Para olvidarse de la felicidad

El pensamiento de Arthur Schopenhauer, padre del pesimismo metafísico, revive con nuevas traducciones y ensayos sobre sus obras

Arthur Schopenhauer, el padre del pesimismo metafísico, es uno de los filósofos más populares en España e Hispanoamérica; nuevos libros recientes vienen a vivificar su presencia en las librerías.

Es curioso el breve ensayo —aunque sustancial— del singular escritor francés Michel Houellebecq (1958). Este, al igual que les sucediera a Nietzsche, Thomas Mann o al austriaco Thomas Bernhard, quedó fascinado por el encuentro con las obras de Schopenhauer, allá por los años ochenta del siglo XX. El autor de novelas tan nihilistas como El mapa y el territorio o Sumisión vio en el pensador alemán un alma afín, desa­sosegada por la búsqueda de la verdad y desengañada del ser humano: “Ningún novelista, ningún moralista ni ningún poeta me habrá influido tanto como Schopenhauer”, afirmó. Por eso intentó traducir al francés algunos textos suyos, y de ahí nació este ensayo. Al final, sólo seleccionó un puñado de pasajes favoritos y los comentó.

Houellebecq da en el clavo con sus claras interpretaciones, que sirven tanto para los conocedores como para los neófitos; es posible que después de leer estas páginas haya quien corra a buscar El mundo como voluntad y representación, la obra capital de Schopenhauer (que cumple 200 años en noviembre de 2018); o Parerga y paralipómena, que contiene los célebres Aforismos sobre el arte de saber vivir, muy admirados por Houellebecq, por lo general editados como libro independiente.

Para olvidarse de la felicidad

Schopenhauer afirmó que la existencia es sufrimiento, y también que la contemplación estética de las cosas y los hechos del mundo nos proporciona un estado de beatitud que aleja los males inherentes al tremendo hecho de vivir. El arte es liberador, gracias a la paz que nos proporciona la belleza artística olvidamos los pesares; o los transforma de tal manera que nos recompensa con placer y deseos de acciones buenas y sensatas. Para Houellebecq esta prometedora visión estética es “tan simple como profundamente original”. Comenta también el concepto de “voluntad”, que debe entenderse “alejado del psicologismo”. La voluntad, según Schopenhauer, es el sustrato íntimo intangible que da cohesión a la totalidad de las cosas y los seres del mundo. Desde la ley de la gravedad hasta el eterno devorarse sin sentido de unas especies a otras en el que consiste la vida animal, “todo es voluntad”. Y tanto las grandes tragedias colectivas como las adversidades individuales tienen que ver con este oscuro concepto, definido como deseo infinito anhelante de satisfacción; Freud se inspiró en esa fuente para sus concepciones del “ello” y el inconsciente.

Para olvidarse de la felicidad

Finalmente, el misántropo irredento que es Houellebecq destaca como lo mejor de Schopenhauer el orgullo con el que proclamaba que la mayor riqueza del hombre de genio radica en su propio interior; este goce —escribió el pesimista— se asemeja “al cálido refugio invernal en medio de la gélida noche del mundo”. Y añadía que, a tenor de “la necedad que reina por doquier en la sociedad”, desde siempre las personas excelsas, toda vez que sus necesidades básicas estén cubiertas, se consagraron a ocupaciones sin utilidad aparente, pero que impulsan el saber y el avance de las ciencias y las artes; pues el trabajo intelectual es el cénit de la vida feliz.

Esta última idea pertenece a los mencionados Aforismos sobre el arte de saber vivir, cuya base inicial se halla esbozada en el libro que publica Nórdica en nueva traducción: El arte de ser feliz. Schopenhauer nunca lo publicó, pues sólo era el borrador temprano de su filosofía práctica posterior. El erudito italiano Franco Volpi lo recuperó de entre los inéditos del filósofo, le puso título y lo editó como si fuera un “tratado” completo. En castellano apareció en 1998, en edición bilingüe (Herder). En esta nueva versión hubiera sido deseable un prólogo en el que se aclarase esto.

Para olvidarse de la felicidad

Las “reglas” que contiene este supuesto tratado no van dirigidas en puridad a encontrar “la felicidad”, en la que Schopenhauer jamás creyó como absoluto, sino “a ser menos desdichados en este mundo”. Aristóteles, Séneca, los moralistas franceses y Gracián inspiraron la esencia de tales ideas. El “justo medio”, la fe en uno mismo, el olvido de las quimeras que nos intimidan y nos impiden gozar del presente, la desconfianza prudente en los demás o el cultivo de un sano egoísmo son algunos de los reguladores para vivir bien que propuso Schopenhauer.

Más pensamientos suculentos de este tipo, sobre cómo desenvolverse mejor en la vida, y reflexiones filosóficas sobre la muerte y el sufrimiento y otros temas afines, todos de profundo humanismo y honda metafísica, quedan reflejados en la nueva antología de fragmentos breves y aforismos extraídos de las obras de Schopenhauer que publica Alianza (no hay que confundirla con la que en 1995 apareció en Edhasa, de título casi similar, cuyo autor fue Andrés Sánchez Pascual). También Alianza recupera muy remozada una obra de invitación a la lectura de Schopenhauer de 2001, útil para adentrarse en su pensamiento.

Para olvidarse de la felicidad

El libro del filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel presenta cuatro textos críticos con el pesimismo. Schopenhauer decía que bastaba comparar el dolor que siente un animal mientras es devorado por otro con cualquiera de los placeres del mundo para darse cuenta de que la intensidad del dolor es siempre mayor que la del placer. Afirmaba que el sufrimiento domina todo, es lo positivo; y que el placer es sólo la negación del sufrimiento, lo negativo. Simmel desmonta esta tesis a la vez que descifra los rasgos señeros del carácter pesimista. Dice con razón que es más fácil negar y destruir que construir, y que suele tener más adeptos quien niega que quien ve las cosas por su lado mejor. Apostilla que Schopenhauer fue “el tipo más arrogante de cuantos escritores han existido sobre la faz de la tierra”. Simmel se tomó muy en serio al filósofo y quiso rebatirlo con gran seriedad.

Hoy, las ideas del viejo pesimista, clásicas en su rigor, causan más goce que pesar, y hasta sirven para animar a los tristes, porque entre otras cosas enseñó que para ser felices debemos olvidarnos de la felicidad.

En presencia de Schopenhauer. Michel Houellebecq. Traducción de Joan Riambau Möller. Nuevos Cuadernos Anagrama, 2018. 96 páginas. 7,90 euros.

El arte de ser feliz. Arthur Schopenhauer. Traducción de Isabel Hernández. Ilustraciones de Elena Ferrándiz. Nórdica, 2018. 120 páginas. 19,50 euros.

Parábolas y aforismos. Arthur Schopenhauer. Selección y traducción de Carlos Javier González Serrano. Alianza Editorial, 2018, 176 páginas, 9,50 euros.

Schopenhauer: la lucidez del pesimismo. Roberto R. Aramayo. Alianza, 2018. 272 páginas. 9,50 euros.

