entonces no habíamos vivido. Curiosamente, el covid también nos dio una gran lección de vida: que nuestra salvación pasaba por la cooperación, por pensar en el bien común. Había que atender a los enfermos, encontrar una vacuna y, sobre todo, hacer que esta fuera universal, para todos, porque si no sería imposible superar la pandemia. Pero cuando lo logramos, volvimos a las andadas.
¿Cuáles son esas andadas?
Nuestro gran problema es la forma tan individualista que tenemos de vivir. El egoísmo se ha convertido en el patrón moral de nuestro tiempo. En un mundo en el que cada uno va a lo suyo y nadie se preocupa de los demás ni de todo lo que compartimos, es imposible generar sentimientos confianza. Desconfiamos del vecino, del político, de las instituciones y hasta del propio sistema democrático.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Por una perversión del concepto de libertad a la que nos hemos entregado casi sin darnos cuenta. El triunfo del liberalismo encierra una paradoja: nos ha permitido acabar con siglos de represión de todo tipo, desde la religiosa a la política o la cultural, y alcanzar unas cotas de autonomía personal que nunca antes habíamos conocido, pero en los últimos años ha prosperado una concepción individualista de la libertad en la que solo importa mi bienestar, no el de la comunidad. Alcanzar la libertad personal era imprescindible para lograr una vida buena, buena en el sentido moral de la palabra, pero esa vida buena individual debería serlo también para la colectividad, porque si no sirve de poco, y esa segunda parte es la que no se ha conseguido. Por eso ha cundido la desconfianza.
En los años 80 y 90 del siglo pasado, el neoliberalismo triunfó asociado a mensajes del tipo: sé tú mismo, elige tu destino, conviértete en empresario de tu propia vida. ¿Esos valores están relacionados con todo lo que apunta en su diagnóstico?
Sí. De entrada, ese “sé tú mismo, sé auténtico”, no conduce a nada, porque al tiempo que fomenta el individualismo, vende una libertad dominada por las modas, la publicidad y el consumismo. Al final, todos acabamos siendo iguales y haciendo lo mismo, arrastrados por necesidades que no teníamos y que nos han impuesto. Pero hay algo más importante sobre lo que gravita este problema: ser libres no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en ser responsables para elegir lo que queremos y hacer lo debemos. Hemos ganado autonomía y ya no vivimos en una dictadura que decide lo que debemos pensar, pero eso no significa que podamos pensar ni hacer todo lo que se nos ocurra, porque no todo es válido. Esta parte exige responsabilidad y esfuerzo, pero es la que no hemos desarrollado.
En un mundo en el que cada uno va a lo suyo y nadie se preocupa de los demás ni de todo lo que compartimos, es imposible generar sentimientos confianza
¿Qué le parece que ahora haya tantos jóvenes que dicen ver con buenos ojos los regímenes totalitarios?
En esa reacción hay algo de rebeldía juvenil, que siempre ha movido a los jóvenes a exigir lo que no tienen. En la dictadura pedían democracia y ahora, que han crecido en democracia, proponen cargársela. También hay una reacción ante el mundo que les ofrecemos. Son la generación mejor formada y han tenido una vida bastante fácil y cómoda, pero ahora, cuando quieren emanciparse, topan con dificultades para las que nadie les había preparado: precariedad, salarios bajos, precios disparados, vivienda imposible… Se sienten frustrados, nadie les ofrece soluciones y se agarran a ciertos cantos de sirena sin pensar. La dictadura es más cómoda, porque no tienes que elegir, deciden otros por ti, así eliminas toda la responsabilidad, pero implica perder la libertad y volver a las cadenas. No creo que sea esto lo que realmente desean.
La semana pasada se cumplieron 50 años de la muerte de Franco. ¿Cómo ha visto la evolución de España en este medio sigo?
Los años de la transición fueron, precisamente, de mucha confianza. También hubo críticas desde sectores de la población que se sintieron peor tratados que otros, pero sobre todo primaba una ilusión colectiva y una clara voluntad de mejorar el país. El gran error que cometimos fue creer que cambiar de régimen era suficiente para cambiar a las personas, y eso no funciona así. Las mentalidades se cambian con tiempo y es una tarea que exige voluntad y compromiso, y no siempre los hubo.
¿Faltó voluntad de ir más allá?
