Javier Sádaba en «Pienso, luego existo»

«Quizás la filosofía consiste en saber si la vida tiene sentido, o no. Y si no lo tiene, sacarle el mayor jugo posible». Javier Sádaba (Portugalete, 1940), profesor en diversas universidades del mundo -Alemania, Nueva York, Reino Unido-, nos ofrece en este espacio de RTVE un recorrido a través de su pensamiento e ideas más transparentes alrededor de la sociedad, la política, la realidad inmanente.

Disfruten y reflexionen.

«Apología de lo cotidiano»

La publicación de un trabajo de filosofía de creación, no de una glosa de historia de la filosofía, ni un manual de divulgación o un estudio académico de interpretación sobre una corriente, escuela o autor, es algo tan poco frecuente en catalán y castellano que ya adquiere los visos de noticiable. Y si la obra en cuestión se transforma en un éxito que ya va por la segunda edición, agotada su primera tirada de 4.500 ejemplares (éxito relativo, por supuesto, pero innegable teniendo en cuenta que los lectores naturales de filosofía quizá sean aún más escasos que los de poesía), entonces estamos frente a todo un verdadero fenómeno.

Ese fenómeno se llama La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad (Quaderns Crema y Acantilado en catalán y castellano respectivamente) del profesor de la Universitat de Barcelona Josep Maria Esquirol, autor de El respeto o la mirada atenta (2006) y El respirar de los días (2009), entre otros títulos. Una obra que se aparta tanto obviamente de la popular autoayuda«porque uno de sus objetivos es denunciar los discursos banales sobre la felicidad y la superación», explica Esquirol, como del sesudo e indigesto estudio académico. «Después de 30 años en las aulas, utilizar la jerga filosófica era lo más fácil, pero de lo que se trataba era de expresar una idea de fondo con el lenguaje comprensible de la experiencia», dice el filósofo acerca de la asequibilidad de la obra, quizá la gran clave de su éxito en librerías.

Lo cierto es que las ideas de Esquirol son ya de por sí seductoras porque apuntan a la recuperación o más bien a la interrogación de lo propio de la condición humana en el frío, monocorde y cada vez más nihilista mundo tecnificado que nos rodea. Y su tesis de partida completa o corrige las premisas existencialistas. «En la filosofía contemporánea, en buena parte deudora de Heidegger y Sartre, se impone la concepción de la existencia como decisión y proyecto, a través de un movimiento de expansión. Me parece una idea muy rica, pero parcial. Y en cambio muy cercano a la experiencia de la vida es el movimiento de recogimiento y amparo. Para poder proyectarse al exterior, primero hay que estar en el espacio protegido de proximidad de la casa», explica Esquirol.

Del mismo modo que se vio obligado a desarticular «el par conceptual de vida cotidiana y existencia inauténtica», tan común entre ciertas apropiaciones divulgativas, «para recuperar la hondísima riqueza de la experiencia cotidiana que nos pasa desapercibida», dice el pensador que hace sin ambages «una apología de la cotidianidad». Para Esquirol «la condición de resistente responde a nuestra manera de ser, de estar en el mundo, que quizá necesite ser intensificada en nuestro contexto existencial de disgregación y erosión del sentido, para pensar la resistencia tanto en términos políticos y temporales como también ontológicos», señala.

La resistencia de la que habla Esquirol es la de lo humano, frente a la muerte o derrumbe del humanismo moderno que postula Sloterdijk. «Resistencia a la disgregación que no es tanto una crítica a la tecnificación del mundo, como una denuncia de la demanda de actualidad, que nos pierde y confunde. Resistir es ser uno mismo», aclara. Y el segundo factor de disgregación que «lleva a la pérdida del hombre y de lo humano», advierte, «es la banalización del lenguaje, incluso en su registro científico y técnico, pero vacío y desconectado del sentido profundo de nuestra experiencia de la vida».

Su concepción del lenguaje es en parte deudora de Habermas, que lo define como emancipación. «Cuando me dirijo a alguien, lo quiero como interlocutor, no como esclavo, dice Habermas. Yo intento una variación sobre esa idea muy rica sobre la intención del lenguaje como amparo, en un diálogo con Lévinas, a quien considero un compañero de viaje. El lenguaje revela, en fórmulas tan sencillas como el saludo, el cuidado y la solicitud para con el otro, para con el prójimo», explica. Quizá en este último sustantivo se encuentra la llave de su filosofía de la resistencia íntima, porque la «intimidad» por la que aboga «es sinónimo de proximidad, de la cercanía afectiva, que no tiene que ver con la distancia física, sino con el espacio experiencial del afecto, con la idea de prójimo y el rostro del otro», concluye.

Este artículo ha sido publicado por Matías Néspolo en: www.elmundo.es

Entrevista a Josep Monserrat Molas, Decano de Filosofía de la UB

Con ocasión del reconocimiento de la Facultad de Filosofía de la Universitat de Barcelona como una de las 50 mejores  facultades del mundo, entrevistamos a su Decano, Josep Monserrat Molas, para que nos cuente en qué han consistido los esfuerzos realizados para  llegar a colocarla en ese puesto.

1) ¿Cómo valora que la titulación de Filosofía de la UB esté entre las cincuenta mejores del mundo según el ranking?

Es una señal del reconocimiento internacional de nuestros estudios de filosofía. Si bien es cierto que la Universidad de Barcelona cuenta con un prestigio internacional consolidado estos últimos años, aparecer en tal excelente posición en este importante ranking que valora la calidad de las disciplinas académicas no deja de ser una satisfacción mundana añadida a nuestro trabajo real de cada día en la Facultad.

2) ¿Qué opina sobre estos rankings?

La inflación de la cantidad de rankings se debe a la necesidad que tienen los agentes de gobierno (del gobierno de lo que sea) de disponer de “datos” a partir de los cuales justificar decisiones, aunque sea a costa finalmente de desconocer la realidad misma a la que no se presta la debida atención. Deben tomarse con muchas precauciones y, aunque en ocasiones sus “resultados” son propicios (y permiten entrevistas como esta misma), no creo que deban usarse para justificar decisiones políticas. Su “validez” dependerá de la conmensurabilidad de lo que traten en cada caso y no sé yo si la realidad toda lo es. En cualquier caso, son un elemento fundamental de la ideología de la evaluación que pretende  cada vez más dominar y controlar la vida de las Instituciones (y de los individuos).

3) ¿Cuáles cree que son los puntos fuertes del Grado en Filosofía y los Máster de su Facultad? ¿cuáles son los puntos en los que podría mejorar?

Es una fortaleza poder disponer de varios núcleos temáticos, metodológicos e, incluso, de concepciones de la filosofía que son reconocidos en nuestro entorno e internacionalmente como valiosos. Un alumno de nuestro grado puede tener acceso a diferentes concepciones de la filosofía “en vivo” y no meramente explicadas por otros porque un buen número de profesores vuelcan los resultados de su tarea de investigación en la docencia. Con este bagaje los alumnos pueden posteriormente escoger entre los máster que se ofrecen, entre los que puede encontrar adecuada especialización, interdisciplinariedad e internacionalización. La vinculación de la docencia con unos equipos de investigación con resultados excelentes y una destacada internacionalización permiten una buena preparación también para los estudios de doctorado.

Mejorar, en todo, porque nada es perfecto. Pero es urgente la mejora en la coordinación docente y la mejora en la atención académica que deben culminar en una evaluación entendida no como examen sino como responsabilidad de un proceso de aprendizaje en común, sin olvidar que el acompañamiento al alumnado debería prestar atención personalmente a las diferentes necesidades e itinerarios de formación.

4) ¿Puede valorar la situación de la Filosofía en España y muy especialmente en su faceta educativa?