Sobre el pesimismo. Georg Simmel. Traducción de Fernando García Mendívil. Prólogo de Fernando Savater. Sequitur, 2017. 80 páginas. 8 euros.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/08/01/babelia/1533124916_027685.html

 

Redundantes

Cada uno de nosotros se tiene por un animal racional, pero no hay certeza de que los demás lo sean

Oigo cada día con mayor frecuencia las frases “no es no”, “fútbol es fútbol” y otras parecidas. ¡Ojo!: sepan los más jóvenes que “oigo” es la manera correcta de decir “escucho”, verbo este que se usa ya para todo. Por ejemplo: “Se escuchó una explosión”. Bueno, uno puede escuchar lo que le dé la gana y es posible que alguien pusiera mucha atención y una mano tras la oreja para escuchar atentamente una explosión, pero, en general, ese tipo de sucesos se oyen, pero no se escuchan, porque para cuando han sonado ya no hay quien oiga nada. También he pillado a gente decir: “Se escuchaba llover”, algo desafortunado, porque lo normal es no escucharlo ni oírlo, razón por la cual se dice “fue como si oyera llover”, que equivale a “no me hizo ni puñetero caso”. Quienes escuchan llover no están para nada, absortos en el tamborileo de las gotas.

La prohibición de usar el verbo “oír” tiene relación con el “no es no”. Muestra un fuerte recelo sobre la capacidad de comprensión del prójimo. Cada uno de nosotros se tiene por un animal racional, pero no hay certeza de que los demás lo sean. Por esta razón hay que insistir en que uno “escucha ruidos” y no solo los oye, como acentuando nuestra voluntad de ser lo que somos. Pero al mismo tiempo sabemos que el prójimo, siendo distinto, aunque idéntico, es dudoso que sea inteligente, así que hay que machacarle las cosas muy sencillitas para que le entren en la mollera. “Yo es yo”…, pero a ti ni te escucho ni te oigo porque no te enteras de que “tonto es tonto”.

En 1913, la escritora Getrude Stein compuso un célebre verso: A rose is a rose is a rose,y ya entonces fue tenida por idiota. No lo era, sabía lo que se hacía. Unas décadas antes, Hegel había afirmado que “A es igual a no-A”. Dos modos opuestos de ver el mundo. ¿Cuál es más interesante?

Fuente:

https://elpais.com/elpais/2018/07/30/opinion/1532944803_136646.html

Foto: Friedrich Hegel. © GETTYIMAGES

 

Modelos de revoluciones

El modelo clásico de revolución ya no puede dar un servicio eficaz al ser humano

Antonio Guerrero


 

El modelo clásico de revolución ya no da servicio al hombre posmoderno: al ser un modelo de masas no es capaz de generar un cambio interior, tan solo produce revueltas sociales. Por otro lado es un instrumento fácilmente manipulable. Se encuentra en un campo de batalla muy poco fiable: el de la sociedad de la información, donde se dan la posverdad (las opiniones no contrastables con apariencia de verdad) y los fake news (las falsas verdades generadas a posta para manipular a la información). Cualquier revuelta que se produzca en este escenario está condenada al sesgo informativo. Por eso el modelo clásico de revolución no puede dar un servicio adecuado al hombre actual, no ofrece garantías de éxito. Además es un modelo violento: puede acarrear víctimas y de conseguir el poder solo aspira a un relevo gubernativo, sin cambiar el sistema político o económico: manteniendo la dictadura no reconocida de la desregulación de los mercados y las redes clientelares. Haciendo una reflexión: en nuestro presente no se ha producido la gran revolución en occidente tras la crisis económica. Existieron amagos como el 15M que no fueron en balde: crearon nuevos partidos alternativos. No obstante, no crearon una gran revolución social. Pero si se hubiera producido, haciendo una suposición, los grupos de poder, con sus hilos conectados al mundo de la información, habrían controlado la evolución de dicha revolución, tejiendo su fracaso para así generar con ello un cortafuegos a las masas. Eso habría ocurrido puesto que es lo que ocurre, actualmente, cuando surge cualquier nuevo acontecimiento. En otro orden de cosas, existen otros modelos más afines al hombre actual: la disidencia y la subversión. La disidencia consiste en decir públicamente una disconformidad. Aranguren fue el gran disidente español. Supone plantar cara al poder de forma no violenta. Por otro lado la subversión significa un cambio de valores. Tradicionalmente se hacía a través de grupos secretos pero ya no es necesario: cualquier grupo humano puede invertir los valores del sistema y vivir de esa forma alternativa. La importancia de la disidencia y la subversión, además de su carácter no violento, es la introspección: ambos suponen un cambio interior del individuo. Desde ese presupuesto, se pueden conseguir más objetivos que con la revolución clásica ya que son las personas las que cambian.

Diario de Almería. La mirada Zurda. «Modelos de revoluciones». Antonio Guerrero. 25/07/2018.

https://www.diariodealmeria.es/opinion/articulos/Modelos-revoluciones_0_1266773647.html

 

 

Celsius 232 2018 – ¿Pastilla roja o pastilla azul?

Wittgenstein, Lovecraft y la mitología universal protagonizaron la sección ‘Letras y bits’ del festival avilesino dedicado al fantástico

 

 

«De lo que no se puede hablar, es mejor callarse». Y, sin embargo, dio tanto de que hablar esa bella, sarcástica y demoledora frase. Así terminó, con finísima y devastadora ironía, su Tractatus el filósofo Ludwig Wittgenstein. Y así la recordó Tom Jubert, diseñador de videojuegos de profesión y filósofo de formación, durante la jornada de ayer en el festival Celsius 232 de Avilés. Jubert fue la estrella de la primera jornada de la sección Letras y Bits, con la que colabora 1UP en la moderación de las mesas junto con Keith Stuart de The Guardian, y que funde videojuegos y literatura desde una perspectiva cultural.

Jubert enfrentó a su auditorio con una ardua y fascinante reflexión sobre la filosofía tras los videojuegos. El joven diseñador, de 33 años aunque se define ya como «hombre de mediana edad», habló de su trabajo tras títulos independientes de gran éxito como The swapper, Faster than light, The Thalos principle o Subnautica. Juegos tras los que subyacía un amor personal por la filosofía y un deseo por difundir tal amor. «La razón por la que hago videojuegos y no otra cosa tiene dos respuestas. La verdadera y emocional: ¡porque me encantan los videojuegos! Pero puedo dar una más racional. Que la filosofía a mí me cambió la vida y que quiero compartir por qué a través de mi obra. Creo que los videojuegos son el medio perfecto para poner en juego la filosofía y los dilemas éticos. Además, hasta hace muy poco, nadie se preocupaba en mirar mucho lo que escribías. Mis jefes, desde luego, no lo hacían».

El diseñador de videojuegos Tom Jubert durante la charla de 'Letras y bits' moderada por 1UP.
El diseñador de videojuegos Tom Jubert durante la charla de ‘Letras y bits’ moderada por 1UP.

Hubert reflexionó sobre su condición de rara avis de la industria. Quitó importancia a su éxito, afirmando que tampoco cree que sea «tan buen escritor» y que el hallazgo de sus juegos tal vez provenga de su «inusual perspectiva» sobre el mundo. Manifestó su viraje de la filosofía occidental a la oriental y dio un emotivo discurso ante una pregunta de este periódico. «¿Qué dice de los occidentales el hecho de que nuestra filosofía lleve habitualmente a angustiosas preguntas y la oriental serene?».

