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Epicuro: «Quien no se conforma con poco, no se conforma con nada»

El pensador reflexiona sobre cómo los deseos insaciables no son sólo son difíciles de satisfacer, sino que impiden que valoremos lo que ya tenemos

Nada es suficiente. Da igual de qué estemos hablando. Siempre podemos ser mejores en nuestro trabajo, tener más éxito en el amor, hacer una sentadilla más o tener más ahorros. El problema de tener pensamiento ilimitados es que muchas veces esos pensamientos son los culpables de que sintamos que somos insuficientes. Nos han hecho creer que para ser felices tenemos que rozar la excelencia en todos los ámbitos de nuestra vida, y la realidad es que si preguntas a los considerados excelentes, te dirán que piensan y sienten lo mismo que tú todos los días de su vida.

El mundo está lleno de personas increíbles. Las redes solo muestran una pequeña parte de ellas, pero con solo 10 minutos en cualquier red social descubrirás que muchos tienen habilidades asombrosas. Las plataformas se han convertido en el altavoz de todos, y aunque estén plagadas de post irrelevantes, de vez en cuando descubres un nuevo artista, bailarín, ingeniero o creador de contenido que tiene muchas cosas que contar y de las que puedes aprender. Precisamente las redes son quizás las que nos limitan y nos hacen pensar que nada de lo que hacemos iguala al nivel de los vídeos que ya hemos visto, y ese es el problema.

La realidad es que, aunque se hable mucho de ello, este sentimiento no es propio de la Generación Z. Hace unos cuantos siglos, 23 para ser exactos, Epicuro dejaba una frase que sigue resonando en nuestra mente y que se puede aplicar a la actualidad: «Quien no se conforma con poco, no se conforma con nada».

El problema de querer más

La frase de Epicuro, «Quien no se satisface con poco, no se satisface con nada», resume una de las piezas centrales de su filosofía sobre el deseo y la felicidad. Según el pensador griego, la mayoría de nuestros problemas surgen precisamente de querer más y más: deseos insaciables que no sólo son difíciles de satisfacer, sino que constantemente impiden que valoremos lo que ya tenemos.

Para Epicuro, aprender a encontrar satisfacción en cosas sencillas, como una comida compartida, la compañía de seres queridos, o incluso un momento de tranquilidad, trae a la vida una sensación de plenitud que no depende de la abundancia material. Esta actitud, más que renuncia, es una herramienta de libertad emocional, porque libera a la mente de la ansiedad de lo que falta y abre espacio para apreciar lo que está presente.

Saborear lo construido

Aplicada a las relaciones humanas, esta idea sugiere que una pareja o amistad se fortalece no por gestos grandiosos o expectativas ideales, sino por la gratitud, el respeto mutuo y la sencillez de los pequeños actos cotidianos. No es raro que quienes persiguen constantemente “más” en el amor, más intensidad, más confirmación, más posesiones, terminen sintiéndose vacíos, pues nunca se detienen a saborear lo que ya han construido.

En un mundo saturado de comparaciones, logros y sobresaturación de estímulos, la lección de Epicuro sigue siendo relevante: cultivar una actitud de contento con lo justo y necesario nos permite no sólo reducir el estrés y la frustración, sino también profundizar en lo que realmente importa, desde la salud emocional hasta la calidad de nuestros vínculos.

Fuente: https://www.larazon.es/sociedad/epicuro-quien-conforma-poco-conforma-nada_20260214698f91a42f00a046880b97cb.html#goog_rewarded

Filosofía china: el lema ancestral que compara el remo con la resiliencia y deja una lección inolvidable

La filosofía china tiene máximas ancestrales que orientan el comportamiento humano para reforzar la resiliencia y seguir adelante a pesar de las dificultades

Por Martina Baiardi

En la filosofía china, la resiliencia es una cualidad esencial para navegar por las corrientes a menudo desafiantes de la vida. La frase (Nì shu xíng zhu, bù jìn zé tuì), que se traduce como “Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”, es una poderosa metáfora de la necesidad de perseverar frente a la adversidad.

La sabiduría china está llena de proverbios antiguos que, con pocas palabras, logran transmitir enseñanzas profundas sobre la vida. Por eso, este lema se ha convertido en una metáfora inolvidable sobre la resiliencia, el esfuerzo constante y la importancia de no rendirse ante las dificultades.

Filosofía china: “Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”

“Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”
“Remar contra la corriente; si no avanzas, retrocedes”

En la tradición china, la vida suele compararse con elementos naturales: ríos, montañas, viento o fuego. En este caso, el río representa el paso del tiempo y los desafíos inevitables. La enseñanza nos dice que cuando estamos “contra la corriente”, no basta con quedarse quietos. La vida no se detiene.

Pues el mundo sigue avanzando, las circunstancias cambian y, por más que nos pese, los obstáculos son parte del camino. Es por ello que, si una persona deja de esforzarse, inevitablemente empieza a retroceder.

Remar no es un acto instantáneo, requiere constancia, ritmo y determinación. En la filosofía oriental, esto se asocia con la disciplina interior.

El remo, en este sentido, simboliza la voluntad personal, la perseverancia, la capacidad de seguir incluso con cansancio y, pues claro, el trabajo silencioso y continuo, donde cada remada representa un pequeño paso hacia adelante, incluso cuando no se ven resultados inmediatos.

Al igual que el barco que avanza río arriba, podemos utilizar los obstáculos como oportunidades para fortalecernos y avanzar.
Al igual que el barco que avanza río arriba, podemos utilizar los obstáculos como oportunidades para fortalecernos y avanzar.

Cuando se dice que si no remamos no avanzamos, quiere decir que en ciertos momentos, la inacción no es neutral. Si una persona no decide, pierde oportunidades y rendirse es dejar que la corriente arrastre llevando al estancamiento. La frase invita a mantenerse en movimiento, aunque sea lentamente.

La resiliencia como camino, no como destino

En Occidente se habla mucho de resiliencia como una virtud psicológica. Pero en Oriente se entiende como una práctica diaria. Ser resiliente no es ser invencible. Es:

  • adaptarse
  • aprender del dolor
  • continuar a pesar del miedo
  • avanzar incluso con incertidumbre

“Remar contra la corriente” es una imagen poderosa porque refleja algo universal, todos enfrentamos momentos en los que la vida parece ir en dirección contraria.

Asi que no lo olvides, el progreso no siempre es rápido, pero siempre es necesario, cada esfuerzo cuenta y seguir adelante es, en sí mismo, una victoria.

Fuente: https://www.diariouno.com.ar/sociedad/filosofia-china-el-lema-ancestral-que-compara-el-remo-la-resiliencia-y-deja-una-leccion-inolvidable-n1522227

No morir: el sueño transhumanista

Antonio Guerrero Ruiz

En el fondo de toda ciencia late un sueño. Y en el fondo de toda técnica, una tentación. Desde que el ser humano encendió el primer fuego, el gesto prometeico de robar un secreto divino para ponerlo al servicio de los mortales se repite con nuevas formas y nuevas herramientas. Hoy, en la era de la biotecnología, ese fuego se manifiesta en laboratorios que editan genes, regeneran tejidos y programan células. Pero el sueño sigue siendo el mismo: vencer a la muerte.