En este país crecimos bajo el canon de una moral religiosa que hoy rechazamos, pero no supimos construir una moral laica realmente comunitaria que la sociedad pudiera reconocer como algo que había que conservar y mantener. Le pongo el ejemplo de lo que ha pasado con la mujer. Hemos alcanzado la igualdad jurídica, pero eso no ha conseguido evitar los comportamientos machistas que siguen presentes en la sociedad. Las leyes cambian el derecho, pero no cambian la mentalidad de la gente. Esa es una tarea pendiente.
Ser libres no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en ser responsables para elegir lo que queremos y hacer lo debemos
¿Por qué ha calado tanto este desprecio hacia el bien común? Sin ir más lejos, los impuestos se asocian con una idea de robo, no de contribución a lo que compartimos.
El liberalismo, que es el pensamiento que ha triunfado en Occidente, se distingue por haber puesto por encima de todo la libertad del individuo y, paralelamente, ha fortalecido a los estados más que nunca como entes que protegen a la población. Sin embargo, no ha sabido transmitirle a la gente que esa protección no cae del cielo, sino que es el resultado de las aportaciones que hacemos entre todos. Esto explica que mucha gente solo esté dispuesta a hacer ese esfuerzo si luego resulta directamente beneficiada de él, no si redunda en el colectivo. Vivimos en una sociedad de libertades en la que la autonomía personal se considera el bien supremo, pero somos seres sociales, necesitamos al otro para que nos cuide, para que nos proteja o, simplemente, para que nos acompañe.
¿No es paradójico que disfrutemos de las mayores cotas de bienestar de la historia, en términos de salud, longevidad y confort, y a la vez haya tanto malestar y tanta enfermedad mental?
Porque vivimos en la sociedad del cansancio, como dice el filósofo surcoreano Byung-Chul, reciente premio Princesa de Asturias de Humanidades. La gente está hastiada, sometida constantemente a una presión enorme, obligada a tomar mil decisiones a la carrera entre un mar de ofertas y opciones ante las que no tiene criterio. Hay una absoluta ansia de tranquilidad, reflexión y silencio, por eso proliferan los talleres de meditación. En cuanto a la salud mental, estos problemas suelen surgir en tiempos de bonanza. En la posguerra, nadie hablaba de ansiedad o depresión, porque no podían permitirse esos lujos. Al final, seguimos anclados en aquel malestar de la cultura del que hablaba Freud. Hemos creado una cultura que por un lado nos civiliza y por otro nos enferma.
¿Usted que ostentó un cargo de senadora, qué opinión tiene del panorama político actual, tanto en España como en el mundo?
Me parece tremendo. Se dice que la democracia está en peligro, pero yo no lo creo, porque tenemos instituciones sólidas que la protegen. Sin embargo, me parece alarmante, no ya el clima de desconfianza que hay, sino de polarización y enfrentamiento. Se rechaza al que está enfrente sin escucharle, solo por el simple hecho de pensar diferente. No solo se descarta la opción de alcanzar consensos, sino que se entra en el terreno del insulto, la falta de respeto y el ataque personal.
¿Personalmente, cómo vive todo esto que está contando? ¿Es pesimista o cree que tenemos arreglo como sociedad?
A mí ya me queda poco tiempo de estar aquí, pero tengo claro que mantener la esperanza es una obligación moral. Hay que fomentar la esperanza, pero con eso no basta, hay que pasar a la acción, porque la ética es una cuestión de voluntad, no se limita al plano teórico. El diagnóstico está claro, pero saber dónde está el bien y dónde el mal no es suficiente, hay que poner esfuerzo en recuperar la confianza y mejorar como sociedad, en poner en valor el bien común, y esa tarea empieza por cada uno de nosotros.
Sócrates o Nietzsche: cómo enfrentar la modernidad gracias a la Filosofía
Argumentos para el debate:
La modernidad nos coloca frente a desafíos que, si bien son inéditos en su escala —hiperconectividad, crisis ecológica, aceleración tecnológica, polarización digital—, conservan un núcleo humano que no ha cambiado desde la Antigüedad: la necesidad de preguntarnos quiénes somos, qué valoramos y cómo debemos vivir. Frente a estas tensiones, la filosofía vuelve a convertirse en un territorio fértil para interpretar el presente y buscar caminos para orientarnos. Entre las figuras que más iluminan este debate destacan dos polos opuestos y complementarios: Sócrates y Nietzsche.