Jubert sonrió y, con cierto temblor en la voz, habló de Wittggenstein y los colores con un recuerdo a esa decisión nihilista que tan gráficamente planteó Matrix. «En la vida puedes tomar la pastilla roja o la pastilla azul. La pastilla roja es la filosofía occidental, que parte la realidad en parcelas cada vez más pequeñas y luego intentar reconstruirla. Es una aproximación muy buena para controlar el mundo y a las personas, para hacer que vuelen aviones, por ejemplo. Pero es muy mala como cimientos para vivir. La azul, sin embargo, acepta que no podemos comprender lo real. Y por eso nos serena».

Portada del libro sobre Lovecraft y los videojuegos 'El soñador de Providence' (Heroes de papel, 2018).ampliar foto
Portada del libro sobre Lovecraft y los videojuegos ‘El soñador de Providence’ (Heroes de papel, 2018).

Hubo más reflexiones de calado durante la jornada. Por ejemplo, en la presentación del libro El soñador de Providence (Héroes de papel, 2018)con su autor Carlos Gurpegui. El autor informó del «propósito divulgador» de su obra, que pretende «actualizar el conocimiento académico» del escritor del fantástico probablemente más influyente del siglo XX. Ese conocimiento, en España, sigue anquilosado en unas ideas respecto a la figura de Lovecraft y más gravemente de su obra que las últimas investigaciones académicas, especialmente las de la escena anglosajona, han dejado atrás. La visión de Lovecraft como un extraño misántropo asexuado, por ejemplo. Pero también la confusión respecto a la esencia de sus textos, que no es una lucha del bien contra el mal sino muy al contrario la insignificancia de lo humano ante la enormidad del cosmos.

Dicha confusión viene dada por el papel que jugó August Derleth en la difusión de la obra de Lovecraft, figura a la que Gurpegui dio una de cal y una de arena. «Al César lo que es del César. Es verdad que sin él probablemente no se hubiera conservado la obra de Lovecraft. Pero es verdad también que continuó su obra aduciendo que tenía cartas, que nunca reveló, que demostraban cómo Lovecraft quería inculcar a su obra de una visión maniquea que realmente nada tenía que ver con él, un ateo convencido». Los motivos de Derleth para retorcer la visión del autor original obedecían a su ferviente cristianismo y también a su gran ego, ego que lo distanció y hasta enemistó con los integrantes del Círculo de Lovecraft —entre los que se encontraban autores como Robert Bloch (Psicosis), Robert E. Howard (Conan) o Clark Ashton Smith (Zothique)—, un grupo de amigos escritores que entendieron la gestación de una mitología cruzada y común con el autor de Providence como el abuelo de todos ellos.

Esta primera jornada de videojuegos y literatura, a la que seguirán otras dos, también tuvo un vistazo a uno de los grandes fenómenos del videojuego: la saga Final fantasy, que ha vendido más de 135 millones de juegos y ha recaudado más de 8.000 millones de euros. Los autores Carlota Fernández y Miguel Martínez, que junto a Marta García firman Explorando final fantasy(Diábolo Ediciones, 2018), ahondaron en un carácter extraordinario de esta saga, cómo consigue mezclar mitos, estéticas y sociedades en un tótum revolútum capaz de tamizar un sabor concreto.

«Hay de todo, mitos nórdicos como Odín, hindúes como Shiva o estéticas modernas y nada te produce extrañeza. Todo tiene un sentido conjunto», declaró Fernández. Martínez reflexionó sobre lo que más le sorprende a él: «Que si nos hablan de un Ifrit, un Odín o un Shiva pensamos automáticamente en Final fantasy y no en los mitos de los que provienen. Así de poderosos son estos juegos». Y la reflexión, divulgación y difusión sobre ellos, como recordó uno de los directores del festival Jorge Iván Argiz, está alcanzando al fin el vuelo de estas obras del décimo arte.

https://elpais.com/cultura/2018/07/13/1up/1531476010_244286.html

 

Tribus filosóficas

Ninguna idea es separable de la vida. Ninguna visión puede ser abstraída sin ser parte de un proceso vivencial

Al pensamiento francés siempre le ha gustado la proustización del lenguaje, el tráfico oculto de la metáfora, la alusión velada y resonante. Los franceses son y han sido esencialmente literatos. Hay en ellos una querencia (no siempre confesada) por la seducción, por lo utópico y lo trágico. Merleau-Ponty ensayó esa transformación del habla con el propósito de “aprehender el movimiento de lo vivo y lo concreto”, como si el vuelo de la metáfora pudiera acompañar el vuelo de las cosas. Una fe inquebrantable en lo concreto que le hace desconfiar, como al buen poeta, tanto del subjetivismo sentimental como del objetivismo científico. No en vano se ha dicho que Heidegger, otro de los filósofos-literatos, suena mejor en francés que en alemán (y al parecer se entiende mejor, de ahí su gran acogida en Francia). Mientras tanto, el mundo anglosajón, dominado por la fiebre del análisis, sonreía ante esas aspiraciones y contemplaba con escepticismo la destreza lúdica de estos jokers de las palabras.

Reducir la filosofía a lenguaje, o a hermenéutica, que es la reflexión del lenguaje sobre sí mismo, como se pretendió al otro lado del canal, es privarla de su función más genuina e inspiradora, esa que afecta al caudal de las vivencias, a la dimensión activa de la imaginación y la percepción. Supone renunciar a todo aquello que se puede vivir pero no formular o erigir en concepto. La filosofía no puede ser un léxico, un sustituto verbal del mundo, pero tampoco confundirse con un discurso que acumula frases subordinadas y yuxtapone las alusiones (veladas, sensuales o cultas) con una prosa resonante y poética.

No quiere esto decir que el lenguaje no tenga su importancia. La filosofía nunca es indiferente al habla. Pero necesita de una dimensión práctica que no sea únicamente moral. La genuina filosofía es hábito de la mente, instrucciones para una “cultura mental” que permita congeniar con el mundo, recrearse en la complicidad de las cosas, en lo visto y lo escuchado, en el cuerpo presente y el recordado. Entre esos modos de la reconciliación están la música y la pintura, la literatura y las sustancias psicotrópicas, la contemplación del color y el movimiento, el sueño lúcido y la percepción activa (esa que vivifica lo que contempla, como si del ojo saliera un rayo que animara las cosas). En todas ellas hay un ejercicio de desposesión, donde la mente acompaña al empuje del Ser (no lo impulsa, lo acompaña), pues el lugar natural del noûs se encuentra al otro lado del tiempo.

