Cincuenta años ya del estreno de La naranja mecánica, ¡oh, hermanos míos!

Óscar Sánchez Vadillo

Cincuenta años de del estreno de «La naranja mecánica»

Stanley Kubrick sin duda era un lince, y por eso rodó la inigualable novela de Anthony Burguess diez años después de su publicación, adivinando el tremendo impacto que supondría. Pero en realidad trastocó radicalmente su tono y su trama, como toda buena adaptación al cine suele y casi debe hacer. Lo curioso es que el público y la crítica, por su parte, inventaron también una tercera versión de la novela (Burguess se quejaba en el prólogo de que Kubrick había hecho de su novela una fábula, es decir, una suerte de teatrillo de guiñol), según la cual La naranja mecánica era una película acerca de la ultraviolencia. Mi hipótesis de partida para esta rememoración es que La naranja mecánica, versión fílmica, no es eso, no es una película de ultraviolencia ni física ni moral, por mucho que esa fuese la recepción que se le dio en su estreno incluso por el propio Kubrick. Porque si se mira bien, dentro de su propia y épica filmografía, mucho más violentas sin comparación alguna resultan ser Senderos de gloria, antes (la guerra más cruel, una guerra de atrición, rematada por fusilamientos injustos), o El resplandor, después (nada menos que un padre tratando de “talar” con un hacha a su familia[1]), por no hablar de la fila interminable de crucificados de Espartaco, toda una procesión de lentas agonías. No, esto es una trivialidad o un tópico infundado, piedra de escándalo para la taquilla y nada más. En La naranja… nadie sale seriamente perjudicado, si lo ponemos al lado de los cientos de personajes que caen bajo el fuego de Salvar al soldado Ryan en sus primeros minutos, salvo un aburrido matrimonio sin rostro, y la insanía del protagonista más que sadismo o agresividad descontrolada no es más, en mi opinión, que la demostración del poder puramente muscular e indiferenciado de un adolescente que habita en los márgenes.  

Y ahí es donde quería llegar: lo mismo le da al protagonista sacudir a un mendigo por indefenso y fracasado que camelarse a dos chicas sólo con pedirlo y sin despeinarse, todo ello no son más que reafirmaciones de lo único que un adolescente posee, que es fuerza sin dirección y necesidad de reconocimiento. Porque cuando ingresa en esa especie de reformatorio, no muestra ninguna rebeldía antisistema, todo lo contrario: destaca por ser el más integrado y colaborador, aunque apenas nadie allí crea que lo hace con sinceridad. Y es que Alex no es sincero en nada, sólo pone a prueba su aptitud en un caso u otro, lo mismo para ser jefe de la banda que para apuntarse el primero a la terapia -a la que no hay que olvidar que se presenta voluntario. De modo que toda la película tiene esa peculiar estética que yo encuentro típica del soñar despierto de un adolescente, y ese es el verdadero tema de la película, a la vez que la explicación más cabal de que a ellos les guste siempre tanto. A todo joven le gustaría ser el jefe, llevar doble vida nocturna, burlar las normas de los adultos e incluso imponerse finalmente cuando estos tratan de cambiarlo (Alex piensa que está por encima de sus truquitos psicológicos conductistas, porque sabe o cree saber que él no tiene propiamente psicología, sino tan sólo impulso). Por eso digo que la película de Kubrick no es más que estética, porque no hay ningún elemento crítico o ético en el film. De hecho, la novela terminaba de muy diferente manera, y Kubrick suprimió el capítulo 20 donde sí que había una clara intención de mensaje por parte de Burguess. Pero es que la película es marcadamente estética incluso en el plano más superficial, es decir, visual: el bar de las anfetas, el argot pseudorruso, el uniforme de la banda, la cárcel tan esquemática, la escultura fálica, las galerías donde Alex va a ligar, Beethoven… Nada real, todo es como le gustaría a un adolescente que fuera su mundo, es decir, que la película sería, desde mi punto de vista, la representación del deseo (simplista pero asertivo) de un diecisieteañero macarrilla de los años sesenta. Escena típica que me sirve de prueba: cuando Alex, el chaval (no es más que un chaval) vuelve a casa reformado, habla con sus padres en una habitación de decoración imposible: pinchos metálicos por toda la pared en vez de papel pintado. ¿Pondrían esto en su casa unos padres tranquilos y convencionales? No, eso es lo que a Alex le gustaría ver, puesto que a él no le pone nervioso, ya que él está nervioso siempre, es un cuchillo de ansiedad mal afilado. De hecho, tal decoración no está ni insinuada en la magnífica novela de Anthony Burguess…  