A primera vista parecen enemigos irreconciliables: uno defensor del diálogo racional y la búsqueda humilde de la verdad; el otro crítico feroz de la moral tradicional, del racionalismo occidental y de todo intento de encerrar la vida en conceptos fijos. Sin embargo, ambos ofrecen herramientas valiosas para pensar la modernidad desde ángulos distintos. Decidir entre Sócrates o Nietzsche no implica elegir un bando, sino reconocer qué aporta cada perspectiva para comprender y enfrentar la era contemporánea.
Sócrates: la verdad como brújula en el caos
En tiempos de infoxicación y discurso polarizado, la figura de Sócrates adquiere una sorprendente actualidad. Su método —el diálogo crítico, la pregunta incómoda, la duda como motor— funciona como un antídoto frente a la superficialidad y la certeza fácil que dominan la esfera digital.
A. La “ignorancia sabia” frente a la sobreconfianza moderna
La actitud socrática parte de un reconocimiento fundamental: no lo sé todo. En un mundo donde las redes sociales recompensan la opinión rápida y tajante, la humildad intelectual socrática se vuelve revolucionaria. Nos invita a suspender el juicio, examinar nuestras ideas y abrir espacio al entendimiento mutuo.
B. El diálogo como práctica democrática
Para Sócrates, la verdad emerge de la confrontación respetuosa de argumentos. En la modernidad, donde la conversación pública se fragmenta en cámaras de eco, el modelo socrático recuerda la importancia de escuchar activamente y cuestionar sin destruir.
C. La ética como arte de vivir
Sócrates proponía que el mayor enemigo del ser humano no es la ignorancia intelectual, sino la incapacidad de examinar la propia vida. Frente a la hiperproductividad moderna, la ética socrática nos invita a un retorno a lo esencial: ¿qué tipo de persona quiero ser? ¿qué vida vale la pena vivir?
Nietzsche: vitalidad, ruptura y creación en tiempos de crisis
Si Sócrates representa la búsqueda paciente de la verdad, Nietzsche encarna la afirmación radical de la vida. Su pensamiento es una provocación permanente contra todo aquello que oprime, uniformiza o domestica la existencia humana.
A. La crítica al rebaño en la era de las masas digitales
Nietzsche advertía sobre el peligro de convertirnos en seres que siguen la opinión general sin cuestionarla. La modernidad tecnológica, con su maquinaria de tendencias y viralidad, intensifica ese riesgo: la presión por adaptarse, por pertenecer, por ser “aceptado”.
El filósofo propone lo contrario: el cultivo del individuo fuerte, autónomo, capaz de decir “sí” a su propia manera de existir.
B. La transvaloración de los valores
Nietzsche invita a cuestionar radicalmente cualquier sistema moral que hayamos heredado sin examinarlo. En la modernidad —marcada por crisis éticas, transformaciones laborales y nuevos modelos de convivencia— esa invitación es vital: debemos atrevernos a reconstruir nuestros valores, no a repetirlos.
C. El “superhombre” como metáfora de creación
Lejos de ser un ideal de dominación, el superhombre representa la capacidad de reinventarse, superar el nihilismo y crear nuevos sentidos. En un mundo donde la incertidumbre genera miedo y parálisis, Nietzsche apuesta por la potencia creativa como salida.
¿Sócrates o Nietzsche? Un diálogo necesario para la modernidad
Aunque parezcan polos opuestos, ambos filósofos pueden interpretarse como dos dimensiones complementarias para enfrentar los desafíos contemporáneos:
Sócrates nos enseña a:
Pensar antes de reaccionar.
Conversar antes de confrontar.
Reconocer límites y abrirse al otro.
Construir una comunidad basada en la razón compartida.
Nietzsche nos enseña a:
Liberarnos de normas que ya no sirven.
Desarrollar coraje para vivir según criterios propios.
Crear nuevos valores frente al vacío.
Afirmar la vida incluso en tiempos convulsos.
El equilibrio necesario
La modernidad exige un espíritu socrático que evite caer en dogmatismos, pero también una energía nietzscheana que permita reinventar lo que ya no funciona. Sin Sócrates, quedamos atrapados en la opinión irreflexiva; sin Nietzsche, caemos en la obediencia y la resignación.
La filosofía, así entendida, no es un refugio del pasado, sino un laboratorio para pensar el futuro.
