Crisis de los pilares que afectan a Occidente

‘‘Damos la libertad por un hecho, y por eso no entendemos su increíble vulnerabilidad’’

Nial Ferguson (1964- ) historiador británico

Los valores centrales de Occidente están en crisis. Por un lado está el ‘‘capitalismo liberal’’, el cual podemos posicionar como el fundamento de la filosofía social de la población. Eso quiere decir que los derechos a la propiedad, el trabajo y las inversiones se ejercen bajo la tutela de un Estado que permite las condiciones para que esto se de. Lo que se busca  es  evitar los abusos de poder del gobierno y de los grandes capitales. El valor que se resalta aquí es el de la meritocracia, con el cual, el que logra las mejores cosas, es el más preparado para ello.

La crisis del capitalismo liberal se precipitó por la falta de regulación sobre actores económicos. En la práctica, esto quiere decir que los monopolios domésticos se han transformado en corporaciones transnacionales, las cuales, bajo un sistema neoliberal, han rebasado a las autoridades en muchas instancias.

La ‘‘corporatización’’ de lo social y la subsecuente privatización del espacio público ponen en evidencia la tácita y a veces obvia relación que existe entre Estado y empresa, lo cual seria más fielmente un representativo de relaciones de lealtad y fidelidad feudales, que de autonomía y separación de las esferas políticas.

Por otro lado está el ‘‘libre mercado’’, filosofía económica contemporánea que técnicamente equipara el tablero de competencia de los actores que participan en la economía. Aquí la clave es que el gobierno no intervenga directamente en la planeación de variables económicas, para que las leyes de la oferta y la demanda distribuyan justamente lo que a cada quien le corresponde, como resultado de lo que se trabajó e intercambió. El valor que se resalta con esto es el de la competencia sana y abierta.

La crisis de los libres mercados se pone en evidencia por el desarrollo del Estado. Este actor político, que debiese estar fungiendo como árbitro, ha crecido no sólo en tamaño, sino en atribuciones de todo tipo, lo que ha hecho del concepto y la práctica del libre mercado un mero adorno.

Por último, está la ‘‘democracia republicana’’, filosofía política que institucionaliza caminos reales de participación ciudadana organizada para un pueblo  soberano. En este caso, la representación debe velar por los intereses del pueblo. El valor determinante para este sistema es el de la colaboración social en las decisiones oficiales.

Tristemente, cada vez es más fácil darse cuenta de que se vota, pero no siempre se logra una resonancia con lo que se exige. Asimismo, el nivel del discurso público se reduce gracias a los medios de masa y su estandarización de contenidos, lo que debilita la calidad de las resoluciones y, por ende, afecta a la democracia.

Es por todo esto que Occidente está fracasando en su afán de liberar a sus colectividades. Las autoridades participan en las economías con la excusa de salvarlas de sí mismas. La competencia y la meritocracia del capitalismo se estancan por la injerencia de grupos con mucho capital que tuercen las leyes a su favor, evidenciando aún más la paradoja de un gobierno grande que no ha hecho más que someterse a sus demandas. ¿Y qué decir de la República en sí misma? Concepto que determina la soberanía de la ciudadanía y el respeto del espacio común.

Creo que el fracaso de la democracia como forma efectiva de representación es, en este contexto, algo secundario, si tomamos en cuenta que lo público como tal está desapareciendo por debajo del poder avasallador del capital y demás intereses privados.

Por eso digo que la democracia se ha convertido en propaganda de relaciones públicas y consentimiento sociopsicológico. En algunos casos, el autoritarismo ha sido el remedio, arrojándonos de facto siglos atrás en cuestiones de organización social efectiva.

Este artículo ha sido publicado por Juan Carlos Guerra en: www.elhorizonte.mx

La vida es más que una lista de tareas

Empecemos con un cuento. El de La Cenicienta. Pero no nos fijaremos ni en el zapato de cristal, ni en la calabaza que se convierte en carruaje, ni en el príncipe azul. Vamos a poner nuestra atención en la cantidad de tareas que debe hacer Cenicienta antes de ir al baile. Fregar, limpiar, planchar, ordenar, cocinar y volver a fregar, limpiar, ordenar… Lógicamente, cuando llega la hora de ir al baile, que es lo que realmente le hace ilusión y lo que de verdad cambiará su vida, está tan cansada que necesita la mágica ayuda del Hada Madrina para conseguirlo. Sin ella, Cenicienta se hubiera quedado en casa, cansada y pensando con ansiedad en todo lo que aún le queda por hacer y en todo aquello para lo que no tendrá tiempo.

Pues bien, nosotros no somos muy diferentes a ella. Antes de poder asistir a nuestros bailes, es decir, a aquello que realmente nos hace ilusión, nos motiva y quién sabe si también puede cambiar nuestras vidas, nos vemos inmersos en un sinfín de quehaceres: la casa perfectamente ordenada, la lavadora tendida, el niño apuntado a cuatro actividades extraescolares; hay que ser, por supuesto, tremendamente productivos en nuestros trabajos, excelentes e imaginativos amantes con una vida social rica, activa y variada… y tener actualizado Facebook. ¡Ah!, y sería bueno comer cinco piezas de fruta al día y correr diez kilómetros y no tener ojeras y… Hacer, hacer y hacer. Al final de nuestro cuento, lo que sucede es que el baile siempre queda relegado a mañana, a “cuando acabe esto…”. Y así pasan los días.