El filósofo Hans Jonas, en El principio de responsabilidadadvirtió que la técnica moderna había roto la antigua alianza entre el hombre y la naturaleza. Allí donde antes existía un límite —biológico, ético, temporal— ahora se abre una frontera indefinida. La biotecnología no se conforma con curar; aspira a rediseñar. No busca prolongar la vida, sino reinventarla. En ese gesto, de resonancia prometeica, la humanidad se coloca en el lugar de los dioses.

El nuevo fuego

Prometeo robó el fuego para liberar al ser humano de su impotencia. La biotecnología, al manipular el código genético, roba un fuego distinto: el del diseño de la vida. Desde que CRISPR-Cas9 permitió editar el ADN con una precisión inédita, la posibilidad de «corregir» la naturaleza dejó de ser una metáfora. Jennifer Doudna, una de sus creadoras, confesó haber soñado con una figura semejante a Frankenstein que la interrogaba: «¿Qué has creado?». En esa pesadilla se condensa la vieja culpa prometeica: la conciencia de haber cruzado un umbral.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk ha descrito este salto como el paso del homo faber al homo geneticus. Ya no producimos herramientas, sino seres. Si la modernidad se definió por el dominio de la naturaleza exterior, la biotecnología inaugura una modernidad interior: el dominio sobre la naturaleza humana misma.

Pero toda conquista tiene su sombra. Como recordaba Heidegger, la técnica no es solo un medio, sino una forma de desvelamiento del mundo: transforma lo que toca en «fondo disponible», en recurso. Cuando aplicamos esa lógica a la vida, la vida misma se convierte en materia prima.

La biotecnología actualiza el gesto prometeico: ya no domina la naturaleza; más bien, la rediseña. Entre el sueño de vencer la muerte y la tentación de ocupar el lugar de los dioses, la técnica abre una frontera ética donde la vida misma se convierte en objeto de fabricación

El sueño de la inmortalidad

Nada revela mejor la ambición prometeica de nuestra época que la obsesión por derrotar a la muerte. Silicon Valley, ese nuevo Olimpo sin dioses pero lleno de profetas, invierte millones en laboratorios que prometen rejuvenecer células, copiar conciencias o reprogramar el envejecimiento. Peter Thiel y otros apóstoles del transhumanismo financian proyectos que pretenden «curar la muerte» como si fuera una enfermedad técnica.

Yuval Noah Harari lo anticipó en Homo Deus: el ser humano ya no busca salvación, sino actualización. La religión del futuro será biotecnológica; y su credo, la inmortalidad. Pero, como advirtió Hannah Arendt, al intentar conquistar el cielo, los seres humanos corren el riesgo de perder la Tierra. La búsqueda de la inmortalidad podría ser la forma suprema del olvido de lo humano: negar la finitud que da sentido a toda experiencia.

La promesa transhumanista de vencer la muerte convierte la finitud en un fallo técnico

Entre la biología y la teología

El mito prometeico no es solo un relato de rebelión, sino también de castigo. Prometeo es encadenado a una roca y su hígado devorado cada día por un águila: símbolo de la regeneración perpetua y del sufrimiento cíclico. Quizás la biotecnología encierre el mismo destino: la posibilidad de recomponernos infinitamente, pero sin redención.

Desde la teología, la muerte nunca fue un error que debía corregirse, sino una frontera que otorga forma a la existencia. El cristianismo la entendió como el lugar donde el tiempo se abre a lo eterno; el pensamiento oriental, como la disolución del ego en el flujo de la vida. La biotecnología, en cambio, la traduce en un fallo de replicación celular. En esa sustitución del misterio por el algoritmo, el ser humano se vuelve su propio dios… pero también su propio laboratorio.

Nietzsche ya había anunciado la muerte de Dios como la liberación del ser humano moderno, pero lo que no imaginó fue que esa muerte traería consigo el nacimiento del ingeniero genético. Si el Übermensch nietzscheano buscaba crear nuevos valores, el poshumano actual busca crear nuevas formas de vida. En ambos casos, el impulso es el mismo: trascender la condición humana.

El límite como lugar de sentido

Sin embargo, tal vez sea la conciencia del límite lo que realmente nos define. Simone Weil escribió que «toda perfección pertenece al orden de lo finito». Es en la fragilidad donde el amor, la memoria y la ética adquieren peso. Una vida sin fin sería, como temía Borges en «El inmortal», una condena a la repetición vacía. Si nada termina, nada importa.

La biotecnología promete borrar la frontera entre curar y crear, entre vivir y diseñar, entre morir y actualizarse. Pero, como advierte el filósofo italiano Giorgio Agamben, cuando la vida se convierte en objeto de gestión biopolítica, corre el riesgo de perder su sacralidad. Lo que está en juego no es sólo la duración de la vida, sino su sentido.

El nuevo Prometeo

Tal vez el mito no haya vuelto: nunca se fue. Cada vez que una civilización ha creído dominar el fuego —sea este físico, nuclear o genético— ha despertado las fuerzas que ese fuego contenía. Frankenstein, la criatura de Mary Shelley, fue ya una lectura moderna del Prometeo científico. Hoy, ese mito se reactualiza en cada tubo de ensayo donde se promete una humanidad mejorada.

Pero ¿qué significa «mejorar» al ser humano? ¿Qué criterio de perfección guía a quienes buscan eliminar el envejecimiento, aumentar la inteligencia o eliminar el dolor? La ética biomédica contemporánea, desde Hans Jonas hasta Martha Nussbaum, recuerda que no todo lo técnicamente posible es moralmente deseable. El problema no es solo qué podemos hacer, sino qué deberíamos hacer.

Al traducir la muerte en fallo técnico, la biotecnología borra el límite que da sentido a la existencia y convierte la vida en objeto de diseño y gestión

La responsabilidad como nuevo fuego

Si algo enseña el mito es que el conocimiento exige responsabilidad. Prometeo no fue castigado por su inteligencia, sino por su hybris: por olvidar que todo poder sin límite termina devorando a su creador. Frente al entusiasmo tecnófilo, Jonas proponía un «principio de prudencia»: actuar siempre de modo que los efectos de nuestras acciones sean compatibles con la permanencia de la vida humana sobre la Tierra.

La biotecnología, como el fuego, puede calentar o destruir. No se trata de renunciar al progreso, sino de devolverle su dimensión ética. Quizás el verdadero desafío no sea prolongar la vida, sino aprender a vivir mejor, con conciencia de nuestra fragilidad.