Conclusión: Filosofar como acto de resistencia moderna
En un mundo que se mueve a la velocidad del clic, detenerse a pensar —como Sócrates— o a transformar —como Nietzsche— se convierte en un acto de resistencia. La modernidad necesita tanto la lucidez crítica como el impulso vital. No se trata de escoger entre uno u otro, sino de escuchar ambas voces para navegar la complejidad contemporánea.
Sócrates nos recuerda que el diálogo puede salvarnos de la confusión. Nietzsche nos recuerda que la creación puede salvarnos del vacío.
Y juntos ofrecen una brújula filosófica que, lejos de vencer a la modernidad, permite habitarla con más sentido, libertad y profundidad.
Enrique Bonete publica un libro construido a partir de los correos que intercambió con una antigua alumna en la que ética ilumina el miedo y llega a funcionar como terapia.
Resumen–Paráfrasis Ampliada del Artículo sobre Enrique Bonete y su libro epistolar
El artículo cuenta la historia que está detrás del nuevo libro del catedrático de Filosofía Moral Enrique Bonete Perales, una obra nacida de una situación profundamente humana y difícil: la relación epistolar que mantuvo con una antigua alumna que estaba atravesando un proceso de cáncer.
La mujer, exestudiante de Bonete, decidió escribirle cuando la enfermedad empezó a sacudir su vida con fuerza. En sus mensajes describía un estado emocional dominado por el miedo, la angustia y una sensación persistente de oscuridad interior. Le confesaba que había momentos en los que sentía que la incertidumbre la vencía y no encontraba suelo firme bajo los pies.
Bonete, lejos de limitarse a una respuesta afectuosa o protocolaria, se implicó profundamente en el intercambio. Sus emails se convirtieron en una suerte de acompañamiento ético, un ejercicio de filosofía aplicada a la vida real donde intentaba ofrecer claridad, serenidad y herramientas para pensar lo que ella estaba viviendo. No pretendía “curar” la situación, sino dar luz moral en medio del sufrimiento, ayudándola a comprenderse, a ubicarse frente al miedo y a encontrar un modo de convivir con la enfermedad sin que esta consumiera su identidad.
El artículo destaca que las reflexiones de Bonete no eran abstractas ni demasiado académicas. Estaban escritas con una mezcla de rigor y sensibilidad, recordándole a su interlocutora que la ética no es una colección de teorías distantes, sino un recurso para sostener a las personas en situaciones límite. Así, los correos terminan convirtiéndose en una forma de terapia filosófica: un espacio donde la palabra, la reflexión y el vínculo humano ayudan a aliviar la carga.
Con el tiempo, el intercambio entre ambos fue tomando una riqueza y una profundidad tales que Bonete decidió darle forma de libro. La obra recoge —con el permiso expreso de la alumna— ese diálogo sincero y frágil, en el que se abordan cuestiones como:
¿Cómo enfrentarse racional y emocionalmente al miedo?
¿Qué sentido puede tener el sufrimiento?
¿Cómo sostener la dignidad personal en momentos de vulnerabilidad extrema?
¿Qué papel juega la esperanza cuando el futuro es incierto?
¿Qué puede aportar la ética a alguien que lucha por su vida?
El artículo subraya que el proyecto no es un libro sobre la enfermedad en términos médicos, ni una obra de autoayuda, sino un testimonio de cómo la filosofía —practicada con empatía y cercanía— puede convertirse en un refugio y una brújula moral. El lector encuentra en él no solo el diálogo entre un profesor y su alumna, sino también una reflexión universal sobre cómo cuidarnos mutuamente cuando la vida se vuelve insoportablemente dura.
En suma, la pieza periodística presenta el libro como un ejemplo poco común de filosofía al servicio de la vida concreta, donde el pensamiento ético se vuelve acompañamiento, y la relación entre maestro y alumna se transforma en un testimonio de humanidad frente a la adversidad.
Tres grandes amigos que son referentes del desarrollo personal, cuatro días conversando sobre lo divino y lo humano en una masía rodeada de naturaleza y de contrastes volcánicos en La Garrotxa, cerca de Olot (Girona); y una pregunta en el aire: «¿Qué hace que una vida merezca la pena ser vivida?». Con estos mimbres se trenzó ‘Esencial’ (Arpa Editores), una obra que une la sensibilidad espiritual de Álex Rovira (@alexroviracelma), la creatividad narrativa de Francesc Miralles (@francesc_miralles) y la profundidad psicológica de Xavier Guix (@xavierguix).