Como mínimo, Cenicienta tiene una excusa, o dos. Las malvadas hermanastras la obligan y la maltratan. Una fuerza externa la presiona, somete y explota. Pero hoy las hermanastras somos nosotros mismos. Byung-Chul Han, en su célebre libro La sociedad del cansancio, nos advierte de que vivimos en una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones y laboratorios genéticos. Es decir, en la sociedad del rendimiento, del multitasking(multitarea). Y una de las características de esta sociedad es que el individuo se autoexplota con la coartada de la obligación. Tenemos a las hermanastras dentro, diciéndonos todo aquello que debemos hacer en una continua y excéntrica carrera en espiral. Porque hoy el único pecado es no hacer nada. Hasta los momentos de ocio o los periodos de vacaciones se han convertido en una conjunción inagotable de tareas que nos dejan más cansados que cuando empezamos.

Además, como señala el filósofo surcoreano, al no haber un explotador externo al que podamos enfrentarnos y oponernos con un rotundo ¡no!, la lucha resulta más complicada. Sin embargo, también es verdad que basta con querer para vencer a las dos hermanastras que nos tiranizan y desatar la magia del Hada Madrina que llevamos dentro.

Para conectarnos

ANNA PARINI

 

Admitamos pues que nos rodeael afán de productividad, que quien más quien menos se deja seducir por esas insoportables apps que nos alertan de todo aquello que nos queda por hacer. O por las libretas preparadas para que podamos hacer listas que cumplir. O por libros que nos explican cómo hacerlo todo, cómo llegar a todas partes y que el tiempo nos cunda más. Pero llega el momento de abandonar esa locura, porque en el fondo, y paradójicamente, no hay nada menos productivo que el afán de productividad. Byung-Chul Han asegura que el multitasking nos conduce a un estado de atención superficial y debemos tener en cuenta que los logros de la humanidad se deben a una atención profunda y contemplativa. Así, también nuestros logros dependen de saber poner el foco y la atención en aquellas cosas importantes, en los bailes que merecen la pena. Y para ello vamos a atacar al enemigo con sus mismas armas y confeccionar una lista, pero inteligente, que nos sirva a nosotros y no que acabemos nosotros sirviéndola a ella. ¿Cómo?

El baile, en primer lugar. Hay que darle la vuelta a la lista. No dejar el baile para “cuando acabe todo esto”. Ocuparnos primero de lo fundamental, de nosotros mismos. Empezar el día dedicándonos a aquello que sabemos que nos hará bien. Imaginemos un tipo que tiene que escribir un artículo y antes de empezar, sin embargo, lee los correos pendientes, atiende las alertas de las redes sociales y contesta un par de whatsapps. ¿Resultado? Cansancio antes de empezar. Cenicienta bien puede ir al baile y dejar esas otras cosas que requieren menos brillantez para después.

Bien, ¿y qué hacemos con todo lo demás? Porque está claro que hay cosas que no podemos simplemente dejarlas de lado. ¿Cómo hacer entonces? Ayudará dividir el registro de tareas en tres grandes grupos.

Cosas que afrontar. Lo que tengamos que hacer, hagámoslo. Una vez hayamos ido al baile, no dejemos que esas otras cosas que volverán a aparecer tarde o temprano revoloteen por nuestra cabeza. Por ejemplo, una llamada incómoda que vamos postergando. ¡Son tres minutos! Pero si seguimos retrasándola, en lugar de 180 segundos llegará a durar seis meses en nuestra cabeza.

Cosas que organizar. No hace falta que carguemos con todo. Podemos delegar, pedir ayuda, repartir tareas, conseguir que ciertas cosas se realicen sin que recaigan en nosotros.

Cosas que no hacer. Seguro que en esta lista hay muchos elementos que realmente no son necesarios. Que se pueden eliminar directamente y, de esta manera, liberar espacio. Cada uno debe decidir cuáles. Pero es importante que nos demos cuenta de que en este punto radica la primera gran victoria personal para olvidarnos de la vorágine de la hiperactividad sin sentido. Renunciar a todo aquello que ni nos aporta ni es estrictamente necesario. Saber qué es lo que no hay que realizar es tan importante como ponerse manos a la obra con aquello que sí lo es.

Una vez hemos conseguido dejar de correr en esa espiral del día a día fruto de esta sociedad de la multitarea, es el momento de empezar a bailar. Y lo más importante es descubrir cuál es nuestra música. Qué nos hace felices. Qué es lo que realmente nos importa. Sir Ken Robinson lo llama el elemento, y nos asegura que “descubrir el elemento es recuperar capacidades sorprendentes en nuestro interior, y desarrollarlo dará un giro radical no solo al entorno laboral, sino también a las relaciones y, en definitiva, a la vida”. La buena noticia es que todos estamos invitados a un baile en el que seremos protagonistas. Algunos lo conocen ya y solamente deberán mantener a raya a las dos hermanastras. Otros, por el contrario, aún no lo han descubierto y deberán mirar en su interior, porque allí está, esperando a que lo saquen a bailar. Si la respuesta a estas tres preguntas es afirmativa, es que ya lo hemos encontrado:

¿Tenemos ganas de bailar? Si no nos da pereza, si siempre que pensamos en ello nos crece un hormigueo, si cuando estamos desarrollando esa actividad, aunque no sea todas las veces que quisiéramos, lo afrontamos con ganas y dedicación. Si la contestación es sí, atentos, porque puede ser que este sea nuestro elemento. El baile que nos está esperando.