La situación es de una extrema gravedad. Puede que se esté reclamando algo así como filosofía por parte de ciertos sectores de la sociedad, pero a menudo de manera muy desdibujada y fácilmente sustituible por “humanidades” o “saberes de soluciones”. Ahora bien, pienso que sería muy útil la labor de la estricta filosofía en la dotación a la ciudadanía de instrumentos para que construyera el vocabulario y las herramientas conceptuales de análisis con las que debería intervenir en la realidad social y política. Ello justificaría la necesidad de la presencia de la enseñanza de la filosofía en la secundaria obligatoria. La filosofía también es necesaria en la revisión crítica de los saberes y las pasiones que gobiernan nuestro conocer, hacer y vivir. Su presencia en el bachillerato sería indispensable. Pero temo que algunas decisiones recientes, sumadas a otras anteriores, indican la puerta de salida y la conversión de la filosofía como algo residual en la educación reglada.

«Filósofos en cartel: irracionalidades del presente»

«Y así la ciudad nuestra y vuestra vivirá a la luz del día y no entre sueños, como viven ahora la mayor parte de ellas por obra de quienes luchan unos con otros por vanas sombras o se disputan el mando como si éste fuera algún gran bien. Mas la verdad es, creo yo, lo siguiente: la ciudad en que estén menos ansiosos por ser gobernantes quienes hayan de serlo, ésa ha de ser forzosamente la que viva mejor y con menos disensiones que ninguna; y la que tenga otra clase de gobernantes, de modo distinto.
-Efectivamente -dijo.
-¿Crees, pues, que nos desobedecerán los pupilos cuando oigan esto y se negarán a compartir por turno los trabajos de la comunidad viviendo el mucho tiempo restante todos juntos y en el mundo de lo puro?
-Imposible -dijo-. Pues son hombres justos a quienes ordenaremos cosas justas. Pero no hay duda de que cada uno de ellos irá al gobierno como a algo inevitable al revés que quienes ahora gobiernan en las distintas ciudades.
-Así es, compañero -dije yo-. Si encuentras modo de proporcionar a los que han de mandar una vida mejor que la del gobernante, es posible que llegues a tener una ciudad bien gobernada, pues ésta será la única en que manden los verdaderos ricos, que no lo son en oro, sino en lo que hay que poseer en abundancia para ser feliz: una vida buena y juiciosa. Pero donde son mendigos y hambrientos de bienes personales los que van a la política creyendo que es de ahí de donde hay que sacar las riquezas, allí no ocurrirá así. Porque cuando el mando se convierte en objeto de luchas, esa misma guerra doméstica e intestina los pierde tanto a ellos como al resto de la ciudad».

Fragmento de La República de Platón, Libro VII

La filosofía no muere, está en permanente estado de nacimiento

La Asociación de Profesores de Filosofía de Melilla iniciará un programa de actividades en defensa de la Filosofía. Su objetivo es comunicar a la sociedad y a la opinión pública la importancia fundamental que tiene la filosofía dentro de la educación secundaría y el bachillerato muy especialmente. El razonamiento lógico, la capacidad de hablar y argumentar correctamente, la actitud crítica ante la realidad y uno mismo, la capacidad de discernir la realidad social y tomar consciencia de la misma son aspectos que son fundamentales para la plena formación del educando, del estudiante de secundaria y aún más de Bachiller.

Estos contenidos curriculares y objetivos que se trabajan en educación con el saber filosófico se perderán con la reforma educativa en marcha. Competencias como la social y ciudadana, el desarrollo de la autonomía e iniciativa personal, la competencia cultural y artística y hasta la competencia lingüística no podrán desarrollarse plenamente con la pérdida de la filosofía. La Asociación de Profesores de Filosofía de Melilla considera que esta ley es en sus bases y su redacción una auténtica tropelía en contra de la educación. La situación es más grave, si cabe, si consideramos que también se pierden asignaturas como dibujo, tecnología o música. Además, mientras en otras comunidades se están llegando a acuerdos de máximos dentro de la flexibilidad que permite la LOMCE para mantener asignaturas y horarios que cualquier especialista en educación considera fundamentales, curiosamente en el ámbito de gestión directa del MEC se está optando por extirpar las asignaturas que “entretienen” como señaló nuestro Excmo. ministro José Ignacio Wert. ¿A qué se debe que quizás en el territorio más urgentemente necesitado de filosofía, de diálogo, de autocrítica, de la laxitud propia que imprime en los dogmas políticos, sociales y religiosos la ilustración que proporciona una buena educación filosófica, se decida eliminar la filosofía?

A todas luces parece una irresponsabilidad y un error que sin duda tendrá consecuencias a medio y corto plazo en las dos plazas africanas de soberanía española. Por todos estos motivos la Asociación de Profesores de Filosofía de Melilla tratará de fomentar y difundir la importancia de la filosofía en la sociedad, así como su presencia en el sistema educativo. Con este objetivo comienza en Cadena Ser Melilla un programa de Radio titulado “Para tomarse el día con Filosofía” que se emitirá todos los martes de 13:05 a 13:25. En el que los distintos miembros de la Asociación hablaran de la necesidad y la importancia de la filosofía, así como de algunas de las grandes figuras del pensamiento. Con esto pretenden reunir todos los apoyos necesarios y posibles para continuar defendiendo el papel insustituible que tiene la enseñanza filosófica en toda sociedad que pretenda llamarse democrática y en toda educación que quiera llevar el apelativo de calidad.

Este artículo ha sido publicado por la Asociación de Profesores de Filosofía de Melilla en: www.luzdemelilla.es

 

«Se necesitan jóvenes críticos»

El filósofo y escritor Leonardo Da Jandra expuso que solamente reincorporando la ética en las escuelas se pueden formar generaciones y sociedades sanas y armoniosas.

Al impartir la conferencia «Principios de filosofía cósmica» con motivo del XXII aniversario de la Universidad Vasconcelos, consideró que nunca como en la actualidad la juventud había estado tan sometida y ajena a hacer una aportación a la sociedad en que viven.

«Veo como nunca antes en la historia de la humanidad, a pesar de los momentos adversos por los que ha pasado la civilización humana, una intencionalidad perversa muy estudiada, muy precisa, para estabular las conciencias de los jóvenes».

Recalcó en ese sentido que un error grave del sistema educativo fue prescindir de la ética y la filosofía, pues en las aulas ahora se están creando hombres y mujeres acríticos. «Las universidades no solo deben formar a buenos profesionistas sino a buenos seres humanos, ese es el punto fundamental», subrayó.

Ante estudiantes y catedráticos de la UNIVAS, Da Jandra exhortó a reflexionar el comportamiento cotidiano y a recordar que la libertad no sirve si no se tienen valores.

«Piensen que están en este planeta no para tener éxito fregando a los demás, se viene a este planeta para dejar una memoria aunque se microscópica de aportación, cuando uno cumple con uno mismo en esta dinámica lo demás ya no importa», dijo.

El autor de «Filosofía para desencantados» advirtió que quienes desde su juventud no tienen la inquietud de ayudar a una persona se deshumanizarán por completo. «El único éxito que percibo ahora es ayudar a los demás, el que tiene talento debe a ayudar, aprovechar su don y que no se convierta éste en una base egocéntrica», reiteró.

¿Qué vale nuestra vida si no creemos en ninguna trascendencia? ¿Para qué nos preocupamos?, cuestionó Leonardo Da Jandra. Enfatizó que «o nos salvamos juntos o nos condenamos parejo».

El filósofo ponderó la necesidad de que los jóvenes se interesen por el bien colectivo y expuso que para logar el paso del egocentrismo al sociocentrismo es fundamental el trabajo de las universidades y de los centros educativos.

Señaló que la lealtad y el agradecimiento son preceptos básicos en el comportamiento humanístico que no deben olvidarse e hizo notar a los universitarios la urgencia de construir una sociedad ética, con principios y consciente, recuperar la filosofía para reflexionar críticamente y acabar con la sociedad cancerígena que tenemos.