Cada uno de sus 21 capítulos, escritos a seis manos, abre una puerta a la transformación personal desde el abordaje de temas como el amor, el perdón, la culpa, la gratitud, la felicidad, la suerte, el miedo o la ansiedad. Y los tres autores lo hacen, como apunta Guix, desde la atalaya de la madurez, «que les ha permitido un trabajo conjunto armónico y una mayor capacidad de síntesis para reducir los grandes temas a lo que es verdaderamente esencial».
En un contexto de incertidumbre, repleto de distracciones y evasiones, en el que abundan las recetas para ser felices y los métodos infalibles para tener éxito, los autores alertan de una paradoja desconcertante: a pesar del abrumador acceso a la información sobre desarrollo personal, nunca había sido tan patente la desorientación generalizada.
Por eso proponen acompañar al lector en una conversación íntima sobre los fundamentos que, a lo largo de siglos de sabiduría humana y décadas de su experiencia profesional y personal (entre los tres suman más de 170 años), han identificado como los pilares para tener «una vida extraordinaria» que, como aclara Rovira, «no tiene nada que ver con logros externos o reconocimiento público, sino con los momentos de conexión auténtica, las pequeñas alegrías cotidianas y los actos de generosidad ofrecidos y recibidos».
Sus reflexiones, nacidas al calor de diálogos largos y pausados, plantean más preguntas que respuestas y tienen como objetivo aportar algo de luz para que cada uno encuentre su propio camino hacia una vida más consciente, más auténtica y más plena.
Felicidad con poso
El viaje interior que plantean Guix, Rovira y Miralles en ‘Esencial’ arranca con la felicidad, pero no como destino sino como una forma de viajar sin expectativas. «A medida que uno va madurando pasa de una felicidad materialista a una humanista, que tiene mucho que ver con la sencillez, con no complicarse la vida y con valorar lo que se tiene», explica Rovira. Completa Miralles esta tesis apuntando que a menudo suele confundirse esa falta de expectativas a la que hacen referencia con la resignación o con no desear nada pero que en realidad a lo que apela es justamente a la importancia de tener una mirada apreciativa y desear lo que se tiene.
Y ese deseo, como advierte Guix, no apunta hacia cosas, situaciones o personas; sino hacia el propio acto de desear que, según manifiesta, habría que complementar con el verbo permitir. «Uno desea y a la vez permite que algo sea tal y como es porque solo desde la aceptación se puede ser feliz», argumenta.
«Con la madurez se pasa de una felicidad materialista a una humanista, que tiene mucho que ver con la sencillez»
Álex Rovira
Escritor y conferenciante
Igualmente se aborda desde la madurez el amor. Y para hablar de ello Miralles recurre al concepto japonés ‘wabi sabi’, que abraza la belleza de la imperfección. «Mientras que el amor romántico y juvenil apunta a la idealización, el amor maduro nace de la aceptación de uno mismo y del otro, cada uno con sus imperfecciones. No es esa emoción abrumadora que retratan las películas y las novelas, sino un compromiso profundo que se renueva cada día y que nos invita a crecer junto al otro».
Para Guix, además, esa visión desde la experiencia ayuda a entender la relevancia de aunar los tres tipos de amor de origen griego: la pasión y sexualidad (eros), la amistad y lealtad (philias) y la ternura y la compasión (ágape). «Si no hay cuidado del otro, no hay amor», advierte el psicólogo.
Rovira se refiere a su vez a la reciprocidad y a la importancia de entender que amar es evitar ver al otro como un objeto y propiciar una relación entre sujetos que permita «alegrarse por la alegría del otro y sentir dolor ante el dolor del otro».
«El amor maduro nace de la aceptación de uno mismo y del otro, cada uno con sus imperfecciones»
Francesc Miralles
Escritor
Sentir frente a pensar
Cada emoción contiene un regalo de autoconocimiento pues, como exponen en su obra, «son mensajeras de la sabiduría interior». Por eso para Rovira es fundamental reconocerlas, acogerlas y permitir que sean una guía, pero que no sean determinantes. «Es una información adaptativa. Son como ríos que fluyen a través de nosotros: intentar detenerlos crea inundaciones internas, dejarse arrastrar por completo puede llevarnos a lugares peligrosos, pero navegar conscientemente por sus aguas procura riqueza en la experiencia», señala.