¿Se detiene el tiempo? A pesar de las advertencias del Hada Madrina, Cenicienta está tan encantada en el baile que pierde la percepción del tiempo. Le dan las doce de la noche sin que se dé ni cuenta. Solo las campanadas del reloj la pueden sacar del estado de flow en el que ha caído, el verdadero hechizo cotidiano, y que se caracteriza porque enfocamos nuestra energía y sentimos una implicación total en la tarea, tal como lo definió Mihály Csíkszentmihályi en 1975. Si aquí la respuesta es que sí, seguro que ese es el baile que andamos buscando.

¿Se activará la magia? La magia no es otra cosa que la pasión. Y la pasión es el motor de la grandeza, la autorrealización y la maestría. Si descubrimos aquello que nos apasiona, seremos capaces de focalizar nuestra energía en ello y descubrir que Platón estaba en lo cierto cuando afirmaba que “todas las cosas serán producidas en superior cantidad y calidad, y con mayor facilidad, cuando cada hombre trabaje en una sola ocupación, de acuerdo con sus dones naturales, y en el momento adecuado, sin inmiscuirse en nada más”.

Este artículo fue publicado por Gabriel García de Oro, en www.elpais.com

Sin música, sin filosofía, sin alma

Siempre se pone de ejemplo el sistema educativo finlandés –considerado como el mejor de los evaluados por el informe PISA–, porque se ha demostrado que es uno de los más efectivos

Y en eso tendrá mucho que ver la estabilidad del sistema porque en Finlandia la educación es uno de los temas sobre el que existe total consenso político ya que todos los partidos hace tiempo que comprendieron su importancia. Consenso que ha logrado que el sistema educativo del país alcance estabilidad, lo que permite que se desarrolle sin sobresaltos y con grandes resultados educativos.

Por el contrario, nuestro país, España, ha sufrido importantes cambios en su sistema educativo, dependiendo del partido que gobierne, porque hemos sido incapaces de ponernos de acuerdo en algo tan importante para el funcionamiento de la sociedad. Cambios que se han venido centrando en el aspecto ideológico más que en el educativo porque nunca fuimos capaces de alcanzar el necesario consenso para conseguir el imprescindible gran pacto en educación que la sociedad está demandando. Un pacto que consiga dotar de estabilidad al sistema educativo.

Pues bien, en esta incesante búsqueda de no sé qué, por no sé qué motivos, se encuentran todas las comunidades autónomas, y la nuestra no ha querido ser menos. Así es que, en base a una rentabilidad que no acertamos a entender, en educación, la Ley de Calidad para la Región –un poco pretencioso el nombrecito– ha establecido que los estudiantes de primer ciclo de Secundaria, por ejemplo, vean reducidas sus horas lectivas en las enseñanzas de Música y Artes Plásticas de forma obligatoria. Este recorte es similar en el resto de cursos y en Bachillerato, donde también pierde peso como obligatoria la Filosofía. Sí, la Filosofía también o, lo que es igual, el estudio de una variedad de problemas fundamentales acerca de cuestiones como la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje.

Es decir, queremos hacer una sociedad en la que a los jóvenes se les limite la capacidad de pensar, de sentir, de emocionarse y sin esa capacidad es difícil alcanzar otros logros, pero la pérdida de horas de clase obligatorias de esas materias se contempla en los nuevos currículos que la consejería de Educación ha elaborado con el pretexto de dedicar el 70% del horario lectivo a «las materias básicas», según la citada Consejería. Es decir, están perdiendo peso en los nuevos planes de estudio, para Secundaria y Bachillerato, fundamentalmente Música, Plásticas y Filosofía, y una sociedad no debería de prescindir de las asignaturas que hacen pensar y sentir al individuo, aunque quizás es lo que se pretenda.

Nos consta que los profesores de las asignaturas que pierden peso en los nuevos planes de estudio para Secundaria y Bachillerato no cesan en su empeño de hacer reflexionar a los responsables de tamaño despropósito. «Seguimos considerando que la pérdida de la Historia de la Filosofía para el conjunto de alumnos empobrece el conocimiento de nuestra propia identidad cultural occidental y limita una formación integral que sirva para afianzar la madurez personal del alumno».

No, no puede concebirse un plan de estudio coherente si no se establece un equilibrio entre las disciplinas artísticas, humanísticas y científicas. Países como Francia o Finlandia imparten Filosofía –incentivan la capacidad de reflexionar– desde educación primaria y son países tan por encima de nosotros en resultado escolar que nos produce rubor. Ángel Gabilondo, catedrático de Metafísica en la Universidad Autónoma nos dice que: «La filosofía es determinante para impulsar el camino hacia un pensamiento crítico, racional y razonable», y de esto tenemos muchas carencias.