Reducir la filosofía a lenguaje, o a hermenéutica, que es la reflexión del lenguaje sobre sí mismo, es privarla de su función más genuina e inspiradora, esa que afecta al caudal de las vivencias

Merleau-Ponty desarrolló su filosofía de la percepción mientras combatía en la Resistencia de la Francia ocupada. Buscaba una nueva relación entre conciencia y mundo, más allá del empirismo clásico y del materialismo, que trascendiera también el racionalismo (el látigo del silogismo) y el idealismo (el desprecio del cuerpo). Partía de una idea sencilla. La percepción no es una ciencia, ni siquiera una toma de posición deliberada, sino el trasfondo mismo sobre el que se erigen todas las ciencias y las opiniones. La resistencia a los nazis ocultaba otra, la de considerar la conciencia como “interioridad”. Merleau-Ponty prefería verla comprometida con el mundo, en un sentido casi nupcial. Una verdad que ya no habita en el “hombre interior”; de hecho, no hay tal “hombre interior”. El sujeto sensible está comprometido, atado e implicado con aquello que ve y siente, por mucho que juegue a la distancia e invente mediadores. Rescata así una de las estrategias clásicas de la filosofía, hoy casi desaparecida, el esfuerzo por la simpatía y la identificación afectiva, la capacidad de congeniar con aquello que se observa, algo que difícilmente puede llevarse a cabo si se reduce la filosofía al “pensamiento crítico”, como es moda en Facultades e institutos, o si se multiplican los mediadores, como hacen los laboratorios con algoritmos, probetas o cámaras de burbujas. Ninguna idea, por muy abstracta que sea, es separable de la vida. Ninguna visión puede ser abstraída, separada del resto de las cosas, sin ser al mismo tiempo parte de un proceso vivencial. Las abstracciones más abstractas, ya sean el cero o el infinito, se viven siempre desde una determinada posición y circunstancia. Al margen de dicha vivencia, todo se oscurece y reduce a mera especulación.

La relación entre espectador y espectáculo no es frontal, sino una suerte de complicidad, una relación casi clandestina. Para Merleau-Ponty es posible “co-incidir” con las cosas, pero esa correspondencia no se da sin una diferencia previa. Ahí está el misterio (incrustados, pero no del todo) de esta propuesta filosófica. Ese es el “buen error” del pensamiento. La persona se encuentra sumergida en el mundo, atravesada por él, es ya mundo, y cuando cree conocer, ella misma pasa a formar parte de lo conocido. Una idea que fascinaría a los creadores de la física cuántica. Reproduce sin saberlo una vieja enseñanza del Talmud: no vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos. “Las cosas atraen mi mirada y mi mirada acaricia las cosas”, dice Merleau-Ponty. Entre la mirada y las cosas se atisba una complicidad. Ahondar en ella es el saludable motivo de esta filosofía.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/07/10/babelia/1531216554_621574.html

 

Breve defensa de un agnóstico

Para Hans Magnus Enzensberger, el ateísmo es una idea fija. Prefiere moverse con libertad, sin someterse ni siquiera a ese precepto

No me haría mucha gracia que alguien me instase a responder esa pregunta comprometida que siempre resulta un poco embarazosa. Lo más seguro es que me escabullese declarando que soy un agnóstico católico. Si el interpelante es un individuo poco refinado, este argumento suele desconcertarlo, ya que en parte tiene que ver con el origen de la persona. Así ocurre también en mi caso.

Mi familia procede del sur de Alemania; más concretamente, de Algovia. Excepto por un par de romanos, celtas y francos intercalados aquí y allá, mis antepasados eran campesinos sedentarios. Nada de emigrantes diversos, como hugonotes, mineros polacos, buhoneros judíos u otros refugiados o desplazados. El ambiente era alemán y católico, pero no ortodoxo. Los viernes se comía pescado, y en Cuaresma, unos suflés maravillosos, si bien a mis padres nunca se les ocurrió asistir puntualmente a misa los domingos. Eso sí, en casa había una Biblia, aunque rara vez se leía.

Con todo, tanto en el colegio como en la universidad me interesé por las cuestiones teológicas. Es algo que tengo que agradecer a la hospitalidad de los benedictinos de Neresheim, a su mesa, a su vino y a su magnífica biblioteca. Esta pequeña ciudad del distrito de Ostalb debe su renombre a su abadía, cuya iglesia es un magnífico edificio barroco proyectado por Balthasar Neumann. Las siete horas canónicas, desde los maitines hasta las completas, se cantaban en latín con el acompañamiento del órgano del coro. El encargado de la biblioteca era un hombre atento y de ingenio agudo que me daba a leer toda clase de herejías, entre ellas el gran poema didáctico de Lucrecio De rerum natura en la traducción de Hermann Diels; los pensamientos y opiniones de MontaigneEl sobrino de Rameau, de Diderot, y cosas por el estilo.

Estos autores se encargaron de ilustrarme, mientras que, durante el recreo diario que seguía a la comida, los monjes me hacían ver que los teólogos medievales se habían atrevido con las preguntas filosóficas más espinosas y las habían debatido en una disputa sin fin. La vida de esos hombres perspicaces y cultos era arriesgada. Cabalgaban durante semanas y meses para llegar a París, Basilea, Oxford o Róterdam por caminos plagados de bandidos y soldadesca. También eran capaces de citar de memoria innumerables textos de la Antigüedad, y dominaban todos los recursos de la retórica clásica. Desde Frege hasta Russell o Wittgenstein, los matemáticos han admirado a los escolásticos como Guillermo de ­Ockham o Duns Scoto y los han considerado los fundadores de la lógica moderna. Por aquel entonces, las conversaciones en el claustro de Neresheim me impresionaban profundamente, aunque poco pudiese sacar en claro del opaco latín eclesiástico de los patres. Además, tras la Segunda Guerra Mundial tenía puesta toda mi atención en el presente de Alemania. En la década de 1950, nadie quería saber demasiado del Holocausto nazi, sobre el cual reinaba un silencio obstinado. Las antiguas autoridades no estaban dispuestas a abandonar sus puestos de jueces, jefes de policía y profesores, de manera que empezar a recoger la basura en el desierto político, económico y moral de un país dividido en cuatro resultaba largo, laborioso y agotador.

El concepto fue acuñado en 1869 por T. H. ­Huxley, firme defensor de Darwin y bisabuelo del autor de ‘Un mundo feliz’

Con el tiempo, la tarea se volvió tediosa. Para una minoría de jóvenes amenazaba con convertirse en una ocupación obsesiva. La soberbia acechaba a la vuelta de la esquina. Posiblemente, al final me salvó la idea de que ser alemán no era un oficio muy halagüeño. Prefería escribir.

Que se sepa, nadie, ni siquiera un suizo o un sueco, puede librarse del bagaje histórico que lleva consigo. Una parte de ese legado y de esa carga la arrastramos allí donde vamos a través de la religión. Un hada bondadosa me ha privado del talento para la fe en el monoteísmo. Los dioses son tantos que duele elegir. Los griegos y los romanos nos acompañan en el cielo y en los días de la semana, y las tradiciones egipcias y asiáticas, desde Tutankamón hasta Buda, tampoco se han extinguido por completo. A mi modo de ver, poco daño pueden causar una pizca de Epicuro y la dosis conveniente de estoicismo.

Por eso, para mí el ateísmo no es una opción, sino una idea fija. No quiero pertenecer a ese club. En general, me cuesta decidirme por una filiación. Me faltan dotes para ser un colega de fiar. Naturalmente, habrá quien lo considere una carencia.

Así pues, solo me queda una posibilidad, a saber: ser y seguir siendo agnóstico. El creador del concepto fue el biólogo inglés Thomas Henry Huxley, autodidacta brillante elegido miembro de la Royal Society ya a los 25 años y uno de los más firmes defensores de Darwin y sus teorías.