Epílogo: la inmortalidad de lo humano

Morir no es un error que deba ser corregido, sino una condición que nos hace humanos. La finitud nos obliga a elegir, a amar, a crear sentido. En la promesa de la inmortalidad tecnológica se esconde, paradójicamente, el riesgo de olvidar lo que nos hace dignos de vivir.

El filósofo francés André Comte-Sponville decía que «la sabiduría consiste en aceptar que somos mortales, y aun así amar la vida». Tal vez esa sea la verdadera inmortalidad: la que no se mide en tiempo, sino en intensidad. Prometeo robó el fuego para que los humanos pudieran vivir. No para que dejaran de morir.

Sobre el autor

Antonio Guerrero Ruiz es filósofo, escritor y divulgador cultural español nacido en Huelva (España) y residente en El Ejido (Almería, España) desde 2005. Su obra abarca tanto la filosofía académica como la práctica, con un enfoque en la ética, la hermenéutica y la filosofía aplicada. Es conocido por su compromiso con una filosofía activa y accesible, orientada a la transformación social y la reflexión cotidiana.

NUEVO LIBRO DEL TEÓLOGO Y FILÓSOFO FRANCISCO J. GARCÍA CARBONELL “LA INTERRUPCIÓN SUAVE (Ensayos desde el umbral de Ana y su locura transitoria)


Fracisco García Carbonell es secretario de la asociación Filosofía en la calle y publica este libro en Kiros ediciones (editorial de dicha asociación). Desarrolla un café filosófico en Granada con la connivencia de Filosofia en la calle y Sapame.

Antonio Guerrero

En un tiempo donde el pensamiento se ve asediado por la prisa, el algoritmo y la obediencia disfrazada de virtud, Francisco José García Carbonell irrumpe con *La interrupción suave* como quien ofrece una grieta luminosa en medio del dogma. Este libro no se limita a teorizar: encarna. No busca convencer: descoloca. No se impone: interrumpe. Y en esa interrupción, el lector encuentra una filosofía encarnada, una teología que se atreve a preguntar sin esperar redención.

Ana, figura central del ensayo, no es una alegoría ni una paciente: es una presencia que resiste. Su locura transitoria no es patología, sino gesto ético. No busca trascender, sino desplegarse. No espera salvación, sino afirma su carne como posibilidad de ruptura. En ella, Carbonell encuentra una vía para pensar más allá del sacrificio, más allá de la culpa, más allá del dogma. Ana no ama a Dios para amar al prójimo: ama sin mediaciones. Y eso, en el contexto teológico, es una herejía dulce, una afirmación radical de lo humano.

Francisco José García Carbonell no escribe desde la torre académica, aunque su formación lo avala: doctor en Teología, máster en Literatura Comparada y Filosofía Contemporánea. Pero lo que lo convierte en maestro no es su currículum, sino su gesto. Escribe desde el umbral, desde la fragilidad, desde la periferia. Su estilo es firme, pero nunca autoritario; profundo, pero nunca hermético. Cada página de *La interrupción suave* es una invitación a pensar sin obedecer, a amar sin justificar, a vivir sin ser trascendidos.

Este libro no ofrece respuestas, ofrece aperturas. No busca estabilizar, sino desbaratar suavemente. Y en ese gesto, Francisco se revela como un maestro raro: uno que no enseña desde la cima, sino que acompaña desde el borde. En tiempos de ruido y dogma, su voz es una rareza luminosa. *La interrupción suave* no es solo un libro: es una filosofía encarnada, una ética sin algoritmo, una mística sin trascendencia. Es, en definitiva, una forma de estar en el mundo sin pedir permiso. Y eso, hoy, es revolucionario.

‘Filosofía para no filósofos’: la última lección de Antonio Escohotado

Espasa publica el que puede ser considerado el testamento intelectual del pensador madrileño.

Rubén Folguera Agra

Hace más de cuatro años, en noviembre de 2021, Antonio Escohotado nos dejaba tras un largo retiro en Ibiza, donde había ido ex profeso a morir. Desde entonces, el legado del pensador madrileño se ha mantenido vivo gracias a las miles de páginas escritas a lo largo de su vida y las numerosas horas de metraje disponible de intervenciones suyas en programas de televisión, entrevistas realizadas y conferencias, pero también como resultado de la labor editorial encabezada por su hijo Jorge, que ha dado un nuevo impulso a sus obras clásicas y a otras que habían quedado descatalogadas.

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Espasa

Ahora la editorial Espasa acaba de publicar Filosofía para no filósofos, una suerte de texto introductorio a la filosofía que, además de ser un escrito de gran nivel académico –es, en realidad, una edición revisada del manual elaborado por Escohotado cuando era profesor en la UNED–, se nos presenta como un auténtico testamento filosófico en el que su autor viaja a través de la historia del pensamiento occidental, de forma sistemática y detallada, explicitando cómo los postulados de las mentes más preclaras de nuestra civilización fueron nutriendo sus propias ideas. Porque, como expresara su tan admirado Newton, «si he visto más lejos, es porque me he subido a hombros de gigantes».

Escohotado, un pensador en las afueras. Santiago Navajas

Filosofía y superstición

Tradicionalmente se habla del paso del mito al logos para referirse al inicio de la filosofía en la Antigua Grecia, momento en el que se comienza a poner énfasis en la razón, la lógica y la observación para explicar el mundo y el lugar del hombre en él, alejándose de la tradición mitológica previa. Es lo que Escohotado considera el germen del pensamiento filosófico-científico –un hito netamente occidental, como se pone de relieve desde las primeras páginas–, que contrapone frente al pensamiento primitivo precientífico, caracterizado por la incorporación de rituales, mitos y leyendas. Al respecto, explica: «El hombre anterior a los griegos cree que su deber es una defensa a ultranza de las tradiciones heredadas. El griego piensa que la verdad se defiende por sí misma; que solo el error precisa apoyo, y que debe sucumbir pronto o tarde –mejor pronto que tarde– todo cuanto no resista el juicio ecuánime del entendimiento. Con dicha actitud nacen las ciencias».

De esta forma, con los pensadores presocráticos, el hombre toma cierta distancia del mundo exterior por primera vez y acepta cómo éste es. Aquí encontramos lo esencial de la problemática analizada por Escohotado, en los primeros compases de la historia de la filosofía, pues se expresa de forma prístina lo esencial de la dialéctica que se establece entre la superstición y el pensamiento científico. Por ello, tras realizar un repaso de las ideas de los primeros pensadores griegos, explica que, con ellos, «el resultado al que se llega, en términos generales, es una materia determinada por la razón, una simbiosis del pensamiento y lo real que transforma la actitud del hombre hacia el mundo». En este sentido, Escohotado subraya que, ahora, en lugar de dioses, demonios y magia, «ante el ser humano hay solo una physis, que es por sí, cuya investigación imparcial será la nueva meta».