El problema de las emociones, según matiza Guix, es que se manifiestan en el presente pero pertenecen mayoritariamente al pasado. «Es importante distinguir entre sentir y emocionarse. Somos seres sintientes y el sentir está vinculado al presente, mientras que la emoción puede proceder de la memoria. Por eso cuando invitamos a reestructurar lo que se piensa y a sentirlo desde otro lugar no hablamos de hacerlo desde el miedo, la tristeza o la alegría, sino de crear el sentimiento, sentir lo que se piensa, lo que se crea y lo que se realiza», plantea.
Conviene entender, por tanto, qué es lo que están diciendo las emociones desde la conexión entre la mente y el cuerpo. «El pensamiento nos lleva a la conclusión, pero que es la emoción la que nos lleva a la acción. Muchas personas limitan su vida a los procesos mentales porque desconectan de los emocionales. Si estuviéramos más en contacto con el sentir, nos entenderíamos mejor y tendríamos más capacidad para transformar aquello que no nos encaja en nuestra vida», manifiesta Rovira. Noticias relacionadas
Gratitud y entrega
Algo que, según los autores, puede llegar a transformar lo ordinario en extraordinario es cultivar el hábito de agradecer. Esa práctica diaria de reconocer los dones que se reciben es «como un par de gafas mágicas que permiten ver la abundancia donde antes solo se veían las carencias», sugiere Rovira, quien la califica como la «alquimia más poderosa para transformar la existencia, junto con la compasión y el perdón.
Por eso lo que propone, por su parte, Miralles es elegir esta actitud de agradecimiento permanente frente a otra que puede ser antagónica, como es la queja. «Unos se victimizan buscando la atención y absorbiendo la energía de los otros, otros se fijan solo en lo malo y en lo que va mal, obviando todo lo demás. Los que escogen la gratitud, pueden acogerse a ella incluso en los momentos más adversos de su vida».
«Hay que distinguir entre sentir, que está vinculado al presente, y emocionarse, que puede proceder de la memoria»
Xavier Guix
Psicólogo
Pero además de apreciar y agradecer lo que uno tiene, los tres escritores inciden en la importancia de transformar lo recibido en dones para los otros de modo que uno, al final del día, pueda sentir que ha contribuido, de alguna manera, a hacer el mundo un poco mejor. «Un modelo que se usa mucho para explicar este planteamiento es el que aporta Joseph Campbell en ‘El viaje del héroe’, En él se muestra que el objetivo, tras haber salido de la zona de confort y haber pasado todas las pruebas necesarias para conseguir un valioso elixir, es que todo lo aprendido y lo conseguido no tiene valor si al final no se entrega y se cierra el círculo dejando un legado», recuerda Miralles.
Lo que se siembra y el aprendizaje sobre lo ya experimentado que se aporta a los otros es para Rovira lo que hace que una vida merezca la pena. Y eso, según aclara, se construye con pequeños actos cotidianos de presencia, gratitud y generosidad, más que con grandes logros o aplausos externos.
Propósito sereno
Precisamente esa entrega forma parte de la intersección de la que emerge el ‘ikigai’ o propósito, que implicaría la unión, según señala Rovira, de «lo que se ama, lo que a uno se le da bien, lo que el mundo necesita y lo que se puede ofrecer a los demás». Por tanto, como añade Guix, el propósito no es algo que uno se puede llegar a plantear como meta o como objetivo sino que sería, por un lado un horizonte que orienta y que da sentido a cada paso, y, por otro, un descubrimiento que se suele hacer en la madurez, que es la etapa en la que se ve todo con una mayor perspectiva, se entiende mejor qué es aquello que has venido a aprender a este mundo y cuáles son las conexiones entre todo lo que se ha vivido.
Comparte esta reflexión Rovira quien, sin embargo, apunta que algunas personas pueden llegar a sentir una revelación de su propósito en cualquier momento de la vida, no solo en la madurez, a partir del sufrimiento, de una desgracia o de alguna crisis.