Huxley acuñó el término agnostic, que desde entonces se ha familiarizado en muchos otros idiomas, en el año 1869. Por cierto, el escritor Aldoux Huxley era su bisnieto. Su famosa novela de ciencia-ficción Un mundo feliz sigue moviendo a la reflexión, ya que predice que, en el futuro, los seres humanos se engendrarán en laboratorios y se los preparará para una vida de consumidores sin la intervención de los padres.

Como es lógico, Thomas Henry Huxley no podía ni tan siquiera imaginar la genética moderna, la clonación, ni la manipulación de la línea germinal. Sin embargo, se daba cuenta de que los detractores de Darwin estaban de acuerdo en un punto. Creían sinceramente que habían resuelto en mayor o menor medida todos los interrogantes de la existencia humana. “Están convencidos de que participan de una gnosis que antaño había sido privilegio de la Iglesia. Yo, por el contrario, no soy uno de esos iniciados”.

Un hada bondadosa me ha privado del talento para la fe en el monoteísmo. Los dioses son tantos que duele elegir

Aunque el concepto sea más reciente, el agnosticismo tiene un pasado venerable. La palabra griega significa “conocimiento”. Los escépticos crearon una escuela propia, iniciada por Protágoras, quien afirmaba: “Respecto a los dioses, no tengo medios de saber si existen o no, ni cuál es su forma. Me lo impiden muchas cosas: la oscuridad de la cuestión y la brevedad de la vida humana”.

Pirrón de Elis, un sofista de la época helenística, optó por la escepsis, es decir, por la reflexión y la duda como categorías centrales de su filosofía. El hombre, postulaba, puede permitirse las opiniones, pero la certeza es inalcanzable. Sexto Empírico, el último y más radical representante de la escuela, ponía asimismo en tela de juicio la capacidad humana de conocer qué mantiene unido al mundo en lo más íntimo.

Así pues, los agnósticos están bien acompañados. A este pequeño club pertenecieron muchos pensadores del siglo XVIII. Entre ellos cabe destacar a David Hume y Denis Diderot. Se cuenta que, en el salón del barón de Holbach, el filósofo escocés relató la siguiente anécdota sobre los misioneros franceses que se habían internado en los bosques con el propósito de convertir a los nativos de Canadá; uno de los indios hurones fue llevado a Londres, donde se le administró la comunión. “Hijo mío”, le preguntó el sacerdote, “¿no obra en ti la gracia del sacramento?”. “Sí”, respondió el iroqués, “el vino me ha sentado muy bien, pero creo que si me hubiesen dado aguardiente, todavía me habría sentado mejor”.

A la mesa de Holbach estas bromas eran corrientes. Al parecer, el barón pidió a los 18 presentes que se pronunciasen sobre el ateísmo. Quince se declararon ateos; el voto de los otros tres, entre ellos el de Diderot, no nos ha llegado. Presumiblemente eran los agnósticos. No disponemos de ninguna prueba documental sobre la veracidad de este cotilleo que circulaba entre los ilustrados. Puede que sea una invención, aunque, en todo caso, acertada.

El agnosticismo tiene numerosos pros y contras. Te permite moverte con mayor libertad y no tienes que someterte a toda clase de preceptos concebidos por cualquier institución. Desprenderse de la disciplina del partido o la Iglesia en cuestión puede ser un alivio, más si se trata de las trabas de una ideología política. El inconveniente reside en que el agnóstico no acaba de pertenecer a nada.

Me gustaría concluir esta reflexión con una anécdota que cuenta un católico convencido amigo del papa Juan XXIII. Al parecer, un día, en Castel Gandolfo, un científico se confesó pagano. El Papa le respondió que había cosas peores, ya que, por lo menos, él era semicatólico.

Traducción de News Clips.

 

 

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/06/29/babelia/1530281566_935435.html

Simon Critchley, el filósofo que salta a todos los terrenos de juego

Tras sus ensayos sobre la fe y David Bowie, el británico, forofo del Liverpool, publica un libro de fútbol: “Ser hincha te obliga a creer en las hadas, a comportarte como un estúpido”

Como ayer se presentaba al público el ensayo En qué pensamos cuando pensamos en fútbol (Sexto Piso), era natural que el autor, Simon Critchley (Hertfordshire, Inglaterra, 1960) se refiriese a la inesperada renuncia de Zinedine Zidane como entrenador del Real Madrid. Zidane también se retiró inesperadamente como jugador. “Es un carácter extraño para un futbolista”, dice Critchley. “Creo que fue Virginia Woolf la que habló de una oscuridad que es el yo. El yo es como un tiburón, o un escualo, o una criatura bajo el agua… En Zidane se ve. Y se ve también la melancolía de lo que se ha hecho, porque cuando algo se ha hecho, se ha acabado. ¿Y ahora qué? ¿Qué será lo próximo? Él muere, como ya murió cuando dejó de ser jugador, en 2006, y ahora, como entrenador, ha vuelto a morir. Y creo que es muy consciente de eso”.

El libro de Critchley tiene un capítulo consagrado a “la paradoja de Zidane”, a la verdad oscura y profunda que se advierte claramente, dice Critchley, debajo de la firmeza, el hermetismo y la severidad del rostro, y detrás del continuo movimiento del fútbol: “Un núcleo de inmovilidad y silencio” o “el esbozo de una interioridad inaccesible, de una realidad que se resiste a la mercantilización, de una atmósfera”, atmósfera que el autor relaciona con el retrato de Inocencio X de Velázquez.

“En el fútbol la suerte es importante, y el Real Madrid la tuvo en la final, pero la cuestión es: ¿has creado suerte? Has de ayudarla. Sobre este tema me gusta citar a un campeón de golf norteamericano que dice: ‘Cuanto más practico, más suerte tengo”.

El fair play tiene mérito en este hombre que fue criado en una devoción fanática por el Liverpool, club al que se siente unido por un compromiso religioso. “Y en la creencia no solo de que mi equipo es muy bueno, sino de que sus seguidores son especiales y la cultura que lo rodea, única”. Pasión y creencia que se ha asegurado de inculcar en su hijo.

Simon Critchley es un pensador que, después de unos años juveniles turbios y potencialmente peligrosos, se recicló a través del estudio de la literatura y luego de la filosofía. “Me leí el canon de la literatura moderna europea del siglo XX. Los profesores de literatura no eran muy impresionantes, y en cambio los de filosofía eran excelentes maestros”.

Vocación literaria

En parte por esa primera vocación literaria, Critchley, catedrático en la New School for Social Research de Nueva York, cuya reputación internacional se vio abrillantada por su duelo de ideas con Zizek (quien a propósito de su libro Infinitely Demanding: Ethics of Commitment, Politics of Resistance le reprochó sus supuestos posmodernismo y escapismo), es un escritor ecléctico, que no respeta las distancias entre alta y baja cultura; además de experimentos de teología política como La fe de los que no tienen fe (Trotta),publica análisis sobre el suicidio (en Alpha Decay) o libros en los que analiza fenómenos de la cultura popular como Bowie (Sexto Piso), escrito febrilmente bajo la impresión de la muerte del músico: “Ninguna persona me ha proporcionado tanto placer como David Bowie a lo largo de toda mi vida”.