En términos hegelianos, podríamos decir que este proceso supone el despertar del espíritu frente a la naturaleza, de la que se emancipa para poder comprenderla y en cuya síntesis, espíritu-naturaleza, se produce el acto de conocimiento. Precisamente, este desplegarse del espíritu hegeliano es lo que moverá la historia del pensamiento occidental para Escohotado, avanzando exponencialmente en determinadas épocas y retrocediendo en otras. Así, tras el camino iniciado por los presocráticos, Occidente experimentará un primer desarrollo del pensamiento filosófico-científico desde Sócrates hasta Aristóteles, pasando por Platón, que continuará evolucionando a través de las escuelas helenísticas y el mundo romano –centrado en la producción técnica pero deudor de la herencia griega–, siendo interrumpido, según Escohotado, por el advenimiento del cristianismo y retomado posteriormente en la Edad Moderna, a la que seguirán pensadores de la talla de Descartes, Leibniz, Spinoza, Hume, Kant, Fichte, Schelling o Hegel, además de Marx, Nietzsche, Husserl, Bergson, Heidegger y Wittgenstein.

Lo más importante, no obstante, es que para Escohotado la filosofía y la ciencia requieren de valentía, no ya intelectual, sino existencial. Considera que la aproximación filosófico-científica se diferencia de la precientífica, principalmente, en que acepta la realidad del mundo tal como es, y no se afana por dar una explicación que reconforte al hombre ante el abismo del ser. Y es que, si había una idea que sistemáticamente guiaba a Escohotado en su labor intelectual era la de anteponer el juicio al prejuicio.

Simplemente Escota. Fernando Sánchez Dragó

El dogma del pensador antidogmático

Si consideramos que esta Filosofía para no filósofos no deja de ser un testamento filosófico, no resultará extraño que en sus páginas quede patente la subjetividad de su autor, tiñendo más de tres mil años de historia con sus filias y sus fobias. Entre las primeras, es evidente la influencia que sobre Escohotado ejerció Hegel, a quien siempre consideró su gran maestro. De él pone en valor que, mientras los demás pensadores se empeñan en definir los objetos de conocimiento como algo fijo, «Hegel posee la facultad de dejar ser a la cosa considerada, de hacer que ella misma despliegue sus determinaciones, con lo cual no se trata de hacer razonamientos sobre lo que es, sino de estar atento a observar los razonamientos que ya están allí, determinando la dinámica espontánea de cualquier objeto». En consecuencia, no resulta extraño que Escohotado se aproxime a la historia de la filosofía desde el prisma hegeliano, impregnando sus análisis de las enseñanzas legadas por el pensador alemán en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal.

En este sentido, en una entrevista con Nuria Richart para Libertad Digital –que pueden encontrar aquí aquí–, Escohotado afirmaba que Hegel «era la mente más profunda y centelleante». Así, explicaba que el pensador alemán «intentó hacer visible las fuentes del movimiento» e incidía en que «la filosofía hegeliana es un intento de reflexionar sobre el resorte dinámico de las cosas». De este modo, subrayaba que Hegel «es el único pensador que, en lugar de ver cosas fijas, ve flujos, ve devenir, en vez de ser o nada, que es lo que ven los otros». «Eso es lo que hace tan difícil a Hegel, pero también lo que lo hace tan esencial», concluía al respecto en la entrevista.

Sin embargo, lo que también se evidencia en esta obra, una vez más, es la aversión al pensamiento religioso de su autor, especialmente a la tradición católica, que parece detestar incluso más que la protestante. Lo cierto es que faltaría una sección intermedia en la que se profundice y se desarrolle un análisis crítico de las grandes figuras del pensamiento católico, como San Agustín y Santo Tomás, sin limitarse a afirmar que, en el fondo, en dicha tradición nunca hubo realmente filosofía, sino simplemente religión, al considerar que su corpus intelectual está formado por un conjunto de prejuicios, dogmas e irracionalidad.

Fuente: https://www.libertaddigital.com/cultura/2025-12-28/filosofia-para-no-filosofos-la-ultima-leccion-de-antonio-escohotado-7337354/

¿Para qué sirve la filosofía (si es que tiene que servir para algo)?

Jaime Rubio Hancock  

¿La filosofía es inútil? ¿Es poco más que un pasatiempo sin aplicaciones prácticas? Parece que los legisladores españoles creen que sí: la asignatura ha perdido horas de clase en el instituto y solo será obligatoria en 1º de Bachillerato. Los estudios universitarios en esta materia tampoco pasan por su mejor momento: la tasa de paro se acerca al 30%, en un momento en el que estudiar cualquier carrera universitaria se ve casi en exclusiva como un paso hacia la incorporación en el mundo laboral.

En este contexto, ¿merece la pena estudiar filosofía o es mejor dedicar más horas a otras asignaturas?

Algo más que una salida profesional

«No podemos supeditar nuestra relación con el conocimiento a nuestra salida laboral», afirma a Verne la filósofa Marina Garcés, autora de Fuera de clase. En su opinión, las preguntas «cómo queremos formarnos» y «en qué queremos trabajar» no tienen por qué tener una misma respuesta. Es más, que no coincidan la formación y el empleo que finalmente desempeñamos no es algo que les ocurra solo a los filósofos.

“La universidad no es una expendeduría de títulos para el mercado laboral -nos explica Adela Cortina, filósofa y catedrática de la Universidad de Valencia-. No es el mercado el que ha de decidir qué carreras se implantan y cuáles no. El criterio debe ser el de las necesidades de la sociedad para construir un futuro más humano. Formar personas y ciudadanos con conocimientos y capacidad de innovación es la clave”.

Además de eso, la filosofía es un conocimiento importante incluso aunque nos decidamos por otras carreras o profesiones, ya que nos ayuda “a discernir qué metas queremos perseguir con los conocimientos técnicos -apunta Cortina-. Sin ese saber fecundo las técnicas pueden emplearse para sanar o para matar, para destrozar países y personas o para erradicar la pobreza y reducir las desigualdades”. Es decir, nos invita a una “reflexión profunda sobre las metas, las actitudes y las convicciones que necesita una sociedad flexible”.

Como recuerda Garcés, la filosofía no tiene un objeto de estudio propio, por lo que puede «abrir distancia entre lo que sabemos y lo que no sabemos». Los filósofos se cuestionan lo que damos por hecho, buscando inconsistencias. Por este motivo, esta autora opina que la filosofía es una asignatura fundamental en intitutos e incluso en educación básica, ya que es «un lenguaje fundamental» para aprender a pensar de forma crítica. No se puede hablar de una formación completa sin contar con esta herramienta básica. «La filosofía no es útil o inútil -concluye Garcés-. Es necesaria».

Un manual de instrucciones para la vida

Una de las críticas habituales que se hace a la filosofía es que no hay progreso: llevamos más de dos mil años haciéndonos las mismas preguntas sin llegar a ninguna conclusión. ¿Por qué necesitamos seguir insistiendo con ellas? ¿Alguna vez sabremos lo que es la justicia, por qué hay algo en lugar de no haber nada o si somos de verdad libres?