Artículo publicado por Pity Alarcón, en www.laopiniondemurcia.es

Un viaje por la filosofía de Sampedro

Ninguna obra en la prolífica creación literaria de José Luis Sampedro resume con mayor precisión su lúcido pensamiento que ‘Octubre, Octubre’. A través de la novela a la que dedicó 19 años de su vida, Sampedro dialoga con su «arcano entrevisto» y ahonda en las profundidades de su propia espesura. Dos años después de su muerte, ‘La vida perenne’ (Plaza & Janés), su segunda obra póstuma, acerca definitivamente ese camino hacia la sabiduría al lector.

Todo un mundo espiritual para una obra inclasificable, cuyo interés reside en su singularidad. Una filosofía vital que discurre desde la doctrina zen hasta el pensamiento místico occidental de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, pasando por las enseñanzas de los maestros sufíes Yalal ad-Dir Rumi, Hujwiri y Attar de Nishapur, el taoísmo filosófico de Chuang Tzu, el pensamiento hinduista basado en el Bhagavad Gita, la filosofía griega clásica, el libertinismo francés y ‘La filosofía perenne’ de Aldous Huxley. Un intrincado esquema de «muñecas rusas» que le convirtió en un referente moral y ético, siempre a medio camino entre Occidente y Oriente, por cuya cultura profesaba una constante fascinación.

José Luis Sampedro dialoga con estos pilares de su filosofía vital y con el lector a través de las reflexivas imágenes de Chema Madoz, el hombre con el que estableció un vínculo imborrable a través de las portadas de sus últimas obras, un hilo conductor que se mantiene tras su muerte hace dos años.

El fotógrafo madrileño asumió con una mezcla de «sorpresa e ilusión» el reto de ilustrar el recorrido por el pensamiento de un hombre por el que sigue profesando una «gran admiración» pese a no haber podido conocerle en persona. «Transpiraba y respiraba lucidez y sensatez, resulta difícil encontrar personas que se puedan erigir en faro, en bocanada de aire fresco», sostiene Chema Madoz, cuyo objetivo descontextualiza los objetos, que se trascienden a sí mismos.

Según Olga Lucas, viuda del escritor y gran impulsora del proyecto junto al editor Ángel Lucía, ‘La vida perenne’ constituye «la trastienda de ‘Octubre, Octubre’, un antídoto contra la prisa de nuestros días mediante el alegato del sentimiento», en consonancia con el ideal humanista de Sampedro, que parafraseando a su manera a Descartes, solía afirmar aquello de «siento, luego existo».

50.000 notas

En el proceso de selección y ordenación de citas e ideas jugó un papel clave Lucía, el editor con el que solía trabajar Sampedro y más allá, el hombre con el que solía compartir algunas de sus reflexiones más profundas. «Se hará lo que se pueda», afirmó durante la presentación de la obra Olga Lucas, tras ser preguntada por la tradición de conmemorar la efeméride de la muerte de su marido con la publicación de obras inéditas. Aunque no descartó esta posibilidad, aseguró que no existen ya obras enteras terminadas entre las más de 50.000 notas que Sampedro dejó a su muerte.

«Lo importante es que su legado sigue vivo, nos gusta conmemorar el aniversario de su muerte publicando y no mediante actos grandilocuentes o funerales laicos. Además, la sociedad no ha evolucionado lo suficiente como para olvidar sus reflexiones», subraya la viuda del escritor, que más allá de las grandes novelas como ‘La sonrisa etrusca’, ‘La vieja sirena’ o ‘El amante lesbiano’, dedicó los últimos años de su vida a la reflexión.

«En sus últimos años, José Luis estaba muy preocupado por la crisis de valores en tiempos de cambio, por la situación de los jóvenes y sus inquitudes». A tenor de las palabras de su viuda, resultan aún más trascendentales las enseñanzas de su pensamiento, la fórmula de la extraordinaria lucidez con la que vivió sus 96 años de existencia.

Artículo publicado en: www.laverdad.es. Autor: José Manuel Andrés

Charles Baudelaire: el encuentro con el mal

Al contrario de lo que sucede con otros autores –más preocupados por el juicio de la Historia–,Baudelaire (1821-1867) se deja conocer en sus escritos (en los que siempre se expresó sin tapujos) de igual o mejor forma que en sus actos. No fue un escritor prolífico, tampoco una figura literaria de primera línea en aquel segundo tercio del siglo XIX (eclipsado, entre otros, por Victor Hugo y Alejandro Dumas). A pesar de ello, su descaro a la hora de enfrentarse a los gustos establecidos y a las normas literarias predominantes, junto a la característica sinceridad que rastreamos en sus obras, le dieron pronto una merecida fama gracias a la que sus contemporáneos pudieron comprender mejor, aunque incómodamente, su tiempo y a sí mismos.

La vida no posee más que un encanto verdadero: el encanto del juego. Pero, ¿y si nos resulta indiferente ganar o perder?