Este artículo ha sido publicado en: www.noticiasnet.mx

Ojo con él

Reseña de «Campo de retamas» escrita por José Luis Pardo

Los pecios de Rafael Sánchez Ferlosio, reunidos en su libro ‘Campo de retamas’, no son los residuos superficiales de su prosa, sino que brillan por sí solos

Decía Nietzsche que los aforismos deben ser cumbres, de tal manera que la lectura de un libro de sentencias habría de causar en el espíritu la impresión de ir saltando de pico en pico, prescindiendo del trabajo afanoso y arriesgado de la subida y del interminable y tedioso proceso de descenso, de tal modo que quien lee se vea siempre sorprendido por la fórmula, no sabiendo nunca “cómo ha llegado allí” ni tampoco cómo podrá coronar la cumbre siguiente sin despeinarse, con el mismo gesto elegante y despreocupado con el que David Niven y Cantinflas, en la versión cinematográfica de La vuelta al mundo en ochenta días, utilizan al pasar junto a ellas la providencial nieve de las montañas para enfriar una botella de champán que, cómo no, llevaba preparada en la despensa del globo. En este sentido, puede que los aforismos de Nietzsche pertenezcan a la misma estirpe que los de La Rochefoucauld e incluso que los de Lichtenberg, pero está claro que su linaje no es el mismo que el de los pecios de Rafael Sánchez Ferlosio, espléndidamente reunidos en su último libro, Campo de retamas.

El hecho de que un pecio sea, técnicamente, el resto de un naufragio, nos indica solamente que no es una “sentencia”, término que —para empezar, en su acepción judicial— sugiere la confección de un veredicto resolutorio e inapelable, aunque nos hurte toda la larga y compleja instrucción del sumario que ha llevado a esa conclusión. Una sentencia es siempre un éxito, la salida terminante y acabada de un proceso (pues un proceso judicial interminable, sin declaración de culpabilidad o de inocencia y sin reparto de responsabilidades, como los que a menudo parecen tener lugar en nuestros tribunales, va siempre acompañado, para nosotros, de una resonancia angustiosa y kaf­kiana de fracaso, de expectativas insatisfechas). Los pecios de Sánchez Ferlosio tienen más bien el aire de un comienzo, de un incipit, de una incoación de final incierto que, ciertamente, arroja una luz sobre el asunto que trata, pero no es la del relámpago o el fogonazo de una iluminación deslumbrante y definitiva que localiza en la oscuridad el blanco posible de un disparo, sino más bien la de “una bombilla temblorosa e impávida, desafiando la ominosa noche, en la ciudad bajo los bombarderos”, como dice uno de ellos. Y, si algún parentesco se les hubiera de buscar, sería más bien con escritos del tipo de las Voces de Antonio Porchia (“La verdad tiene muy pocos amigos, y los muy pocos amigos que tiene son suicidas”) o de los Pensamientos despeinados de Stanislaw Jerzy Lec (“Es difícil andar con la cabeza alta sin darse aires”).

Se ha dicho a veces que los pecios de Sánchez Ferlosio son como “la otra cara” de su escritura, la vertiente paratáctica, breve, directa e inmediata de una prosa habitualmente cargada de subordinaciones, intrincados vericuetos y prolijos apéndices que dibujan un mapa de pensamiento lleno de laberintos. Pero es posible que esta contraposición sea en sí misma artificial, como la que su autor denuncia a menudo en el presuntuoso contraste entre lo profundo y lo superficial. Quiero decir que estos pecios no son los residuos “superficiales” de una prosa que, en otras manifestaciones, enunciaría un pensamiento más “profundo”, no son maneras comprimidas de expresar lo que en otros textos se dice con mayor escrupulosidad. Es más, ni siquiera creo que pueda decirse que son construcciones sintácticas “directas”. Si en algún sentido son “restos” de algo, podría sostenerse que son más bien frases subordinadas sueltas y perdidas de su contexto, al que han dejado de necesitar para brillar por sí solas como esa bombilla temblorosa recién citada, frases accesorias emancipadas de su conexión con la principal como retamas que, en lugar de ofrecerse como simple combustible para hornos que cocinan discursos de relleno o masticables para lectores iracundos, se convierten en extrañas flores de racimo, formaciones de malas hierbas que adquieren una inesperada belleza, “flores del mal” de un conocimiento impensado. Y en ese punto muestran un elemento fundamental del “método” de esta escritura, a saber, que en ella lo subordinado se insubordina contra lo presuntamente principal y adquiere un protagonismo inhabitual, que los desvíos aparentemente secundarios son en ella lo más importante, y el “argumento” general solamente un pretexto, como cuando su autor “comenta” textos periodísticos, coplas populares o fórmulas ideológico-propagandísticas. Y si lo de “método” hay que ponerlo entre comillas es porque esta transformación no ocurre nunca de modo deliberado, sino que acontece justamente como un naufragio que arruina el equilibrio argumental o al menos lo torpedea, como el resultado imprevisible pero irremediable que impide al jardinero podar del todo las excrecencias improductivas que invaden los cultivos, porque a menudo encuentra algo más y algo diferente de lo que creía estar buscando. La escritura de Sánchez Ferlosio nunca es “profunda” en el sentido de “oscura” o de “solemne”; puede ser difícil, pero nunca abandona la claridad.

También por ello es corriente, tanto a propósito de los pecios como de los ensayos, subrayar la “originalidad” de Sánchez Ferlosio, extremo este que con razón suele indignarle. Porque su obra está tan vinculada a la trama viva de nuestra tradición cultural que exhibe siempre la inconfundible condición de lo impersonalmente originario, sin tener que depender para nada de la “originalidad” literaria característica del estilo personal, invariablemente obsesionada por la novedad y la distinción. Pero es completamente injusto hacer de Ferlosio un escritor “raro”, “heterodoxo” o (aún peor) “maldito”. Alguien dijo una vez que todas las grandes obras están escritas en una suerte de “lengua extranjera”, y no hay mayor elogio para un escritor que decir de él que ha sido capaz de mostrarnos nuestra lengua como si fuera otra, de hacernos sentir extraños a lo que decimos de tan inadvertido como nos pasa; pero en este caso no hay dudas de que esa lengua extranjera es el castellano llano, cuyo cuidado no consiste en salvaguardas académicas, sino en el ejercicio sistemático y continuado de la lengua para decir a alguien algo acerca de algo. Y, en este punto, Sánchez Ferlosio sigue siendo un ejemplo cabal de lo que significa ser un escritor. Que eso se haya convertido en una “rareza” debería, como decía cierto usuario de las tarjetas black pillado in fraganti, hacernos reflexionar.

José Luis Pardo

Este artículo fue originalmente publicado el 15 de mayo de 2015 en el suplemento Babelia de El País

¿Necesitamos tantos científicos?

El avance de la tecnología hace que EE UU se plantee la recuperación de las humanidades y el arte en su sistema educativo

Facebook nos hizo replantearnos nuestra noción sobre la privacidad. Gracias a Google nos preguntamos si tenemos derecho al olvido. Ahora llega la tecnología móvil a nuestras muñecas, un reloj puede analizar nuestra última carrera o las calorías que acabamos de quemar y Estados Unidos se pregunta si las humanidades se han convertido en un estudio irrelevante o son más necesarias que nunca.

La tecnología nos ha impuesto todo tipo de “métricas” para asuntos que en realidad no se pueden medir, argumenta Leon Wieseltier, editor cultural de la revista The Atlantic. Wieseltier ha sido una de las últimas voces en desatar la polémica al hacer un llamamiento en defensa de la educación en humanidades frente a la oleada de campañas para educar y reclutar científicos en EE UU. Sin filósofos, políticos ni pensadores, alega, ¿quién va a redefinir los límites morales y éticos que sigue rompiendo el avance de la tecnología?