Bowie se puede leer como una meditación sobre conceptos filosóficos que Critchley considera sustanciales en la trayectoria y en las canciones del artista (cuyas letras, a menudo confusas, están compuestas, según revela el filósofo, siguiendo la técnica aleatoria del cut-up de Burroughs) como el “ser para la nada” de Heidegger y la “escasez” y la “moribundia” en Beckett. A la inversa, en el libro sobre fútbol nos enteramos de que Heidegger tenía en su despacho un televisor escondido para seguir los partidos, especialmente los de la selección alemana: “A Heidegger le impresionaba Beckenbauer”. No alcanzó a conocer al autor de Ser y tiempo, que falleció en 1976, pero sí a Gadamer. Critchley tenía 26 años y el autor de Verdad y método, 86. “¿Y sabe de qué hablamos? De fútbol. Era un gran fan”. Una de las cosas que a este filósofo más le gustan del fútbol es el carácter social. “El fútbol es socialismo”, sostiene.

La pasión futbolística es, afirma, una bendición para la gente, que en torno al duelo deportivo tiene acceso a un universo perfectamente ordenado y delimitado, y una alternativa a la vida cotidiana: “Al mirar el fútbol entramos en un mundo diferente, maravillosamente idiota”. Porque “pese al cinismo, la corrupción y el capitalismo crónico propios de este deporte, ser hincha te obliga a creer en las hadas, a comportarte como un estúpido y a tener un cierto grado de optimismo”.

Fuente:

https://elpais.com/cultura/2018/06/01/actualidad/1527871768_264634.html

María Zambrano siempre nos acompaña

El discurso intelectual no se puede entender sin María Zambrano. De ahí la importancia de sus obras completas

Aunque la obra de María Zambrano permaneció varias décadas en el exilio como su persona, hoy ya nadie duda de que es una de nuestras más grandes pensadoras y escritoras. Pocos autores como ella, y en la filosofía española aún más, pueden codearse con los grandes nombres de la nomenclatura europea. Además el estilo de María es muy propio y original siempre rozando el ensayo, la reflexión, la poesía y todo género que le venga bien para elaborar su discurso.

Ahora aparece el IV volumen de las «Obras completas», en su tomo I, que abarca «Claros del bosque», «De la aurora» y «Senderos». «Claros del bosque» es uno de los más grandes libros escritos en lengua española a lo largo de todo el siglo XX. El carácter teologal de la palabra poética como mediadora entre el ser humano y lo sagrado. María se pone al lado de la mística de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa, de Molinos, del sufismo, de la Kábala y Maimónides, entre otros autores, para alcanzar el origen de la palabra que es el lugar de dónde venimos.

Alegatos

En la Pièce había muerto su hermana y compañera, Araceli, y allí quedó ella abandonada de nuevo, refugiada, desterrada y exiliada. Si siempre había estado al límite de sus sufrimientos, esta nueva soledad la ponía una vez más a prueba. Ese no lugar del exilio se convierte en el espacio de la revelación. Una revelación que comparte con el delirio, el rapto, el descenso a los infiernos de la historia, de la nada, del vacío.

Leyendo a la pensadora malagueña nadie jamás se podrá sentir huérfano de España

María como Unamuno, Baroja, Valle u Ortega muestra la desesperación por el sangriento devenir español, su amor y desamor por tanta intransigencia. A la burguesía intelectual, liberal y tolerante no le había dado tiempo a desarrollar todo su programa reformista que venía de la Institución Libre de Enseñanza. Al Partido Socialista tampoco le había dado tiempo a educar moralmente a la masa obrera. Y a las generaciones del 98 y del 27 no se las había escuchado como se debía aunque esta hubiera promovido la República como el avance necesario en aquellos turbulentos tiempos hacia el regeneracionismo.

Una antología esencial de Zambrano debería estar presente en todos los colegios. Su obra es un ejemplo de paz y concordia entre todos los seres humanos, incluidos los españoles. Hoy como ayer, en España no hay solo crisis de todo, sino también y sobre todo orfandad. Por eso lo importante de disponer de intelectuales como ella. María definió a los intelectuales como aquellos que dan nombre o figura a lo visto y sentido en cada circunstancia, quienes rompen la mudez, y responden siempre con una renovada comparecencia y testimonio de la verdad. Leyendo a María Zambrano nadie jamás se podrá sentir huérfano de España.

Fuente:

http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-maria-zambrano-siempre-acompana-201806140340_noticia.html

Descartes, por los caminos paralelos de la fe y la razón

Descartes intentó conciliar en sus «Meditaciones metafísicas» la existencia de Dios con la defensa de la autonomía de la ciencia

Siempre que pasó por el «boulevard» Saint Germain en París y antes de tomar un calvados en Les Deux Magots, me detengo unos minutos para visitar la tumba de René Descartes, el pensador que más ha influido en mi evolución intelectual. Su lectura cuando tenía 18 años me fascinó porque en las páginas de su «Discurso del Método» y sus «Meditaciones metafísicas» hallé el estímulo que necesitaba para adentrarme en el camino de la filosofía. Cartesius, como rubricaba sus libros, fue para mí un maestro que me ha acompañado toda la vida.

El gran hallazgo de Descartes, que a mi juicio es la base de cualquier intento de explicación racional del mundo, es «la duda metódica», que consiste en cuestionar todo lo que consideramos evidente para partir de una certeza que nos permita pensar sobre bases sólidas. El filósofo francés expresa la mejor formulación de la duda metódica en sus «Meditaciones» sobre la Primera Filosofía en las que se demuestra la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, título que el propio autor reformuló en «Meditaciones metafísicas» seis años después de su aparición. Este texto de apenas 90 páginas, que cuenta con una excelente traducción de García Morente, constituye una de las referencias indispensables para entender los orígenes del idealismo moderno.

¿La vida es sueño?

En su segunda meditación, Descartes se interroga sobre la certeza de la propia existencia y la necesidad de hallar un punto de partida para construir «ideas claras y distintas» sobre las que poder discernir entre lo verdadero y lo falso. El pensador de La Haye apunta que todo lo que perciben nuestros sentidos podría ser un engaño inducido por un genio maligno. No es posible descartar que nuestra vida sea un sueño. Pero fuera cual fuera el origen de las nociones y las percepciones que damos por evidentes, hay una certeza de la que podemos partir: «cogito ergo sum» (pienso luego existo).

«No soy sino una cosa que piensa. ¿Más qué cosa? Ya lo he dicho: una cosa que piensa. Soy una cosa verdaderamente existente», concluye. Pero ese yo pensante o res cogitans está recluido dentro de sí mismo, no forma parte del mundo exterior físico que captan nuestros sentidos, que es puramente material. Descartes llegará a decir que todo lo que percibimos es mera extensión, una especie de universo regido por las leyes de la física. Por el contrario, el yo pensante es, en realidad, el espíritu, es el alma de la cual tenemos una idea clara y distinta. Para expresarlo con una metáfora, el espíritu habita como un inquilino en el cuerpo humano, pero no forma parte de él. El cuerpo capta sensaciones mientras que el espíritu es capaz de ascender al reino de las verdades trascendentales como la inmortalidad del alma y la existencia de Dios.