Las consecuencias del vertiginoso desarrollo urbanístico que en aquel tiempo comenzaba a convertir París en una gran metrópoli (paulatina industrialización, diseño de enormes avenidas, etc.), desarrollo al que Baudelaire asistió durante toda su vida, le inclinaron a observar con actitud recelosa el concepto de progreso y todo cuanto este pudiera traer consigo: “La virtud es artificial, sobrenatural –aseguraba–. El mal se hace sin esfuerzo, naturalmente, por fatalidad; el bien es siempre producto de un arte”. Pero pronto nos asalta uno de los mayores atractivos de la obra del francés: los fuertes contrastes y las contradicciones cordiales de su pensamiento. En 1863 nuestro protagonista publicaba un interesante artículo, bajo el título de “Elogio del maquillaje”, en el que abogaba por la huída de lo natural en favor de aquellas conductas humanas que tienden a “sobrepasar la naturaleza”, a hacer un “permanente y sucesivo esfuerzo de reforma de la naturaleza”. En contra del concepto de buen salvaje de Rousseau, Baudelaire elogiaba todo cuanto estuviera relacionado con lo artificial: debemos alejarnos de todo lo natural, auténtica sede y origen del mal. Mientras, aquella ciudad de París de la que por momentos renegó, no cesaba de cambiar: de devenir, precisamente, “artificial”.

Existen en todo hombre, y a todas horas, dos postulaciones simultáneas: una hacia Dios y otra hacia Satán. La invocación a Dios, o espiritualidad, es un deseo de ascender de grado; la de Satán, o animalidad, es un gozo de rebajarse.

Charles Baudelaire

Baudelaire escribió aquellas líneas ya próximo a su muerte, cuando los achaques de distintas enfermedades (provocadas por sus excesos de juventud –droga, alcohol y prostitución–) hacían mella en su cuerpo y en su ánimo. En ellas intenta justificar una trayectoria vital que siempre interpretará bajo la sombra del arrepentimiento. Un arrepentimiento que no tiene su base en acciones reprobables, sino en la permanente huida del tiempo. Esta concepción de la existencia como un viaje efímero del que hay que dar cuenta quedó claramente expresada en dos de los poemas más célebres de Las flores del mal: “El reloj” y “Lo irreparable”, en los que rastreamos versos como estos: “Acuérdate que el Tiempo es un ávido jugador/ que gana sin hacer trampas, ¡en todo lance!, es la ley”, o “¡Lo Irreparable roe con sus dientes malditos!”.

¡Qué diferente y qué poco es lo que queda de un hombre, a excepción del recuerdo! Pero el recuerdo no es más que un nuevo sufrimiento.

En ninguno de ellos encontramos la confesión de un hombre arrepentido por un acto concreto o por la comisión de alguna fechoría cualquiera. Más allá, a Baudelaire le interesa subrayar el carácter crónico de uno de los males endémicos de nuestra existencia: el tedio de vivir, “el fruto de la melancólica falta de curiosidad”, una indiferencia dolorosa que quedó recogida bajo el nombre de spleen. En una carta que Baudelaire dirigió a su madre en 1957 define certeramente este concepto: “Lo que siento es un inmenso desánimo, una sensación de aislamiento insoportable, una ausencia total de deseos, una imposibilidad de encontrar cualquier diversión”.

Crueldad y voluptuosidad, sensaciones idénticas, como el calor extremo y el extremado frío.

Mucho tiene que ver con el spleen nuestra conciencia fragmentada, siempre en tensión entre dos extremos: el bien y el mal. Baudelaire se deja arrastrar en este punto por Poe, a quien leyó, estudió y tradujo, y al que creyó sin duda cuando el autor norteamoricano explicaba que la perversidad, como fuerza primitiva e irresistible, hace que el hombre sea “sin cesar y a la vez homicida y suicida, asesino y verdugo”. Los seres humanos somos ángeles caídos, divididos esencialmente en dos mitades que se excluyen y repudian de manera constante: “¿Qué es la caída? –escribía Baudelaire en Mi corazón al desnudo–. Si es la unidad que se convierte en dualidad, es Dios quien cae. En otros términos, ¿no será la creación la caída de Dios?”.

Hay que estar siempre ebrio. Nada más: ese es todo el asunto. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que os fatiga la espalda y os inclina hacia la tierra, tenéis que embriagaros sin tregua. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como queráis. Pero embriagaos.

Retrato Baudelaire

“Quien se liga al placer, es decir, al presente, me hace el efecto del hombre rodando por una pendiente”.

Es más, nos vemos atraídos misteriosa y permanentemente hacia el mal: aquella perversidad constituye una fuente inagotable de placeres para quien da rienda suelta a sus inclinaciones satánicas. Ya curtido por la experiencia que dan los años, Baudelaire no dudaba en afirmar que “la voluptuosidad única y suprema del amor radica en la certidumbre de hacer el mal. Y tanto el hombre como la mujer saben de nacimiento que en el mal se encuentra toda voluptuosidad”. Baudelaire es tajante en este sentido: Dios necesita a Satán para mostrar su poder tanto como Satán necesita de Dios para afirmarse frente a él. Es por eso que ambas fuerzas, inextinguibles, despiertan en el alma humana sentimientos encontrados

 

de temor y veneración. Nuestra necesidad de acudir a la divinidad dependerá, en última instancia, de la imagen que guardemos de nosotros mismos. El fuerte y seguro de sí (términos que recuerdan mucho a Nietzsche) no necesitará echar mano del consuelo de la creencia, mientras que los que caen presa de la desgracia –y la hacen suya como si fueran culpables– buscarán a Dios. Así, Baudelaire mencionaba este mandamiento en Mi corazón al desnudo: “Ser un gran hombre y un santo para sí mismo, he aquí la única cosa importante”.