Pero en realidad, y como recuerda Marina Garcés en Filosofía inacabada, no estamos dándole vueltas a los mismos temas: el discurso filosófico se ocupa de “problemas para los que siempre necesitamos forjar nuevos conceptos. No porque no tengan solución, sino porque cambian de situación existencial y de contexto histórico, social, cultural y político”.

En ética, por ejemplo, hay que mencionar los esfuerzos de Peter Singer por los derechos animales, años antes de que se popularizaran movimientos sociales en este sentido, además de su trabajo para aumentar las donaciones a países del tercer mundo. Todo eso tras estudiar estos problemas desde un punto de vista filosófico y haciéndose las mismas preguntas éticas que nos hemos hecho a lo largo de la historia.

Y si hablamos de política y economía, gran parte del debate de las últimas décadas ha venido marcado por las ideas sobre la justicia distributiva de John Rawls y la respuesta, desde el liberalismo, de Robert Nozick, ambos filósofos.

Además de todo esto, a menudo también es necesario reflexionar sobre problemas completamente nuevos, como hacen, por ejemplo, Nick Bostrom con la inteligencia artificial y Byung-Chul Han al preguntarse cómo la tecnología influye en la sociedad contemporánea.

Es decir, la filosofía no se encarga de preguntas sin respuesta, sino que, como nos dice Cortina, se ocupa de “las preguntas que nos constituyen como seres humanos. Si dejáramos de planteárnoslas, perderíamos nuestra humanidad”. Cortina además apunta que sí hay progreso y que ha dado «una gran cantidad de respuestas que conviene conocer porque sirven realmente para vivir mejor”. Como recuerda Garcés, «pensar es repensar, pero no de cero». Hay un diálogo constante con la tradición.

Una herramienta para la democracia

La filosofía no es solo una guía más o menos práctica para vivir mejor. La filósofa Martha C. Nussbaum afirma que las humanidades son fundamentales para la democracia. La filosofía proporciona herramientas de pensamiento crítico que nos ayudan a cuestionar la tradición y la autoridad. Es decir, lo mismo que hacía Sócrates, demostrando que a menudo no sabemos qué significan realmente los conceptos que manejamos.

Además de la labor de la filosofía, Nussbaum recuerda la importancia de los estudios de historia nos permiten identificar nuestro lugar en el mundo en relación con otras culturas, y el papel del arte y la literatura, que estimulan nuestra imaginación al ofrecernos puntos de vista diferentes.

Estos tres campos están interrelacionados y nos ayudan, por ejemplo, a participar en los debates políticos sin quedarnos solo en un intercambio de réplicas destinado a “ganar puntos” para lo que consideramos “nuestro bando”. Por ejemplo, podemos ver si estas posiciones enfrentadas tienen más aspectos en común de lo que parece o si alguna de estas propuestas ya ha intentado llevarse a cabo con anterioridad.

En ¿Para qué servimos los filósofos?, Carlos Fernández Liria nos recuerda algo similar. La democracia obliga a los ciudadanos a “tomar distancia respecto a su inmediata voluntad”, dándose a sí mismos “una oportunidad para razonar”. Y añade: “Este es, en realidad, el sentido profundo del famoso modelo político platónico: el del Rey Filósofo”. La razón nos permite cuestionar las decisiones políticas que van en contra de la libertad.

Eso sí, hay que recordar que la filosofía no es algo exclusivo de las universidades. Como escribe Garcés, se trata de la necesaria tensión entre la Academia de Platón y la tinaja (o el tonel) de Diógenes. El pensamiento filosófico necesita orden y método, pero también una buena dosis de caos.

“Los filósofos no existen -añade Adela Cortina-. Existen filósofos que se encierran en sus despachos y en las aulas, y cierran puertas y ventanas. Pero hay otros que saben que la filosofía nace de la sociedad para la sociedad y trabajan en los dos campos: en el aula y en la arena social. Estos últimos son los verdaderos filósofos”.

[Cada viernes publicaremos un artículo sobre algún tema filosófico: hablaremos de ética, de política, de felicidad, de identidad personal y, ya puestos, del universo. Nuestro objetivo es recordar, más que descubrir o demostrar, que la filosofía es un estudio vivo, actual y, como dice Marina Garcés, necesario].

Fuente: https://verne.elpais.com/verne/2017/01/23/articulo/1485172191_865768.html

José Carlos Ruiz (50 años), filósofo español: «Hay que vivir como se piensa o acabarás pensando como vives»

El famoso filósofo, escritor y profesor universitario dejó una reflexión sobre la manera de entender la vida hoy en día.

Miguel Villacorta

En una sociedad tan marcada por las redes sociales, vidas aceleradas y el qué diránmuchos acaban perdiéndose dentro de la rutina del día a día. Llegan a un punto en el que no entienden su estilo de vida y se sienten atascados en la inmediatez y el paso de los días, como si del día de la marmota en Atrapado en el tiempo (1993) se tratase. Por ello, el filósofo y escritor José Carlos Ruiz dejaba una reflexión en su participación en Aprendemos Juntos sobre cómo guiar nuestras acciones por el pensamiento consciente y no por el entorno y la inmediatez.

Vivir y sentir el ahora

José Carlos Ruiz (50) es un filósofo y conferenciante español especializado en pensamiento crítico, desarrollo personal y reflexión sobre la sociedad contemporánea. A lo largo de su trayectoria, ha centrado su trabajo en explorar cómo las personas pueden vivir de manera más consciente y coherente, analizando la relación entre pensamiento, acción y las influencias del entorno, incluyendo los medios digitales. Sus charlas y escritos buscan fomentar la autonomía intelectual, el análisis crítico y la capacidad de tomar decisiones fundamentales, convirtiéndolo en una referencia para vivir en el mundo moderno. Así, durante su participación en una de las conferencias organizadas por BBVA, Aprendemos Juntos, el filósofo dejó una reflexión bastante interesante: «Hay que vivir como se piensa porque, de lo contrario, acabarás pensando como vives«.

«Cuando intento comprender esta frase, le doy mucha importancia a la primera parte: hay que vivir como se piensa», aseguraba. «¿Por qué? Porque primero tienes que pensar. Primero tienes que tener tus criterios claros, tu jerarquía de ideas bien asentadas y saber hacia dónde dirigirte«.

Ruiz dejaba claro algo clave para su filosofía: priorizar el pensamiento consciente. Entender quiénes somos, conocer nuestras propias ideas y saber qué es lo que queremos.

«Sé coherente, ten claro ese proyecto y empieza a caminar, pero primero piensa«, afirmaba. «Ten esa jerarquía de pensamiento, porque de lo contrario acabarás pensando como vives. Es decir, de lo contrario, tu manera de pensar va a estar configurada por el modo en el que vives».

«Y vivimos en una sociedad de lo inmediato con una turbotemporalidad que inunda todos los códigos narrativos de nuestra vida, donde el tiempo va atomizando de un sitio para otro y parece que se ha dislocado».