“Se asignan valores numéricos a cosas que no pueden capturar los números. Conceptos económicos inundan ámbitos no económicos. ¡Los economistas son nuestros expertos en felicidad! Donde antes quedaba la sabiduría, ahora reina la cuantificación”. El ensayo de Wieseltier, Among the Disrupted, publicado por The New York Times y en el que comentaba una obra del escritor Mark Greif, ha sido interpretado también como una crítica a la tecnología. Las palabras del intelectual vibran con intensidad en un momento de debate en EE UU sobre lo que muchos consideran como un énfasis excesivo en la educación científica frente a las artes y las humanidades.

“Para aquellos que piensan que todo lo que necesitamos son programas de ciencias, les recomiendo que miren a los lugares donde se ha hecho así anteriormente”, afirma Deborah Fitzgerald, decana de la Facultad de Historia y Ciencias Sociales del Massachusetts Institute of Technology (MIT). “En esos países ahora hay generaciones de licenciados sin preparación para ser políticos ni jueces, que no confían en el pensamiento crítico para resolver problemas humanos”.

El MIT de Boston, donde el 100% de sus alumnos estudian grados científicos, obliga a los estudiantes a tomar un cuarto de sus asignaturas en el ámbito de las ciencias sociales o el arte. Fitzgerald, profesora de Historia de la Tecnología en el MIT, asegura que el último empuje de los estudios de humanidades surgió a principios del siglo XX “en reacción al enorme abrazo que se había dado justo antes a las ciencias”. La decana lo describe como un “péndulo” que va y viene a lo largo de la historia.

El estallido intelectual y romántico en la Inglaterra del siglo XVIII, dice Fitzgerald, fue una respuesta a la oleada de migrantes rurales al Londres de la revolución industrial, cuando la población de la capital se multiplicó dos veces y media en solo 100 años. La reubicación de la población, explica Clay Shirky en su obra ‘Cognitive Surplus’ sobre la creación de conocimiento colaborativo, donde también hace una parábola entre aquel momento y el actual, que provocó tanto la destrucción de los modos de vida antiguos como la creación de un nuevo modelo urbano.

Si lee este texto en una pantalla digital, está viendo un ejemplo de cómo la última revolución tecnológica es la que ya ha introducido dispositivos electrónicos y móviles en casi todas nuestras actividades diarias. Los institutos enseñan a los alumnos a escribir el lenguaje de los ordenadores y el código HTML, PHP o JavaScript se suma a las asignaturas de idiomas. En EE UU, la tendencia ha cobrado tintes políticos.

El senador republicano y candidato a la presidencia en 2016 Marco Rubio bromeó recientemente si “merece la pena tomar un préstamo de 40.000 dólares para licenciarse en Filosofía Griega, ya que el mercado para contratar a filósofos griegos es muy competitivo”. Rubio no es el único que ha rechazado la importancia de subvencionar la educación en humanidades. Su compañero de partido y gobernador de Carolina del Norte, Pat McCrory, declaró en 2013 que no quiere “subvencionar una licenciatura que no vaya a garantizar un empleo”.

Los defensores de la importancia de las humanidades se muestran preocupados también por el énfasis que ha realizado la Administración Obama en programas conocidos como STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics) y cuyo objetivo es aumentar el número de estudiantes de ciencia y tecnología en los institutos, pero no incluye más recursos ni más horas para las clases de humanidades.

Obama ha vinculado estas iniciativas con la demanda de ingenieros e informáticos que ejerce el sector tecnológico, siguiendo las líneas de líderes como Steve Jobs o Bill Gates. El fundador de Microsoft declaró ante el Congreso que EE UU sufre “la escasez de científicos e ingenieros con experiencia para desarrollar la próxima generación de inventos revolucionarios”. Sin embargo, voces como el columnista de The New York Times Nicholas Kristof alertan de que por cada licenciado en filología inglesa en EE UU, ya hay siete en una rama de negocios.

Wieselter lidera las voces que recuerdan que toda tecnología “ha sido utilizada antes que comprendida completamente” y que esa comprensión llega desde el conocimiento de las humanidades y el arte, no sólo la tecnología. “Siempre hay un hueco entre la innovación y el entendimiento de sus consecuencias. Ahora vivimos en ese paréntesis y es el momento adecuado para reflexionar”.

En la actualidad, 1.5 millones de estudiantes de primaria en EE UU no reciben clases de música y otros 4 millones tampoco participan en lecciones de artes visuales, según datos del Centro Nacional de Estadísticas de Educación. El 100% de los estudiantes de escuelas públicas, un total de 23 millones, nunca tienen una clase de danza ni de teatro.

Zakaria denuncia que el estudio de las artes y las humanidades es percibido como “un lujo costoso” y que el énfasis en las asignaturas de ciencias se debe a una “malinterpretación” de los datos que pone a EE UU “en una vía muy peligrosa”. El autor de ‘En defensa de la educación progresista’ pide la creación de un sistema educativo que promueva la creatividad y el pensamiento crítico. Y cita a Steve Jobs, fundador de Apple, quien aseguró en la presentación del iPad en 2007 que en “el ADN de Apple no es la tecnología, sino su combinación con las artes y con las humanidades, lo que nos aporta el resultado”.

“Puedes juntar a todos los Zuckerberg del mundo pero si los aíslas y no los combinas con las razones, el por qué de lo que están haciendo, tendríamos un mundo muy difícil de manejar”, dice Dave Csyntian, presidente de la organización See The Change, que aboga por la inmersión en programas de ciencias a edades más tempranas. “El pensamiento crítico es imprescindible”.

Csyntian reconoce que la idealización de creadores como el fundador de Facebook puede atraer a muchos adolescentes hacia la tecnología, pero puede ser un arma de doble filo. “La tecnología nos ayuda a responder el qué con aparatos en nuestra muñeca, nuestro reloj, nuestro teléfono… pero nos estamos perdiendo el por qué”. Esa cuestión, afirma, depende del pensamiento crítico de los alumnos como de los ciudadanos, y “si sacamos esa parte de la ecuación, nos estamos perdiendo algo fundamental”.

“La industria demanda cualificaciones científicas e informáticas, pero son el arte y las humanidades las que lo unifican todo”, dice Edward Abeyta, asesor del decanato de la Universidad de California en San Diego. Abeyta argumenta que no se puede obviar cómo un estudiante de música aprende a trabajar en equipo en una orquesta, adquiriendo cualidades que va a necesitar en el futuro. “Somos una nación de creadores e innovadores. Sin el arte, sin el diseño, lo perderíamos”.

El último presupuesto de Obama destinó 3.100 millones de dólares a programas de educación pública, sin que la tendencia haya mejorado significativamente el nivel de los estudiantes ni resolver la falta de profesionales especializados que demanda el mercado. EE UU sigue atascado en el puesto 29 del informe PISA en matemáticas y el 22 en ciencias, por detrás de países como Estonia, Taiwan, Singapur, Suiza y Holanda.

Según Csyntian, una de las razones es que los estudiantes no reciben clases de física o matemáticas hasta una edad más tardía que en Europa o Asia. “Lo entendemos como un catalizador para que los alumnos puedan tomar mejores decisiones de cara al futuro”. Esas decisiones dependen para Csyntian de que los adolescentes entren en contacto con el conocimiento científico desde una edad temprana. “Sea en el campo que sea, les ayuda entender cómo funciona el mundo que nos rodea”.

Para Wieseltier, “el procesamiento de información no es el máximo al que puede aspirar el espíritu humano, como tampoco lo es la competitividad en una economía global”, dice en respuesta a la filosofía de compañías como Google. “El carácter de nuestra sociedad no puede quedar determinado por ingenieros”.