Este es uno de los caracteres más interesantes de la Belleza, el misterio.

Como decía más arriba, también el progreso, la industrialización y el comercio fomentan la innata perversión humana. El poeta –y el artista en general– es, por el contrario, un repudiado, un paria, alguien a quien se excluye de la sociedad por todo cuanto se atreve a denunciar públicamente: “el mundo está compuesto de gentes que no pueden pensar más que en común, en bandas” –aseguraba Baudelaire–. Sólo puede existir un único progreso moral: el del individuo en su unicidad. La sociedad adocena, adoctrina y empuja a pensar de forma uniforme, erradicando toda eminencia que pretenda resaltar: “Religiosa embriaguez de las grandes ciudades. Panteísmo. Yo soy Todos. Todos, soy yo”. Tal es el placer de sumergirse en la masa, que también esconde un aspecto anímico, existencial: cuando nos mezclamos en una multitud nos sentimos solos, precisamente, porque experimentamos de primera mano la indiferencia –y en ocasiones el desprecio– de quienes nos rodean.

Sin el don divino de la esperanza, ¿cómo podríamos atravesar este terrible desierto del tedio?

Baudelaire muere persuadido de que el hombre hace el mal porque sufre, por su condición de desterrado en un escenario que, salvo excepciones, siempre le es hostil. El mal no existiría y sería superfluo si no se diera el sufrimiento, que además es siempre creciente. Aunque –y quizás fuera su único alivio– por encima de este mundo que arremete con la fuerza de un vendaval, siempre planeará el poeta, que no dudará en intentar descubrir entre tanto contraste una unidad que parece perdida… para siempre.

Baudelaire Rochegrosse

Convencido de que la temporalidad afecta decisivamente al núcleo de la moral, Baudelaire redactó Las flores del mal –su obra más conocida, publicada por vez primera en 1857– a sabiendas de que la dualidad entre placer y dolor, unida a la conciencia de la fugacidad del tiempo, constituye lo más característico del ser humano. El libro se vio envuelto desde el principio en la polémica. El ministerio del Interior parisino puso enseguida en marcha una campaña de escarnio mediante la que se declaró que Las flores del mal entrañaba “un desafío lanzado a las leyes que protegen la religión y la moral”. Tanto el autor como sus editores fueron llevados a juicio, acusados de ultrajar la moral pública y las buenas costumbres.  En esta obra, Baudelaire se propuso extraer la belleza del mal y ponerla a disposición de un público “aristocrático”: no se dirige a las masas, sino a la élite espiritual que pueda comprender su mensaje. Su intento de escandalizar y poner en vilo los convencionalismos sociales más arraigados de la época tuvo éxito… al precio de que las autoridades civiles cercenaran el texto original y consintieran su futura publicación sin incluir aquellos poemas que con más fuerza atentaban contra el fomento de la virtud. En Las flores del mal quedan planteados los temas que más preocuparon a Baudelaire durante toda su vida: el amor, el avance inexorable del tiempo, su relación con las mujeres, la brevedad de la existencia, el aburrimiento, la muerte y el papel del artista en la sociedad. Aunque nada es capaz de calmar el gusto del autor por la nada, que llega a convertirse en verdugo de sí mismo: “¡Ay, todo es abismo; –acción, deseo, sueño, palabra!”, suspira Baudelaire.

Los Pequeños poemas en prosa, que su autor nunca llegó a ver publicados en vida, “son –en palabras de Baudelaire– como las Flores pero con mucha más libertad, y más detalles, y más humor”. En ellos no se abandona el terreno moral y se continúa la investigación sobre el mal, aunque en este caso la perspectiva es más social que individual. En las Reflexiones sobre algunos de mis contemporáneos, Baudelaire se preguntaba qué es un poeta: dado que la existencia es un gigantesco jeroglífico, su labor es la de actuar como una suerte de traductor o descifrador. Por eso, “sé siempre poeta, incluso en prosa”, invitaba. Por su parte, en Los paraísos artificiales y El vino y el hachís, Baudelaire pone sobre la mesa los efectos de las drogas y el alcohol –que no tuvo reparos en experimentar a lo largo de toda su vida–.

Por último, es digna de mención una de sus obras menos conocidas, quizás porque se trata de su única novela, donde Baudelaire se autorretrata de manera magistral: La Fanfarlo, redactada alrededor de 1843, en la que narra las cuitas de su álter ego, Samuel Crane, personaje que se verá envuelto en una enrevesada trama amorosa que le llevará a confesar sentimientos de los que se creía a salvo.