Por ello, en el mundo tan acelerado y marcado por los estímulos, por las redes sociales y por la cultura del clic, parece que se moldean nuestras ideas y no nosotros tratamos de expandir las nuestras propias. Lo cierto es que Ruiz precisamente no se posiciona en contra de internet o las redes sociales, ya que no dejan de ser una herramienta, solo que debemos ser nosotros los que busquemos qué consumir en ellas en vez de consumir lo que nos dé.

«Si estás en estas dinámicas de la vorágine de lo contemporáneo sin pensar, esa vorágine será la que te diga que tienes que pensar dentro de esa vorágine y cómo tienes que pensar. Ahora bien, cuando accedes a internet con criterio, a una red social con criterio, la red social internet se pone a tu disposición y te dicen: ‘¿Qué necesitas? Aquí estamos'», indicaba.

«Y lo utiliza como una herramienta de expansión de conocimiento«.

De ese modo, usar nuestro pensamiento consciente empieza por usar las redes sociales con criterio y darles una utilidad, ya sea aprendizaje, expandir conocimiento o compartir opiniones. Si no hay reflexión detrás de su uso, será entonces el pensamiento del otro el que configure el nuestro.

«Si no has pensado, si no has jerarquizado, pues si te acerca una red social sin criterio, será la red social la que configure tu criterio, es decir, tu pensamiento«, señalaba Ruiz. «Y este es uno de los grandes problemas que veo».

«De ahí que cuando llego a un sitio donde creo que se puede sembrar alguna semilla de pensamiento crítico, siempre utilizo esta frase: hay que vivir como se piensa, porque de lo contrario vais a acabar pensando en función de cómo vivís. Tenéis que ser dueños de vuestro pensamiento«, concluía el filósofo.

Fuente: https://www.elespanol.com/sociedad/20251213/jose-carlos-ruiz-anos-filosofo-espanol-vivir-piensa-acabaras-pensando-vives/1003744048053_0.html

Victoria Camps: «El egoísmo se ha convertido en el patrón moral de nuestro tiempo»

La catedrática de Ética previene en su último ensayo contra los riesgos de vivir de espaldas a la búsqueda del bien común

Juan Fernández

Hablar de ética en los tiempos que corren tiene algo de predicar en el desierto, pero a sus 84 años la filósofa barcelonesa Victoria Camps no decae en su empeño de seguir colocando faros morales en medio la penumbra que nos envuelve. El más reciente lo plantea en ‘La sociedad de la desconfianza’ (Arpa), su último libro, donde señala los peligros de vivir en un mundo regido por el individualismo y el desprecio al bien común.

Parafraseando la célebre frase de Vargas Llosa, ¿tiene claro cuándo se jodió la confianza en nuestra sociedad?

Las crisis que hemos vivido en las últimas décadas han facilitado el sentimiento de desconfianza que hoy encontramos en todas partes. Tanto la crisis económica de finales de la primera década del siglo, que cambió muchas cosas, como la de la pandemia, una situación insólita que al principio no supimos afrontar y que nos hizo tomar conciencia de una fragilidad y una vulnerabilidad que hasta entonces no habíamos vivido. Curiosamente, el covid también nos dio una gran lección de vida: que nuestra salvación pasaba por la cooperación, por pensar en el bien común. Había que atender a los enfermos, encontrar una vacuna y, sobre todo, hacer que esta fuera universal, para todos, porque si no sería imposible superar la pandemia. Pero cuando lo logramos, volvimos a las andadas.

¿Cuáles son esas andadas?

Nuestro gran problema es la forma tan individualista que tenemos de vivir. El egoísmo se ha convertido en el patrón moral de nuestro tiempo. En un mundo en el que cada uno va a lo suyo y nadie se preocupa de los demás ni de todo lo que compartimos, es imposible generar sentimientos confianza. Desconfiamos del vecino, del político, de las instituciones y hasta del propio sistema democrático.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Por una perversión del concepto de libertad a la que nos hemos entregado casi sin darnos cuenta. El triunfo del liberalismo encierra una paradoja: nos ha permitido acabar con siglos de represión de todo tipo, desde la religiosa a la política o la cultural, y alcanzar unas cotas de autonomía personal que nunca antes habíamos conocido, pero en los últimos años ha prosperado una concepción individualista de la libertad en la que solo importa mi bienestar, no el de la comunidad. Alcanzar la libertad personal era imprescindible para lograr una vida buena, buena en el sentido moral de la palabra, pero esa vida buena individual debería serlo también para la colectividad, porque si no sirve de poco, y esa segunda parte es la que no se ha conseguido. Por eso ha cundido la desconfianza.

En los años 80 y 90 del siglo pasado, el neoliberalismo triunfó asociado a mensajes del tipo: sé tú mismo, elige tu destino, conviértete en empresario de tu propia vida. ¿Esos valores están relacionados con todo lo que apunta en su diagnóstico?

Sí. De entrada, ese “sé tú mismo, sé auténtico”, no conduce a nada, porque al tiempo que fomenta el individualismo, vende una libertad dominada por las modas, la publicidad y el consumismo. Al final, todos acabamos siendo iguales y haciendo lo mismo, arrastrados por necesidades que no teníamos y que nos han impuesto. Pero hay algo más importante sobre lo que gravita este problema: ser libres no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en ser responsables para elegir lo que queremos y hacer lo debemos. Hemos ganado autonomía y ya no vivimos en una dictadura que decide lo que debemos pensar, pero eso no significa que podamos pensar ni hacer todo lo que se nos ocurra, porque no todo es válido. Esta parte exige responsabilidad y esfuerzo, pero es la que no hemos desarrollado.

En un mundo en el que cada uno va a lo suyo y nadie se preocupa de los demás ni de todo lo que compartimos, es imposible generar sentimientos confianza

¿Qué le parece que ahora haya tantos jóvenes que dicen ver con buenos ojos los regímenes totalitarios?

En esa reacción hay algo de rebeldía juvenil, que siempre ha movido a los jóvenes a exigir lo que no tienen. En la dictadura pedían democracia y ahora, que han crecido en democracia, proponen cargársela. También hay una reacción ante el mundo que les ofrecemos. Son la generación mejor formada y han tenido una vida bastante fácil y cómoda, pero ahora, cuando quieren emanciparse, topan con dificultades para las que nadie les había preparado: precariedad, salarios bajos, precios disparados, vivienda imposible… Se sienten frustrados, nadie les ofrece soluciones y se agarran a ciertos cantos de sirena sin pensar. La dictadura es más cómoda, porque no tienes que elegir, deciden otros por ti, así eliminas toda la responsabilidad, pero implica perder la libertad y volver a las cadenas. No creo que sea esto lo que realmente desean.

La semana pasada se cumplieron 50 años de la muerte de Franco. ¿Cómo ha visto la evolución de España en este medio sigo?