Por eso a la hora de trabajar con el propósito de una forma práctica, Miralles plantea que existen tres momentos vitales a los que conviene prestar atención. Uno es el que se puede producir en torno a los 16 o los 17 años, que suele ser cuando los estudiantes abordan hacia dónde quieren dirigirse profesionalmente o qué camino desean seguir en el ámbito de la educación. Otro se da cuando esa persona sufre alguna crisis personal, ya sea por una enfermedad, una ruina económica, un cambio de país por circunstancias sociales o políticas, una separación o incluso una situación desbordante como la que se vivió durante la pandemia. Y el tercer momento crucial sería la jubilación, pues no solo coincide con una liberación de ocupaciones como el cuidado de niños o de mayores, sino que también implica disponer de un océano de tiempo en el que no siempre se sabe navegar.
Algo que es importante destacar es que el ‘ikigai’, como apunta Rovira, no siempre se manifiesta como una vocación grandiosa: sino que a menudo se encuentra en los pequeños actos con los que se contribuye al bienestar de los demás y del planeta.
La serenidad podría ser la clave para permanecer imperturbable en ese océano de tiempo mientras la superficie se agita con las olas, según sugieren los autores. Y ésta se cultiva, como recuerda Guix, no desde la pasividad ni la resignación, sino desde la aceptación, el desapego y la confianza en que, incluso en los momentos más oscuros, puede haber una luz que nos guíe.
Tres expertos en desarrollo personal
Xavier Guix. Sant Boi de Llobregat, 1960. Desarrolla su labor terapéutica en Kairós Institut y es el fundador de Emprendedores Existencialistas. Imparte cursos en diversas universidades y está especializado en programación neurolingüística y autoconocimiento. Ha escrito ‘El problema de ser demasiado bueno’, ‘Ni me explico, ni me entiendes’, ‘Si no lo creo, no lo veo’ y ‘Mientras me miran’.
Francesc Miralles. Barcelona, 1968. Su vida escolar fue errática hasta que descubrió su pasión por el alemán. Es un prolífico autor. Al principio se centró en la narrativa juvenil, pero después se inclinó por el desarrollo personal. Su ensayo más traducido fue ‘Ikigai’. Ha escrito numerosas obras en coautoría, muchas con Álex Rovira, como ‘La última respuesta’, ‘Un corazón lleno de estrellas’, ‘Homo solver’ o ‘Cuentos para quererte mejor’.
Álex Rovira. Barcelona, 1969. Licenciado en Ciencias Empresariales y MBA por ESADE, es escritor, conferenciante y consultor. Ha publicado numerosos libros, entre ellos ‘La buena suerte’, traducido a más de 50 idiomas. Desde su Escuela de Transformación Vital y Liderazgo, por la que han pasado más de 70.000 alumnos, aborda su compromiso de compartir herramientas para encontrar sentido a la vida. Noticias relacionadas
La gran pregunta
Los 21 fundamentos para una vida plena que proponen Guix, Rovira y Miralles en ‘Esencial’ no son compartimentos estancos, sino que son hilos entrelazados que se potencian y se nutren entre sí para responder a ese interrogante que un día se hicieron los autores y que realmente fue la semilla de su obra: «¿Qué hace que una vida merezca la pena ser vivida?».
Además de lo ya expresado a través de sus textos conjuntos, cada uno de ellos aceptó el reto de contestar individualmente y a vuelapluma a esta pregunta. Y así, tal como manifestaron sus respuestas, se recogen sus mensajes a modo de conclusión y cierre:
Para Francesc Miralles una vida con sentido es aquella en la que uno ama y deja que le amen. «Hay muchas personas que son grandes amadoras pero que han puesto muchos muros al reconocimiento y al merecimiento. El amor ha de ser bidireccional», plantea.
Xavier Guix, por su parte, apunta que saber vivir para saber morir y la conciencia de la finitud de nuestro tiempo es lo que inspira a vivir con más intensidad, propósito y amor. «Si he venido a la vida es para vivirla. Lo esencial es la vida misma y entenderla como el lugar que nos sostiene, no como el conjunto de cosas que nos pasan», argumenta.
Por último, Álex Rovira, incide en que la vida vale la pena precisamente «por la pena» pues, según asegura, es ahí donde está el tesoro. «En cada proceso de encuentro y desencuentro uno ve que nadie sería lo que es si no hubiera pasado por lo que ha pasado», apunta. Y planteando un giro radical y consciente a la célebre frase del poeta Rumi propone: «Es por la herida por donde sale la luz».