Este artículo pertenece al blog Sociofilosofía o El Vuelo de la Lechuza: apuntesdelechuza.wordpress.com

Vídeos en defensa de la Filosofía.

La REF, en colaboración con la Facultad de Filosofía y CCEE de la Universidad de Valencia, realizó una serie de vídeos en defensa de la Filosofía a personajes de relevancia en el ámbito de la cultura con ocasión de la aprobación de la LOMCE.

Adjuntamos un enlace a cada uno de los vídeos que próximamente se irán actualizando con la publicación de los realizados al filósofo José Luis Pardo y la escritora Elvira Navarro.

 

 

Los jóvenes y la filosofía. Entrevista a la ganadora de la olimpiada filosófica de Castilla y león 2015

Poco antes de las vacaciones de Semana Santa se celebró la final de este año 2015 de la Olimpiada filosófica de Castilla y León, una interesante competición escolar , o más bien celebración, en torno al mundo de la filosofía y el pensamiento. Los participantes eran alumnos de centros de secundaria de toda Castilla y León, uno por provincia después de las finales provinciales, y hoy hemos querido habla con Noemí Fernandez Uemura, ganadora regional de la modalidad de dilemas filosóficos, en un intento de conocer lo que las generaciones más jóvenes piensan sobre algunos asuntos que nunca solemos preguntarles.

Para hablar sobre los jóvenes hay también que escucharles de vez en cuando, así que os dejo con ella.

 

-Juventud y filosofía parecen, en principio, dos temas que extraña ver juntos. ¿Por qué?

Seguramente en este momento de nuestra historia no relacionamos la filosofía con nada que no sean aquellos antiguos y sabios griegos. Al fin y al cabo, ¿cuántos adultos de hoy en día pueden jactarse de haber leído a Platón o a Kant? En el mundo actual no hay, por desgracia tiempo para la filosofía, o más bien, no hay tiempo para pensar, porque tenemos tantas cosas que captan nuestra atención a diario que muchas veces no somos capaces de pararnos a pensar un poco sobre nuestra propia naturaleza y la forma en que vivimos.

-¿Crees que pensar es una actividad de riesgo?

Por supuesto. :)

Si piensas te das cuenta de cosas que ocurren y si te das cuenta de lo que pasa, quieres remediarlo o al menos intentar mejorarlo, y para ello hace falta información, que tiene que ser investigada y eso le da mucha pereza a la gente. Si piensas, te arriesgas a dejar de ser uno de tantos que se dejan llevar sin hacer preguntas, y eso a ciertas personas les molesta.

-¿Puede ayudar en algo la filosofía a nivel práctico o la consideras un pasatiempo intelectual?

La filosofía es un estupendo pasatiempo, pero los pasatiempos tienen también su utilidad, porque cuanto más pienses, más ganas tienes de aprender y de saber cosas nuevas, lo cual es estupendo para desarrollar la curiosidad, que es la base de un buen estudio. Por lo tanto, considero que la filosofía ayuda a mejorar el aprendizaje.

-¿Nos ayuda la filosofía a ser más inteligentes?

No. Un estúpido es un estúpido por mucho que filosofe, pero lo cierto es que los estúpidos no suelen interesarse por la filosofía y si entran en contacto con ella (o se ven obligados a ello en algún momento de su vida), no la entienden porque suelen ser incapaces de seguir un pensamiento lógico sin perderse. La filosofía requiere de cierta inteligencia y ayuda a pensar, pero no hace milagros.

-¿Y a ser mejores personas?

Tampoco. Al fin y al cabo Maquiavelo era un filósofo del que no dudo que no era una buena persona. La filosofía puede ayudar a una buena persona a ser mejor persona, pero también puede ayudar a una mala persona a reforzar sus posiciones.

-Ganadora en la modalidad dilemas… ¿Qué es realmente un dilema, en tu opinión?

Un dilema es una situación real o ficticia en la que existe un problema para el cual hay dos soluciones. Ambas tienen razones por las que son buenas y razones por las que no lo son. Resolver un dilema consiste en analizar minuciosamente la situación y las posibles salidas y decantares por una u otra dependiendo de las conclusiones a las que se ha llegado.

-Por lo que hemos leído, este año los dilemas versaban sobre la diferencia entre lo legal y lo legítimo.  Parece difícil… ¿Algún atajo para desentrañar esos problemas que se nos plantean?

Lo más fácil es pensar lo que haría uno mismo si se encontrase en esa situación. Todos tenemos claro que lo legal es lo que dice la ley, pero tal vez la legitimidad sea un concepto más complicado. Yo creo que si una ley perjudica a alguien inocente, es legítimo que este la infrinja, ya que no sería moral que alguien que no ha hecho el mal se vea castigado. Por ejemplo: si existiese una ley que prohibiese a las personas a acoger a alguien en su casa, lo legal sería cumplir dicha ley, pero sería legítimo acoger a tu hermano sin trabajo.

-¿Cual es para ti el mayor dilema de nuestro tiempo?