Diversas campañas como la impulsada por el presidente Obama han ayudado a concienciar a la población de que EE UU necesita más profesionales en el ámbito de las ciencias y la tecnología. Sin embargo, asegura Csyntian, todavía no se ha comprendido del todo que lo más importante es el contacto de los alumnos con esos contenidos a una edad más temprana para que puedan elegir mejor.

“La innovación no es solo un asunto técnico sino de comprensión de cómo funcionan las personas y las sociedades, lo que quieren y lo que necesita”, escribe Zakaria. “América no va a dominar el siglo XXI haciendo chips sino reimaginando cómo interactúan los ordenadores y otras tecnologías con los seres humanos”.

Este artículo fue originalmente publicado el día 10 de mayo de 2015 en el diario El País

«Creo que todo es conversación. El monólogo no existe». Entrevista a Rafael Argullol

Hoy tengo el placer de poder entrevistar a Rafael Argullol. Ensayista, narrador y poeta, es catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Su obra se desarrolla en treinta libros en distintos ámbitos literarios. Entre ellos: poesía (“Disturbios del conocimiento”, “Duelo en el Valle de la Muerte”, “El afilador de cuchillos”), novela (“Lampedusa”, “El asalto del cielo”, “Desciende, río invisible”, “La razón del mal”, “Transeuropa”, “Davalú o el dolor”) y ensayo (La “atracción del abismo”, “El Héroe y el Único”, “El fin del mundo como obra de arte”, “Aventura: Una filosofía nómada”, “Manifiesto contra la servidumbre”). Como escritura transversal, concepción que desborda cualquier género, ha publicado: (“Cazador de instantes”, “El puente del fuego”, “Enciclopedia del crepúsculo”, “Breviario de la aurora”, “Visión desde el fondo del mar”). Y los más recientes: “Moisès Broggi, cirurgià, lany 104 de la seva vida” (2013), “Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza” (2013) y “Pasión del dios que quiso ser hombre” (2014).

Un autor poliédrico y nómada, y un viajero atento que se refleja en el transcurso de su obra. Para mí, personalmente, el mejor conversador que tenemos en la cultura filosófica española (la prueba son sus diálogos con Eugenio Trías, y Vidya Nivas Misra), y uno de los grandes ensayistas en español de losúltimos treinta años. Cualquier historia que se haga, deberá contar con su escritura.

Desde aquel joven estudiante, espía lector en cafeterías anónimas, he disfrutado con su obra inclasificable. Hoy puedo desvelar muchas tardes asombradas en cada pregunta: he tematizado nuestro presente informacional, el nuevo lector y espectador que se está forjando, su idea de una escritura transversal y su relación con el viaje, el dolor y su fenomenología, esos universales humanos que son el tiempo y la creatividad, el amor siempre, la conversación y su epifanía, el arte, la educación, o su último libro sobre Jesús de Nazaret, Cristo, esa pasión del dios que quiso ser hombre.

Es hora de poder compartir su reflexión con los lectores del Magazine INED21. Sin más presentaciones, les dejo con la entrevista: un tiempo para disfrutar siempre. Luego corran a la librería más cercana: sus libros les esperan como una tentación que han de cumplir.

1. Descartes, ese nómada que buscó la seguridad en el pensamiento, iniciaba la modernidad filosófica con su presupuesto subjetivista. Hoy estamos lejos de esa experiencia, aún siendo herederos de ella. ¿Qué peligros y posibilidades existen simultáneamente en este cambio histórico que implica la revolución informacional y comunicativa de nuestro mundo hiperconectado?

Descartes intentó poner de nuevo el hombre en el centro del mundo a través del pensamiento. La revolución científica del Renacimiento había destruido la jerarquía cósmica antigua y medieval. Ni la Tierra era el centro del mundo ni, consecuentemente, el hombre pertenecía a ese centro. Desde el punto de vista físico el hombre era una pura periferia, un grano de arena en una playa deshabitada, como ya afirmó Torquato Tasso. Nosotros todavía somos la consecuencia de ese intento cartesiano de retornar a un centro. Sin embargo, en la medida en que nuestra sociedad avance hacia una disolución del pensamiento el sentido de exilio y de despojo se acentuará. Si se confirma la pérdida de la cultura de la palabra el ser humano entrará en un callejón sin salida de difícil previsión.

2. Hace poco tiempo leía en una entrevista a R. Calasso una observación inquietante:“El peligro es la psique del lector. No significa que un libro fuerte hoy no encuentre sus lectores. Es el tejido psíquico lo que ha cambiado. Es un tejido que rechaza muchas cosas.”Más allá del catastrofismo o de la apología informacional, ¿cómo analiza estos cambios que se están produciendo en el lector y el espectador actual?

Creo que en nuestra época el problema no es que haya disminuido la venta de libros sino que ha disminuido la capacidad de lectura. Se lee poco y, además, lo que se lee acostumbra a ser de escasa calidad cultural. En los últimos veinte años se aprecia una disminución de potencia para enfrentarse a obras de una cierta complejidad. El lector acostumbra a intentar evitar las encrucijadas de la complejidad, algo que seguramente está vinculado a la pérdida de la memoria. La lectura y el aprendizaje a través de la memoria son dos hechos que actúan íntimamente unidos. El lector, cuando existe, se ha convertido en un lector superficial, epidérmico. Y algo paralelo se puede decir con respecto al espectador. Nuestros museos están llenos de turistas que desfilan por sus galerías pero que no se detienen a mirar. Mirar exige una lentitud y una libertad completamente incompatible con el vertiginoso consumo de imágenes que se propone en nuestros días.

3. Rafael Argullol no  es  un autor clasificable fácilmente, su  obra nómada atraviesa la poesía, la novela, el ensayo, y es  el creador de esa escritura transversal que ha  ¿Cómo se desarrolla en su  caso ese bucle fascinante entre escritura/pensamiento y vida? ¿Se entrelaza con la experiencia del viaje, tan presente en su  biografía y su  obra?

Mi escritura es, creo, una directa consecuencia de mi propia configuración mental y anímica. Para mí el mundo de las ideas y el mundo de las imágenes son dos mundos que, a menudo, se presentan superpuestos. Me gusta expresarme a través de sensaciones que contienen conceptos y a través de conceptos que se desarrollan en relatos. Alguna vez he dicho que si tengo algún método literario este es el de la continua alternancia entre microscopio y telescopio. A través del microscopio intento ir hacia el interior de la subjetividad; y cuando ese viaje ya se vuelve imposible giro la lente y, a través del telescopio, busco descubrir el entorno que me rodea. El nomadismo y la transversalidad que se me han atribuido son la consecuencia de esa doble mirada. A partir de este presupuesto he tendido a respetar poco los géneros literarios tradicionales.

4. Su propuesta y ejercicio de una escritura transversal es un volver a un origen antes de que la separación (sensaciones/ideas; mito/filosofía) se estableciera en el mundo griego. Una observación rápida: me parece tremendamente actual y llena de sugerencias para la escritura/lectura de nuestra nueva historicidad. ¿Qué consecuencias ha tenido esa escisión en la cultura occidental? ¿Qué precio hemos pagado como sujetos de esta cultura dividida?

El fomento del dualismo en nuestra cultura ha llevado a un frecuente divorcio entre la esfera del conocimiento y la esfera de la sensibilidad. Nietzsche lo resumió bien cuando denunció que en Occidente se había hecho una filosofía sin cuerpo. Nosotros conocemos a través de los sentidos, a través del cuerpo. Por tanto parece inaceptable un tipo de conocimiento que esté alejado de nuestra experiencia sensorial. Pienso que el conocimiento exige una simbiosis entre contemplación y acción, entre teoría y práctica. La vida, nuestra vida, es nuestro primer objeto de aventura y de descubrimiento. En consecuencia, nunca me he sentido cómodo con los escritores refugiados en la artificiosidad ni con los profesores de filosofía que no vivían según hablaban.