¿Qué es, entonces, La naranja mecánica, esa película icónica y tan temida que cumple ahora medio siglo? Pues es el mundo de los años sesenta tal como es imaginado y sentido por un chico impetuoso perteneciente a una sociedad rica pero sin más normas a seguir que la seguridad y el confort. Como esto no es gran cosa ni por asomo nada satisfactorio si uno tiene la edad y las energías para algo mejor, no es extraño que Alex cometa algunos crímenes para desfogarse, pero ahí se queda todo su inconformismo y toda su rabia; la política, ¡oh hermanos míos!, o el activismo social, nuestro buen drugito Alex ni la huele. Y esto sí que es una buena crítica por parte de la película, que es sin duda una gran película: que, después de todo, el protagonista está absolutamente neutralizado, desactivado desde el principio, no puede ni podrá hacer nunca nada ni nada ha hecho hasta el momento. El mundo real seguirá su curso con o sin adolescentes nerviosos generando pequeños incidentes violentos en las calles. Pero eso no era la novela. La novela era mucho más que eso, era una especie de alegato libertario en oposición al totalitarismo de la época, y era un caudal de fantasía y de Neolengua. La novela estaba llena de guiños, y, si no, véanse… 

Pues bien, me porto mal, con las crastadas, los tolchocos y los juegos con la britba y el viejo unodós unodós, y si me lovetan, tanto peor, oh hermanos míos, y a decir verdad no puede gobernarse un país si todos los chelovecos se comportan como lo hago yo de noche. De modo que si me lovetan y son tres meses en este mesto y otros seis en aquél, y luego, como tan bondadosamente me lo advierte P. R. Deltoid, la próxima vez, a pesar de la gran ternura de mis veranos, hermanos míos, es el propio y gran zoo del Más Allá, yo digo: «Lo justo es justo, pero una lástima, señores míos, porque ocurre que no puedo soportar el encierro. Mi empresa será, en ese futuro que extiende unos brazos nevados y prístinos ante mí, antes de que el nocho se imponga o la sangre entone un coro final en el metal retorcido y los vidrios aplastados del camino, que no me loveteen otra vez». Hermoso discurso. Pero, hermanos, este morderse las uñas acerca de la causa de la maldad es lo que me da verdadera risa. No les preocupa saber cuál es la causa de la bondad, y entonces, ¿por qué quieren averiguar el otro asunto? Si los liudos son buenos es porque les gusta, y ni se me ocurriría interferir en sus placeres, así que lo mismo deberían hacer en el otro negocio. Y yo soy cliente del otro negocio. Además, la maldad es cosa del yo, del tú o el mí en el odinoco de cada uno, y así es desde el principio para orgullo y radosto del viejo Bogo. Pero el no-yo no puede tener lo malo, de modo que los vecos del gobierno y los jueces y las escuelas no pueden permitir lo malo, pues no pueden admitir el yo. ¿Y acaso nuestra historia moderna, hermanos míos, no es el caso de los bravos y malencos yoes peleando contra esas enormes maquinarias? Todo esto lo digo en serio, oh hermanos. Pero lo que hago lo hago porque me gusta. 

En capítulo 4, Parte Primera. O en capítulo 5, Parte Tercera: 

-¿Y usted, qué saca de todo esto, señor? -pregunté-. Quiero decir, aparte el dengo que le darán por el artículo, como usted lo llama. Es decir, ¿por qué se opone tanto a este gobierno, si puedo tener el atrevimiento de preguntárselo?  

F. Alexander se aferró al borde de la mesa y dijo, apretando los subos, calosos y todos manchados con el humo de los cancrillos: -Alguien tiene que luchar. Hay que defender las grandes tradiciones libertarias. No soy hombre de partido, pero si veo la infamia procuro destruirla. Los partidos nada significan. La tradición de libertad es lo más importante. La gente común está dispuesta a tolerarlo todo, sí. Es capaz de vender la libertad por un poco de tranquilidad. Por eso debemos aguijonearla, pincharla… -Y aquí, hermanos, el veco aferró un tenedor y descargó dos o tres tolchocos sobre la pared, de modo que el tenedor se dobló todo. Después, lo arrojó al suelo. Con voz bondadosa dijo:- Come bien, pobre muchacho, pobre víctima del mundo moderno -y pude videar bastante claro que la golová no le funcionaba muy bien-. Come, come. Puedes comerte también mi huevo.  

-Pero yo dije: -Y yo, ¿qué saco de todo esto? ¿Me curarán lo que me hicieron? ¿Podré volver a slusar la vieja sinfonía Coral sin sentir náuseas? ¿Podré vivir otra vez una chisna normal? ¿Qué me pasará, señor?…

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