Descartes reivindica la autonomía de la razón y de la ciencia, que él vincula a las matemáticas. No en vano fue un gran científico que estableció las bases de las leyes de la mecánica que luego fueron desarrolladas por Isaac Newton. Pero el dominio de la existencia de Dios trasciende a lo que él llama res extensa, que es el universo de lo visible sobre el que opera el saber experimental.

Placeres de la vida

Para el pensador francés, educado en los jesuitas, la idea de Dios es puramente innata y se deriva de la propia existencia del Ser Supremo. Incurriendo en un nominalismo radical, Descartes concluye que la idea de lo eterno y de lo infinito prueban esa existencia de Dios, dado que es imposible que la mente finita y limitada de los hombres haya podido concebir por sí misma los atributos que definen a ese Ser Absoluto. Por tanto, la idea de Dios demuestra que Dios existe, puesto que sólo Él ha podido formular un concepto que no se halla en la Naturaleza. «Bajo el nombre de Dios entiendo la existencia de una sustancia infinita, eterna, inmutable, omnisciente, independiente y omnipotente, por la cual yo mismo y todas las cosas que existen han sido creadas», escribe.

Descartes, que llegó a batirse en duelo por una mujer y que disfrutaba de los placeres de la vida, se mantuvo firme en sus convicciones hasta su muerte en 1650 por una neumonía cuando residía en Estocolmo y estaba impartiendo lecciones de filosofía a la reina Cristina de Suecia. Tenía solamente 53 años.

Fue un extraordinario filósofo que demolió el escolasticismo todavía dominante y creó las bases del pensamiento moderno, pero también fue un brillante matemático y un pionero de la geometría analítica. Nadie fue tan lejos en la defensa de la autonomía de la razón sin abandonar una fe mediante la que guio siempre sus actos. Su alma descansa hoy en la abadía de Saint Germain.

Fuente:

http://www.abc.es/cultura/cultural/abci-descartes-caminos-paralelos-y-razon-201806070139_noticia.html

Los revolucionarios de la cultura

El arte reaccionó contra la violencia, la desesperanza y la destrucción física y moral de la Primera Guerra Mundial. Un grupo de artistas decidió que la mejor forma de combatir la locura era a través de la locura misma. Y nació el surrealismo. La exposición Duchamp, Magritte, Dalí. Revolucionarios del siglo XX. Obras maestras del Museo de Israel, Jerusalén, en el Palacio de Gaviria, de Madrid (España), nos acerca obras de estos tres y otros artistas influyentes de este movimiento.

Por Jorge Van den Eynde, historiador del arte

“Aquí está la máquina que hace zozobrar los espíritus. Yo anuncio al mundo este suceso de primera magnitud: acaba de nacer un nuevo vicio. Al hombre le ha sido dado un vértigo más: el surrealismo, hijo de la sombre y el frenesí. ¡Pasad, pasad! Aquí empiezan los reinos de lo instantáneo…”. Louis Aragon, Le Paysan de Paris.

La Gran Guerra, contienda bélica sin precedentes para la civilización occidental, generó un aura de desesperanza y tragedia en la sociedad. Jamás habían muerto tantas personas en tan poco tiempo, ni se habían destruido ese número de hogares y ciudades. La ciencia y tecnología puestas al servicio de la muerte habían aniquilado soldados, pero también penetraron en lo más profundo de la mente humana, incapaz de continuar su vida después de la guerra. El escritor francés Maurice Nadeau niega que cualquier tipo de poesía desarrollada anteriormente pudiese ser legítima a esos tiempos, a la situación emocional que vivía la población.

Destrozar el arte a través de la confianza puesta en él 

El arte, lejos de amedrentarse, quiso reaccionar contra la violencia de la Gran Guerra. Un espíritu rabioso y combativo surgió en muchas ciudades europeas, que quisieron denunciar el estado desesperado que vivían, al tiempo que proponían alternativas al pesimismo reinante por aquel entonces. Una serie de grupos surgieron para replantearse cuál era el papel del arte en esta masacre mental; en definitiva: querían revolucionar la cultura. La última muestra realizada en el Palacio Gaviria de Madrid centra su discurso sobre este deseo de cambiar las convenciones artísticas que hasta entonces dominaron la cultura. Duchamp, Magritte, Dalí. Revolucionarios del siglo XX es el título de la exposición que, muestra obras de los tres artistas citados y nos enseña también a otros artistas influyentes en este cambio de paradigma de las artes.

Un espíritu combativo surgió en muchas ciudades europeas proponiendo alternativas al pesimismo reinante. Aparecieron grupos que se replanteaban cuál era el papel del arte en esta masacre mental

Ante la locura que sometió al continente durante la guerra, un grupo de artistas y literatos refugiados en Zúrich (Suiza) dio con el antídoto a tamaña destrucción física y moral. El grupo que cada día se reunía en el Cabaret Voltaire, formado, entre otros, por Tristan Tzara, Hans Arp, Hugo Ball o Richard Huelsenbeck, decidió que la mejor forma de combatir la locura era a través de la locura misma. Debían destruir las nociones sociales y morales del mundo occidental, las cuales habían llevado a la humanidad al grado más ínfimo de crueldad y pesar. Este grupo de intelectuales se autodenominaron Dada, palabra sin significado lógico, que serviría para desafiar las convenciones europeas de lenguaje y cultura. Realizaban conciertos y recitales donde ruidos y palabras inconexas salían de sus bocas, creaban collages realizados a partir de la yuxtaposición de imágenes de la cultura popular con otras provenientes de la academia, desafiaban la creación artística dotando de un sentido conceptual a objetos encontrados en la calle. Tzara afirmó que Dada era el caballo de Troya, que accedía a la fortaleza del conocimiento occidental, para, a través de la confianza puesta en el arte, intentar destrozarlo.

Nuevas bases sobre las que crear y construir

París se convirtió en la posguerra en el centro de las negociaciones de paz, los tratados que debían asegurar la estabilidad política en Europa. Un clima de cordialidad que chocaba con la devastación que la gente cargaba consigo. El gran exponente de Dada en el país galo había sido Marcel Duchamp, cuyos ready-mades habían puesto en entredicho las nociones del arte burgués, creaban nuevas bases sobre las que crear, considerando que cualquier objeto podía ser arte, desde el aire de París hasta un urinario. Las enseñanzas del artista francés, y especialmente los textos dadaístas que llegaban de Zúrich, marcaron a jóvenes escritores como André Breton, Louis Aragon o Paul Élouard. Ellos también querían atacar los cimientos de la sociedad para construir unos nuevos y más convenientes. Para ello, centraron sus estudios en la razón, y la manera en que esta había dirigido las actividades humanas desde la Ilustración.

La imaginación para demoler la razón

En 1924, Breton publicó el primer manifiesto surrealista, obra programática del surrealismo. Afirmaba que la humanidad aún vivía bajo el “imperio de la lógica”, que dominaba los procesos cognitivos, pero también el arte. El realismo, tanto literario como plástico, basaba su estética en estructuras previsibles y aburridas, realidades insulsas donde el análisis dominaba sobre los sentimientos. La imaginación era el arma con la cual pretendía demoler la razón. Los textos que Freud había publicado durante las primeras décadas del siglo generaron en los jóvenes surrealistas la necesidad de volcar sus intereses en los sueños y el mundo inconsciente del ser humano, aquel conjunto de sensaciones y estímulos que habitan bajo nuestra realidad cotidiana, y afloran en determinados momentos para marcar la actividad social del individuo. El psicoanálisis, por ende, se convirtió en la piedra angular del pensamiento y poesía de Breton, en cuyo primer manifiesto declara su predilección por el automatismo y la espontaneidad intelectual.

“Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón”. André Breton, Manifiesto del surrealismo.

Los textos que Freud había publicado a principios del siglo XX generaron en los jóvenes surrealistas la necesidad de volcar sus intereses en los sueños y el mundo inconsciente del ser humano

Breton consideraba que la mejor forma de liberarse de los grilletes de la lógica era acudiendo a lo más profundo e indómito de la mente humana, el ello freudiano, para liberar el pensamiento, dejarlo libre y fluido, que no esté constreñido por el tejido de la razón. El automatismo es la herramienta que usan los escritores y pintores surrealistas para liberar sus pensamientos. A partir de la asociación de ideas, del pensamiento automático y de nuevas técnicas como el cadáver exquisito, esta generación de creadores consiguió representar aquello que sus seres escondían bajo todo el armazón racional. El mismo Breton escribió junto a su amigo Phillippe Soupault el Pez soluble, texto creado a partir del automatismo psíquico; esto es, ambos autores escribían todo lo que su mente proyectaba, y el azar se encargaba de componer una suerte de representación del subconsciente de los poetas.

Imágenes sacadas del mundo de los sueños

Esta representación de las inquietudes y sensaciones que Breton y Soupault experimentaban cuando realizaban el escrito tiene un carácter sumamente realista. En su afán por negar la razón y su proyección artística, el realismo, los surrealistas consiguieron mostrar al mundo otras realidades y experiencias ocultas, que para ellos exponían mejor su personalidad, y, por tanto, sus realidades. Durante el periodo de las vanguardias, como afirma Rosalind Krauss, nace el llamado inconsciente óptico, que es un proceso de reestructuración de la naturaleza de la obra de arte. Los artistas que dinamizaron el comienzo de siglo, entre los cuales destacan Picasso, Braque o Kandinsky, tenían un deseo de superar la esencia clásica del arte, es decir, la representación mimética de la naturaleza. Para ello, algunos de los movimientos desarrollados por aquel entonces comenzaron a interesarse por representar aquello que era oculto, que nuestros ojos no pudieran ver. El surrealismo es una de las corrientes artísticas que más apuesta por la ruptura del canon clásico, y propone la representación directa del subconsciente. No obstante, ciertos autores fueron un paso más allá, afirmando una mayor veracidad en lo que ellos hacían que en los bodegones naturalistas del siglo XVII. Es una nueva forma de comprender el realismo, que supera cualquier precedente y avanza ciertos procesos del arte después de la Segunda Guerra Mundial.

Los surrealistas consiguieron mostrar al mundo otras realidades y experiencias ocultas

Algunas manifestaciones de la pintura surrealista contienen rasgos altamente fotorrealistas, lo cual podemos ver en los lienzos de Dalí, Tanguy o Dorothea Tanning. Una de las formas que tenían los pintores de liberar el subconsciente era realizando obras tan realistas que resultasen inquietantes, que desafiasen la comodidad del espectador para adentrarle en su propio subconsciente. Era un realismo que mezclaba muchas representaciones oníricas y fantasiosas, que parecían sacadas del mundo de los sueños. Otros artistas preferían emplear métodos automáticos, técnicas como el grattage, frottage o la decalcomanía, que confiaban en el azar para que este rematase los puntos más importantes de la composición. Max Ernst u Óscar Domínguez creaban sus universos surrealistas a partir de estas técnicas, dando estas un aspecto improvisado e irracional a sus pinturas y grabados. Alberto Giacometti, Hans Bellmer o Joseph Cornell trabajaban con escultura y objetos encontrados, a los que dotaban de nuevas perspectivas estéticas al establecer el dominio del subconsciente sobre ellos.

Todas estas prácticas artísticas comparten el mismo interés por representar nuevos sujetos, realidades ocultas al ojo humano que además resultan más esclarecedoras para conocer el comportamiento de este. El surrealismo plantea en este sentido una nueva relación entre el artista y su obra, que desde ahora son un reflejo el uno del otro. Una conexión tan marcada que, a partir de sus creaciones, podemos conocer mejor al autor que si consultamos su biografía. Se trata de una relación arte-creador nueva. Décadas más tarde, a la lumbre del súperdesarrollo capitalista y la aparición de una sociedad de consumo, se generan cambios en las artes que promulgan una nueva concepción del objeto artístico. John Cage, en su pieza musical sin sonido (4’33’’), experimenta con nuevos modelos de realismo, creando una pieza que capta en su totalidad todas las sensaciones materiales acontecidas durante la grabación de la obra. Jasper Johns reestablece nuevas objetividades políticas en la bandera de los Estados Unidos, al tiempo que captura en su brocha elementos de la cotidianeidad. Son artistas cuyas prácticas se realizan en sintonía con sus entornos, considerándolos desde perspectivas sociales, políticas o filosóficas.

Una de las formas que tenían los pintores de liberar el subconsciente era realizando obras tan realistas que resultasen inquietantes, que desafiasen la comodidad del espectador para adentrarle en su propio subconsciente

La deuda que los artistas del arte-vida tienen con Dada es innegable. En muchos de ellos, los ready-mades duchampianos generaron una influencia capital, marcada sobre todo en el uso de objetos cotidianos. No obstante, en las obras de creadores surrealistas también se aprecian rasgos que tienden a una unión entre las personas que las realizan y el objeto en cuestión. Es una conexión bastante más individualista y ajena a realidades externas al poeta. Breton y Soupault expusieron sus pensamientos al máximo exponente cuando escribieron Pez soluble. René Magritte, pese a tratarse de un artista que utilizó en menor medida el automatismo psíquico, también reflejaba sus más ocultas inquietudes. Como todo artista de las vanguardias artísticas, Magritte mira el mundo con la intención de desenterrar aquello escondido bajo la percepción humana. En El castillo de los Pirineos, obra con la que cierra la exposición del Palacio de Gaviria, el artista establece elementos contradictorios y opuestos, como el mar y una roca gigante, para abrir una brecha en su subconsciente y liberar deseos reprimidos y preocupaciones vitales, así como provocar en el espectador una sensación onírica que lleve a su mente al mismo lugar cognitivo en el que el artista se sitúa.

Los surrealistas querían terminar con el mandato de la razón, y para ello crearon una poética capaz de reinventar el mismo concepto de realismo, adalid de la lógica en las artes. Liberaron sus mentes de la estructura canónica y las prepararon para volcar todo su contenido sin filtros de ningún tipo; consiguieron crear sin barreras y exponer sus realidades al completo. Este grupo de artistas fue capaz de desentrañar los más oscuros secretos de sus mentes y exponerlos, con la intención de promover este tipo de prácticas, y, a través de ello, amedrentar el dominio de la razón en la cultura occidental.

Fuente:

https://blogs.herdereditorial.com/filco/revolucionarios-de-la-cultura/