5. Hay toda una fenomenología del dolor en su obra Davalú y el dolor, RBA, 2001. Para compartir con nuestros lectores y que pueda servir de invitación a su lectura: ¿qué conocimiento, si se produce, nos proporciona el fenómeno del dolor, tan plural en sus tipos y manifestaciones? ¿Cómo le  ha transformado personalmente esa experiencia de la que nos deja  una narración tan minuciosa?

El mejor dolor es el que no existe. Pero ya que hemos sido concebidos como sujetos en el que el dolor también ejerce una función primordial lo más recomendable es extraer aprendizaje de esta circunstancia. Desde los orígenes mismos el hombre ha intentado aprender a través del dolor e incluso reconvertir el sufrimiento en sabiduría, tal como defendió Esquilo. Ahora bien lo que se narra en Davalú es mucho más un dolor físico que moral. Y en este sentido la filosofía y la literatura han producido una obra abundante respecto al dolor moral y escasa respecto al dolor físico. Ello se debe, de acuerdo con lo que expongo en este relato, a que para describir el dolor se necesita una distancia que el sufrimiento físico apenas acepta. Y tras él tendemos a la amnesia, a olvidar lo que ha sido el dolor. Seguramente la pintura, en su inmediatez sensorial, tiene mayor aptitud para captar el sufrimiento físico. En Davalú sólo la autograbación de lo que después fue el relato me permitió asegurar una narración en la que se desarrollaba una crónica del dolor. Sin esta autograbación yo también hubiera optado por el olvido y, por tanto, por la imposibilidad del relato.

6. Su obra El cazador de instantes. Cuaderno de travesí 1990-1995, Destino 1996; Acantilado 2007, última edición, me deslumbró por su belleza hace casi veinte años, siendo un joven estudiante de filosofía (aún guardo las anotaciones personales de la misma); tuvieron su continuación en El puente de fuego 1996-2001, Destino, 2003.Léanlos inmediatamente: una síntesis de experiencia más experimentación en tus palabras, que son una muestra extraordinaria de esa escritura transversal. Y paradoja de la vida (nunca creí que las podría utilizar con el autor…), desde ellas le hago varias preguntas sobre dos universales humanos fascinantes: el tiempo, y el amor. Allí escrib :En su relato oficial el hombre es un perseguidor de seguridades en tanto que en su relato secreto es un cazador de instantes, ¿no son ellos, esos instantes, la génesis de toda vocación creativa (artística, literaria, plástica, científica o filosófica) que le  sirven de texto invisible?, ¿reconoces los suyos ?; sobre el amor, y sigo recordándolo como la primera vez: Uno puede afirmar que ama cuando un cuerpo le hace olvidar todos los cuerpos que ha recorrido. Uno puede afirmar que, a pesar suyo, sigue amando cuando todos los cuerpos que recorre le hacen recordar aquel cuerpo que ya perdió, ¿qué nos desvela de nosotros y del otro la experiencia del amor?, ¿se puede volver del amor, o tan sóloregresamos?

En mi opinión toda la historia de la cultura, al menos en Occidente, es una lucha contra la muerte, es decir, contra nuestra condición mortal. Pero la muerte, en nuestras vidas, se expresa a través del tiempo, algo que hemos inventado los propios hombres como máscara de la muerte. Esto ha hecho que, como una gran paradoja, a la que el arte ha atendido siempre, los hombres confiemos a los instantes nuestras ilusiones de eternidad. Lo que Octavio Paz llamaba “consagración del instante” es nuestra única posibilidad de entrever lo eterno. De ahí que nosotros confiemos a determinadas actividades, como el arte o el amor, unas posibilidades de superación del tiempo y, en consecuencia, de enfrentamiento a la muerte, que, generalmente, en otras actividades no concebimos.

Con respecto a lo que llamamos amor creo que tenemos la sensación de que hemos sido incrustados en la vida con el conocimiento de la mitad de la frase y nos pasamos la vida buscando la otra mitad para comprender el significado que tal frase pueda tener. Quizá esto lo hacemos a través de la amistad o del saber o de la aventura o de la obra bien hecha pero, por lo común, hemos atribuido al amor una capacidad fulminante por encima de las otras dimensiones. En el amor desarrollamos nuestra ilusión de plenitud o, quizá utilizando una palabra poco utilizada, de entereza. O sea de superación de la escisión que continuamente nos acompaña. De ahí que hayamos dedicado tantas energías y tantas quimeras en esa dirección.

7. Siempre he creído que es el mejor conversador de la cultura filosófica española -una opinión que no es arbitraria, sin fundamento-, ahí están sus  obras con Eugenio Trías (El cansancio de Occidente, Destino, 2003), o con Vidya Nivas Misra (Del Ganges al Mediterráneo: un diálogo entre las culturas de la India y Europa, Siruela, 2004) para poder comprobar esta afirmació Hay otra razón de peso: se da en usted  esa destilación, no tan frecuente como pueda parecer, de conocimiento y sabiduría que se refleja en su  obra poliédrica. ¿Podría  compartir algunos de esos instantes/ideas/significado con cada uno de ellos y que otorguen luz a esos diálogos apasionantes?

A parte de estos diálogos explícitos que se comentan y que para mí fueron muy fructíferos creo que todo es conversación. El monólogo no existe. Ni siquiera existe en lo que podríamos considerar nuestros pensamientos más íntimos. Incluso en esos actúa una polifonía en el que lo que somos se contrasta con lo que deberíamos ser o con lo que desearíamos ser o con lo que creemos que seríamos; es decir, un conjunto de voces confrontadas entre sí. Partiendo de este presupuesto, no sólo han sido diálogos mis libros explícitamente titulados así sino también todos los demás. Por eso es importante que la experiencia esté incorporada a la propia obra. Por eso adquiere luz mi afirmación de que la literatura es igual a experiencia más experimentación. La literatura es exteriorizar la polifonía que hay en nuestro interior.

8. Es una clasificación generalista y poco matizada: arte clásico, arte romántico, arte de las vanguardias en el s. XX. Y como ha reflexionado, toda la modernidad estética se puede comprender desde dos líneas de desarrollo: “La modernidad estética se mueve entre dos polos aparentemente muy distantes: la conciencia de la estética del fragmento, que deriva en la poética del silencio, y los proyectos, desarrollos y despliegues en torno a la obra de arte total, integral. En toda la modernidad estética hay un fuerte elemento uto -apocalíptico”. Desde este incierto y acelerado s. XXI, ¿qué sensibilidad artística cree  que predomina en la situación actual? ¿Se está gestando una nueva estética en nuestro mundo presente, o sólo hay agotamiento y repetición saturada de esas tendencias apuntadas?

En el escenario de nuestro presente aparecen pocos indicios para identificar una estética compartida, más allá de los engranajes de simulacro y arbitrariedad vinculados al espectáculo y a la especulación. Pero esto no me preocupa. Me parece más importante que haya creadores que desde su propia soledad e intempestividad afronten la idea de realizar una obra. Estoy seguro de que estos creadores existen aunque sus voces de momento no sean las más escuchadas. Si nos ponemos en el lugar de ellos sus proyectos siempre estarán tensados por el fragmento y la obra totalizadora. Un artista, un escritor tiene que estar preparado para enfrentarse a lo contingente y fragmentario y, también, para establecer un duelo con lo trascendente.

9. Haciendo memoria de su experiencia como profesor universitario de Estética: ¿qué y cómo comprende  esta experiencia compleja de la tarea de enseñanza-aprendizaje? ¿Cuáles son las limitaciones y/o peligros de la educación actual desde su  perspectiva?