Los años de la transición fueron, precisamente, de mucha confianza. También hubo críticas desde sectores de la población que se sintieron peor tratados que otros, pero sobre todo primaba una ilusión colectiva y una clara voluntad de mejorar el país. El gran error que cometimos fue creer que cambiar de régimen era suficiente para cambiar a las personas, y eso no funciona así. Las mentalidades se cambian con tiempo y es una tarea que exige voluntad y compromiso, y no siempre los hubo.

¿Faltó voluntad de ir más allá?

En este país crecimos bajo el canon de una moral religiosa que hoy rechazamos, pero no supimos construir una moral laica realmente comunitaria que la sociedad pudiera reconocer como algo que había que conservar y mantener. Le pongo el ejemplo de lo que ha pasado con la mujer. Hemos alcanzado la igualdad jurídica, pero eso no ha conseguido evitar los comportamientos machistas que siguen presentes en la sociedad. Las leyes cambian el derecho, pero no cambian la mentalidad de la gente. Esa es una tarea pendiente.

Ser libres no consiste en hacer todo lo que deseamos, sino en ser responsables para elegir lo que queremos y hacer lo debemos

¿Por qué ha calado tanto este desprecio hacia el bien común? Sin ir más lejos, los impuestos se asocian con una idea de robo, no de contribución a lo que compartimos.

El liberalismo, que es el pensamiento que ha triunfado en Occidente, se distingue por haber puesto por encima de todo la libertad del individuo y, paralelamente, ha fortalecido a los estados más que nunca como entes que protegen a la población. Sin embargo, no ha sabido transmitirle a la gente que esa protección no cae del cielo, sino que es el resultado de las aportaciones que hacemos entre todos. Esto explica que mucha gente solo esté dispuesta a hacer ese esfuerzo si luego resulta directamente beneficiada de él, no si redunda en el colectivo. Vivimos en una sociedad de libertades en la que la autonomía personal se considera el bien supremo, pero somos seres sociales, necesitamos al otro para que nos cuide, para que nos proteja o, simplemente, para que nos acompañe.

¿No es paradójico que disfrutemos de las mayores cotas de bienestar de la historia, en términos de salud, longevidad y confort, y a la vez haya tanto malestar y tanta enfermedad mental?

Porque vivimos en la sociedad del cansancio, como dice el filósofo surcoreano Byung-Chul, reciente premio Princesa de Asturias de Humanidades. La gente está hastiada, sometida constantemente a una presión enorme, obligada a tomar mil decisiones a la carrera entre un mar de ofertas y opciones ante las que no tiene criterio. Hay una absoluta ansia de tranquilidad, reflexión y silencio, por eso proliferan los talleres de meditación. En cuanto a la salud mental, estos problemas suelen surgir en tiempos de bonanza. En la posguerra, nadie hablaba de ansiedad o depresión, porque no podían permitirse esos lujos. Al final, seguimos anclados en aquel malestar de la cultura del que hablaba Freud. Hemos creado una cultura que por un lado nos civiliza y por otro nos enferma.

¿Usted que ostentó un cargo de senadora, qué opinión tiene del panorama político actual, tanto en España como en el mundo?

Me parece tremendo. Se dice que la democracia está en peligro, pero yo no lo creo, porque tenemos instituciones sólidas que la protegen. Sin embargo, me parece alarmante, no ya el clima de desconfianza que hay, sino de polarización y enfrentamiento. Se rechaza al que está enfrente sin escucharle, solo por el simple hecho de pensar diferente. No solo se descarta la opción de alcanzar consensos, sino que se entra en el terreno del insulto, la falta de respeto y el ataque personal.

¿Personalmente, cómo vive todo esto que está contando? ¿Es pesimista o cree que tenemos arreglo como sociedad?

A mí ya me queda poco tiempo de estar aquí, pero tengo claro que mantener la esperanza es una obligación moral. Hay que fomentar la esperanza, pero con eso no basta, hay que pasar a la acción, porque la ética es una cuestión de voluntad, no se limita al plano teórico. El diagnóstico está claro, pero saber dónde está el bien y dónde el mal no es suficiente, hay que poner esfuerzo en recuperar la confianza y mejorar como sociedad, en poner en valor el bien común, y esa tarea empieza por cada uno de nosotros.

Fuente: https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20251129/victoria-camps-egoismo-convertido-patron-124162509

Tania Sánchez “Sócrates o Nietzsche: cómo enfrentar la modernidad gracias a la Filosofía”

Entrevista a Tania Sánchez en France24 Español.

Sócrates o Nietzsche: cómo enfrentar la modernidad gracias a la Filosofía

Argumentos para el debate:

La modernidad nos coloca frente a desafíos que, si bien son inéditos en su escala —hiperconectividad, crisis ecológica, aceleración tecnológica, polarización digital—, conservan un núcleo humano que no ha cambiado desde la Antigüedad: la necesidad de preguntarnos quiénes somos, qué valoramos y cómo debemos vivir. Frente a estas tensiones, la filosofía vuelve a convertirse en un territorio fértil para interpretar el presente y buscar caminos para orientarnos. Entre las figuras que más iluminan este debate destacan dos polos opuestos y complementarios: Sócrates y Nietzsche.

A primera vista parecen enemigos irreconciliables: uno defensor del diálogo racional y la búsqueda humilde de la verdad; el otro crítico feroz de la moral tradicional, del racionalismo occidental y de todo intento de encerrar la vida en conceptos fijos. Sin embargo, ambos ofrecen herramientas valiosas para pensar la modernidad desde ángulos distintos. Decidir entre Sócrates o Nietzsche no implica elegir un bando, sino reconocer qué aporta cada perspectiva para comprender y enfrentar la era contemporánea.

  1. Sócrates: la verdad como brújula en el caos

En tiempos de infoxicación y discurso polarizado, la figura de Sócrates adquiere una sorprendente actualidad. Su método —el diálogo crítico, la pregunta incómoda, la duda como motor— funciona como un antídoto frente a la superficialidad y la certeza fácil que dominan la esfera digital.

A. La “ignorancia sabia” frente a la sobreconfianza moderna

La actitud socrática parte de un reconocimiento fundamental: no lo sé todo. En un mundo donde las redes sociales recompensan la opinión rápida y tajante, la humildad intelectual socrática se vuelve revolucionaria. Nos invita a suspender el juicio, examinar nuestras ideas y abrir espacio al entendimiento mutuo.

B. El diálogo como práctica democrática

Para Sócrates, la verdad emerge de la confrontación respetuosa de argumentos. En la modernidad, donde la conversación pública se fragmenta en cámaras de eco, el modelo socrático recuerda la importancia de escuchar activamente y cuestionar sin destruir.

C. La ética como arte de vivir

Sócrates proponía que el mayor enemigo del ser humano no es la ignorancia intelectual, sino la incapacidad de examinar la propia vida. Frente a la hiperproductividad moderna, la ética socrática nos invita a un retorno a lo esencial: ¿qué tipo de persona quiero ser? ¿qué vida vale la pena vivir?

