Volver a leer a Spinoza, ese filósofo maldito

La brasileña Marilena Chaui Souza regresa con La nervadura de lo real para recorrer las dificultades de un autor permeable a muchas interpretaciones al que piensa como una escultura barroca.

Baruch Spinoza, bautizado como el “Príncipe de la inmanencia”.

Algunos filósofos se sienten cómodos entre los límites de lo actual; otros, no desfallecen hasta pensar la totalidad. Este es el camino de Spinoza. Su filosofar gusta de lo eterno y necesario; respira con conceptos que se despliegan hasta lo que el filósofo judeo-holandés entiende como la sustancia infinita o Dios. Pero, a la vez, su mirar incisivo piensa también lo político, celebra la fiesta de la libertad de la razón, y del individuo concreto dentro un Estado que permita pensar y decir lo que se piensa. Gimnasia de la metafísica de la razón y de una aproximación a la emancipación política de la modernidad antiautoritaria que fascina a la filósofa brasileña y profesora de Filosofía moderna en la Universidad de São Paulo Marilena Chaui Souza en La nervadura de lo real. Imaginación y razón en Spinoza, reeditada recientemente por Fondo de Cultura Económica.

Freud admitió una “dependencia absoluta” con respecto a Spinoza.

Freud admitió una “dependencia absoluta” con respecto a Spinoza.

Chaui asume las dificultades en la lectura de un autor constructor de un sistema complejo, permeable a muchas interpretaciones. Por eso el Spinoza a ser comprendido es como “una escultura barroca”, cuya interpretación se multiplica “en puntos de vista interminables”, que componen un “caleidoscopio que gira frente a nuestros ojos, deshaciéndose y rehaciéndose en mil formas y colores”. Una obra que para algunos es “atea y fatalista”, o “mística y embriagada de Dios”, para otros. En esa pluralidad de modos de compresión del filósofo nacido en Ámsterdam, es posible encontrar al difusor de “un racionalismo extremo que llevó a la razón matemática a exageraciones metafísicas jamás alcanzadas ni antes ni después de ella”, o a un defensor de “un monismo naturalista”, afín a materialismos futuros; o a quien identifica la realidad única de lo que Spinoza llama la sustancia infinita con la naturaleza, en un juego filosófico de tenor panteísta.

Pero respecto al heredero y crítico de Descartes, algunas cuestiones son tan seguras como la dureza del hierro: el autor de la Ética explicada según el modo geométrico no fue comprendido en su tiempo, fue estigmatizado como “sofista”, “filosofastro impuro e hipócrita”, y procreador de una obra “pestilente”. Más allá de su pensamiento en sí mismo, Spinoza derramó un peligroso ácido disgregador del orden y la seguridad, al punto de que el teólogo Van Mansvelt, celoso defensor de las “verdades edificantes” de su tiempo, advertía que “la paz y la seguridad de la República se ven minados cuando tamaños errores pueden ser enseñados, publicados y difundidos”.

El siglo XIX nos acostumbró a la figura de los poetas malditos, desde Hölderlin, hasta Baudelaire o al Conde de Lautréamont. Pero el barroco siglo XVII conoció el antecedente de Spinoza como filósofo maldito, solo luego continuado por los rayos provocadores de lo dionisíaco nietzscheano. Spinoza maldito por ser el libre pensador expulsado por su comunidad judía originaria, que no podía asimilar su ser distinto; maldito por su comprensión racional moderna del texto bíblico; maldito por identificar la salvación con la felicidad que destila la sabiduría como amor a Dios, pero no como sometimiento a la Iglesia y el trono papal; maldito por disfrutar de la austeridad y el pulir cristales para sobrevivir, sin necesidad de pompas institucionales ni del refugio de las filosofías universitarias, de las religiones, o de la bendición del poder.

La inevitable colisión entre el racionalismo de Spinoza y el dogmatismo de la religión lo condenan a ocultarse en la marginalidad, solo apoyado por algunos amigos, y por Johan de Witt, acaso su disimulado protector, el Gran Pensionario, una suerte de primer ministro de una Holanda que en los tiempos de Spinoza pasó de ser potencia mundial a desgarrase en luchas internas, la guerra con Francia, y el asesinato feroz del propio de Witt.

Spinoza nació en Holanda.

Spinoza nació en Holanda.

Spinoza comprendía la distancia entre su vuelo de altura y los poderes constituidos. Pero esto no lo inhibió en su Tratado teológico-político, en el que la razón va “más allá de la simple razón”, para desnudar las falacias teológicas, la falsedad de la doctrina de los milagros, y para negar al Dios personal y providente judeo-cristiano al que se le eleva oraciones o pedidos.

Dios no es Padre creador, juez y administrador de castigos. Lo único divino es la propia razón que, en Spinoza, entiende la realidad como una sustancia infinita, de infinitos atributos, aunque el humano solo pueda acceder a dos de ellos, el pensamiento, y la extensión donde las cosas y los cuerpos se acomodan; y los modos o manifestaciones particulares propias de lo que hay de multiplicidad en la realidad.

La razón divinizada seguramente redime a Spinoza de la acusación de ateísmo, pero no lo prosterna, nunca, ante los dogmas que apelan a una larga tradición para buscar una engañosa legitimidad.

Fuente:

https://www.clarin.com/revista-enie/ideas/volver-leer-spinoza–filosofo-maldito_0_ErVYEpO41.html

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