No hay un problema específico de la estética sino uno general que afecta a las Humanidades. Aunque también podría decirse que no hay un problema que afecte a las Humanidades sino a la cultura de la palabra. Esta es la cuestión fundamental, como ya comentaba más arriba. La dificultad de los estudiantes para enfrentarse a los procesos profundos y complejos de la lectura, así como la dejación tecnológica de la memoria, contribuyen a fomentar una mentalidad escasamente crítica y con una muy pobre potencia de relación entre fenómenos. Si tuviera que indicar un solo problema en la enseñanza actual indicaría este. Con el agravante de que la situación acrítica del estudiante ha acabado contagiando también al profesor.

10. Termino con su última obra: Pasión del dios que quiso ser hombre, Acantilado, 2014. Recordaba un fragmento de Javier Gomá en su última obra: Necesario pero imposible, Taurus, 2104: “Los filósofos hasta el día de hoy vuelven una vez y otra, incansables, a la figura de Sócrates, a quien mencionan a cada paso con ocasión o sin ella en sus cogitaciones, pero en cambio se olvidan casi siempre de ese otro ágrafo de Galilea, muerto en circunstancias similares, de vida y doctrina al menos tan incitantes para una meditación filosófica libre de prejuicios como las del ateniense y sin parangón posible en la proyección de su influencia sobre la historia de la humanidad.” pág 30. Desde su  perspectiva, ¿cuál es la comprensión que nuestra cultura occidental del s. XXI, hija de la secularización, tiene sobre su figura?

A mí la figura de Cristo, a estas alturas, me interesa como metáfora de la encarnación de lo espiritual. El gran triunfo histórico del cristianismo fue proponer la resurrección de la carne. Su gran error mantener una rígida separación entre cuerpo y alma, error ampliado por ciertas perspectivas filosóficas de nuestra cultura. En mi último libro, lo que relato es el difícil aprendizaje de ser hombre y, por tanto, de conseguir una cierta unidad entre pensamientos y sensaciones. En términos generales creo que las figuras de Sócrates y de Cristo, desligadas de herencias canónicas, son complementarias para entender nuestra confrontación con el significado de la vida. La pasión de Cristo implica el sacrificio trágico del héroe mientras que la biografía y la muerte de Sócrates representan una propuesta de sabia serenidad.

Esta entrevista ha sido publicada en la revista digital: www.ined21.com.

La imagen pertenece a Barcelonogy.com

Carlos García Gual: «Vivir sólo en el presente es vivir en una prisión intelectual»

Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 1943) declara que a lo largo de su vida ha escrito sobre todo libros manejables para los lectores. «Yo soy un autor de prólogos y de libros de bolsillo», dice, y esboza una sonrisa. Pero la realidad es bien distinta. Dos veces premio nacional de Traducción (en 1978 por su versión de Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, de Pseudo Calístenes; en 2002 por el conjunto de su obra), catedrático de Filología Griega, investigador y estudioso en amplísimos terrenos, artífice de la legendaria Biblioteca Clásica de Gredos, García Gual estuvo hace unos días en la Fundación Juan March para repasar, en compañía de Javier Gomá, su trayectoria intelectual. Su infancia en Palma, la formación primera en la biblioteca de su abuelo, Barcelona y Madrid y aquella vieja Facultad de Letras a la que ha estado vinculado durante toda su vida profesional. Antes del acto el profesor se sentó a hablar con El Cultural.

Pregunta.- ¿Cómo ve alguien que ha dedicado su carrera a la docencia de los saberes clásicos el arrinconamiento de las Humanidades en la universidad española?
Respuesta.- Con pesimismo. Veo que el horizonte es oscuro en un doble sentido. Por un lado, hay un desprestigio general de las Humanidades por culpa de una sociedad cada vez más pragmática que busca el bienestar económico y nada más. Y por otro lado, hay un problema dentro de la propia universidad, un problema de falta de fondos; cada vez hay menos profesores, una mayor penuria para comprar libros, para acondicionar despachos…

P.- Está la sociedad, pero los políticos son los primeros que desprecian las humanidades. Es rarísimo que alguno las nombre en sus discursos.
R.- Es cierto. Y cuando hablan de cultura es siempre desde el plano económico, como en el caso del IVA cultural. Pero de la orientación cultural, de hacia dónde vamos culturalmente ninguno habla. Creo que existe una crisis que opera en diversos frentes. Se habla mucho de la crisis que afecta a las editoriales, que venden menos libros por culpa de la piratería de los contenidos, pero esa crisis tiene su origen, creo, en algo tan simple como que la gente lee mucho menos. Aunque es verdad que en España se leen bastantes libros en comparación con otros países, la gente lee novelas y cosas bastante ligeras. Ensayos o libros de más nivel cultural se leen muy poco, por no decir nada.

P.- Usted ha dado clase toda su vida en Filología. ¿También los alumnos leen menos?
R.- Leen muy poco. Gastan su tiempo atendiendo diversas pantallas y creen además que toda la sabiduría del mundo está en Google. Yo daba por supuesto que los alumnos de segundo o tercer curso de Clásicas, que es cuando llegan a mi asignatura, habían leído una serie de libros básicos, y no es así. A mí se me han quejado alumnos que decían que no tenía derecho a mandarles leer la Ilíada porque era muy gorda.

P.- Es llamativo porque estudiar clásicas hoy, tal y como está el mercado, solo puede ser vocacional.
R.- En realidad lo fue siempre, pero hoy es una vocación más peligrosa todavía. Los de mi generación al menos encontrábamos un puesto de trabajo al salir de la universidad. La enseñanza media tenía sus profesores de griego, de latín. Ahora esto ya no es así en la enseñanza pública y mucho menos en los colegios concertados, donde se consideran gravosas ese tipo de asignaturas.

P.- Cree, entonces, que el problema del nivel de los alumnos ha de atajarse desde los planes de enseñanza primaria y media.
R.- Creo que sí. A mí me da pena el descenso de la secundaria. Yo fui profesor de secundaria durante cuatro años en el Instituto Beatriz Galindo y era un instituto estupendo. Tengo amigos que siguen dando clase a esos niveles y están muy dolidos, incluso por hechos de disciplina que antes no se daban. Es verdad que ha aumentado mucho el alumnado, pero el nivel ha bajado tanto que no creo que pueda explicarse por esta razón. Y ya en la universidad yo echo de menos lo que en mi época se llamaban cursos comunes. Creo que la especialización empieza muy pronto y cuando eso se hace sobre una base cultural inexistente es peligrosísimo.

P.- Convénzame, como si fuera un adolescente indeciso, de que son importantes las humanidades, de que debo estudiar y conocer la cultura clásica.
R.- Pues mire: ahora hay la creencia de que basta con saber manejarse en el presente. Pero hay que conocer bien el pasado para entender qué es la vida. Quien vive solamente en un espacio, y sobre todo en un tiempo determinado y no conoce más, es como si viviera en una especie de prisión intelectual. Sin entender por qué estamos aquí y cómo hemos llegado a dónde estamos, creo que se reduce mucho lo que es la vida. Yo le diría que tiene que leer los grandes libros, o algunos de los grandes libros: el Quijote, la Ilíada, a Shakespeare. Así entenderá hasta dónde puede llegar el ser humano.

P.- ¿En qué aspectos de nosotros, de lo que somos, podemos rastrear la influencia de los mitos griegos?
R.- Bueno, los mitos son una parte limitada del mundo griego. Reflejan la gran imaginación de los griegos, su capacidad para crear un mundo de dioses y diosas de enorme humanidad. Los dioses griegos son tremendamente humanos, son también divertidos, patéticos… la sociedad griega, que está en la base de la nuestra, sintió la libertad, la humanidad que permitió la democracia, la filosofía, las matemáticas. Los griegos eran viajeros: Heródoto, Tucídides… Cuando uno lo compara con otras civilizaciones se da cuenta de que los griegos han sido el pueblo con más capacidad de aventura que ha existido.