La contaminación y el calentamiento global. El dilema planteado sería más o menos así: ¿Deberíamos reducir las emisiones de gases contaminantes, controlar los vertidos industriales en las aguas, fomentar el reciclaje, emplear el transporte público e invertir en la búsqueda de fuentes limpias de energía aunque sea costoso y conlleve a la disminución de nuestro nivel de vida o por el contrario deberíamos continuar igual que ahora arriesgándonos a acabar con el planeta? Para mí la respuesta es clara, pero hay muchas personas en el mundo que no se dan cuenta de la importancia de este asunto.

Muchas gracias.

Suerte en la final nacional de Madrid.

Artículo publicado por Javier Pérez en: www.elcotidiano.es

Manuel Cruz: reflexión, pensamiento y actualidad

Filósofo español, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona, Manuel Cruz nos habla en esta entrevista -realizada por Herder Editorial- sobre cuestiones y planteamientos alrededor de la filosofía en la actualidad, desde sus posibles definiciones, hasta la necesidad de la misma a lo largo de toda la historia y más aún en este presente en que vivimos.

¿Qué es la filosofía?

1. Una reflexión sobre lo que realmente importa

Los seres humanos no logramos vivir cabalmente como tales –aunque sí podamos satisfacer nuestras necesidades básicas y prosperar económica y socialmente– cuando nuestra vida no se sitúa en un horizonte suficiente de comprensión de nuestro ser y de nuestro actuar, tanto a nivel individual como a nivel social.

La filosofía es un constante e inagotable cuestionar sobre lo que realmente importa. Esa reflexión atraviesa y constituye toda la historia de occidente. Se equivocan quienes sostienen que la filosofía es accesoria, que su radio de acción no llega a la vida, que el pensamiento no es transformador ni revolucionario. La historia acontecida, para quien quiera conocerla, muestra con creces lo contrario.

La maltrecha Europa obedece a un proyecto filosófico y es –a pesar de todas las distorsiones– su plasmación. Se trata de un proyecto ético-político en el que la vinculación de la ética con la metafísica resulta probada.

En el origen histórico-filosófico que nos constituye, ética, filosofía y política iban de la mano y eran una. Nuestro descalabro actual es la consecuencia (al menos en buena medida), de haber perdido esa fructífera y esencial unidad. Porque no hay política posible que no esté gobernada por el sentido de lo justo y lo injusto.

2. Una cierta sabiduría humana

La filosofía es concebida por Sócrates, maestro de Occidente, como “sabiduría de las cosas humanas”; esas que realmente importan; una sabiduría que se alcanza cuando se conocen las diferencias y se va a la esencia. Hasta el momento nada parece indicar que las ciencias puedan sustituir a la filosofía en esta tarea. Su cometido es otro; puede ser útil dominar la naturaleza y contribuir al progreso, perocomprender el mundo que construimos y en el que somos es algo irrenunciable.

Para poder llevar a cabo esta comprensión, Sócrates y Platón nos proporcionaron claves maestras. Así, hay que destacar el rendimiento de la diferencia entre apariencia y realidad; una distinción que, en último término, se ha de remitir a la diferencia ontológica. Desde ella se explica de manera impecable la necesidad del recuerdo (anamnesis). En cualquier caso, no se puede olvidar que la filosofía es el recuerdo y el recordatorio de la diferencia.

3. La filosofía en la escuela y la universidad

Es de importancia capital que la filosofía se enseñe en la escuela y que se le reconozca el papel esencial que desempeña para la formación de la humanidad en cada persona. Si la filosofía desaparece de la escuela o se la arrincona, se pone en riesgo el cultivo de lo más específicamente humano; se merma la capacidad de crítica; se enrola con más facilidad a los estudiantes en el ejército anónimo de los servidores del mercado; se amputa fácilmente la posibilidad de la diferencia y la creatividad; se engrosa la masa anónima de trabajadores especializados y escasamente desarrollados personal, intelectual y moralmente. En definitiva, se ponen las condiciones idóneas para que triunfe la maquinaria que sirve a los intereses financieros y de poder de unos pocos a los que, desde luego, poco les importa la verdad y la justicia.

Si la filosofía se menosprecia porque lo que aporta no contribuye directamente a la competitividad en la sociedad globalizada, cabe sospechar que los gobiernos estén buscando una instrucción en la escuela que sirva sólo a los intereses del mercado. Una instrucción que luego se quiere perfeccionar en la universidad, redefinida ahora como una fábrica de dóciles cerebros especializados. Lejos queda la idea original de un ayuntamiento de maestros y profesores entregados al estudio y la investigación, libres e independientes de intereses espurios. Ya no interesa la búsqueda de la verdad y el conocimiento, porque no aporta beneficios empresariales. Así, junto con esta servidumbre institucional e institucionalizada, también desaparecen la autonomía y libertad personales.

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Carmen Segura Peraita es Profesora titular de Filosofía en el Departamento de Filosofía Teorética de la Universidad Complutense. Becaria de la Alexander von Humboldt-Stiftung, ha realizado diversas estancias de investigación y docencia en universidades europeas e iberoamericanas. Entre otros libros ha publicado: La dimensión reflexiva de la verdad, Hermenéutica de la vida humana y Fracasos de la razón. Además, ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas.

Artículo publicado en: www.lamarea.com