  1. Nietzsche: vitalidad, ruptura y creación en tiempos de crisis

Si Sócrates representa la búsqueda paciente de la verdad, Nietzsche encarna la afirmación radical de la vida. Su pensamiento es una provocación permanente contra todo aquello que oprime, uniformiza o domestica la existencia humana.

A. La crítica al rebaño en la era de las masas digitales

Nietzsche advertía sobre el peligro de convertirnos en seres que siguen la opinión general sin cuestionarla. La modernidad tecnológica, con su maquinaria de tendencias y viralidad, intensifica ese riesgo: la presión por adaptarse, por pertenecer, por ser “aceptado”.

El filósofo propone lo contrario: el cultivo del individuo fuerte, autónomo, capaz de decir “sí” a su propia manera de existir.

B. La transvaloración de los valores

Nietzsche invita a cuestionar radicalmente cualquier sistema moral que hayamos heredado sin examinarlo. En la modernidad —marcada por crisis éticas, transformaciones laborales y nuevos modelos de convivencia— esa invitación es vital: debemos atrevernos a reconstruir nuestros valores, no a repetirlos.

C. El “superhombre” como metáfora de creación

Lejos de ser un ideal de dominación, el superhombre representa la capacidad de reinventarse, superar el nihilismo y crear nuevos sentidos. En un mundo donde la incertidumbre genera miedo y parálisis, Nietzsche apuesta por la potencia creativa como salida.

  1. ¿Sócrates o Nietzsche? Un diálogo necesario para la modernidad

Aunque parezcan polos opuestos, ambos filósofos pueden interpretarse como dos dimensiones complementarias para enfrentar los desafíos contemporáneos:

Sócrates nos enseña a:

Pensar antes de reaccionar.

Conversar antes de confrontar.

Reconocer límites y abrirse al otro.

Construir una comunidad basada en la razón compartida.

Nietzsche nos enseña a:

Liberarnos de normas que ya no sirven.

Desarrollar coraje para vivir según criterios propios.

Crear nuevos valores frente al vacío.

Afirmar la vida incluso en tiempos convulsos.

El equilibrio necesario

La modernidad exige un espíritu socrático que evite caer en dogmatismos, pero también una energía nietzscheana que permita reinventar lo que ya no funciona. Sin Sócrates, quedamos atrapados en la opinión irreflexiva; sin Nietzsche, caemos en la obediencia y la resignación.

La filosofía, así entendida, no es un refugio del pasado, sino un laboratorio para pensar el futuro.

  1. Conclusión: Filosofar como acto de resistencia moderna

En un mundo que se mueve a la velocidad del clic, detenerse a pensar —como Sócrates— o a transformar —como Nietzsche— se convierte en un acto de resistencia. La modernidad necesita tanto la lucidez crítica como el impulso vital. No se trata de escoger entre uno u otro, sino de escuchar ambas voces para navegar la complejidad contemporánea.

Sócrates nos recuerda que el diálogo puede salvarnos de la confusión.
Nietzsche nos recuerda que la creación puede salvarnos del vacío.

Y juntos ofrecen una brújula filosófica que, lejos de vencer a la modernidad, permite habitarla con más sentido, libertad y profundidad.

Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=lERuczMiy90

El diálogo entre una alumna con cáncer y su catedrático de filosofía: «Profesor, me invaden las tinieblas»

Enrique Bonete publica un libro construido a partir de los correos que intercambió con una antigua alumna en la que ética ilumina el miedo y llega a funcionar como terapia.

Resumen–Paráfrasis Ampliada del Artículo sobre Enrique Bonete y su libro epistolar

El artículo cuenta la historia que está detrás del nuevo libro del catedrático de Filosofía Moral Enrique Bonete Perales, una obra nacida de una situación profundamente humana y difícil: la relación epistolar que mantuvo con una antigua alumna que estaba atravesando un proceso de cáncer.

La mujer, exestudiante de Bonete, decidió escribirle cuando la enfermedad empezó a sacudir su vida con fuerza. En sus mensajes describía un estado emocional dominado por el miedo, la angustia y una sensación persistente de oscuridad interior. Le confesaba que había momentos en los que sentía que la incertidumbre la vencía y no encontraba suelo firme bajo los pies.

Bonete, lejos de limitarse a una respuesta afectuosa o protocolaria, se implicó profundamente en el intercambio. Sus emails se convirtieron en una suerte de acompañamiento ético, un ejercicio de filosofía aplicada a la vida real donde intentaba ofrecer claridad, serenidad y herramientas para pensar lo que ella estaba viviendo. No pretendía “curar” la situación, sino dar luz moral en medio del sufrimiento, ayudándola a comprenderse, a ubicarse frente al miedo y a encontrar un modo de convivir con la enfermedad sin que esta consumiera su identidad.

El artículo destaca que las reflexiones de Bonete no eran abstractas ni demasiado académicas. Estaban escritas con una mezcla de rigor y sensibilidad, recordándole a su interlocutora que la ética no es una colección de teorías distantes, sino un recurso para sostener a las personas en situaciones límite. Así, los correos terminan convirtiéndose en una forma de terapia filosófica: un espacio donde la palabra, la reflexión y el vínculo humano ayudan a aliviar la carga.

Con el tiempo, el intercambio entre ambos fue tomando una riqueza y una profundidad tales que Bonete decidió darle forma de libro. La obra recoge —con el permiso expreso de la alumna— ese diálogo sincero y frágil, en el que se abordan cuestiones como:

  • ¿Cómo enfrentarse racional y emocionalmente al miedo?
  • ¿Qué sentido puede tener el sufrimiento?
  • ¿Cómo sostener la dignidad personal en momentos de vulnerabilidad extrema?
  • ¿Qué papel juega la esperanza cuando el futuro es incierto?
  • ¿Qué puede aportar la ética a alguien que lucha por su vida?

El artículo subraya que el proyecto no es un libro sobre la enfermedad en términos médicos, ni una obra de autoayuda, sino un testimonio de cómo la filosofía —practicada con empatía y cercanía— puede convertirse en un refugio y una brújula moral. El lector encuentra en él no solo el diálogo entre un profesor y su alumna, sino también una reflexión universal sobre cómo cuidarnos mutuamente cuando la vida se vuelve insoportablemente dura.

En suma, la pieza periodística presenta el libro como un ejemplo poco común de filosofía al servicio de la vida concreta, donde el pensamiento ético se vuelve acompañamiento, y la relación entre maestro y alumna se transforma en un testimonio de humanidad frente a la adversidad.

Lee la conversación entre alumna y catedrático aquí: https://www.lagacetadesalamanca.es/salamanca/dialogo-alumna-cancer-catedratico-filosofia-profesor-invaden-20251127092407-nt_amp.html?utm_source=chatgpt.com