P.- ¿Qué equilibrio mantienen en nuestra cultura la tradición griega y la judeocristiana?
R.- Yo creo que tenemos mucho de los griegos; más de lo que pensamos. Tenemos ese sentido de la libertad, de lo importante que es la conciencia individual. De ellos nos viene el gusto por el arte, la apertura hacia el mundo. Todo esto es muy griego. El cristianismo, aunque eliminó la religión antigua, conservó mucho de la cultura pagana. Por ejemplo, la poesía. La mitología pasó a formar parte de las ficciones poéticas, pero permaneció. La noción sobre el alma, la inmortalidad del alma, la ética, la conducta social, eso ya estaba en Platón y el cristianismo lo tomó de él y lo ha sabido conservar. Esa es la gran herencia clásica, que atraviesa la Edad Media y se renueva con el Renacimiento.

P.- ¿Recuerda cuando decidió que quería dedicarse a la Filología Clásica?
R.- Yo iba a hacer letras en la universidad y me gustaban por igual la filosofía, la literatura y el mundo antiguo, pero me decidí sobre todo porque había muy buenos profesores de Griego. Filosofía me desilusionó un poco y en Literatura no tuve tampoco mucha suerte. En cambio en Griego estaban Adrados, Laso, Fernández Galiano… eran excelentes profesores. Y auténticas referencias a nivel internacional. Entonces en la Facultad de Letras el Griego tenía mucho prestigio.

P.- ¿Y ahora?
R.- Ahora hay buenos especialistas, pero son más limitados.

P.- Volviendo a los textos griegos, es curioso que la Odisea se tradujera al español por primera vez en el siglo XVI y la Ilíada tardara aún dos siglos en llegar…
R.- Sí. Hoy tenemos ya muchas traducciones de ambas en castellano, como unas veinticuatro de la Ilíada y unas doce de la Odisea, y en inglés muchas más. Steiner bromeaba con esto, con que todos los años saliera una nueva traducción que venía a ser la definitiva. Pero la primera traducción de la Odisea, la de Gonzalo Pérez, que es de 1580, llegó aquí antes de que el texto estuviera disponible en inglés. Era una época en que España tenía una proyección importante hacia Europa y hacia América y fue entonces cuando se tradujo también a Virgilio. La de García Malo de la Ilíada, la del siglo XVIII, está bien, pero sobre todo es muy buena la segunda que se hizo, la de Hermosilla, que era preceptor de poética e hizo una traducción en endecasílabos que todavía se puede leer hoy con mucho agrado.

P.- Su labor como traductor ha obtenido el máximo reconocimiento a nivel nacional en dos ocasiones, en 2002 por el conjunto de su obra. ¿Piensa que el traductor es, todavía hoy, una figura no lo suficientemente reconocida?
R.- Eso ha ocurrido siempre. Ahora hay muy buenos traductores, pero siguen estando mal pagados, sobre todo porque no es lo mismo traducir un best seller, que se vende enseguida y el traductor, que tiene contrato con la editorial, cobra rápido, que traducir por tu cuenta y encima clásicos o libros de ensayo. Es muy importante reivindicar el papel del traductor porque es el que convierte en universal un texto.

P.- En los textos griegos en concreto, ¿qué se pierde en la traducción?
R.- La música, la belleza del léxico… pero yo creo que siempre se conserva lo fundamental. Esto depende de los géneros. En la poesía siempre parece que se pierde algo más. En prosa menos, en textos científicos no se pierde nada, también porque los términos son más universales.

P.- Se ha ocupado de la novela en sus obras, de sus orígenes y su desarrollo. Alguna vez ha declarado que le falta imaginación para escribir una.
R.- Sí, es que soy poco imaginativo…. Quizá estoy también incapacitado porque he leído demasiadas.

P.- ¿Procura estar al tanto de las novedades editoriales? ¿Lee novela contemporánea?
R.- No demasiado. Leo muy poca novela española, la verdad. Pero sí que leo bastante novela policíaca. Me gustan las de Leonardo Padura, las de Benjamin Black. Soy un lector muy disperso y siempre tengo abiertos varios libros.

P.- ¿Cómo ve la crítica literaria actual?
R.- Mal, muy mal, quizá algo mejor en suplementos como El Cultural, Babelia o el de ABC. Yo creo que una buena revista de crítica literaria debe tener sus críticos serios, de siempre, que tengan cierto prestigio y no les importe hacer críticas duras cuando proceda. Pero lo que tenemos ahora no es eso. Predomina la crítica blanda y elogiosa y eso es el lector quien lo paga, pues no se siente orientado. Se reseña además mucho best seller, y estos son libros que se ponen de moda pero no sirven para nada. Creo que han ido desapareciendo algunos críticos importantes y no está habiendo un recambio claro. Está todo muy mediatizado, existen presiones de las editoriales. En ese sentido me gusta más la crítica de cine, que orienta mucho mejor. ¡Al menos sabes, al terminar de leerla, si la película es buena o mala! Eso cada vez ocurre menos en la crítica literaria, que es ambigua o abiertamente elogiosa.

P.- Usted ejerce la crítica, pero me parece que cada vez menos. ¿Tiene que ver con que ha dejado de confiar en su utilidad?
R.- En realidad es porque me quita mucho tiempo. La crítica es un oficio muy duro porque hay que leerse bien los textos. Eso o haces propaganda, que es bien distinto y mucho más cómodo porque ni siquiera hay que leer los libros.

P.- Hay quien defiende que la crítica negativa no tiene demasiado sentido: si un libro no es bueno, no se da y ese espacio queda para reseñar uno que sí lo es.
R.- Eso puede tener sentido respecto a autores jóvenes; yo entiendo que con los jóvenes no hay que ser cruel, o no se debe. Pero con los consagrados se puede, aunque nadie se atreve. Por ejemplo, meterse con Pérez-Reverte: eso no lo hace nadie.

P.- ¿Le gusta alguno de los escritores consagrados?
R.- Alguno sí. Leí los primeros libros de Muñoz Molina y de Javier Marías; los actuales ya menos, quizá porque me he cansado. Me gustaba Mendoza en sus primeros libros, ahora me gusta menos con esta cosa cómica. Y Javier Marías me gusta poco ahora: creo que sus elucubraciones cada vez le comen más terreno a las novelas y las hacen difíciles de digerir. Ocasionalmente leo poesía, pero ya muy poco. ¡Es que leer bien poesía lleva mucho tiempo! Estoy al tanto más o menos de los de mi generación, pero me supera mucho la cantidad de poesía que se publica.

P.- ¿Y cómo es su relación con los textos clásicos? ¿Aún disfruta de su lectura?
R.- Sí, claro. Soy un lector continuo pero bastante poco original. Ahora hago más bien calas, voy a un pasaje, lo busco, lo leo y casi siempre me dice cosas nuevas. Esa es la magia de los clásicos. Uno de mis últimos libros, Sirenas, es un poco esto, la vuelta a estos pasajes; las sirenas en Homero, en Apolonio Rodio… leo un poco a saltos, esa es la verdad.

P.- ¿Y quiénes son sus autores de cabecera?
R.- Soy muy clásico: Homero, Platón. Vuelvo a los de siempre. Últimamente he traducido Edipo Rey, de Sófocles, y me sigue pareciendo una obra magnífica. Las Bacantes de Eurípides también. También me gustan mucho Las vidas de los filósofos, de Diógenes Laercio, que es el texto más divertido de toda la cultura griega. Son textos que me han acompañado siempre; es más, muchos de ellos los leí por primera vez siendo muy joven, en la biblioteca de mi abuelo.

Este artículo ha sido publicado por Alberto Gordo en: www.elcultural.com